/ una reseña de Antonio Reseco /
El premio Nobel y teórico de las ciencias sociales estadounidense Herbert Simon escribió que los seres humanos, vistos como sistemas de comportamiento, son muy simples y que su aparente complejidad en el tiempo es, en gran medida, un reflejo de la complejidad del entorno. Pablo García Casado (Córdoba, 1972), en su Cada uno es mucha gente (Visor, 2025), galardonado con el XLVIII Premio Ciudad de Burgos, parece querer decirnos lo contrario, pero, en realidad, nos aporta una doble perspectiva: la de todos los seres humanos que podemos encontrar dentro del ser humano unitario y el parecido que aquellos acaban teniendo entre sí. Es en este punto donde el referido economista pudiera estar en lo cierto. Cada uno somos muchos y todos, a su vez; los que están dentro y los que están fuera de nosotros; somos prácticamente el mismo.
Que el hombre es un ser poliédrico no admite demasiadas discusiones. Lo es en cuanto que se refleja en los demás, que acaban por darle forma y por hacer de él parte de un todo. Al animal social que somos se suma el concepto de otredad, quizá en boga, y que viene a ser esa sinergia por la que somos con otros, y sin los cuales no lograríamos explicarnos. Los cuarenta y tres poemas en prosa de este volumen ponen voz a la vida misma; a situaciones que, imaginarias o no, suceden cada día y nos pasan a todos. Si la poesía realmente se considera verdadera cuando es capaz de hacer que el lector se lea en ella, Pablo García Casado nos ofrece un despliegue de espejos donde se confunde su experiencia (o su autoficción, que ahora tanto se lleva) con la nuestra propia, la de aquel que se acerca a uno de estos textos y comprueba que una parte de su vida, en el presente o en el pasado, se le está contando ahora.
Dividido en cuatro partes, «Mujeres», «Hombres», «Genoma» y «Mucha gente», en cada una de ellas se trata de enfocar la perspectiva desde una parte diferente del prisma. La madre que desea lo mejor para su hija que solo es ahora la imagen difusa de una ecografía («Eco»), el amor que se transforma en odio y malos tratos («Los minutos de la basura»); la amiga muerta vista a través de las posts pasados de una red social («Muro»), el hombre perdido en los objetivos comerciales y en la falacia del grupo de empleados («Equipo»), la supervivencia en una triste aurea mediocritas («Cesarini»); el fracaso de los que estuvieron cerca de la cumbre pero no lograron llegar y son, como nosotros, supervivientes, fantasmas («Césped artificial»). O, simplemente, la vida, que no cumple las expectativas marcadas porque una cosa es la proyección que se hace de algo y otra muy distinta lo que finalmente se cumple, y uno acaba aceptando que su tiempo ha pasado, que el momento de ver la existencia como un lugar donde alcanzar el éxito o la gloria son una sombra: «Ocurre de repente, de un día para otro te vuelves invisible».
Para Pablo García Casado la experiencia de la paternidad resulta vital y eso impregna el libro de la sabiduría inútil de los que por ella hemos pasado. Lo que queda, y así lo encontramos en estas páginas, es algo tan intrínsecamente poético como el paso del tiempo, sus estragos, pero, sobre todo, ese reconocer en los hijos lo que un día fuimos, el camino que recorrimos y los errores que, inevitablemente, cometerán sin que lo que podamos decir sirva de algo, pues cada vida debe ser vivida y no copiada y corregida: «Tendrás miedo, miedo a un dolor futuro. A noches de hospital, a quedarte en primera línea de fuego. A ser quien apague la luz. A aceptar que es ley de vida».
No podemos decir que la poesía de Pablo García Casado esté sujeta a demasiadas oscilaciones. Sus siete libros del género publicados muestran una uniforme solidez y un modo de transmitir narrativo, enumerativo a veces, y con un leguaje llano que no olvida jamás el tiempo por el que trascurre, sus modas pasajeras y los conceptos que copan un mundo vertiginoso y cambiante. El autor no apela a ninguna sensiblería; muy al contrario, nos cuenta, y este contar es el único camino para llegar a lo nuclear de la poesía. La vida se repite, y así queda claro en su poema «Barco a Venus», con el que resulta imposible no identificarse. O con su poema central, «Genoma», una suerte de calendario de unos padres cualesquiera que saben que nada puede sustraer a un hijo de la intemperie de la vida.
En su poema final «Vobis», el autor parece agarrarse a la tabla de salvación que es la poesía. Ese recurso que humaniza al ser humano y lo hace precisamente eso: humano. Todo lo escrito merece la pena si le sirve al otro; si puede ayudar a todos esos que son junto a nosotros, si les ayuda a reconocerse y les facilita el camino. Y es esto lo apasionante de la poesía: su intemporalidad, el poder servir a alguien cuando quien lo escribió haya desaparecido: «Por vosotros, por un vosotros presente, por un vosotros futuro, mereció la pena escribir estas palabras […]. Este poema que es vuestro. Porque vuestro es el lenguaje, vuestras las palabras con que escribo. Vuestro es el poema, os pertenece, no existe si no estáis al otro lado, vuestro es el poema».

Pablo García Casado
Visor, 2025
96 páginas
12 €

Antonio Reseco (Villanueva de la Serena, 1973) es licenciado en derecho. Entre otros, ha publicado los poemarios Un lugar conocido (2002), Anotaciones del viaje (2005), El otoño cotidiano (2005), Geografías (2006), Huidas (2009), London Bureau (2012), Casi no existir (2015) y Equilibrios (2021). Es autor de numerosos artículos, relatos y poemas que han aparecido en distintas revistas y ha sido incluido en diversas antologías. En 2012 fue publicada su primera obra de teatro, Dickens no tiene corazón, y el libro de relatos El conejo, la chistera y el mago sin memoria; en 2018 el volumen de relatos El café portugués. También en narrativa, Lo que no será (2021) Dedica también otra parte de su labor creativa a la traducción, al ensayo y a la crítica literaria. Dentro de estos, se encuentra su último libro El tiempo de los transatlánticos.
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