El runrún interior

El runrún interior (164)

Pablo Batalla escribe en su dietario sobre los dilemas de la lucha contra el narcotráfico, los titulares de las memorias de Juan Carlos I o el resurgimiento de los clubes de lectura.

/ un dietario de Pablo Batalla Cueto /

El runrún interior (163)

Lunes, 27/10/2025. Argentina revalida a Milei. A veces los pueblos deciden suicidarse. Pero hay que indagar también en qué les lleva a ello. No tiene sentido encumbrar a un sujeto tan siniestro, tan destructivo como Milei. Pero no carece de él que una inflación del 200% —la que dejaron los gobernantes anteriores— no se perdone en dos años.

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Una jueza belga advierte en una carta abierta de que su país se está convirtiendo en un narcoestado. Las bandas de la droga campan a sus anchas por el puerto de Amberes o los barrios de Bruselas, donde los tiroteos se han vuelto cotidianos. Las cárceles están superpobladas y nadie logra impedir el uso de teléfonos móviles dentro de ellas. El Estado está desbordado, jueces y políticos reciben ofertas de corrupción o amenazas de muerte y se propone que el Ejército empiece a patrullar los barrios más conflictivos, junto a la policía.

Hablamos de Bélgica, el corazón de Europa, pero un país complicado, dos países en uno en realidad, una unión cogida con alfileres, en la que se ha llegado a tardar 353 días en formar gobierno después de unas elecciones, un récord mundial. No sé si eso tiene algo que ver en este asunto escalofriante. No cuesta imaginarse que esa enfermedad degenerativa se instale más fácilmente en Estados disgregados e ineficientes. Pero ya sabemos a qué otros horrores conducen los Estados unidos y fuertes en los que los soldados patrullan las calles. Dilemas endiablados, disyuntivas deprimentes. Pero así son las cosas en el siglo XXI.


Martes, 28/10/2025. Se topa uno a veces, todavía, con esas cafeterías con camareros briosos y uniformados, siempre hombres, que lo tratan a uno de usted y de caballero con una cortesía relamida, ya muy obsoleta. Nunca sé si me gustan o no me gustan. Sí que sé que me gustan más que esos camareros modernos que vienen y te dicen: «¿qué vais a querer, chicos?».


Miércoles, 29/10/2025. Juan Carlos I publica sus memorias y vamos conociendo sus titulares más de un mes antes de que podamos comprar el libro, que saldrá primero en Francia y en francés y más tarde en castellano, porque Zarzuela pidió que la publicación se retrasase para no interferir en las celebraciones del quincuagésimo aniversario de la muerte de Franco y la restauración monárquica. Un dictador del que Juan Carlos habla muy bien: «¿Por qué mentir [hablando mal de él], si fue una persona que me hizo rey, y en realidad me hizo rey para crear un régimen más abierto?», dice a su entrevistadora, Laurence Debray, cuando esta le comenta que su visión benévola del Caudillo va a escandalizar a muchos españoles. Yo no me cuento entre ellos: no me escandalizo. Juan Carlos tiene razón: ¿qué sentido tendría denigrar a quien le hizo rey? Lo que tenemos que preguntarnos es si queremos un rey al que hizo rey un dictador.

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«Conocí a Ceausescu —cuenta también Juan Carlos— durante las celebraciones del 2500 aniversario de la fundación del Imperio persa, en 1971. Mantuvimos una conversación de casi tres horas porque yo quería entender lo que estaba pasando al otro lado del Muro. Me confió que Carrillo pasaba sus vacaciones de verano en Rumanía. Recordé ese detalle y pensé que Ceausescu podría ayudarme a hacerle llegar un mensaje al líder comunista». Al leerlo recuerdo algo que contaba Gerardo Iglesias en la entrevista que le hicieron hace unos años en Jot Down, ya en la parte sobre su vida posterior al accidente gravísimo que tuvo en la mina a la que se había reincorporado después de abandonar la secretaría general:

«Luego me fui al paro. Solo tenía una pequeña pensión por accidente de trabajo, una invalidez del 55%. Así que intenté montar un pequeño negocio que, en fin, no me funcionó muy bien. Era un restaurante. Pero fue muy gracioso un día que me llamó un abogado de Gijón, Francisco Prendes, a pedirme que preparara una mesa para bastantes. Una comida para un grupo de empresarios búlgaros que venía a visitar ENSIDESA. Llegaron los industriales búlgaros y cuál es mi sorpresa al ver que los conocía a todos. ¡Eran el buró político del partido! Es lo que pasó en todos esos países, que se pasaron a todos esos negocios».

