Creación

Raulito

El hijo de once años de la vecina, de pelo negísimo y rostro cadavérico, toca el violín, pero está harto. Un relato de Fernando Prado Eirin.

/ un relato de Fernando Prado Eirin /

Mi vecina tiene un hijo de once años. Chiquito y flaco. El cabello negrísimo y una palidez extrema le hacen parecer enfermo y le dan un aire melancólico, así como de siglo XIX. Camina dando pasos cortos con los pies metidos en unos zapatos tres o cuatro números por encima de su talla. A menudo me lo encuentro en las escaleras o en el portal. Una mochila le cubre la espalda y el peso lo hace inclinarse hacia adelante; va solo al colegio, que está a tres manzanas, se para en los pasos de cebra y comprueba que los coches se han detenido antes de cruzar la calle.

El médico me dio la baja la semana pasada. Me caí bajando del bus al regresar del trabajo. Fractura de cúbito y radio. Desde entonces, cada mañana salgo a desayunar a la cafetería de la esquina. Pido un café con leche de avellana, un cruasán y un vaso de agua y me quedo allí una hora o más leyendo el periódico o viendo el noticiero en el televisor mudo. Luego doy un paseo por el barrio, compro cuando lo necesito y regreso a casa. Después de comer me tumbo en el sofá y dormito quince o veinte minutos. Entonces me tomo un café solo y veo una serie turca que me ayuda a pasar la tarde riéndome de las desgracias de los protagonistas.

La paz se acaba cuando llega el chico. Raulito, ponte con los deberes; Raulito, sal a jugar con tus amigos; Raulito esto y aquello. El niño ignora a su madre y se encierra en la habitación a tocar el violín. Debe llevar dos años aprendiendo, pero apenas se perciben resultados. No es capaz de seguir una rutina y debe de aburrirse cuando se equivoca varias veces, porque enseguida comienza a frotar el arco contra las cuerdas, emitiendo las notas más agudas posibles y aquello parece un montón de gatos siendo desollados vivos.

La madre irrumpe en la habitación al cabo de una hora empujando la puerta con una violencia desesperada y haciendo que esta se golpee contra la pared. El niño deja de tocar de inmediato. «Se te acabó el tiempo», Raulito, le dice, y lo insta a guardar el instrumento; a pesar de que utiliza palabras amables para formar oraciones cortas, sencillas e inteligibles, su tono es de autoridad, inflexible. «Dúchate y vístete bonito, recuerda que hoy tienes dentista», le ordena. Puedo imaginar sus ojos de puñal clavándose en los del niño, los labios fruncidos después de cada frase, incluso la presión que ejercen sus mandíbulas al apretarse la una contra la otra. Raulito no dice nada. Obedece. Escucho la ducha y el chapoteo del agua que se acumula en la bañera por culpa de un sumidero parcialmente obstruido. La madre camina por todo el apartamento; sus pasos se escuchan recorriendo el pasillo, el salón, el pasillo, la habitación, el pasillo; cuando entra en el baño Raulito le grita que salga, que aún no terminó. «Qué insoportable estás», le reprocha ella.

Los veo irse desde el balcón. La madre camina sobre unos tacones altos, el vuelo del vestido floreado y su melena cobriza al viento le otorgan una liviandad impropia de la especie. El niño va detrás, esforzándose por seguir su paso, lo cual es casi imposible debido a los bluyines varias tallas más grandes, los zapatos de payaso y una camisa de cuadros que debió de ser de su padre, piloto comercial fallecido en un dudoso accidente en la selva amazónica.

Ya es casi verano. La gente viste ropas ligeras que dejan al descubierto brazos, hombros, pies. Se percibe cierta excitación en los cuerpos que caminan arriba y abajo por las calles, los conductores que circulan nerviosos con sus vehículos sobre el asfalto reverberante, la frondosidad recién despierta de los árboles es evidente. El chico y su madre desaparecen entre la multitud. Regreso al interior del apartamento y cierro la puerta del balcón para contener un poco el bullicio.

No pego ojo en toda la noche, así que salgo más temprano de lo habitual, doy un paseo por el barrio y compro el periódico. Al volver, me encuentro a Raulito en el portal. Tiene el lado izquierdo de la cara hinchado. Asusta, si se tiene en cuenta que sus facciones son cadavéricas. Estoy a punto de preguntarle qué le pasó cuando de pronto se abre el ascensor y la madre sale caminando con paso decidido, descalza sobre el frío mármol, la bata atada milagrosamente a la cintura. «¡El violín, Raulito, el violín!», grita histérica. Pero el niño sale corriendo sin mirar atrás. ¡Será posible!, gruñe. Saludo a la mujer con un gesto, dejo que la puerta se cierre y me voy escaleras arriba, sin decir ni una palabra.

Esa tarde los escucho discutir acaloradamente. El niño dice que no quiere tocar el violín nunca más. La madre le reprocha que no puede ser tan irresponsable, que la vida no es una cuestión de antojos, que no basta con hacer lo que nos apetece en cada momento, que lo importante no es llegar sino el camino, el tránsito. Yo me sirvo un refresco con hielo y salgo al balcón. Tal vez debería mudarme. Pienso que la relación empeorará a medida que pase el tiempo y Raulito deje de ser un niño. Los tacones martillean sincopadamente encima de mi cabeza. Se escuchan portazos, el niño emite un chillido animal y patalea como un potro salvaje. «¡No lo hagas, Raulito!», le advierte la madre, desquiciada. Entonces el violín se precipita al vació y se hace añicos en los adoquines. Los coches lo pisan como si fuera un pájaro muerto.


Fernando Prado Eirin, nacido en Caracas (Venezuela), siempre ha sentido la necesidad de expresarse a través de la escritura, la música o el dibujo. Ha participado en varios experimentos musicales. Observador nato. Actualmente es colaborador de la web boreal.com.es.


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