El runrún interior

El runrún interior (160)

Pablo Batalla escribe en su dietario sobre una visita al Camp Nou o la lectura de dos libros que lo han cautivado: 'Cómo el mundo creó Occidente' y 'La mala costumbre'.

El runrún interior (159)

Imagen destacada: el Camp Nou por dentro, fotografiado por Andreas Brox

Lunes, 29/9/2025. Los diputados de Vox Sergio Rodríguez y María José Verdú boicotean el minuto de silencio por Gaza en el pleno del Parlament balear, con golpes en la mesa. Esta gente que luego dice que defiende la cultura occidental ya no es que sea malvada: es que encima está por cepillar. Son alimañas asociales; tarugos rotundos, extremos; antropoides carentes del mínimo rudimento de civilización. Miguelón el de Atapuerca se portaría mejor.

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¿Qué clase de pesadilla de parálisis del sueño es una Gaza convertida en una mezcla de Grozni y Marina d’Or gobernada por el putísimo Tony Blair?

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Estoy disfrutando mucho Cómo el mundo creó Occidente: 4.000 años de historia, de Josephine Quinn; un libro que se lee rápido, a pesar de su grosor, porque la autora tiene esa difícil habilidad de amalgamar lo erudito y lo emocionante. Una historia distinta, mestiza y ancha de Occidente, contra la herencia decimonónica del «pensamiento civilizatorio» y su búsqueda absurda de compartimentos culturales estancos; de puertas puestas al campo de la curiosidad mutua y el intercambio constante entre los habitantes del megacontinente euroafroasiático. Las dos citas iniciales, de James Joyce y Salman Rushdie, enmarca bien el enfoque. La de Joyce, procedente de Irlanda, isla de santos y sabios (1907), es esta: «Nuestra civilización es un inmenso tejido en el que se mezclan elementos muy diferentes, en el que la rapacidad nórdica convive con el derecho romano, y las nuevas costumbres burguesas con los restos de una religión siríaca. En un tejido así, no tiene sentido buscar un hilo que haya permanecido puro, virgen y sin la influencia de otros hilos cercanos». Y la de Rushdie, procedente de De buena fe (1990), esta: «Con las mezcolanzas y los revoltijos, con un poco de esto y un poco de aquello, es como aparece la novedad en el mundo».

«Son las conexiones, no las civilizaciones, las que impulsan el cambio histórico», dice Quinn en la introducción, y prosigue explicando que: «Las civilizaciones son una forma tan familiar de ver el mundo hoy en día que pueden parecer hechos naturales, cuando lo cierto es que son una invención europea relativamente reciente, parte de un fenómeno al que yo llamo “pensamiento civilizatorio”». En el caso concreto de la civilización occidental, nos la imaginamos como un prodigioso árbol cuya semilla se plantó en Atenas y Roma, regada, si acaso, con agua de Jerusalén. Pero

«los griegos y los romanos rara vez comparten lo que en la actualidad se denominan valores occidentales. De hecho, gran parte de lo que estos antiguos daban por sentado parecería extraño hoy en día, o incluso inaceptable. La democracia ateniense era solo para los hombres, hombres que alababan la seducción de niños mientras sus mujeres permanecían en silencio y ocultas tras un velo. Los romanos abrazaron la esclavitud a gran escala y asistían a las ejecuciones públicas por pura diversión».

Quinn también alude a los intereses coyunturales que explican algunas invenciones perdurables del siglo XIX. La invención de la civilización minoica por Evans, por ejemplo; una cultura totalmente desconocida en la antigüedad. Era evidente qué estaba en la cabeza de Evans cuando escribía que «esta isla comparativamente pequeña, dejada hoy a un lado por todas las líneas principales de las relaciones mediterráneas, fue a la vez el punto de partida y la primera etapa en el camino de la civilización europea». No era casualidad que fuera un británico del siglo XIX quien acuñara «la idea de que Europa debía mucho a una potencia marítima en una isla de alta mar; a una isla, para más señas, que había albergado «una sociedad pacífica y artística, gobernada por reyes». Toda historia es historia contemporánea.