Un príncipe fascista y un dictador comunista se conocen en la celebración del milenario de un viejo imperio en un reino absolutista, y allá empieza a pergeñarse un régimen liberal: el poder. Un ex secretario general de partido eurocomunista se queda en paro después de un accidente en la mina a la que había vuelto, monta un restaurante que saldrá mal y un día recibe a unos oligarcas búlgaros a los que resulta conocer: habían sido funcionarios del Partido. El no-poder.

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Está triste Juan Carlos en Abu Dabi —leemos también— porque sus siete perros se quedaron con Sofía, y su único compañero es un loro mudo cuya cresta, una vez desplegada, se tiñe de los colores rojo y amarillo de España. Luis García Berlanga tiene que estar, no revolviéndose en su tumba, sino partiéndose de risa en ella. La realidad española, la vida cotidiana del poder español, siempre fue más caricaturesca que cualquiera de sus ficciones. Yo me imagino a Sofía diciéndole a Juan Carlos: «El loro feo ese te lo quedas tú», dijo a Juan Carlos sin contarle que fue ella la que lo dejó mudo, harta de escucharlo chillar «hijoputa, hijoputa» (le había enseñado él, que se partía de risa) y «Corinna, Corinna».

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Paso, en Zaragoza, por delante de una tienda grande de decoración, que tiene tres escaparates temáticos sucesivos en los cuales me fijo. El primero está dedicado al inminente Halloween: calabazas maléficas, disfraces de miedo, quincallería brujil, vampiresca y zombi, etcétera. El segundo está dedicado a la Virgen del Pilar: figuritas de la Virgen, rosarios, banderas. Y el tercero es de temática budista: budas de pie, sentados, acostados, dorados, plateados, pétreos, cosas zen, orientalismos diversos. La veintedurización de la espiritualidad.

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Aragón tiene una gastronomía propia muy rica, pero no tiene un plato estrella; un emblema equivalente al que para Asturias es la fabada, para Valencia la paella, el pulpo a feira para Galicia o el mamitako para el País Vasco. Lo comento con los amigos maños con los que ceno en una taberna del Tubo. Entre otros platos, pedimos uno de madejicas, una cosa muy de aquí: tripas de cordero que se limpian, se cuecen en agua sazonada, se enrollan alrededor de trozos del estómago del animal y se fríen u hornean, para servirlas acompañadas de una picada de ajo y perejil, que se les unta con un pincel. Me gustan; tienen ese equilibrio curioso entre lo crujiente y lo untuoso que también caracteriza a los torreznos y un sabor agreste, distinto, pero que no avasalla al paladar. Ayer también cené otra cosa muy de aquí, en una histórica tasca popular llamada La Republicana, fundada en la primera década del siglo XX: unas migas con huevos fritos y uvas. Mi amigo R., buen gourmet y buen conocedor de la gastronomía local, comenta con humor que la comida aragonesa es la propia de un sitio de pobres y de pastores. Y que efectivamente no hay un plato emblemático; que si nos empeñamos en encontrarlo podrían ser esos dos: las migas y las madejicas. Pero que a la hora de buscar iconos, hay que pensar menos en platos que en productos: el jamón de Teruel, los melocotones de Calanda, el tomate rosa de Barbastro, la longaniza de Graus, el ternasco…


Jueves, 30/10/2025. Leo en El País un reportaje sobre lo que ya parece un incipiente revival religioso. Cada vez más gente joven —pero no solo joven— se va sintiendo atraída por la religión de la que mi generación todavía escapaba. Por la religión en general y por la católica en particular. En parte, es gracias a Internet. Así lo explica Jorge Marirrodriga, autor de esta tribuna titulada «Tres razones por las que el catolicismo regresa»:

«[E]specialmente desde la pandemia, la Iglesia católica ha experimentado una auténtica transformación digital en todo el mundo. Lo que comenzó como una necesidad de emergencia —misas retransmitidas por YouTube, grupos de oración por Zoom, catequesis por WhatsApp— se ha convertido en una forma estable de presencia pastoral. Hoy, cualquier católico y en cualquier idioma puede acceder desde su teléfono a homilías, retiros, formación teológica y acompañamiento espiritual. El ejemplo paradigmático es Hallow, creada en Estados Unidos y disponible en más de 150 países. En pocos años ha alcanzado 14 millones de usuarios registrados y lleva contabilizadas más de mil millones de descargas de sus contenidos. En España —y siguiendo la estela de sus colegas estadounidenses que llevan varios años de ventaja— numerosos obispos y sacerdotes se han lanzado con éxito a lo que se conoce como “evangelización digital”».

