/ por Germán Giner Raga /
«El alma que busca divinizar en sus ojos la visión del mundo busca desvelar el enigma estético de la eterna quietud, borra en sí toda la memoria de lo que pasó y todo anhelo por lo que será, aquieta las horas, y con las alas abiertas se cierne sobre el abismo de las supremas intuiciones». Estas palabras condensan la idea central de la obra: solo mediante la intuición, la contemplación y la renuncia a fines egoístas se abre el camino hacia la verdadera belleza.
En esta obra poco conocida de Ramón María del Valle-Inclán, titulada La lámpara maravillosa, reside la concepción estética del autor. En ella se aleja de su habitual producción literaria para realizar un ensayo filosófico-literario que reflexiona sobre cómo aprender a mirar cada forma y cada vida para encontrar aquello que la define y contiene, que la hace eterna y, en consecuencia, bella.
Valle-Inclán es un baluarte del modernismo literario español cuya trayectoria culmina en la creación del esperpento, una estética tan personal que no ha tenido discípulos ni continuadores; se podría decir que nace y muere con él. A raíz de esto surge la polémica, pues gran parte de la crítica sostiene que La lámpara maravillosa no enuncia los principios del esperpento y que, por tanto, el autor se aleja o incluso abandona su concepción estética. Sin embargo, con una lectura detenida del texto se puede llegar a la conclusión contraria: el esperpento es, en realidad, la inversión radical de dicha concepción estética. Por ello, mientras en La lámpara maravillosa el arte busca, a través del mundo sensible, lo eterno y lo infinito, el esperpento muestra la grotesca exageración y los escenarios mundanos de la vida cotidiana que impiden llegar a tal grado de conocimiento del mundo. Quizá por esto, en la reconocida obra del autor Luces de bohemia, el personaje de Rubén Darío indica: «¡Usted es eterno, Marqués!». En el mencionado pasaje se alude al marqués de Bradomín, personaje recurrente en la obra de Valle-Inclán y protagonista de sus Sonatas, narraciones características de su etapa modernista.
En la misma obra, Max Estrella sentencia: «La tragedia nuestra no es tragedia […] es el Esperpento». Y me pregunto: ¿por qué no es una tragedia? Quizá porque, para el autor, el mundo resulta una controversia donde «los sentidos aprenden a distinguir las cosas, no por lo que ellas son, sino por el aspecto que conviene a nuestro egoísmo, que es el egoísmo de la especie, y cuando creemos saber mejor, solamente aumentamos el caudal de nuestras acciones utilitarias». En consecuencia, no buscamos lo inmutable, sino lo beneficioso; no contemplamos el misterio de la vida desde la quietud, sino a través de lo que el autor denomina los placeres carnales. Por ello defiende que, al apartarse de estos, el artista puede evocar una forma de ver el mundo mística, cuyo objetivo no es solo crear belleza, sino, a través de ella, acceder a una verdad superior.
Dicha verdad superior, para el autor, se realiza a través del amor, pues para Valle- Inclán «amar es comprender» y la característica principal de lo bello es «su posibilidad para ser amado infinitamente». Por tanto, amar es admirar la esencia de las cosas o personas no por lo que generan en nosotros, sino por aquello que las distingue y las hace buenas. Así, el autor concluye que amar es el camino para lo eterno e inmutable y que «conocer las cosas en su eternidad es conocerlas en un sentido divino». Esto explica por qué la estética valleinclaniana está tan relacionada con la ética: porque a través de la estética se llega a la belleza que nos acerca a la verdad.
Finalmente, la concepción del tiempo tiene un papel relevante en la obra, pues Valle-Inclán acusa a este de ser una condición de los sentidos y de la vida utilitaria, y sostiene que la contemplación en clave estética nos permite detenerlo y buscar lo atemporal. Reconoce que «los ayeres guardan el secreto de los mañanas», pero lo hace entendiendo que el tiempo se erige como una unidad eterna e indivisible, como «una yuxtaposición de instantes, una línea recta», y que cada uno de estos instantes se concentra en un «círculo eterno que los sentidos no conocen jamás».
En conclusión, La lámpara maravillosa no debe leerse como una rareza aislada dentro de la trayectoria de Valle-Inclán, sino como el germen secreto de su evolución. En ella resplandece el anhelo modernista de elevarse hacia lo eterno a través de la contemplación, mientras que en el esperpento esa aspiración se invierte para mostrar el envilecimiento grotesco de un mundo dominado por lo utilitario. Estética y ética se entrelazan así en la visión valleinclaniana: mirar con los ojos del arte no es solo un modo de crear belleza, sino también de revelar la verdad que late en lo oculto. Tal vez ese sea el consejo último de Valle: vivir en belleza para conocer lo eterno.
Germán Giner Raga (Valencia, 2022) es licenciado en derecho y escritor. En 2023 publicó su primera novela: El marqués don León. Ha estado implicado asimismo en el desarrollo de espacios de diálogo entre artistas emergentes valencianos, como El Olvido de las Letras o Espacio de Muestras Artísticas en el Espacio Sankofa.
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