La historia real es que Europa fue durante mucho tiempo, también en aquella época, un apéndice menor, un finisterre, de las grandes culturas asiáticas, de Mesopotamia, de Egipto, de los hititas, de los asirios, etcétera, de donde procedían en realidad casi todas las supuestas invenciones de los griegos y los romanos. El gobierno por sorteo que creemos invención ática ya se practicaba mucho antes en Assur, la capital asiria, donde también había un sistema de magistrados anuales que daban nombre al año, como en Roma. Los matemáticos babilonios ya sabían que el cuadrado del lado más largo de un triángulo rectángulo era igual a la suma de los cuadrados de los lados más cortos un milenio antes de que lo descubriera Pitágoras. Hammurabi codificó las leyes de su reino siglos antes que los romanos. Las mujeres persas podían dirigir negocios, viajar con relativa libertad y comandar ejércitos o cuadrillas de obreros mientras las griegas necesitaban el permiso de su tutor masculino para cualquier cosa, no podían heredar y se cubrían la cabeza para salir de casa. Etcétera.

Todas estas innovaciones viajaban por un mundo mucho más interconectado de lo que pensamos: han aparecido rastros arqueológicos de la antigüedad europea incluso en el Gran Zimbabue. El progreso llegaba desde los bordes, de las fronteras, en las alforjas de los comerciantes. Pero esto —señala Quinn— no debería sorprendernos,

«ya que las nuevas ideas rara vez provienen del centro de un sistema. Los imperios, en particular, son intrínsecamente conservadores, y las coaliciones imperiales lo son aún más. Dejando a un lado las quejas mezquinas, las inmensas distancias y la lentitud de las comunicaciones de la época propiciaban que los malentendidos graves con los súbditos o los gobernantes hermanos pudieran ser desastrosos. La mejor manera que tenían las autoridades centrales para evitarlos era mantener las prácticas habituales, las relaciones estables y los símbolos convencionales de poder en un lenguaje tradicional. En cambio, la innovación ocurre en los bordes de estructuras más grandes y en comunicación con personas que están más allá de su control. Contrariamente a la lógica de las “civilizaciones” como bastiones autónomos de la superación personal, son las personas de la periferia, menos arraigadas en sus costumbres y con más que ganar con el cambio, las que cambian con mayor facilidad».


Martes, 30/9/2025. Veo mencionar en Cómo el mundo creó Occidente a los casitas, una de las etnias que habitó la antigua Mesopotamia. Como no he leído apenas nada sobre Mesopotamia en todos estos años, es la primera vez que me topo una mención a aquel pueblo desde la carrera, cuando tuve que hacer un trabajo sobre Mesopotamia para la asignatura de historia antigua. Y como es la primera vez en, uf, veinte años, me pasa una cosa rara, como de magdalena de Proust. La palabra «casitas» me lleva bruscamente a 2005; de súbito mi mente se transporta a la cafetería del Milán; R. hace un chiste con la palabra «casitas»; veo caras que había olvidado, me acuerdo de nombres que ya no recordaba, revivo el primer año de carrera, su ambiente, mi yo de aquel entonces, por solo una fracción de segundo, pero muy intensa. La memoria es, a veces, el cenizal de una chimenea, cuando lo removemos al levantarnos pareciéndonos apagado, después de todas las horas nocturnas desatendido, pero nos encontramos que guarda brasas que brillan un momento antes de apagarse, y hasta pueden alzar una efímera llama.


Miércoles, 1/10/2025. Augusto visitó la tumba de Alejandro, en Alejandría, tras su victoria en Accio. Se atrevió a tocar el cuerpo mismo, e incluso se dice que le arrancó un pedazo de la nariz. Tuvo, eso sí, mucho cuidado de evitar asociaciones con los ptolomeos recién derrotados, y se dice que rechazó la oferta de visitar sus tumbas con estas palabras: «Vine aquí a ver a un rey, no cadáveres».

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Un dato curioso: se conservan muchos nombres de perros de la antigüedad, pero ni uno solo de un gato.

