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¿Va Estados Unidos hacia un “horizonte de sucesos” fascista?

El «horizonte de sucesos» es la frontera imaginaria más allá de la cual no se puede escapar de la atracción gravitatoria de un agujero negro. ¿Ha sobrepasado ya Estados Unidos esa frontera en lo que respecta a su fascistización?

Artículo publicado originalmente en Unfortunate Front el 20 de julio de 2025, traducido del inglés por Pablo Batalla Cueto

Debajo del artículo, el lector encontrará la explicación de una serie de referencias familiares para el lector estadounidense, pero no necesariamente para el español, señaladas en el texto con llamadas numéricas.

Donald Trump se ha adentrado en territorio desconocido. La demostración de fuerza que se estaba preparando en California, con tropas de la Guardia Nacional y marines estacionados en Los Ángeles para ayudar al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) a llevar a cabo redadas, casi se ha desvanecido. Se podría suponer que el propósito de esta aventura era normalizar el uso federal de recursos militares para facilitar los agresivos objetivos de deportación de Trump y el Departamento de Seguridad Nacional (DHS). Si eso es así, entonces la operación ha sido un éxito. Doscientos marines ayudan ahora al ICE en las operaciones del «Alligator Alcatraz» en Ochopee (Florida): un complejo penitenciario construido con las mismas vallas metálicas que rodean las obras de construcción de corta duración en todo el país. El Pentágono ha hecho públicos sus planes de hacer lo mismo para las operaciones del ICE en Luisiana y Texas en algún momento de este año.

En general, hasta ahora, este es el único avance significativo de Trump en su segundo mandato. Todo lo demás, desde «acabar con la inflación» hasta «eliminar los impuestos a las propinas» o «eliminar las medidas DEI [Diversidad, Equidad e Inclusión] de nuestras industrias», no son más que eslóganes para prolongar la expectación y que las actividades materiales reales del Gobierno puedan proseguir aunque no beneficien a nadie. La reestructuración del Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE) empleó el mismo tipo de lenguaje florido para proporcionar a sus partidarios temas de discusión que les apasionaran, mientras el trabajo real se ocultaba lo suficiente para que pasara desapercibido y evitar que pareciera una locura. Esto puede resultar obvio para algunos, pero merece la pena señalar dónde se está llevando a cabo la actividad material real de la Administración. ¿Cuál es el objetivo principal del 47.º mandato presidencial de Estados Unidos?

A nivel internacional, Trump y Stephen Miller, subdirector del gabinete de Políticas de la Casa Blanca, podrían estar también sentando bases para distracciones preparadas de antemano. El presidente se mantiene impasible con Israel y finge descontento con Putin, pero la maquinaria bélica avanza impertérrita. En este momento, los medios de comunicación tradicionales y el propio Trump aparentan estar cansándose de la geopolítica.

Si sumamos este desinterés por el mundo exterior al uso creciente que hace Trump de los marines para asuntos internos, todo apunta a que el búmeran imperial[1] está volviendo a casa.

Aunque todo esto esté contribuyendo a la consolidación de un poder autoritario, aún no hemos llegado al punto de no retorno. Desde 2019, quizá incluso desde antes, hay cada vez más indicios del futuro fascista que parece aguardarnos. Tras cada nuevo acontecimiento «sin precedentes», como los disturbios de Charlottesville,[2] el asalto al Capitolio, el intento de asesinato de Trump o los asesinatos de Minnesota,[3] nos vemos obligados a preguntarnos qué tipo de incidente podría ser «el gran acontecimiento»; un suceso tan significativo desde el punto de vista político y social que demuela el statu quo debajo de nuestros pies. Caminamos por una rampa hacia el fascismo cuya pendiente va acentuándose, pero seguimos sintiendo que en algún punto del camino nos toparemos un precipicio.