Comenta Marirrodriga otra cuestión en la que yo he pensado a veces; otro factor de este resurgimiento: «una juventud sin ideas preconcebidas respecto al catolicismo. En un país donde gran parte de los menores de 30 años no ha recibido formación religiosa significativa, el catolicismo se presenta como algo casi exótico». La mía es la última generación que aún vio la religión entretejida en los lances más menudos de la vida cotidiana. La cosa ya estaba muy menguada, ya agonizaba, pero tuvimos aún abuelas que se persignaban cuando se montaban en un autobús, que contaban en padrenuestros y avemarías los tiempos de la cocina; vivimos en barrios —yo viví en un barrio— en el que todavía era lo normal ir a misa los domingos, encontrarse allí a los amigos y hacer todos juntos la Primera Comunión. Las nuevas generaciones ya no viven, en general, nada de eso. Y entonces la religión católica ya no les parece algo viejo que agoniza, sino que pueden topársela como la novedad excitante en que puede convertirse la tradición cuando su flujo se cortó hace tiempo, pero se reinicia de pronto; o un artefacto arqueológico llamativo, al emerger del subsuelo. «Según Pew Research —cuenta Marirrodriga—, en EE UU solo el 45% de los jóvenes de 18 a 29 años se identifican como cristianos, y en Europa la cifra es todavía menor; pero esa ignorancia está siendo considerada como una oportunidad por una parte importante de la Iglesia. Al no haber crecido bajo un catolicismo social obligatorio, muchos jóvenes se acercan sin rechazo previo, atraídos por el testimonio personal, el silencio de la oración en una época de ruido o el mensaje ético».

De todas maneras, no es oro todo lo que, en Internet, ve la Iglesia relucirle: «este avance plantea un desafío inédito: el riesgo de los pastores a la carta. Es decir, la abundancia de opciones online permite a los fieles elegir sacerdotes, obispos o comunidades según sus preferencias ideológicas o estéticas alterando el orden jerárquico establecido». Cuando una tradición resurge, no resurge tal cual se murió, sino en una forma nueva e impredecible, incontrolable también.

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Los clubes de lectura viven un cierto auge. Eso me cuentan tanto en la librería La Montonera de Zaragoza como en la Anónima de Huesca. Se están fundando muchos y ya no convocan casi exclusivamente a mujeres mayores, como venía ocurriendo. Algunos se ven desbordados de solicitudes de entrada y tienen que dejar de aceptarlas, porque una sociedad de este tipo deja de funcionar si reúne a demasiada gente, que entonces pierda la calidez y la confianza que tienen que caracterizar el encuentro. Los hay curiosos. Astrid García Graells, miembro del grupo de montaña femenino aragonés Andabán, me cuenta que organizan clubes de lectura caminados: eligen un libro y van hablando y discutiendo sobre él mientras hacen una ruta. Me parece una idea preciosa y a replicar: yo al menos soy de los que piensa y habla mejor cuando camina que cuando está parado. De otro club me cuentan —tras preguntarles si la discusión siempre es civilizada o la cosa puede encenderse— una situación que desagradó mucho al que me lo relata. Charlaban sobre Martinete del rey sombra, un libro sobre la Gran Redada de gitanos de 1749, emprendida por el marqués de la Ensenada. Pero la discusión pronto dejó de versar sobre el libro, y pasó a ser un debate nada edificante sobre los gitanos. Al que me lo cuenta le apetecía decir, parafraseando a Umbral: «Hemos venido aquí a hablar de este libro». Pero ya se sabe que quien dijo aldea, dijo pelea.

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Chema, dueño de la librería Anónima, fundada en 1988, está a punto de jubilarse, y es un amante de la palabra escrita en todas sus formas al que le angustia haber ido viendo la agonía de una de ellas. Es fiel a los periódicos de papel; al ritual de bajar cada mañana al quiosco, comprar un par de diarios y desayunar leyéndolos. En Huesca, sabe donde hacerlo. Pero me cuenta la frustración que le invade cuando viaja, y en la ciudad en que esté debe vagar al acecho de un punto de venta como un cazador-recolector en busca de una fruta preciada y declinante. Ya casi no hay quioscos, ya se vende prensa en pocos estancos, ya la hay en pocas cafeterías. Y leer prensa en pantalla no es lo mismo; se niega a que lo sea, dice. Me cuenta también con gracia su hastío ante la popularización de la fiesta de Halloween. «Odio este día», me dice; «si por mí fuera, esta tarde cerraría la librería». En los últimos años, ya se ha vuelto una obligación el comprar caramelos, para dárselos a los niños que, patrullando la calle, vengan por la tarde a la librería a hacer el juego del trucotrato. Y a veces se le olvida, porque no tiene ni tendrá nunca en la cabeza las costumbres y los rituales de esa fiesta importada y conocida tardíamente, y tiene que buscar a toda prisa la manera de proveerse de dulces, correr o enviar a alguien a comprarlos al supermercado, a fin de que los chavales no le toquen las narices. Yo me quedo pensando en esta doble visión de un hombre atosigado por dos tipos de criaturas de los que los críos podrían disfrazarse en este día del miedo y los monstruos: por un lado los fantasmas de un mundo que ya no existe, que dejó de existir, que extrañamos y del que perseguimos con desesperación los últimos ectoplasmas; por otro, los vampiros del mundo nuevo al que vemos nacer, pero que ya no nace para nosotros, sino en contra nuestra. Uno caza fantasmas hasta que se da cuenta, como Bruce Willis en El sexto sentido, de que el fantasma, en realidad, es él mismo.


Viernes, 31/10/2025. Leo en El País una entrevista a Javier Cámara en la que se repasan sus inicios como actor, y él desnuda sus zozobras de entonces; las de un hijo de campesinos en la gran ciudad, atravesado por estigmas e inseguridades de clase y una enorme timidez. Nunca las ha perdido, cuenta, y aunque ahora sea un multipremiado actor internacional, sigue entrando a los rodajes hecho un manojo de nervios, con miedos como el de hacer el ridículo quedándose en blanco o trabucarse a mitad de una escena. Pero relata también que recibió una lección crucial de Pedro Almodóvar durante la filmación de Hable con ella en 2001. Sobre el valor del error y la posibilidad de incluso darle la bienvenida. «Pedro —cuenta— estaba trabajando con un cuarteto de debutantes en su cine, Rosario Flores, Darío Grandinetti, Leonor Watling y yo. Cuatro bombas de relojería, como decía él, porque no nos conocía y no estaba muy seguro de poder controlarnos». Y en aquel momento de «máxima tensión creativa», como dice el redactor de la pieza, Cámara tuvo un lapsus que le hizo pedir que se cortara la grabación, para empezar de nuevo. «Pedro me llevó una parte y, con un tacto exquisito, me dijo: No pasa nada, pero nunca vuelvas a cortar una toma. Fíjate, mientras tú te quedabas en blanco, Darío estaba poniendo una cara de expectación fascinante, y eso también es cine. En el cine, los errores son siempre bienvenidos».

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Leo en Público un interesante artículo de Leonor Cervantes, titulado «No me voy a enamorar de ti porque seas buena persona». Sobre el amor y el deseo. Escribe la columnista: «no me interesa cuando la bondad se plantea como sinónimo de docilidad, porque sé que es un engaño. Hay gente llamándose buena persona que lo único que ha hecho es no enfrentarse a nadie en su vida». Apunto también esto: «Quiero salir con alguien que me guste por sí mismo, no por lo que me aporta. Por mucho que alguien esté dispuesto a reducir su vida a mis necesidades, esto no deja de ser menguar. Y amar tiene más que ver con agrandar el mundo de la mano».


Sábado, 1/11/2025. Muy bueno esto que le leo a Enrique del Teso en Facebook, y que se dirige, aunque no lo nombre, a Arturo Pérez-Reverte (que suele decir que él no tiene ideología, sino biblioteca):

«Cada cierto tiempo sacan el tema de “presidenta” o “presidente” los que no tienen ideología, sino biblioteca:

A alguien que canta se le dice cantante, no hay mujeres cantantas.

A alguien que hace comedia se le dice comediante, no hay mujeres comediantas.

A alguien que se opone se le dice oponente, no hay mujeres oponentas.

A alguien que preside se le dice presidente, no hay mujeres presidentas.

Se equivocan, pero me da pereza explicarlo ahora (la RAE recomienda “presidenta”, en este caso es inocente). Solo digo que algunos que venimos de biblioteca pública y con ideología a cuestas nos preguntamos por qué la palabra que molesta es “presidenta”. Nunca ejemplifican su saber con “asistenta” o “sirvienta”, que son el mismo caso. Igual no tienen tanta biblioteca y tienen carros de ideología».


Domingo, 2/11/2025. Me cuenta que una amiga suya tenía muchas ganas de venir a la presentación y una lista de cosas que quería preguntarme, pero no ha podido acudir. Es ciega —me cuenta—, pero muy, muy lectora. De novela, de ensayo, de todo tipo de libros. Y no se lo debe al braille, sino a ellas, a sus amigas, que se turnan para leerle en voz alta los libros que le interesan. Qué gesto tan bonito me parece, en este tiempo de egoísmos desenfrenados.

El runrún interior (165)


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleNueva Sociedad, Crítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT, Público y El País; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021), La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023), Yo podría haber sido Fidel Castro (2024), y La bandera en la cumbre: una historia política del montañismo (2025).


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