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Vuelvo a acordarme, aquí en Barcelona como hace dos semanas en Madrid, de aquello que mi abuela decía a mis tías, cuando eran pequeñas e iban de Villaviciosa a Gijón u Oviedo: acordáivos de que aquí les medies hores son una, y los cuartos media. Hoy, mientras aguardo paciente el verde de un semáforo de la Diagonal, sonrío al notar una vez más en las meninges la cálida caricia de aquel recuerdo, que se compone, en el cine de la cabeza, no como recreación de una mujer de los años sesenta a la que dos niñas con trenzas escuchan, sino siendo yo el niño agarrado de su mano y oyendo aquel consejo que nunca he olvidado, y a veces me ha servido para darme una prisa extra o tener una extra cautela en estas megalópolis de todos los demonios, y esa evocación se engarza con otra, la de ella, mi abuela, contándome ya a mí la primera vez que fue a Villaviciosa desde su aldea, con cinco o seis años, llevadas por la maestra de la escuela a ver al cine una película sobre uno de los Evangelios; la impresión de las calles anchas, las farolas, los coches, la gente encopetada, las tiendas, la prisa de la multitud. Y entonces pienso en fractales, en espirales, en uróboros, en alguna de esas figuras que expresan de qué manera la realidad se pliega a veces sobre sí misma, quebrando y asfixiando la envarada sierpe de la línea recta del tiempo. O en un árbol genealógico con las ramas caprichosamente anudadas unas a otras, como esos platanares atechumbrados que hay delante de algunas iglesias. Soy aquí, a la vez, un niño asustado por la megalomanía de la gran ciudad, al que el fantasma sonriente de su abuela tranquiliza, y a la vez el fantasma tranquilizador, venido del futuro, de una niña de aldea que agarra mi mano adulta. Y en ese enmarañamiento nos volvemos cofre custodio de una pieza de sabiduría crucial, elemental, familiar: en la ciudad las medias horas son una, y los cuartos media.


Jueves, 2/10/2025. Visito con J. la inmensa ciudadela culé del Camp Nou, porque quiero comprarle unos regalos de cumpleaños a N. —que es del Barça— en la tienda del club. Lo que veo y las cosas que me cuenta J. de cuando trabajaba aquí hace que me vengan a la memoria los grandes santuarios religiosos que conozco, sobre todo los católicos: Lourdes, Częstochowa o, a una escala menor, nuestra Covadonga. Porque esto es también un santuario, la meca de una fe. Al fin y al cabo, ellos mismos declaran que son «més que un club». En Lourdes hay retratos de santa Bernardita por doquier y aquí los hay de Cruyff, de Messi y de Lewandowski. La gran catedral —el estadio ahora en obras, cuyo aforo va a incrementarse hasta más de cien mil personas— está rodeada de otros templos menores: el Miniestadi, el Palau Blaugrana, etcétera. Y entre ellos hormiguea una muchedumbre de feligreses de venidos de todo el mundo. Se ve a familias completas haciéndose fotos; J. me cuenta que hay familias latinoamericanas, asiáticas o árabes que ahorran durante años para pagarse el viaje, venir aquí, ver un partido, visitar el museo, donde están expuestos todos los trofeos —y señaladamente, las cinco champions—, hacer el tour por el estadio y gastarse una fortuna en merchandising. Lo más típico son las camisetas; las que llevan nombre estampado valen 185 euros. Pero, igual que en Lourdes puede uno comprar un rosario, una botella de agua bendita o un libro de colorear, aquí puedes llevarte todo lo que va de un bolígrafo o una taza barçificados a una prenda o brazalete de capitán utilizados en un partido por algún jugador y firmado, reliquias por las cuales se pagan incluso miles de euros. También se topa uno aquí y allá las mismas maquinitas de medallas que en cualquier santuario, y desde que empezó la obra actual, el club saca partido a los escombros. Se han vendido los viejos asientos retirados, trozos de las redes de portería, banderines de córner y hasta chinas de hormigón. Se puede comprar un tapín de césped, que te entregan en una patena con forma de Camp Nou. E incluso puedes meter el trozo de césped en una máquina inverosímil que lo apretuja hasta convertirlo en un diamante. El numen culé palpita en cualquier objeto tocado por las deidades blaugranas, y la imaginación de la creación de reliquias es aquí igual de fértil que la del catolicismo, y yo quisiera saber si igual de tramposa; si, al igual que la Iglesia se inventaba astillas de la Santa Cruz y ampollas de la leche materna de la Virgen, el Barça también te vende brazaletes usados no impregnados del sudor taumatúrgico de Leo Messi, sino de los currantes de la tienda. O si las firmas las hace Messi o esa máquina de firmar que utiliza Donald Trump. Es todo igual de absurdo y de fascinante que en las mecas y compostelas religiosas, y yo me paseo por aquí con la misma distancia escéptica, pero la misma curiosidad.