Esta creencia en The Big One, El Gran Acontecimiento, algún tipo de punto de no retorno, emana de diversas referencias históricas. Algunos traen a colación el incendio del Reichstag, comparando la situación actual de Estados Unidos con el advenimiento de la Alemania nazi, pero he ahí el problema. Nos referimos a acontecimientos futuros solo a través del prisma de acontecimientos pasados. La gente de la República de Weimar no tenía un precedente histórico tan concreto del que acordarse, y no podía saber lo que vendría después del Decreto del Reichstag (y, luego, de la Ley de Habilitación). Debido a la fidelidad con la que Trump viene siguiendo las pautas fascistas hasta ahora, encallamos en la expectativa de que es improbable que haya una sorpresa.

Aunque haya numerosas comparaciones atinadas entre la Alemania nazi y la política reaccionaria de los conservadores actualmente al mando de Estados Unidos (presión sobre la prensa, persecución masiva de inmigrantes, culpabilización de dichos inmigrantes, campos de concentración…), no tenemos por qué llegar al punto de esperar que se repita aquí la cronología exacta de la Alemania nazi. Vivimos en un mundo muy distinto, tecnológica y culturalmente. Es cierto que nuestro progresismo de la última década se asemeja bastante al de la última etapa de la República de Weimar, pero nuestra multiculturalidad es más compleja y está más arraigada en diferentes aspectos de la vida estadounidense. Internet incrementa la incertidumbre en torno a —pero también la influencia sobre— corrientes sociales que no existían en 1933.

Esto no quiere decir que el fascismo manifiesto no esté saliendo del cascarón. Pero el abanico de posibilidades para los años venideros es mucho más variado que simplemente un Reichstag estadounidense. Ello se debe precisamente a que tenemos el precedente del incendio del Reichstag. Si se emprende un movimiento que recuerde demasiado a él, también se volverá muy posible que una oposición (de base) decida que ha llegado el momento de actuar. Por supuesto, los secuestros y campos de concentración del ICE recuerdan mucho al nazismo, pero a medida que Trump desnuda sus intenciones, cada paso que da es más susceptible de prender la chispa de una reacción violenta en su contra. Es decir, cuanto más nos acercamos al fascismo fortificado, más probable es que las cosas se desarrollen más creativamente que en los proyectos fascistas históricos.

Volviendo al propio Trump, estamos viendo cómo se desarrolla un nuevo punto crítico en su relación con Jeffrey Epstein. El caso Epstein y la teoría de la conspiración asociada a él son muy importantes para su base electoral, que Trump levantó de cero, en parte, instrumentalizando la ira justificada (y fácilmente cegadora) hacia la pedofilia y su omnipresencia. El Pizzagate[4] quedó atrás hace casi diez años, pero la mayoría de tertulianos e influencers de la derecha que impulsaron su difusión siguen haciendo lo mismo. Muchos votantes trumpistas ruidosos siguen creyendo a pies juntillas que una camarilla de pedófilos opera sin trabas dentro del Partido Demócrata, y esa creencia ha evolucionado hasta convertirse en una relación simbiótica con la retórica de Trump de «drenar el pantano» [«Drain The Swamp»] y sobre el «Estado profundo».

Ahora Trump está echando a perder esa conexión. El equipo de Trump afirmó de repente, dándole un viraje radical a su manejo del caso Epstein, que había un vídeo de la puerta de la celda de Epstein en el momento de su muerte, extremo que se había negado inmediatamente después de que se conociera la noticia de su fallecimiento en 2019.[5] Se hizo pública entonces la supuesta prueba audiovisual, pero al analizar los metadatos se descubre que se eliminaron casi tres minutos de los clips de vídeo sin editar. El escrutinio de la prensa comienza a agitar al equipo de Trump, y él mismo recurre a Truth Social[6] para arremeter contra la insubordinación de algunos de sus seguidores. Está claro que no querían esta reacción.

