/ por Javier Puig /
La primera escena de Vértigo. De entre los muertos (Alfred Hitchcock, 1958) es, junto con la segunda y alguna otra posterior —en general, aquellas en las que no aparece Kim Novak—, por contraste con otras memorables, una de las menos brillantes. Su imprescindible presencia cumple con la función de presentarnos al personaje principal, a Scottie Ferguson (en todo momento muy bien interpretado por James Stewart). Es un hombre en las últimas fases de convalecencia por una caída durante la persecución de un delincuente. Pero su dolor no es solo corporal, sino que se siente culpable de la muerte del policía que intentó salvarlo. Como consecuencia, le queda un potente trauma, y una secuela en forma de vértigo. El hecho de hallar a este personaje, lesionado, y junto a una mujer, nos recuerda inmediatamente a La ventana indiscreta, pero hay dos importantes diferencias: la de que Scottie tiene el ánimo más plenamente derrumbado y que la mujer que lo acompaña, a la que acude él habitualmente, no es ninguna amante, sino simplemente una buena amiga, en un rasgo de cierta inverosimilitud que se entenderá más adelante, cuando se aprecie el buscado contraste con Madeleine, la mujer de la que él se enamorará.
La segunda escena es también estrictamente necesaria. Un antiguo compañero de estudios reclama a Scottie para realizar una labor entre detectivesca y de protección de su mujer. Luego sabremos por qué lo ha elegido a él, a ese hombre que ha salido en los periódicos, del que se sabe que ha sido dado de baja de la policía por esa discapacidad en forma de acrofobia.
A partir de ahí, se suceden unas escenas inolvidables, extraordinarias. Scottie sigue los extraños movimientos de una mujer de la que quedará rendido a su misterio y a su belleza. Aquí entra en juego la impagable música de Bernard Hermann. Scottie apenas tendrá que ocultarse en sus movimientos, pues irá observando que Madeleine actúa como si estuviera hipnotizada. A mitad de película, tras el primer final de la historia (hay dos finales, pero con el primero nos hubiéramos quedado in albis), comprenderemos que esa mujer es en realidad un personaje que está siendo interpretado para un solo espectador, al que se pretende embaucar para los malvados propósitos del amigo.
Aviso de que voy a incurrir en algún espóiler —no en el definitivo—, pero ello no debe importar mucho cuando Eugenio Trías vio, sin problema, cien veces esta película para acabar escribiendo un ensayo de doscientas páginas sobre ella. Y, además, aquí, es el propio Hitchcock el que nos desvela gran parte del misterio a mitad del relato, un misterio que seguirá siéndolo para Scottie, aunque, lentamente primero y de forma precipitada al final, se le vaya desvelando.
Es increíble cómoconsigue el director británico convertir a Kim Novak, en su papel de Madeleine, en una mujer tan bella como luminosa, que se mueve dentro de un halo que sugiere una etérea inserción en el mundo, la de quien, por momentos, en su papel, cree ser una antepasada suya. El plano en que se muestra cercana por primera vez, cuando Scottie la ve a través del resquicio de una puerta, en la floristería, es una aparición sublime. Pero lo sigue siendo en cada una de las estaciones de ese seguimiento. Scottie, un hombre que ha perdido su autoestima, está listo para caer en la credulidad, en una seducción que lo dejaráabsolutamente embelesado. He ahí la diferencia con su amiga. Esta lo quiere de verdad, pero él no se contagia de ese sentimiento, mientras que Madeleine es un personaje que no se le entrega, secreto, inaccesible, que lo atrae desde otra dimensión de la realidad, sin dejarle margen para la resistencia.
La bisagra de la película es el juicio en el que se dirime el supuesto suicidio de Madeleine. El juez vapulea a Scottie con sus comentarios acusadores, innecesarios porque lo son de una pretendida culpa que no es sancionable. Se le acusa de haber aceptado aquel trabajo siendo todavía un incapacitado por su acrofobia. Como resultado de ese segundo trauma en el que cae, que es el de la pérdida de la mujer que amaba por culpa de su impotencia para salvarla, entra en una grave depresión que le durará meses. Allí, en el hospital, vemos las visitas de su amiga, esa mujer que lo quiere de veras y que no abandona la esperanza de que algún día se enamore de ella.
En la primera parte, la cuestión de la identidad que se contempla es la de una mujer que falsamente se cree otra, pero que, a los ojos de él, representa un suceso real, aunque resulte inaudito. En la segunda, lo que ocurre sugiere otro tipo de reflexiones posibles. En la calle, Scottie ve a una mujer que se parece extraordinariamente a Madeleine. Aunque su peinado, el color de su pelo, su vestimenta, su maquillaje y hasta su forma de hablar son distintas, él se siente atraído, porque claramente comparte rasgos con su amada fallecida. Se acerca a ella. Poco a poco la va seduciendo. Si se resiste, es lamentándolo al mismo tiempo, secretamente, porque esa mujer auténtica, Judi, es la que interpretó a la falsa Madeleine, y la que se enamoró del hombre al que estaba obligada a engañar, el que, por un encargo profesional primero, y por devoción amorosa después, la perseguía.
Si Judi le revelase el engaño, si le dijera que fue la impostora que contrató el marido de la verdadera Madeleine, tendría graves problemas, tal vez con la justicia, pero también con él. Al conocer la falsedad que tanto daño le había producido, su amor por ella —¿y quién es ella, esa superposición de dos identidades?— no impediría su furia, y su rechazo, quizás para siempre. Y si no se lo dijera, podría enamorarlo desde otra mujer, desde la verdadera. Pero esto último no es posible. Scottie se empeña en que Judi vaya adquiriendo la imagen de la mujer que amó. Se enamoró de aquella presencia concreta, con su belleza y su misterio; solode eso. No le basta esa mujer real de ahora, la que, poco a poco, finalmente se ha dejado seducir, hasta entregarse plenamente. Scottie solo aspira a recuperar aquella imagen, a resucitarla, haciéndola posible, palpable, latiente, aunque esa Judi sea tan distinta al hablar, al moverse como una mujer vulgar, y no como aquella joven que se deslizaba por el mundo ligera de la pesadez de los seres corrientes, siempre a punto para su evanescencia.
Cuando Scottie descubre el engaño, su reacción es de furor. Está claro que, en esos momentos de terrible decepción, no puede amar a esa mujer, por mucho que, vestida como Madeleine, peinada como ella, sea la réplica perfecta de la que se realizó como un sueño verdadero; un sueño ahora contrariado por una realidad burda, mezquina, que no puede suavizar Judi cuando le dice que lo ama, que lo amaba. La magia se ha acabado, pero aún podría quedarle a Scottie una esperanza: la de que, tras esa frustración irredimible, lograra ajustarse a una conformidad salvadora y fuera capaz de amar a esa nueva mujer en la real consistencia de sí misma. Nunca sabremos si eso sería posible.

Javier Puig (Barcelona, 1958) es escritor, poeta y articulista. Sus artículos sobre literatura y cine empezaron a publicarse en revistas como La Lucerna y, más tarde, en distintos medios digitales, como el periódico Mundiario. Tres selecciones de los mismos han sido recogidas en Los libros que me habitan (2019), Miradas de cine (2020) y La vida es lo difícil (2021). Sus poemas y relatos han sido incluidos en revistas como Empireuma y diversos libros colectivos. En 2020 publicó la plaquette de poesía Estancias en la finitud. Reside en Orihuela desde 1988.
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