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Desde hace un par de años, mi amigo es padrastro. Vive con su pareja y el hijo de esta, al que quiere mucho, y que lo quiere mucho a él. Juegan juntos, salen juntos, charlan, mi amigo le riñe cuando se porta mal y le permite caprichos bajo cuerda, sin que se entere su madre. Es un chaval muy rico, muy simpático, muy bueno. Para la madre de mi amigo, el niño ya es una especie de nieto postizo: pregunta todo el rato por él, quiere que le manden fotos y le cuenten sus travesuras. Es curiosa la figura del padrastro. Difícil, supongo, porque tiene que serlo delimitar sus funciones, sus competencias, y no transgredirlas, ni que el padre biológico sienta que se salta su legítima cancela. El niño tiene padre, que vive a dos calles; y se lleva bien con su padre, que es buena gente. Y su padre se lleva bien con su madre aunque estén divorciados, y también se lleva bien con mi amigo. En un momento dado nos lo encontramos; el padre trae al niño a casa de pasar un rato en la suya —aunque esta no es una de las semanas que le tocan oficialmente—, sonríe a mi amigo y charla con él, me da la mano a mí, encantado, encantado, y es todo de una civilidad y una facilidad que no sé si mengua al cocer, pero que en todo caso me maravilla y me admira. Veo en todo ello una especie de extraño poliamor quebrado, no consistente en una comuna, pero sí en un colectivo de individuos buenos y responsables que quieren querer, eso que alguien dijo que era el amor.

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El cambio climático en la historia. Leo en Cómo el mundo creó Occidente cómo contribuyó a la caída del Imperio romano a partir del siglo III, en un momento inquietantemente parecido al nuestro, también en otros aspectos:

«Los problemas eran en parte ambientales, relacionados con el final del Período Cálido Romano, que había comenzado tres siglos antes. A ellos se sumaban enfermedades desconocidas que viajaban por las rutas comerciales. Parece que a mediados del siglo II e.c. se produjeron brotes simultáneos de una forma primitiva de viruela en Roma y China, que probablemente mataron a los emperadores Marco Aurelio y Lucio Vero en el extremo occidental y aceleraron la desaparición de la dinastía Han en el otro. Un siglo más tarde, la “peste de Cipriano” —tal vez un primer registro del virus ébola— se extendió de Etiopía a Egipto y de allí a todo el imperio romano.

Tanto los precios como la inflación aumentaron bruscamente a partir de finales del siglo II, y la producción de plata disminuyó: había menos gente para extraerla y muchos menos que podían permitirse comprarla. Podemos rastrear este proceso en muestras del hielo de Groenlandia tomadas a gran profundidad, que conservan un registro de la disminución de la contaminación por plomo, producida por la industria de la plata desarrollada mucho más al sur. También podemos verlo en la propia oferta monetaria romana: en el año 50 e.c. la moneda de plata tenía una pureza del 97 por ciento, en el 250 era del 40 por ciento, y en el 270 solo del 4 por ciento.

Las ciudades declinaron, la construcción se detuvo, hubo levantamientos en el campo y el aumento del coste del transporte fomentó el comercio local de todo menos de los artículos de lujo. Los impuestos y las rentas se pagaban cada vez más en especie en lugar de en efectivo. Las provincias del norte de África, junto con Egipto, las más ricas del imperio, fueron las únicas que no se vieron afectadas por los problemas.

Finalmente, el ejército tomó el control total de la maquinaria imperial romana, nombrando y despachando emperadores de acuerdo con su destreza militar o flexibilidad, en lo que se ha llamado la “crisis del siglo III”: Roma tuvo más de veinticinco gobernantes en menos de cincuenta años, a partir del año 235 e.c. Algunos de ellos nunca llegaron a ver Roma con sus propios ojos».

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Circula por las redes un corte de Josema Yuste en una entrevista para Telemadrid, cargando contra la «cultura de la cancelación». Compendia bien el ridículo de estos llorones. Repite que hay que hablar, pero… no habla. Son todo alusiones nebulosas, dejares caer, yasabesdeloquetehablos. Dice que hay consecuencias, pero no menciona una sola (¿igual porque no las hay?). Y eso mientras Cristina Fallarás recibe una avalancha de amenazas de muerte ultraderechistas, en el enésimo ejemplo de que, mientras estos exfamosos lloriquean en prime time, las consecuencias siguen sufriéndolas los mismos y las mismas de siempre.


Viernes, 3/10/2025. De un tiempo a esta parte tengo un recuerdo extrañamente obsesivo. Cuando yo era pequeño me gustaba ojear un espléndido atlas del mundo de cubiertas grises que había en mi casa, publicado en 1991 o 1992 por la editorial de El País. No recuerdo el año exacto, pero era uno de esos. Y en el atlas salían la RDA, Berlín Oeste, la Unión Soviética…, una geografía que ya había dejado de existir o estaba a punto de hacerlo cuando fue publicado.


Sábado, 4/10/2025. Leo esta reflexión en una reseña de Alonso Pinto al último diario de Carlos Marín-Blázquez. La comparto plenamente:

«El género diarístico puede dividirse grosso modo en dos: el diario centrípeto, que atrae todas las cosas hacia sí y convierte todo cuanto le rodea en un foco vuelto hacia el yo, y el diario centrífugo, que a partir del yo ilumina las cosas que tiene a su alrededor. […] El hombre ensimismado, atormentado y ególatra utiliza su diario con el mismo fin con el que Narciso miraba el agua: recrearse en su propio yo. Las cosas que hay a su alrededor, todo lo que ve y lo que oye, son sólo superficies contra las que rebota para volver hacía sí mismo, para volver a replegarse en la concha de su solipsismo. Este es el diario centrípeto. El hombre expansivo, jubiloso y extrovertido utiliza su diario como una ventana, escribe para ver la luz del sol y escuchar las voces de los viandantes, para desparramarse en la vida de los otros. Este es el diario centrífugo».

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Como con J. en un restaurante sirio cerca de Sants, antes de coger el tren. Charlamos de todo un poco; le pregunto por varios amigos suyos de la carrera a los que yo conocí. Me dice que no mantiene el contacto con casi nadie y que le suele pasar. También más tarde, en Londres, hizo muchos buenísimos amigos de los que se despidió entre lágrimas cuando dejó la ciudad, pero de cuya vida dejó de saber nada aquel exacto día. Su vida viene siendo una sucesión de ciclos y rupturas abruptas de las que solo nosotros, los del cole y el barrio, nunca nos hemos ido. De la carrera, conserva relación más o menos habitual con E. y G., me cuenta. Habla bastante con ellos. Pero él mismo observa que esas conversaciones solo rescatan recuerdos; ya nunca los crean. «¿Te acuerdas de la vez aquella que…?». Y se ríen mucho, se siguen riendo, pero es una risa-eco, los restos de stock de la risa de otro tiempo, periclitado y sellado. Cuando J. viene a Gijón y queda con nosotros, aunque hayan pasado meses de la última vez, sí creamos recuerdos nuevos. Recordamos mucho, pero también proyectamos; nos reímos de lo viejo, pero también de lo nuevo. Hay amistades, todos las tenemos, que son llama encendida, y otras que son cenizas preservadas.

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Llego en AVE a la estación de Atocha y tengo que transbordar a la de Chamartín, de donde sale el que va a León. Me dirijo al metro, abarrotado. No consigo coger el primero que pasa, donde no cabe un alfiler, y espero al siguiente, que también va bastante lleno, pero donde consigo insertar mi elefantiasis viajera (maleta de ruedas, mochila grande) en una muchedumbre apretujada y sudorosa, que se abre a duras penas para acogerme. Tardo en llegar, son muchas paradas. Luego me azacano por la inmensa estación en obras, detectando y siguiendo con presteza las señales y flechas de la terminal de alta velocidad. Me conducen por un dédalo de pasillos, me sacan a la calle, me suben por unas escaleras mecánicas, me hacen cruzar una pasarela, me vuelven a bajar y vuelven a meterme en un nuevo capricho de vallas metálicas y corredores quebrados. Tengo ganas de mear desde que estaba en el tren, y cuando veo la señal de los aseos, entro. Pero me encuentro con un cartel en inglés, nosequé restrooms, una decoración vegetal —vegetal de plástico, claro—, unos tornos y una maquinita como la de los parkings, para precontratar la micción y pagarla con tarjeta o en efectivo, cuyo absurdo me irrita, y que no tengo ganas de ponerme a descifrar. Así que me cago en la puta, me doy la vuelta y sigo caminando. Ya mearé en el tren.

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Solo leo el titular y el subtitular, porque mi curiosidad no es más grande que mi espanto, y quiero y a la vez no quiero saber más: «“¡Viva España, muera la muerte!”. Un evento en Madrid enreda el rigor y el esperpento de la ciencia contra el envejecimiento. Las jornadas Transvisión 2025 reúnen a médicos, investigadores e “inmortalistas” bajo el paraguas del polémico José Luis Cordeiro».