Este de Epstein es uno de los pocos temas con capacidad real de dividir a sus seguidores, y ya ha empezado a hacerlo. No cuesta trabajo imaginarse que el «efecto Don Teflón»[7] lo salve una vez más, y sin duda lo protegerá de algunas de las reacciones negativas, pero es poco probable que evite las consecuencias por completo. Las conexiones de Trump con Epstein son el eslabón débil del dogal con el que amarra a sus leales, aún inquebrantables. Y esto le hace necesitar el esfuerzo de distraer, retrasar y disipar la atención negativa. Pisar el acelerador de algunas de sus estrategias autoritarias podría ayudarlo a conseguir precisamente eso. Esa misma estrategia le ha funcionado tremendamente bien a Netanyahu.

Así pues, mientras permanecemos a la espera de algún punto concreto de no retorno —tal vez el momento en el que Trump se vea obligado a aplastar a los medios de comunicación para salvarse a sí mismo (acaba de denunciar al Wall Street Journal por publicar nuevas informaciones sobre sus conexiones con Epstein)—, una posibilidad incómoda se cierne sobre nosotros. ¿Y si ya estamos ahí? ¿Cómo se demuestra que estamos por delante o por detrás del punto de ruptura? Si nos lo tomamos con tranquilidad y definimos el punto de no retorno como el momento en el que nuestro sistema electoral ya no permita manifestar oposición al Gobierno actual, ¿dónde empieza a perfilarse esa línea difusa? Se podrían señalar las elecciones de mitad de mandato del año que viene, pero ¿qué tiene que pasar? Si el desempeño de los demócratas es pasivo y poco enérgico —como lo está siendo ahora—, ¿será un simple fracaso de los demócratas o el fin de la democracia estadounidense? ¿Tiene que ocurrir algo concreto (pucherazo agresivo en un extremo del espectro, una militarización total de las cabinas de votación en el otro) para que se franquee el horizonte de sucesos?[8] Si los demócratas, como partido de oposición a Trump, no reconocen la gravedad de los objetivos y acciones autoritarias del presidente, ¿puede la democracia estadounidense funcionar siquiera como el canario de las minas de carbón?

En realidad, cuanto más nos empeñemos en concretar ese momento, menos lo entenderemos. Estamos ante la propiedad cuántica del fascismo en acción, algo que nuestras instituciones y sus agentes están pasando por alto. El momento no se puede observar, porque, por su propia naturaleza, jamás está quieto. Si miramos hacia delante, veremos en el horizonte un derramamiento de sangre civil que identificaremos como el momento en que todo cambia. Si miramos hacia atrás, veremos que ese día ya tuvo lugar en 2021.

A la izquierda estadounidense le gusta tomar prestado aquello de Bruce Lee: «Be like water», sé como el agua. Pero está claro qué lado del espectro político se acerca más a ese ideal, ola desorientadora tras ola desorientadora: campañas de desinformación, «hechos alternativos», incongruencias, divagaciones, un teatrillo que encubre sus intenciones bajo tanta ironía que envenena el pozo político. La izquierda, a la vista de todo esto, intenta ser flexible, reapropiándose del derecho a (y la cultura de) la autodefensa y adoptando una postura social más beligerante. Pero no consigue licuarse de veras, y se ha esforzado muy poco en convertirse en un contrapoder. Los moderados —más aún los democrats electos— son cada vez más rígidos. Prefieren una tímida cortesía incluso al statu quo, eso que antes era su más alta ambición. No parece que hagan falta alforjas para el viaje deprimente de esperar una solución electoral de gente como Chuck Schumer o Hakeem Jeffries.[9] La polarización, la galvanización, la vehemencia…, todo eso es mentar la bicha para un partido que solo busca detener el reloj, en lugar de trazar un camino diferente hacia delante.

No tiene sentido sentarse a esperar y a detectar algún horizonte de sucesos fascista. No lo verás, y tu destino será el mismo que el del resto de nosotros: verte arrastrado por él, y que dé igual cuán consciente intentes ser. Lo que venga tras ese punto es imprevisible, y por eso la flexibilidad política y social es lo único que importa. Todavía podemos prepararnos aprendiendo de lo que las víctimas del fascismo anteriores a nosotros experimentaron y relataron. En lo que no podemos confiar es en ninguna forma de estabilidad, salvo aquella que construyamos nosotros mismos.

