/ Escuchar y no callar / Miguel de la Guardia /
Lo mejor que puede decirse de una persona, en mi opinión, es que sea buena. No se trata de ese buenismo bobalicón que se puso de moda en la política española de hace un par de décadas y que daba en decir que sí a todo sin ningún criterio, sino de una mezcla de empatía con los que sufren e intolerancia con los abusadores. No es una característica pasiva, guiada por la inacción, sino una actividad comprometida con la aplicación de la justicia, y yo iría más allá: con grandes dosis de caridad con los débiles y los necesitados y una inquebrantable indignación frente a los abusos.
En política, la bondad exige, además de inteligencia para distinguir los matices de las acciones, una escala de valores bien medida. No todo vale y es letal confundir personas y animales, respeto a las demás naciones y servilismo con los abusos e imposiciones de los dirigentes, amigos y poderosos. Si la tarea inicial de un representante público es distinguir las prioridades, hacerlo con bondad supone pensar en las personas antes que hacerlo en los indicadores macroeconómicos, valorar los efectos de las decisiones en la vida diaria de la gente, en su capacidad para restablecer situaciones de justicia y facilitar la vida diaria de todos sus conciudadanos.
La bondad no solo se debe aplicar a los propios electores: eso sería un ejercicio de egoísmo electoralista que da en favorecer un clientelismo que colabore con la permanencia en el poder. Estoy convencido de que los nacionalismos excluyentes son claramente reaccionarios y contrarios a la bondad y se equivocan quienes tienen una visión estrecha de la realidad que distingue entre propios y extraños. El político bondadoso no odia ni siquiera al adversario político y, por supuesto, no discrimina a quienes le votaron y a quienes de ninguna manera lo harían; probablemente por prejuicios o desconocimiento de sus ideas, porque una vez elegido, el representante público se debe al bien común y debe anteponer el mismo al cálculo partidista que prioriza a propios frente a extraños y que fácilmente da en acaparar privilegios lejos de buscar la buena administración de los recursos (aquí entiéndase la proliferación de asesores y cargos digitales). Una acción política basada en la bondad favorecerá el bien común y acabará seduciendo incluso a quienes no creyeron inicialmente en el proyecto político de los candidatos y que, con una buena dosis de bondad y pedagogía política, pueden adherirse a propuestas que, inicialmente, no entraban en sus cálculos.
Las buenas personas ponen su inteligencia al servicio de todos y esa es una excelente estrategia para que todos, incluida la persona que toma las decisiones, ganen. Siempre he sostenido que una persona, para respetarse a sí misma, debe concitar el aprecio de muchos, aunque ello suponga el odio de unos pocos que se sientan afectados por sus decisiones en sus privilegios; y probablemente ahí esté la medida de la bondad: en favorecer a la mayoría aunque ello suponga combatir privilegios de unos pocos e incluso de algunos próximos; pero siempre deberá acompañarse de la suficiente dosis de paciencia y habilidad pedagógica para explicar a quienes puedan afectar, tanto positivamente como negativamente las decisiones, las razones objetivas que recomiendan tomarlas en beneficio de la comunidad y en aras de la justicia. El buen político no debería ser de ninguna manera el que impone sus puntos de vista y su voluntad, limitándose a criticar a sus adversarios, sino quien logra convencer y nunca desfallece en la tarea de explicar sus acciones a sus representados, que somos todos, no solo sus aduladores y partidarios incondicionales. Por eso, el silencio de los poderosos en situaciones de conflicto oculta su debilidad y ausencia de argumentos. Esto, la falta de explicaciones de los actos de un político es el síntoma más claro de su maldad e ineptitud.

Miguel de la Guardia es catedrático de Química Analítica de la Universitat de València desde 1991. Tiene un índice H de 88 según Google Scholar y ha publicado más de 900 trabajos en revistas del Science Citation Index con más de 34.600 citas,5 patentes españolas, 4 libros sobre Green Analytical Chemistry (Elsevier, RSC y Wiley), un libro sobre Calidad del Aire (Elsevier), 2 libros sobre Análisis de Alimentos (Elsevier and Wiley) y un libro en dos volúmenes sobre Smart materials en Química Analítica (Wiley). En la actualidad está preparando un libro sobre Nuevas sustancias sicoactivas con un contrato con Elsevier. Además ha publicado 12 capítulos de libros. Ha dirigido 35 tesis doctorales y es Editor jefe de Microchemical Journal (Elsevier), miembro del consejo editorial de varias revistas y fue condecorado como Chevallier dans l’Ordre des Palmes Académiques por el Consejo de Ministros de Francia y Premio de la RSEQ (España). Entre 2008 y 2018 publicó más de 300 columnas de opinión en el diario Levante EMV y colabora con El Cuaderno desde mayo de 2021.
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Estoy de acuerdo con el contenido del artículo, temiéndome que en la realidad política actual, no sea más que un proceso de intenciones, ya que sin necesidad de señalar a determinados políticos que están en la mente de todos, se está consagrando con normalidad la opacidad, siendo usual no dar explicación alguna.
En este contexto solamente cabe apelar a la Ley, aunque deprime que hasta las normas más claras sean objeto de forzadas y estridentes interpretaciones, que se traducen en la larga lista de espera de los recursos que se apilan ante el Constitucional y el Supremo, y sin olvidar la interferencia del ejecutivo en los poderes legislativo y judicial, que supone cargarse de un plumazo la división de poderes.
En fin, quisiera estar equivocado, aunque no estoy precisamente animado ante el futuro incierto que nos espera.
Saludos cordiales.