/una reseña de Pablo Luque Pinilla /
El poeta Emilio Ruiz Parra escribía en un artículo sobre el maestro Bashō que el haiku «utiliza las palabras de puntillas», de tal manera que «la realidad queda en él levitada, sin poner apenas los pies —la palabra— en el suelo». De esta delicada naturaleza participan los haikus de Entre las brasas del instante, de Daniel Mocher, que con este libro se consagra como un autor felizmente asentado en el género breve. Acaso porque Mocher posee una notable habilidad para el registro poético conciso, ya sea éste el aforismo—con las connotaciones reflexivas y moralizantes que le corresponden— como sucedía en su poemario Los propios pasos, como en esta ocasión. No obstante, la presente entrega hace patente su aptitud para la literatura minimalista de acuerdo con el tipo de composición contemplativa y sugerente en la que el poeta aquí se ha embarcado.
A priori tiene solo relativo sentido esperar en este volumen los aspectos del haiku tradicional sin fisuras. De hecho, es ya frecuente entre los haikistas en español —especialmente desde el auge editorial de esta forma lírica en la última década del siglo XX y su consolidación durante el siglo XXI— desplegar los ingredientes clásicos, aunque trasmutados por el lenguaje y sensibilidad de nuestro tiempo y contexto cultural. Porque lo fundamental es la escritura contemplativa tan característica, a través de algunos elementos que la facilitan, pero que en nuestro entorno obviamente cambian, se ensanchan o matizan, según el caso.
De este modo, es posible reconocer en los versos de Mocher un delicado y hermoso entrecruzarse de elementos de la naturaleza, hallar la presencia —explicitada o no— de las estaciones, experimentar la irrupción del silencio a través de las pausas y encontrar imágenes descriptivas, elementos todos propios del haiku primigenio, que ponen de manifiesto que la realidad —y el tiempo que en ella se fuga— contiene una profundidad intrínseca. O por explicarlo como lo haría Vicente Haya, reinterpretando en clave alegórica a Valéry: «lo más profundo es la piel». Por consiguiente, tropezamos con composiciones donde el instante brilla delicado y sugerente, como en «Sobre los tréboles» o «Sobre la grama», y en «Junto a la rambla» leemos:
Junto a la rambla,
los almendros en flor
siguen su curso.
Pero, asimismo, encontramos expresiones poéticas donde el asombro y el pensamiento se asoman, desvelando una emoción contenida. A saber, «Solo tenemos» o «¿Qué truco hiciste?»:
¿Qué truco hiciste?
Ya no estás en el mundo
y estás en todo.
De la misma forma, algunos de los poemas de Entre las brasas del instante se alejan de la observación directa de la naturaleza y del uso sistemático del kigo estacional, y se adentran en un territorio más inmediato, más emocional e incluso metafísico, respetando, de todas maneras, una respiración muy específica que propicia que el lector desvele, tras la lectura, aspectos de lo observado que lo aprendido o la costumbre impiden ver. Acaso porque Mocher maneja bien las tensiones y silencios, para que evoquen y funcionen como una ventana donde asomarse al vasto horizonte de lo invisible e inasible de lo real:
Tenías todo
lo que me hacía falta
para ser uno.
Adentrándonos aún más en el territorio de su impronta particular, es posible encontrar composiciones traspasadas por la voz del aforista. Incluso a veces aparece con sutileza la greguería, como en «El pecho es nido» o «Son las piscinas»:
Son las piscinas
pórticos de una gloria
hiperclorada.
Estos versos, lejos de desentonar, enriquecen el conjunto y nos recuerdan que el mismo Gómez de la Serna, máximo exponente de la greguería, era consciente de la potencialidad del artefacto japonés cuando afirmaba que «el haiku es un telegrama poético». Una misiva hiperbreve en la que Mocher parece hundir los pies a ambas orillas de un hermanamiento, el del haiku y el de la lúdica, sorprendente y chispeante greguería, a priori antitéticos, en un esfuerzo literario que merece nuestra admiración. Porque estos poemas no se apartan de la esencia del haiku —insistimos—: más bien intentan con prudencia recrear esa corriente originaria desde la conciencia occidental y traducirla para que sea accesible al espíritu contemporáneo en nuestras coordenadas geográficas. Por consiguiente, en lugar de evocarse la flor de un almendro —si bien en esa línea también hay composiciones, según hemos visto—, se observa el columpio que aún se mueve, aunque el niño ya no está, como ocurre en «Columpio roto»:
Columpio roto,
sigues moviendo a un niño
que ya no existe.