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Complejizar, también, a los llamados bárbaros. Así lo hace Josephine Quinn:

«Cuando los norteños comenzaron a desplazarse de un lado a otro a través de las fronteras del imperio romano, empezaron también a ofrecer al campesinado rural romano una nueva perspectiva de su propia situación. Los argumentos modernos sobre si los imperios históricos eran simplemente “buenos” o “malos” para sus súbditos no tienen sentido: el imperio siempre es bueno para algunos y malo para otros, tanto en las sociedades conquistadas como en las conquistadoras. Lo único que cambia es la proporción de satisfechos a insatisfechos. A algunas personas, y comunidades, les fue muy bien con la ocupación romana, y el éxito del gobierno romano se basó durante siglos en la cooperación y colaboración de la población local, especialmente de aquellos que ya eran poderosos y ricos, y los romanos se esforzaban mucho por procurar que lo siguieran siendo.

Para otros, sin embargo, el imperio romano era muy diferente. Los súbditos de Roma pagaban impuestos para financiar su propia ocupación y veían poco beneficio en ello: la construcción de calzadas y acueductos romanos se hizo para abastecer las fortalezas, las minas y las colonias romanas, no para la población nativa. Con la llegada de los “bárbaros” comenzaron a vislumbrar una alternativa, una forma de gobierno menos institucional que exigiera menos a los pequeños propietarios. Ya en la década del 250 e.c., el obispo Gregorio, “el Hacedor de Maravillas”,  reprendió a su congregación en el Ponto, en el mar Negro, por unirse a los godos, asesinar a sus vecinos y dirigir a los enemigos de Roma a las casas más dignas de saqueo».


Domingo, 5/10/2025. Comparte alguien en Twitter una foto de un pueblo de piedra italiano, anunciándola así: «Un pueblo de Italia que ha permanecido sin tocar desde la Edad Media, fundado en el siglo XIV». Parece bonito el sitio. Pero en la foto, como señala con humor Alfredo González-Ruibal, se ve una farola eléctrica, una alcantarilla, una antena de televisión, cristales en las ventanas y una calzada de piedrecitas regularmente cuadradas. Y las casas tienen pinta de viejas y venerables, sí, pero no de ser anteriores a 1500.

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Josephine Quinn también dedica un capítulo de Cómo el mundo creó Occidente al «movimiento de traducción»; la valiosa recuperación árabe de clásicos griegos, en el Medievo. La autora reivindica ese papel musulmán en sentar las bases de la supuesta «cultura occidental», pero introduce un matiz al que no se suele aludir, y que lo realza aún más. El mérito de los árabes, lo que les debemos, no fue simplemente traducir las obras; devolvernos unos libros que no dejaban de ser nuestros, sin crear nada nuevo. La mayoría de los textos se había olvidado efectivamente en el antiguo Imperio de Occidente, pero no en la cristiana Bizancio, que siempre conservó los originales. Hay, sí, algunas obras que sobreviven solo en la traducción árabe, pero son curiosidades tales como una guía para la administración de fincas, más que textos canónicos. Lo realmente valioso que hicieron aquellos orientales no fue devolvernos lo que no habíamos perdido, sino reflexionar sobre esas obras y descubrir e inventar cosas nuevas a partir de ellas, como por ejemplo el número cero, desconocido para los clásicos e inventando en la India, o el perfeccionamiento del astrolabio, inventado en Grecia, pero al que los árabes añadieron escalas angulares y círculos que indicaban azimuts, o arcos medidos en el horizonte. También impulsaron avances inéditos en la cartografía. Y no solo nos legaron ciencia: también arte, literatura… Me resulta muy interesante el pasaje en el que Quinn cuenta que, en la Edad Media, algunas obras que hoy consideramos quintaesenciales de lo europeo, como el Cantar de Roldán, eran mucho menos populares que Kalila wa-Dimna, un cuento de origen indio, que llegó a Europa a través de sus versiones árabes y conoció miles de traducciones en el Medievo. Roldán solo sobrevive en diez manuscritos, pero de Kalila wa-Dimna se conservan cientos. Para el siglo XIX el texto había sido traducido a cuarenta idiomas diferentes, desde el mongol hasta el javanés, pasando por el islandés. «Las historias que la gente realmente leía en la Europa medieval eran historias cambiantes y multiculturales, contadas a través de diferentes credos y culturas, en numerosas traducciones en serie», dice Quinn. Kalila wa-Dimna fue publicada en inglés en 1570, y un editor de 1888 la describía así: «la versión inglesa de una adaptación italiana de una traducción al español de una versión latina de una traducción hebrea de una adaptación árabe de la versión pehlevi del original indio». Occidente es eso.

