Estudios literarios

Releer el Cid: la actualidad del mito

El cantar épico de Rodrigo Díaz de Vivar nos recuerda que la grandeza heroica no reside en la (re)conquista, sino en la dignidad con que se afrontan los infortunios, y por eso seguimos leyéndolo mil años después. Un artículo de Andrea Riba.

/ por Andrea Riba Anglada /

Con el Cantar de Mio Cid puede ocurrir lo mismo que con muchos otros clásicos: que se le endose una etiqueta que no haga justicia a su verdadero contenido. Así, la obra se ha considerado comúnmente un relato sobre la Reconquista; sin embargo, la lectura del texto evidencia que esta no es más que el telón de fondo sobre el que se desarrollan los grandes temas del Cantar, articulados en torno a la figura del héroe: Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador. La edición de Alberto Montaner, que incluye su prólogo y notas, así como un estudio preliminar de Francisco Rico, facilita la comprensión de la obra al aportar claves de lectura esenciales, de las que se nutre esta reseña.

El poema comienza con el destierro del Cid por orden del rey Alfonso VI, y es precisamente la voluntad del protagonista de recobrar el favor real y ser restituido como su vasallo el hilo conductor que vertebra la narración. Este aspecto humaniza al Cid, que inicia su andadura repudiado y sin apenas posesiones y se ve obligado a salir adelante por sus propios medios para restaurar su honra pública.

En este sentido, el Cantar no defrauda en su representación del héroe valeroso que lucha en combate. Las descripciones de las batallas son apasionantes: «Enbraçan los escudos delant los coraçones, / abaxan las lanças abueltas de los pendones, / enclinaron las caras de suso de los arzones, / ívanlos ferir de fuertes coraçones. / A grandes vozes llama el que en buen ora nació: // ¡Feridlos, cavalleros, por amor del Criador! / ¡Yo só Ruy Díaz, el Cid Campeador!». Al mismo tiempo, el poema muestra a un Cid capaz de llorar por la separación de su familia, de recurrir a artimañas para obtener dinero de unos usureros y de anhelar un buen enlace para sus hijas. Son estas aspiraciones mundanas las que acercan al héroe al público, dotándolo de una humanidad poco frecuente en la épica medieval. Ese era, en última instancia, el propósito de la obra: acercar el mundo de la gesta al de la audiencia.

La restitución del honor privado del Cid y de su familia constituye otro de los grandes temas de la obra, y está estrechamente vinculado con el de la diferencia de linajes. En efecto, los infantes de Carrión se amparan en la brecha social para justificar uno de los episodios más sobrecogedores del Cantar: la afrenta de Corpes, es decir, la humillación, afrenta y repudio de las hijas del Cid:

«Todos eran idos, ellos cuatro solos son, / tanto mal comidieron los infantes de Carrión: // Bien lo creades, don Elvira e doña Sol, / aquí seredes escarnidas, en estos fieros montes, / oy nos partiremos e dexadas seredes de nós, / non abredes part en tierras de Carrión. / Irán aquestos mandados al Cid Campeador, / nós vengaremos por aquésta la del león. // Allí les tuellen los mantos e los pelliçones, /½ páranlas en cuerpos e en camisas e en ciclatones. / Espuelas tienen calçadas los malos traidores, / en mano prenden las cinchas fuertes e duradores».

Uno esperaría que este ensañamiento provocara una respuesta iracunda del Cid; sin embargo, este reacciona con sorprendente templanza, recurriendo a las leyes en lugar de a las armas.

La mesura del héroe constituye uno de sus rasgos más distintivos y, sin embargo, se aparta de la tradición épica: basta recordar a Ulises, quien al regresar a Ítaca mata sin piedad a los pretendientes y las criadas de Penélope. En este sentido, la templanza del Cid es la expresión más paradigmática de su grandeza moral. Dado el escarnio sufrido, su reacción se antoja casi inverosímil, más propia de un ser sobrehumano que de un hombre común. Así, por más humanizado que se muestre, el Cid sigue encarnando la figura del héroe que representa un ideal moral y, como tal, cumple una función ejemplarizante. Desde esta perspectiva, la obra no solo alude a la rigidez de la jerarquía social de la época, sino que también desafía la idea de que nacer noble equivale a comportarse noblemente.

En efecto, conviene destacar la visión crítica que el Cantar proyecta sobre la nobleza de cuna —poseedora de títulos y patrimonio por nacimiento—, en contraposición a la baja nobleza de la que procede el Cid, que conquista su posición y riquezas mediante el esfuerzo y la victoria. El primer estrato social, personificado en los infantes de Carrión, representa la degradación moral —la cobardía, la codicia y la crueldad—, frente al héroe virtuoso, símbolo de valentía, generosidad y bondad.

Asimismo, la vileza de la nobleza de linaje se contrapone a la dignidad de algunos personajes musulmanes como Avengalvón, amigo y aliado del Cid. De esta forma se cuestiona la idea de que la obra retrate la mal llamada Reconquista, entendida como un enfrentamiento nítido entre dos bandos claramente diferenciados: cristianos y musulmanes. La relación entre el Cid y Avengalvón simboliza, más bien, la convivencia y cooperación entre dos de las principales religiones monoteístas durante esa época.

En este sentido, el Cantar invita a reconsiderar las interacciones entre los distintos colectivos durante la ocupación musulmana de la Península, al reflejar relaciones de lealtad y respeto. De igual modo, queda patente que el verdadero motivo por el que el Cid conquista reinos no es religioso ni político, sino pragmático: obtener un botín con el que ganarse la vida y, a su vez, agasajar al rey, siempre con el fin último de restaurar su prestigio y posición social.

Estos elementos ponen en tela de juicio la simplificación que, desde hace casi un siglo, se ha hecho de la figura del Cid, presentada como icono de una cruzada contra los infieles y símbolo de patriotismo. El poema revela no solo la idiosincrasia compleja y matizada del protagonista, sino también la de su tiempo.

En conclusión, el Cantar reúne los rasgos esenciales de los cantares de gesta —la narración en verso de las hazañas de un héroe enmarcadas en un contexto histórico— con elementos de notable modernidad, como la humanización del protagonista, que, sin dejar de ser un héroe, revela sus ambiciones terrenales, permitiendo al público identificarse con él y tenerlo como modelo de conducta. En la caracterización humanizada del Cid radica la condición clásica de la obra, puesto que incluso una audiencia contemporánea puede identificarse con un héroe que sufre, anhela y se vale por sí mismo para sobreponerse a la adversidad. En última instancia, el Cantar de Mio Cid nos recuerda que la grandeza heroica no reside en la (re)conquista, sino en la dignidad con que se afrontan los infortunios. Este es, precisamente, uno de los motivos por los que leer el Cantar sigue teniendo sentido hoy en día.


Andrea Riba Anglada es abogada en Banco Sabadell


Descubre más desde El Cuaderno

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

0 comments on “Releer el Cid: la actualidad del mito

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde El Cuaderno

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo