El runrún interior

El runrún interior (163)

Pablo Batalla escribe en su dietario sobre dos grafitis vistos en Santander o la lectura de 'Alejandro en el fin del mundo', de Rachel Kousser.

/ por Pablo Batalla Cueto /

El runrún interior (162)

Lunes, 20/10/2025. Los ojol indonesios —riders de las apps de reparto a domicilio— han ido creando grupos de apoyo en WhatsApp. Tienen un lema: «Salam satu aspal». Significa «las bendiciones de un solo camino». Lo colectivo siempre busca maneras de entretejer lo individual.

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Termino, después de meses de lectura intermitente, De campesinos a franceses, de Eugen Weber; un libro monumental, un clásico imprescindible para cualquier lector interesado en las construcciones nacionales y la edificación de la modernidad. Cuando lo comento así en Twitter, un reaccionario viene a dejarme un comentario antipático sobre la Vendée, entendiendo, supongo, que el libro de Weber es una exaltación de la edificación de la modernidad. No lo es. Tampoco lo contrario. Es un pulcro libro de historiador, que no mastica una moraleja para el lector, sino que le relata lo que hay, lo que hubo. Lo que hubo fue el arrasamiento inmisericorde, preimperialista, de formas de vida tradicionales y culturas locales, justificado con comentarios como este sobre las Landas, hecho en 1826: «Nuestro Sáhara africano: un desierto donde el gallo francés solo podía afilar las espuelas». Antes que conquistar un Imperio, Francia tuvo que conquistarse a sí misma; las Landas antes que Argelia o el Congo, y Weber termina la obra escribiendo que:

«Tanto en Francia como en Argelia, se persiguió sistemáticamente la destrucción de lo que Fanon llamaba “cultura nacional”, y lo que yo llamaría “cultura local o regional”. En la medida en que persistió, se vio afectada por la apatía y por un aislamiento creciente. “Se produce un marchitamiento alrededor de un núcleo cada vez más reducido, cada vez más inerte, cada vez más hueco”. Al cabo de un tiempo, dice Fanon, la creatividad autóctona disminuye y lo que queda es “rígido, sedimentario, petrificado”. La realidad y la cultura locales se desvanecen juntas. Así ocurrió en la Francia del siglo XIX».

Lo que no entiende este vandeano y complica la historia es que este arrasamiento que hoy nos entristece —y cuya violencia, cuando la tuvo, nos horroriza— fue a la larga aceptado e incluso deseado muchas veces por los arrasados, hartos de una vida que no era arcádica, ni halagüeña. Como cuenta Weber,

«Muchos se afligieron por la desaparición del ayer, pero muy pocos entre los campesinos. Las chozas de paja y las cabañas de madera son pintorescas vistas por fuera; vivir dentro es otra cosa. Los ancianos del pueblo bretón investigado por Morin no recordaban con cariño los viejos tiempos. Para ellos, como para los reformistas de la Tercera República, el pasado era una época de miseria y barbarie; el presente, una época de comodidad y seguridad sin igual, de máquinas, de escolarización y de servicios, de todas las maravillas que se traducen en civilización. Morin cita a un hombre de setenta años: “Hace cien años, este lugar, ah, sí, era realmente salvaje, lleno de salvajes. La gente no era civilizada. Se peleaban y muchos eran ladrones. La gente intentaba acostarse con las mujeres de sus vecinos. No éramos gente educada, no sabíamos leer, no sabíamos escribir, no había escuela. Ahora somos civilizados; la gente sabe al menos leer y escribir, todos. Antes había miseria; ahora estamos bien”. Roger Thabault dice más o menos lo mismo sobre la gente de Mazières en 1914: “Todos, incluso los más pobres, tenían un vivo sentimiento […] de inmenso progreso material. Tenían una sensación igualmente viva de gran progreso social, de evolución ilimitada hacia más libertad y más igualdad, gracias al voto.

Esto ayuda a explicar la extraordinaria diferencia entre la desesperación intelectual y el decadentismo de la élite de la época y el optimismo, la esperanza y la sensación de progreso tan evidentes entre las masas. Sin duda, los intelectuales y reformistas de la élite habían visto que las nuevas panaceas —la democracia y la educación— no traían la mejora que parecían prometer. Pero la clase social de la élite también se sentía afligida por la ruptura del viejo sistema que veía o intuía, y trataba desesperadamente de evitar en contra de la voluntad de los directamente implicados. “El mundo que hemos perdido” no supuso una pérdida para los que habían vivido en él, o al menos eso indican las pruebas».


Martes, 21/10/2025. Han robado unas joyas napoleónicas en el Louvre. Lo primero en lo que he pensado ha sido en un encargo de algún millonario holgazán obsesionado con Napoleón, como Connor Roy en Succession.

Justamente acababa de leer esto sobre Bonaparte: durante el Primer Imperio, los propagandistas del corso se esforzaron en peinar el santoral católico en busca de un san Napoleón que no existía. Lo que acabaron por encontrar fue un san Neópolis o san Neápolas que fue martirizado en Alejandría en tiempos de Diocleciano. Se encogieron de hombros, le dieron un leve retoque para convertirlo en san Napoleón e instituyeron por decreto una fiesta en su honor.

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Los caballos de la Antigüedad eran mucho más pequeños que los actuales. Bucéfalo, el caballo de Alejandro Magno, no debía de ser más grande que un poni. El propio Alejandro era bajito también. Se lo leo a Rachel Kousser en Alejandro en el fin del mundo, un libro sobre los últimos años del emperador macedonio, que se inicia con el incendio terrible de Persépolis y que nos habla del pothos del caudillo empecinado, la hartura de sus hombres, el recelo de estos al verlo ir adoptando costumbres y rituales orientales; de ese que es, en fin, uno de los momentos más fascinantes de la historia. Nos lo suelen contar como una grandeza agónica, pero le pasa lo que a Bucéfalo: la grandeza imaginada también es pequeñez. Alejandro solía comportarse de manera pueril, como cuando sus hombres le transmitieron que no querían seguirlo en la conquista de la India y se encerró tres días en su tienda, enfurruñado. Sus tropas venían de un monzón y una batalla traumática en la que habían vencido, pero les había horrorizado la atroz estampida de los elefantes de Poro, y no querían seguir hacia el Ganges. Cuando Alejandro los convocó, tuvo lugar la siguiente escena, que condensa como ninguna otra la compleja relación que mantenían el argéada y sus soldados:

«Recién llegados de la expedición de pillaje, los oficiales estaban ansiosos por escuchar lo que su líder tenía que decirles. Acostumbrados a conocer las principales decisiones de Alejandro por medio de asambleas militares, tal vez en esta pronunciara por fin las palabras que tanto ansiaban oír y les dijera que había decidido regresar. Pero el discurso no fue lo que los oficiales esperaban. El macedonio probablemente les hablara a sus oficiales de la información suministrada por Fegeo y del vasto, rico y militarmente poderoso reino, con miles de elefantes, que les esperaba junto al Ganges. Y puede que Alejandro mencionara igualmente también su creencia de que el Ganges llegaba hasta el Océano, el gran mar exterior que durante tanto tiempo había soñado alcanzar. En ese momento parecía tentadoramente cerca. Desde el Océano podrían navegar hasta el golfo Pérsico y después rodear África con sus naves hasta las Columnas de Hércules, el término griego para el estrecho de Gibraltar, donde acababa el Mediterráneo. Alejandro no tenía ni idea de la enormidad de lo que le esperaba, de la escala y la inmensidad de los continentes y océanos involucrados. Pero había conquistado el Imperio persa y logrado aventurarse incluso mucho más allá. Habiendo tenido éxito, por improbable que pareciera esta posibilidad al principio, ¿por qué no soñar con la interconexión y la conquista a escala mundial?

Tras el parlamento, vuelto Alejandro hacia sus oficiales, fijos en ellos sus enormes ojos, con aquel pelo largo y rizado y aquella mirada ambiciosa, se hizo un largo silencio. Esperó unos instantes, tratando de incitarles a hablar. Nadie respondió. Tal vez nadie se atrevió a responder. Iban pertrechados sus militares con armas y armaduras y, como grupo, superaban ampliamente en número al comandante. Podrían haber acabado con él en el acto, o encarcelarlo. Obligarlo, en definitiva, a cumplir sus órdenes. Pero era su rey y habían jurado seguirle, un soberano que contaba con su lealtad, su respeto e incluso su amor. A pesar de todas las demandas agotadoras e irrazonables que les había hecho, y de las airadas frustraciones confesadas en susurros los unos a los otros, aquellos hombres dudaron ante la idea de una abierta desobediencia. En cambio, algunos de ellos —soldados duros, aguerridos y a menudo brutales— se deshicieron en lágrimas».


Miércoles, 22/10/2025. «Nuestra abuela murió hace casi un año, y solo antes de abandonar este mundo quiso contarnos lo que seguramente ya se imagina. Nos habíamos reunido todos a su alrededor, mis padres, mi hermana y yo, nuestros hijos, cuando de repente, sin venir a cuento, nos soltó que ella era judía y que no podía marcharse sin decírnoslo. Nosotros nos miramos sin dar crédito a lo que acabábamos de oír, pues la verdad es que no nos gustan demasiado los judíos». Este párrafo forma parte del primer relato de Un brazo muerto en el río, del polaco Mikołaj Grynberg. Un libro conmovedor y desasosegante sobre los últimos judíos de Polonia; los que quedan en ese país en el que fueron millones, pero en el que quedan poco más de diez mil de resultas del Holocausto, pero no solo. Muchos siguieron acostumbrándose a oír, después de 1945, comentarios como: «Por lo visto no acabaron con todos», como cuenta una entrevistada. Y cuando, en 1968, se produjo en el país un rebrote antisemita impulsado por el Estado, la mayoría de los que permanecían aún en Polonia optó por emigrar a Israel.

Grynberg lleva años buscando sus historias, y en este libro convierte varias de ellas en una especie de relatos de no ficción. Historias de judíos explícitos y también de marranos, por así decir: judíos en secreto que también hay. O gentes que, como los protagonistas de ese entrecomillado, no son judíos, pero descubren con sorpresa que poseen ese origen. Los textos más interesantes son los que hacen referencia, ni siquiera a los judíos secretos, sino a los dubitativos, como ese que dice: «Soy un polaco en cuyo interior vive un judío y un judío que no existe sin ese polaco. A veces incluso juego conmigo al ajedrez, ¿y sabe quién gana? Una vez uno, otra vez el otro». Otro entrevistado cuenta que, cuando de pequeño fue a un campamento infantil y se leyó en voz alta su apellido, «los niños preguntaron por qué tenía un apellido tan extraño, pero antes de poder contestar uno de ellos dijo que parecía un apellido alemán. Asentí y a partir de ese momento fui “el alemán”. De hecho, aquella tarde y la noche siguiente no fui otra cosa. Me contaron lo que los alemanes les habíamos hecho a los polacos. No, mis compañeros no fueron agresivos, pertenecían al bando ganador. Yo era el que había perdido la guerra. Como en mi corta vida ya sabía lo que era ser un judío que había matado a Jesús, pensé que quizá era preferible ser un alemán vencido».


Jueves, 23/10/2025. Entrando en Santander me fijo en un edificio que, al lado de la Vara de Esculapio —la serpiente enroscada en un bastón que es símbolo de la medicina—, se anuncia con un cartel grande que dice: «Igualatorio». No sé de qué se trata, pero me quedo prendado de la palabra. Este no debe de serlo, pero pienso que todos los hospitales públicos deberían llamarse así: igualatorios. Su misión no es tanto o no es solo curar, sino también igualar, proporcionar igualdad.

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Dos grafitis en Santander. El primero dice: «Las tragedias no se mascan, se digieren». Me parece ocurrente, pero vacuo, inane. ¿Quién sintió la urgencia de salir de noche a pintar esto en una tapia, arriesgándose a una multa?

El otro grafiti dice: «Free Palestine», junto a la A aureolada anarquista. Ni la lengua del oprimido, ni la del opresor, ni la de la ciudad en la que está hecha pintada. ¿A quien se le grita este «free Palestine»? ¿Qué anarquistas son estos que hablan la lengua del Imperio hasta en contextos en los que no tiene pito alguno que tocar?

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Leo que, en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Granada, ha aparecido este cartel: «El Vicedecanato de Prácticas no atiende a padres. Todo el alumnado matriculado es mayor de edad».

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Veo en un barrio de Santander una «Central de limpiezas Sotileza», que entiendo que se llama así por la novela de Pereda, ilustre literato santanderino decimonónico. En Oviedo hay muchas cosas inverosímiles que se llaman Vetusta. He aquí el sueño inteligente del escritor ambicioso: volverse tan célebre que no sea ya que le levanten estatuas o le dediquen calles, sino que sus creaciones se filtren en la cotidianidad última que son los nombres de los negocios. No ya ser órgano o hueso o arteria principal de la ciudad, sino sus más pequeños capilares.

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Me cuenta mi amigo Keruin, esforzado concejal de Izquierda Unida en Santander, que hay gente conservadora que le dice que le votaría si no fuera de Podemos. Por Podemos jamás pasó, ni quiso pasar. Tampoco quienes regentan la librería La Vorágine. Pero a ellos también les dijo el otro día una señora que eran «unos fascistas de Podemos». Hay un Podemos real, pequeño y agonizante, y otro mitológico, que va a sobrevivir mucho tiempo al primero.


Viernes, 24/10/2025. Se había vuelto una adolescente rebelde y desafiante, y un día que discutió con su padre, por algún asunto que ahora no recuerda, le dijo: «Tú, como eres de derechas, no lo entiendes». Su padre era camionero y un hombre muy reservado, de muy pocas palabras, que nunca hablaba de casi nada, pero, sobre todo, jamás de los jamases hablaba de política. No le replicó, no la abroncó, no la castigó, sino que frunció el ceño y se marchó airado. Ella nunca ha olvidado su sorpresa cuando su madre, después, le explicó: «Cariño, tu padre lleva votando a Carrillo desde las primeras elecciones».

También me habla del padre de su madre, que era falangista; otro hombre de pocas palabras, un abuelo poco cariñoso también. Pero contaba que cuando mataron a Taciano, el maestro republicano de Gobiendes, sintió mucha pena, y siempre dijo que, si él hubiera estado en el pueblo aquel día, Taciano no hubiera muerto, porque se hubiera encargado de salvarlo.

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La escena me parece inverosímil, pero así me la cuentan. Cuando mi bisabuelo Valentín se enteró por la radio del desembarco de Normandía, se montó en la barca en la que trabajaba para El Gaitero y la condujo hasta la desembocadura de la ría. Quería estar allí cuando los americanos llegaran y que le dejaran unirse a ellos, en el desembarco cantábrico que no concebía que no fueran a hacer también. Fue un hombre muy bueno con una vida muy dura. Murió en 1969, así que al final sí que vio llegar a los americanos, solo que no en barcos, sino en el Air Force One de Eisenhower.

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Caerphilly, en Gales, llevaba votando laborista desde hace más de un siglo, pero en los comicios adelantados que acaba de celebrar para reemplazar a su diputado en el Senedd —el parlamento galés—, recién fallecido, han arrasado los nacionalistas del Plaid Cymru. No es una mala noticia, toda vez que se trata de un partido socialdemócrata. Pero la ultraderecha de Nigel Farage ha quedado segunda. Y que todo esto pase en un sitio como este, tierra de mineros, el lugar en el que Keir Hardie fundó el Partido Laborista y donde nacieron Aneurin Bevan, Neil Kinnock y Michael Foot, le confiere pinta de seísmo; de primer temblor de un terremoto formidable.


Sábado, 25/10/2025. A la altura de Reinosa cruzo un estrecho viaducto para salvar un río pequeñito. Es el Ebro recién nacido. Me cautivan los ríos grandes cuando aún son pequeños, y me cautiva que me cautiven. En Soria me quedaba obnubilado mirando el primer Duero: un río sin nada especial, salvo la conciencia que uno tiene de que aguas abajo será enorme; del Duero zamorano y del de Oporto. En la estrechez de este curso alto no habita objetivamente ningún numen, pero se lo apreciamos igual. Miramos las orillas y nos parecen costuras tensionadas por un ímpetu de crecer, por una erección en marcha. No hay nada de eso: el Duero soriano es exactamente lo que se ve, el agua justa en el cauce justo, un discurrir sereno. Apreciamos tensión porque no vemos con los ojos, sino con el cerebro, y el cerebro alberga información y recuerdos, y ellos también ven; son también agentes de la mirada. Si viajáramos en el tiempo y viéramos al niño Napoleón, apreciaríamos también un emperador en ciernes, un niño nimbado de grandeza espectral, que tampoco lo sería. Sería nada más y nada menos que un niño. El reto dificilísimo del buen historiador, de Bonaparte o de lo que sea, no es hallar en el niño al emperador —ni tampoco el afán cursi de encontrar en el ya emperador al niño—, sino simple y complejamente al niño en el niño, y en el emperador al emperador.


Domingo, 26/10/2025. Se entra en cada edad de la vida como se entra en un cambio de clima, en una nueva estación. El calor o el frío llegan de un modo al que tardamos un tiempo en adaptarnos. Hay esos entretiempos confusos en los que nunca acertamos con la ropa: optamos por la manga corta y pasamos frío, escogemos la manga larga y pasamos calor. Así aprende el ya no joven a ser adulto o el ya no adulto a ser viejo: con torpezas; con resfriados y sofoquinas. Porque a veces nos empeñamos en seguir siendo jóvenes, pero pasa, también, que porfiemos en ser mayores antes de tiempo.

El runrún interior (164)


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleNueva Sociedad, Crítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT, Público y El País; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021), La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023), Yo podría haber sido Fidel Castro (2024), y La bandera en la cumbre: una historia política del montañismo (2025).


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3 comments on “El runrún interior (163)

  1. Me da una puta paz venir aquí cada poco a leer tus apuntes, que me suscribiría encantado.

  2. Desde luego que el comentario del vandeano es representativo de aquellos que le echan la culpa de los males del mundo a la democracia y el socialismo ignorando que en buena medida el mundo tradicional que añoran ha sido liquidado (o está en trance de serlo) por el capitalismo al que no cuestionan y del que son, en el mejor de los casos, “tontos útiles” y, en el peor, feroces propagandistas.

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