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Que nos preguntemos cómo un país judío puede perpetrar un genocidio es, en realidad, igual de tonto que cuando se preguntaban cómo pudo perpetrar uno el país de Goethe y de Beethoven. Tan absurdo es atribuirle un poder salvífico a la memoria como atribuírselo a la cultura. La cultura puede ser una forma refinada de la barbarie; y la memoria, una forma socorrida del rencor, o una excusa para la maldad. Sin embargo, para horrorizarse por la destrucción de Gaza no hace falta saber leer, ni acordarse de nada más.

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Una cosa que no sabía. El nombre Estambul viene del griego eis ten polis («en la ciudad»), y era el coloquial —referido solo a la ciudad intramuros— de la ciudad que, hasta 1930, no dejó de llamarse oficialmente Konstantiniyye.

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La mala costumbre, de Alana S. Portero. Lo tenía pendiente desde hace demasiado tiempo y me lo he leído en el tren, de un solo tirón. Ya no descubro América, pero qué libro importante y hermoso, en lo temático y lo estilístico; lleno de horror y ternura, angustia y esperanza; un libro bello y terrible sobre la complejidad de lo humano. No dejaré de recomendarlo. Narra la infancia y la adolescencia trans de la autora, criada en el muy proletario barrio de San Blas, en Madrid. El descubrimiento de su identidad, sus miedos, su salida progresiva del armario, la desesperación de buscar «en alguna parte un lenguaje de orgullo y  de fuerza para poder explicar[s]e de una maldita vez» y no lograrlo, la de mirarse al espejo «tratando de encontrar algo que amar», las palizas, la relación buena, mala y regular con su familia y sus vecinos, los ángeles buenos que la ayudaron y que eran otros y otras trans, putas, gitanos, un tabernero gay de Chueca, etcétera, todos los que «pertenecíamos al mismo bosque», amenazados por las mismas alimañas. Individuos maltratados, quebrados, llenos de cicatrices físicas y psíquicas, en los que Alana apreciaba estampas de «la dignidad, de la fuerza»: las de quien «ha atravesado el Tártaro y no ha necesitado que nadie la rescatase porque ha dominado el infierno». Y que puede volverse la familia de quien no ha hallado mucho o ningún amparo en la suya. Hay pasajes que encogen el corazón, como este: «[A] los cuatro o cinco años, cuando ya intuyes que algo es diferente en ti, escuchas a tus padres o a tus vecinos sentencias que, no sabes por qué, te duelen y no olvidas jamás, frases dichas con toda normalidad que se transforman en alambradas que te cierran el paso y limitan tu mundo para siempre». No hay belleza más bella que la de los supervivientes.

Lo primero que uno se topa al abrir las páginas de La mala costumbre es la muerte por sobredosis del hijo de una vecina y la escena terrible de su madre llorando sobre su cadáver, con la jeringuilla clavada entre los dedos de un pie, a la espera de una policía que «se tomaba su tiempo para hacer su trabajo cuando se trataba de San Blas». Las madres de su barrio, cuenta Portero,

«no abrazaban a sus hijos muertos como las vírgenes en las piedades renacentistas. Lo hacían volcadas sobre los cuerpos, a gritos, despeinadas, con los ojos hinchados y babeando. Cubriendo a sus criaturas como podían, arropándoles como bestias desesperadas, llamándoles hasta dejarse la voz en la acera, clavándoles las uñas en la carne, yéndose con ellos de alguna manera. Esos “¡ay, hijo mío!”, si los has escuchado alguna vez, no te abandonan nunca. Permanecen en el archivo sonoro de la memoria como campanadas fúnebres que te obligan a agitar la cabeza para exorcizarlas».

