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La fosa de las palabras

Miguel Tellado podría haber escogido la expresión habitual «cavar una tumba» para referirse al deseo del PP de derrocar a este Gobierno. Pero eligió la palabra «fosa». Y las palabras no son inocentes, y esa palabra, en España, tampoco. Troy Nahumko escribe sobre cuánto «importa resistir esta guerra de palabras», frente a gente que, al decir «fosa», no solo habla, sino que nos recuerda, de forma implícita, quién manda realmente en España.

/ por Troy Nahumko /

Imagen destacada: fosa común de Bellaguarda, Generalitat de Catalunya

Es el lugar más profundo y oscuro del planeta; un sitio donde la esperanza y la luz ya no existen. Un vacío impenetrable al que no llega la luz. La herida más honda de la Tierra: un pliegue en la corteza donde la placa del Pacífico se hunde bajo la de Filipinas, una violencia invisible que se traduce en profundidad. Un reino de pura negación: la Fosa de las Marianas, una grieta en la piel del planeta que se sumerge once kilómetros bajo el brillante Pacífico. No es el abismo de Dante ni el de Milton, pero cuesta no sentir en su presencia el eco de viejos terrores.

Y, sin embargo, cuando en España se oye la palabra «fosa», no es esa la imagen que se nos viene a la cabeza. Aquí la palabra evoca otra oscuridad: las fosas comunes llenas durante y después de la guerra civil, donde la ideología y la violencia enterraron no solo cuerpos, sino también su memoria. Lugares de una tristeza insoportable donde la ideología rancia acabó con toda esperanza. En España, las fosas no son historia, ya que aún se siguen abriendo.

Justo con esa ambigüedad jugó Miguel Tellado, número dos del Partido Popular de Alberto Núñez Feijóo, el otro día. Podría haber usado la expresión habitual «cavar una tumba». Pero no: eligió «fosa». Y no fue un lapsus ni un simple sinónimo casual. Incluso este humilde aprendiz de castellano puede percibir el peso de esa elección. Una tumba es singular, ceremonial, incluso digna. Una fosa es colectiva, anónima, un hoyo donde se arrojan víctimas. En España es una herida abierta que la extrema derecha lleva medio siglo intentando mantener cerrada. Son las más de 4000 preguntas sin respuesta que siguen sin investigarse en todo el país, un recordatorio brutal de parte de los descendientes de los perpetradores sobre lo que puede pasarle a quien se les enfrente.

Y no es un caso aislado. Forma parte de una guerra continua con las palabras.

La guerra del lenguaje

Las palabras nunca son neutras. Las metáforas no son simples adornos: enmarcan cómo pensamos. Como recuerda el lingüista George Lakoff, las metáforas resaltan unas verdades y esconden otras. Si la inmigración es una ola, entonces los migrantes no son personas, sino un desastre natural. Si los adversarios políticos son enemigos, el acuerdo se convierte en traición. Si el golpe de Franco fue una Cruzada en vez de un levantamiento militar, entonces la dictadura pasa a ser salvación. En Extremadura y otras comunidades, la derecha y la ultraderecha están cambiando las leyes de memoria histórica y rebautizándolas como «leyes de la concordia». En el proceso borran directamente la palabra dictadura de la comunicación oficial, como si las ejecuciones sumarísimas y la represión pudieran suavizarse en un acuerdo razonable, poniendo en el mismo plano a víctimas y verdugos.

La historia muestra lo peligroso que es esto. En Ruanda, la radio deshumanizó a la minoría tutsi llamándola «cucarachas», preparando a la gente para el genocidio. Donald Trump reinterpretó la fábula de Esopo del campesino y la serpiente para pintar a los inmigrantes como traicioneros por naturaleza, susurrando que Estados Unidos era el campesino y los migrantes el veneno. Incluso la guerra del Golfo se justificó con metáforas: Sadam era «Hitler», Kuwait estaba siendo «violado», la economía americana «estrangulada». Su reciente propuesta de volver a llamar al Departamento de Defensa «Departamento de Guerra» es un ejemplo menos sutil de ese «ataque». Lakoff tenía razón: las metáforas pueden matar.

España lo sabe de sobra. La propaganda franquista hablaba de los «rojos» como una enfermedad a extirpar, de la «anti-España» como un enemigo interno. Hoy la ultraderecha recicla esa misma deshumanización, llamando «brujas» a las feministas, «invasión» a los refugiados, «traidores» a los rivales políticos. La elección de palabras prepara el terreno para la política de exclusión.

Incluso en cuestiones sociales pasa lo mismo. En su intento de disimular una homofobia descarada, la derecha decía que no estaba en contra de los derechos, sino solo del uso de la palabra matrimonio para el matrimonio igualitario. Un giro perverso del: «En el principio fue el Verbo».

Por qué importa

Algunos dirán: son solo palabras. Pero las palabras calan más hondo de lo que creemos. Moldean la memoria, enmarcan la realidad y preparan la imaginación para la acción. El dicho inglés «sticks and stones may break my bones, but names will never hurt me» (los palos y piedras podrán romper mis huesos, pero las palabras nunca me harán daño) no puede estar más equivocado. Cuando Tellado dice «fosa», no está simplemente hablando: nos está recordando, de forma implícita, quién controla el relato del pasado de España. Y si la derecha controla el pasado, también controla el futuro. Aquí lo de «a palabras necias, oídos sordos» no vale.

Por eso importa resistir esta guerra de palabras. No se trata solo de memoria histórica, sino de la propia democracia. Si aceptamos metáforas de odio y deshumanización, dejamos que guíen nuestra política. Si, en cambio, insistimos en metáforas de dignidad, solidaridad y luz, abrimos otras posibilidades.

Palabras como resistencia

Como los poetas, debemos acercarnos al lenguaje con cuidado y con valentía. Cada ciudadano, cada periodista, cada profesor, cada político tiene la responsabilidad de detectar y cuestionar los marcos que se nos imponen. Señalar la «fosa» cuando la escuchamos. Preguntarnos si de verdad una «ola» migratoria es una ola, o personas buscando una vida mejor. Recordar que las palabras pueden enterrar, pero también pueden desenterrar.

La batalla por las metáforas es la batalla por la memoria, la dignidad y la democracia. Y España, más que nadie, sabe cuántas cosas dependen de si vence el silencio o la palabra.

Si las palabras pueden cavar fosas, también pueden abrir puertas. Incluso en el fondo del océano, en el suelo de la fosa más profunda, del planeta yace una simple bolsa de plástico abandonada. Los científicos la descubrieron en la Fosa de las Marianas, ese lugar más allá de la luz, más allá de la vista, pero no más allá de la sombra humana. Incluso en ese reino de profundidad y silencio absolutos, persisten rastros de nuestra negatividad. Si dejamos que las metáforas tóxicas sigan descendiendo sin freno, nos acompañarán hasta lo más hondo de nuestra conciencia colectiva. Pero si resistimos y replanteamos, nuestras palabras pueden ser la luz que llegue a las heridas más profundas… y empiece a cerrarlas.


Troy Nahumko es escritor, músico y docente canadiense radicado en Extremadura, tras haber residido en Estados Unidos, Yemen, Azerbaiyán, Libia y Laos. Ha escrito para medios de todo el mundo como The Globe and Mail, The Sydney Morning Herald, The Toronto Star, The Straits Times, DW-World, Counterpunch o El País y actualmente es columnista de Diario Hoy y Lonely Planet. Publicó recientemente su primer libro, Stories left in stone, trails and traces in Cáceres, Spain (University of Alberta Press, 2024).


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