Laberinto con vistas

Theatrum mundi

Antonio Monterrubio escribe sobre cómo el mundo es un teatro, y el teatro es un mundo.

/ Laberinto con vistas / Antonio Monterrubio /

En la escena isabelina o en la del Siglo de Oro español, era frecuente la consideración del mundo como un teatro. El Theatrum mundi no era un mero símil, ni siquiera una metáfora afortunada. Se tenía la realidad por un vasto decorado donde todos eran actores e interpretaban su papel. A la vida se le decía, con sones de bolero, «lo tuyo es puro teatro, falsedad bien ensayada, estudiado simulacro».

Desprovista de su contenido metafísico, de la conciencia de la insignificancia y banalidad de la existencia, esa idea sigue vigente. Peter Brook comienza su libro El espacio vacío afirmando: «Puedo tomar cualquier espacio vacío y llamarlo un escenario desnudo. Un hombre camina por este espacio vacío mientras otro le observa, y esto es todo lo que se necesita para realizar un acto teatral». Y, confesémoslo, ¿quién no ha sentido de tanto en tanto estar viviendo situaciones extrañas, inmerso en una obra escrita y dirigida por otros? La mayor expresión literaria de esta fusión entre drama y humanidad nos la ofrece Shakespeare en esa grandiosa despedida del arte escénico que es La tempestad:

«Estos actores nuestros, como os predije, eran todo espíritus, y están disueltos en el aire, esfumados: y como el edificio sin cimientos de esta visión, las torres coronadas de nubes, los espléndidos palacios, los solemnes templos, el gran globo mismo, sí, cuanto alberga se disolverá, y al igual que este espectáculo insustancial se desvaneció, no dejará rastro. Estamos hechos de la misma materia que los sueños…».

Pero si el mundo es un teatro, el teatro es también un mundo. Durante unas décadas de la segunda mitad del siglo XX, surgió un movimiento que pretendía transmutar el arte dramático. Los actores no representaban personajes, los vivían. Dos experiencias muy distintas entre sí, no obstante convergentes en su deseo de insuflarle aliento vital, ejemplifican ese empeño: el Living Theatre de Julian Beck y Judith Malina, y el Teatro Laboratorio de Grotowski. Finalmente, esos intentos quedaron sin continuidad, aunque no olvidados. Su simple aparición muestra que el teatro puede ser mucho más que una distracción para matar el tiempo mientras los años pasan a nuestro lado sin detenerse a mirarnos.

Esa búsqueda de conexión con la vida determina que algunos de sus protagonistas estén marcados por una insaciable curiosidad. Hacen preguntas constantemente, se interrogan sobre lo que no cuadra. Piden cuentas a la realidad, al universo, a los demás y, especialmente, a sí mismos. Su anhelo de saber se dirige a cuanto hay alrededor, pero el objetivo último es su propio yo. El modo en que nos afecta esa exploración es más intenso en el teatro que en otras artes. Un ente ficticio resulta tan presente como los que nos rodean, tan vivo como nosotros. El intérprete no solo vuelve tangible una visión nacida en la mente del dramaturgo, sino que anima lo imaginario y lo simbólico.

En el escenario la mentira viene en ayuda de la verdad, el sueño da color a la vida. Criaturas y circunstancias no son reales, puesto que no han existido nunca, o se les prestan dichos o hechos que no son auténticos. En cambio, sí lo son en el sentido de que encarnan ideas, deseos o fantasmas. A través de ellos, llegamos a conocer al autor mejor que si fuéramos amigos desde la infancia. Sin embargo, la realidad de la ficción no termina ahí, pues hasta el más egocéntrico de los escritores testimonia por nosotros. Si su talento es suficiente para dar valor artístico a sus ensoñaciones, estas acabarán por decir algo a alguien, y en los grandes adquirirán universalidad.

Hamlet es uno de los personajes más complejos y completos que hayan pisado unas tablas. Asociarlo con la duda, la melancolía, la venganza o la enajenación es practicar un reduccionismo simplista. En Shakespeare nadie representa un concepto o idea. No son alegorías, menos aún emblemas; su vocación proteica hace que se escabullan de sus sesudos analizadores.

El protagonista está ciertamente tocado por un mal, pero por uno que, si era raro en su época, hoy está casi extinguido. Su mal es la inteligencia. Hay en él un superávit de conciencia. Y si la luz alumbra rincones oscuros, también deslumbra. Hamlet reflexiona mucho y bien, lo cual lo lleva por la senda del escepticismo radical. Su rapidez de pensamiento y su agudeza verbal brillan singularmente cuando se parapeta tras su locura. Su lacónica respuesta a Polonio, al preguntarle este por lo que está leyendo, resume de forma contundente su visión desencantada de la condición humana. «Palabras, palabras, palabras», contesta el príncipe al indiscreto ministro.

Y en efecto, eso es lo que lee, como todos, tengamos en la mano el libro que tengamos, incluso si es Hamlet. La lucidez le permite identificar con precisión los resortes de una enorme máquina trituradora de la que no hay manera de escapar: «Dinamarca es una prisión». Atrapado en una espiral de intrigas, violencia, traición y fraude —de alta política, en suma—, no le queda otra que sumergirse en ella. Es consciente de que nada de lo que haga podrá eliminar el olor a podrido que invade su país, o sea, el mundo.


Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y reside en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Es autor de la trilogía de La verdad del cuentista (La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas) (Semuret, 2022), Al revés te lo digo (Trea, 2024), El serano, La primavera y el titán (Marciano Sonoro, 2024) y Antígona vive. Publica textos en El Cuaderno y escribe artículos en los diarios Nueva Tribuna y Nueva Revolución. Colabora con la revista El Viejo Topo (Ediciones de Intervención Cultural).


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