El libro expresa orgullo LGTBIQ+, orgullo feminista, orgullo de clase también. Es un canto a la interseccionalidad, pero, precisamente por serlo, la recreación del barrio y de la vida en él en los ochenta, aunque también ensalce momentos muy bonitos de generosidad comunitaria, es dura con la hipocresía de una clase trabajadora masculina muy valerosa para unas cosas, cobarde para otras, y directamente violenta con el débil y el vulnerable en algunas. «En pantalla decían que Madrid era una ciudad en la que los chicos maquillados bailaban hasta el amanecer; en San Blas, el fragmento de Madrid que me correspondía, los adultos discutían con toda normalidad si era peor tener un hijo drogadicto o maricón». Aquellos proletarios con una recia conciencia de clase, que podían ser ejemplarmente expeditivos en un piquete, contra el patrón y los esquiroles, agachaban la testuz ante un vecino maltratador y muy violento, que golpeaba a su mujer y sus hijos con una dureza de la que todo el mundo escuchaba los gritos:

«Lo primero que sí entendí fue que un esquirol, esa palabra que escuchaba a menudo y que me intrigaba muchísimo, era alguien que abandona a los suyos y los traiciona por medrar, o, peor aún, por mantener una posición de miseria más o menos segura. Quizá es que el esquirolaje no se aplicaba al ámbito doméstico o que traicionar a las mujeres no era lo mismo que presentarse como un desgraciado ante los compañeros, que entonces era otra palabra sagrada. El caso es que los hombres del edificio no creían pertinente intervenir en una situación como la del tirano del bajo izquierda.

A Aurelio le hacían el vacío, eso sí, nadie le prestaba conversación ni le incluían en las cañas de los domingos. Pero los hombres del bloque escurrían el bulto argumentando que a ellos no les gustaba que husmeasen en sus casas y que los problemas de un matrimonio se arreglaban entre sus miembros. Lo de llamar problema a un abuso monstruoso era un ejercicio de cinismo considerable, jamás hubieran utilizado un lenguaje semejante para los conflictos laborales. Era extraño. Todos sabían que era un miserable. Decían que era un criminal. Les repugnaba pero parecían haber formado en torno a cualquier hombre un piquete que no se podía cruzar».

En todo caso, no se demoniza a aquella clase obrera. El retrato que se hace de ella es verosímil porque es verdadero; y, porque es verdadero, sus protagonistas son contados en toda su complejidad, también moral. No dejaba de ser otro habitante del barrio el padre de la autora, que de una vecina trans que el barrio también tenía, Margarita, le explicó de pequeña cuál era su condición —escribe la autora—

«con palabras amables pero bruscas, sin pretender hacer daño o insultar, cosa que me reconfortó en algún rincón sensible del corazón y que supe apreciar mucho más tarde. Mi padre era así. Sin muchos rodeos siempre nos decía la verdad y consideraba que teníamos derecho a que se nos respondiesen las preguntas. Para ser un hombre nacido en los años del silencio era desprejuiciado y, a su manera limitada por el entorno, la época y su propia educación, bastante abierto de mente. Menos cerril de lo que se esperaría de un hombre en sus circunstancias».

Margarita tenía en el rostro las marcas —unos bultos de silicona— de una vieja operación mal hecha, de las que se hacían en aquella noche de los tiempos —con aceite de motor o silicona en mal estado— en las que había «culos de clínica y culos de sótano», como le dirá a Alana otra de aquellos ángeles custodios. Y son tremendamente hermosos los pasajes en que la autora ensalza la belleza trágica de aquellas marcas:

«Entendí que esas jorobitas de silicona mal puestas que le brotaban de la cara eran los restos que le había dejado la búsqueda de la belleza, que en su día ella la habría ansiado como la ansiaba yo, con la misma sed y la misma desesperación. Ser como ella no era una maldición, era un don. Llevar aquellas plegarias de tejido cicatricial tan visibles significaba haber aspirado a rozar lo sublime. Quise besar cada irregularidad de su cara con ternura, como una novicia besaría a la madre superiora el día de su ordenación».

Y no escribo más, que ya he hecho spoilers bastantes, ni cito más, que me van a denunciar a CEDRO. Solo un pasaje más. Este. De aquí venimos, estas cosas pasaron, estas cosas siguen pasando, contra esto debe seguir luchando cualquier militante honesto de cualquier ideología de emancipación:

«Daniel, el hijo del zapatero, vecino lejano pero conocido de mis primos mayores, un chico dulce y simpático cuyo lenguaje corporal estaba bendecido con una pluma preciosa, llegó a casa una madrugada de sábado sin un dedo de la mano derecha, con la mandíbula rota y la cara emborronada de pintalabios rojo. Desde aquella noche no volvió a salir solo y acabó solicitando una pensión por incapacidad debido a las secuelas psicológicas que le dejó la que iba a ser su primera cita».


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleNueva Sociedad, Crítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT, Público y El País; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021), La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023), Yo podría haber sido Fidel Castro (2024), y La bandera en la cumbre: una historia política del montañismo (2025).


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