El cambio está garantizado. Cualquier reflexión adicional es contraproducente.


[1] El «búmeran imperial» es una tesis planteada y desarrollada por Aimé Césaire, según la cual aquellos gobiernos que desarrollan técnicas represivas para controlar territorios coloniales terminarán desplegando esas mismas técnicas a nivel interno contra sus propios ciudadanos. (N. del T.)

[2] Los disturbios de Charlottesville ocurrieron en esa localidad de Virginia el 11 y 12 de agosto de 2017, tras un mitin de extrema derecha cuyo objetivo era oponerse a la eliminación de una estatua de Robert E. Lee —ilustre general de la Confederación en la guerra de Secesión estadounidense— del Parque de la Emancipación. La manifestación se encontró con una contramanifestación y se generó una trifulca que provocó más de treinta heridos. Más tarde, un supremacista blanco atropelló deliberadamente a una multitud de antifascistas, matando a uno de ellos e hiriendo a 35. (N. del T.)

[3] El autor se refiere a sendos ataques a mano armada contra dos legisladores demócratas del estado de Minnesota el 14 de junio de 2025. La diputada Melissa Hortman y su marido Mark fallecieron; el senador John Hoffman y su esposa, Yvette, resultaron heridos de gravedad. El autor identificado de los tiroteos fue un cristiano evangélico llamado Vance Luther Boelter, a quien se le encontró un listado de 70 objetivos: políticos demócratas, activistas proaborto, etcétera. (N. del T.)

[4] La del «Pizzagate» es una teoría de la conspiración originada en torno a la campaña electoral estadounidense de 2016, según la cual varios restaurantes estadounidenses —entre ellos, una pizzería de Washington llamada Comet Ping Pong— y autoridades del Partido Demócrata estaban implicados en una enorme red de tráfico de personas y abuso sexual infantil. (N. del T.)

[5] Jeffrey Epstein —magnate financiero y cabeza de una red internacional de explotación sexual— murió en prisión el 10 de agosto de 2019. El fallecimiento se catalogó como suicidio por ahorcamiento, pero sus extrañas circunstancias desataron diversas especulaciones. Epstein se hallaba bajo vigilancia especial debido a un intento de suicidio previo, y de ahí la relevancia de saber si la puerta de su celda estaba cerrada (lo que reforzaría la tesis del suicidio y la negligencia de los responsables de la prisión) o abierta, lo cual haría pensar en un asesinato para evitar que revelara información comprometedora. (N. del T.)

[6] Truth Social es una red social propiedad de Trump. (N. del T.)

[7] Teflon Don, Don Teflón, fue un apodo de John Gotti, un jefe de la mafia estadounidense, debido a su habilidad para evitar condenas en varios juicios en los años ochenta. (N. del T.)

[8] Horizonte de sucesos es como se llama a la «frontera» imaginaria alrededor de un agujero negro; la línea más allá de la cual la velocidad de escape necesaria para liberarse de su intensa atracción gravitatoria supera la velocidad de la luz. (N. del T.)

[9] El senador Chuck Schumer (1950- ) y el congresista Hakeem Jeffries (1970- ) son dos legisladores neoyorquinos considerados moderados o centristas dentro del espectro del Partido Demócrata, alineados con el establishment de la formación y caracterizados —más allá de los valores progresistas consensuales del partido en temas de diversidad, clima, etcétera— por la cortesía hacia los republicanos y la búsqueda de consensos bipartidistas; el apoyo a Israel (Jeffries incluso se reunió con Netanyahu en abril de 2025); un apoyo en el mejor de los casos tibio hacia medidas como Medicare For All o el Green New Deal y una relación tensa con el ala progresista encabezada por Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez. (N. del T.)


Unfortunate Front es un proyecto editorial con sede en la costa oeste de los Estados Unidos. El autor de este texto prefiere mantener el anonimato.


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