Porque en todo ello es posible seguir hallando esa fidelidad al aquí y ahora, a la atención consciente, para hacerse eco en el texto de su esencia, desencadenando una intensidad que justifica el título del libro y por donde, paradójicamente, nos vamos alejando del horizonte de ecuanimidad y estatismo tempera(tura)mental que del género se espera:
Solo tenemos
la brasa del instante,
su quemadura.
Sea como fuere recibida por cada cual esta propuesta lectora, parece innegable que estos visos de ingenio y aliento hispano-grecolatinos de los que venimos hablando, y que convierten estos haikus en un artilugio bastante personal, no remiten a sentimentalismo ni superficialidad alguna, sino que responden pulcramente a una austeridad formal que recoge parte del legado de Mocher como aforista y lo eleva a otro plano en su búsqueda por ajustarse al espíritu del haiku. Al lector que aquí escribe, este singular encuentro le suscita agradecimiento y sorpresa, quizás porque todo sistema de pensamiento —como el oriental de origen en este subgénero— tiene su reverso, del cual se nutre y al que nutre, e, igualmente, sin poder evitarlo, se somete a la prueba del algodón del dinamismo cotidiano. Ya que, al final, no es posible vivir sin experimentar deseo y dolor. Y sin entender que, casi siempre, lo de menos son el objeto del deseo y el dolor si prevalece una experiencia liberadora. Quiere decirse, por lo que a este poemario nos concierne, que de estas tensiones participan los versos del autor, y nos parece que en ellos no solo son abordadas, sino que se evidencian admirables paradojas y se suscitan preguntas —y hasta principios de respuestas—. La más importante en mi opinión: ¿El silencio es únicamente silencio o es la expresión de una voz que es posible escuchar entre las agitaciones del mundo, y que aquí no se resiste a ser silenciada?
Ramo de flores
marchitas, su belleza
no es de este mundo.
En definitiva, Entre las brasas del instante es un volumen que se suma a la hermosa tradición del haiku que es también, aunque levemente transformada, la nuestra: la de su reescritura a la luz y la sombra de la sensibilidad hispanohablante de raigambre occidental, que admite decantar en ella una herencia del otro lado de la cultura. En esta línea se inscribe Mocher junto a poetas haikistas en nuestro idioma. Sin intención de obviar los ejemplos más preclaros de los manuales, mencionaré algunos de mi círculo más próximo de familiaridades. Entre ellos, quiero acordarme de Ricardo Virtanen, José Cereijo, Aurora Luque o del más joven Aitor Francos, un autor asimismo destacado —si bien no sólo— en los géneros breves. Pléyade a la que Daniel Mocher se añade de manera oportuna, en un ejercicio de comprensión de la gramática poética y espiritual del haiku, que entiende que éste, antes que una composición poética, es —si la dicotomía es admisible— una mirada atenta a la realidad.
Al final, este texto nos parece una apuesta sincera por el instante cuando reconoce que su esencia es escaparse pues advierte en esta encrucijada su misterio y, de este modo, permite que afloren sus factores constitutivos implícitos. Un gong donde la palabra precisa resuena de manera verdadera.
Así lo vemos también en uno de los tres tankas incluidos en el libro, fiel al sesgo más comunicativo que del tanka se espera, proclive a expresar pensamientos y emociones íntimas, y que, no por casualidad, da título al poemario.
Ruego que todo
en mi vida suceda
como contigo:
arder entre las brasas
del instante y saberlo.

Daniel Mocher
Calblanque, 2025
104 páginas
15 €

Pablo Luque Pinilla (Madrid, 1971) es autor de los poemarios Greenwich (44º Premio Ciudad de Irun de Poesía, Algaida, 2021), Cero (con ilustraciones de Fromthetree, Renacimiento, 2014), SFO (con fotografías de José Luis R. Torrego, Renacimiento, 2013) y Los ojos de tu nombre (Huerga & Fierro, 2004), así como de la antología Avanti: poetas españoles de entresiglos XX-XXI (Olifante, 2009). En Estados Unidos publicó la versión bilingüe inglés-español de SFO (trad. Korbin Jones, Tolsun Books, 2019). Fue el creador y director de la revista de poesía Ibi Oculus (2008-2018, Ed. Encuentro) y junto a otros escritores fundó y dirigió la tertulia Esmirna (2007-2012). Ha publicado poemas, críticas, prólogos, estudios, artículos y entrevistas en diversos medios españoles y ediciones bilingües italianas, y participa de la poesía a través de encuentros y recitales, entre ellos el ciclo El Latido que celebrara el Instituto Cervantes de Roma.
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