Los cuadernos pálidos

Los cuadernos pálidos (77)

Del murmullo del mundo rescata en esta ocasión Tomás Sánchez Santiago un paseo de palomas, la desnudez callada del emperador en el Premio Planeta o cómo algunos días llevan a veces, como decía el poeta, a otros días.

textos de Tomás Sánchez Santiago
fotografías de Luis Marigómez (serie Agonía)

Señoras pavoneándose con su ostentosa pechuga abullonada. Han encontrado un pedazo encendido de hierba en el jardín y lo pasean buscando algo aquí o allá entre nerviosos cabezazos. Palomas al sol.



La supuesta gran conquista de nuestra civilización es haber eliminado el verbo estar. Ya no se necesita estar para hacer cualquier cosa. Compramos sin estar, hablamos con los otros sin estar, discutimos sin estar, incluso nos amamos sin estar. La presencia se ha sustituido por el trampantojo de las pantallas. Parece que estamos ahí, pero no estamos (sí, también hemos perdido el ahí). Y, perdida la presencia, perdida la voz, perdido el aliento de la proximidad, perdido el trajín inmediato de los gestos, ¿qué queda de nosotros en una relación? Pues creo que solo eso: los escombros de nosotros mismos. Sin embargo, se alaba y se promueve por todas partes esa alternativa fantasmal de no necesitar la cercanía para vivir en comunidad, no siendo que manchemos a las otras personas de nosotros mismos.


En el anochecer de ayer, cirros levemente sangrientos Se sostenían sobre la cabeza achaparrada de la catedral de mi pequeña y pudorosa ciudad. Un poco más allá, una luna borrosamente azulada empezaba a crecer. Nos detuvimos en lo alto del puente para asistir a esa visión momentánea que duraría, desde luego, muy poco. Otras personas lo hicieron también. «Parece una estampa japonesa», se oyó decir, con esa propensión a buscar en lo exótico algo donde agarrarse cuando necesitamos explicarnos lo insólito. Así sucedió ayer en el lento y hermoso apagón del anochecer de otoño sobre el Duero.


Al Señor de la Guerra no le han dado el premio Nobel de la Paz, que él mismo manifestó que merecía. No le habrá sentado muy bien porque este hombre no está acostumbrado a fracasar: su imagen es la de un triunfador a toda costa, incluso por encima de la ley o la moral. Pero no debe preocuparse demasiado. A la vista de sus tejemanejes con los aranceles, quizás todavía llegue a tiempo de conseguir el Nobel de Economía. Aunque su exacerbado nacionalismo (America First) lo hace más bien acreedor, de una vez por todas, al título de hijo predilecto de su pueblo. Y eso ya es mucho.


«Una herrada de tomates». Eso oigo decir a una mujer con la que me cruzo al paso en el barrio de Pinilla. Herrada. La palabra me llena de golpe la boca de luminosa antigüedad, de esa época previa al imperio del plástico y las mercancías envasadas. Era cuando las cosas se pedían en relación con aquello que las contenía. Las castañeras hacían cucuruchos donde se echaban las castañas; y en aquellas churrerías de mi infancia ensartaban los buñuelos con un junco verde. «Hágame un junco», se decía. Aún oí no hace mucho pedir en una frutería «una mano de plátanos, pero que sean pintones». Aquí, en este barrio, todavía quedan rescoldos vivos de ese lenguaje poco domesticado por los medios de comunicación.



El pescador se asegura de que sus artes de pesca están firmemente asentadas. Entonces se sienta un poco más allá, más a la orilla, y se pone a contemplar los nervios del agua con paciencia fluvial. Oh, los pescadores: los ministros de la quietud.


En nuestro país no hemos conseguido del todo sustituir la piedra en la mano por la palabra en la boca. Puestos a proponer, podríamos apaciguar algo el panorama embravecido que domina el ambiente si lo hiciésemos al revés: la piedra en la boca para no abrirla a destiempo y la palabra a mano, para sopesarla y tasarla antes de ponerla a volar con intención montaraz.



Ha llegado el escándalo anual del Planeta. Pero lo realmente escandaloso no es la identidad de quien es favorecido con las suculencias del premio. Todos sabemos de sobra que es, desde siempre, una operación mercantil indecente y sin otra relevancia en el mundo literario que la ostentación de la grandiosidad. Se concede el premio como se nombra a un heredero, a voluntad de quien posee el capital; generalmente se le concede, claro, a alguien de la familia para que todo quede en casa. Y eso es todo. ¿Cómo escandalizarse, pues, de lo previsible? El verdadero escándalo viene de afuera; es la infame complicidad en que se envuelve, se potencia esa mentira. La televisión pública haciéndose lenguas de ello (antes y después del ceremonial) en un espacio informativo preferente, la presencia de la Casa Real, la asistencia de figuras políticas de primera línea encantadas de estar allí, felicitando efusivamente a quien ha ganado… Todos avalan así la trampa. Es esto lo que lamentablemente acaba fomentando su credibilidad, como si una orquesta de músicos sordos quisiera acompañar a un tenor afónico para dar la impresión de que aquello suena bien. Y si usted no lo oye, el ignorante es usted, como en la fábula del manto invisible del rey.



En Zamora, al subir la cuesta de Santa Lucía oímos cantar flamenco despreocupadamente desde lo alto de la muralla. Era un gitano. El hombre no hacía más que eso: cantar para todos. Proseguimos el camino mientras lo escuchamos. La mañana ya es otra porque alguien canta públicamente, entrega su canción sin más miramientos a cambio de nada. Todo un alarde en este tiempo en que la gente se pertrecha con cascos y pinganillos para cultivar en exclusiva la propiedad privada de la música. No se hace por no molestar; se hace por no compartir.


Parece ser que los mosquitos han aparecido en Islandia, país donde no se habían visto hasta ahora. La causa es el cambio climático. Se trata, al parecer, de un tipo de mosquito resistente al frío, que allí se hospeda en espacios protegidos. El hecho, una constatación real, adquiere a la vez un alcance simbólico, como ocurría en el célebre artículo de Pasolini sobre la desaparición de las luciérnagas en Europa en relación con la desesperanza. También ahora la llegada de los mosquitos a Islandia puede estar avisando de algo más allá de un acontecimiento biológico, algo que ya está presente en la asepsia social de esos pueblos ensimismados del norte, que hasta hace poco presumían de que no habían llegado a ellos los emigrantes, la precariedad, la contaminación y los mosquitos.


Primero sonó el inicio de la sinfonía 40 de Mozart; luego se oyó un trinar nervioso de pájaros; y luego El novio de la muerte (versión trompetera allegro maestoso para mayor enardecimiento); más adelante, la murga de los niños de San Ildefonso desgañitándose en un tropel de números; después el aullido de Tarzán atronando el vagón del tren en que todo esto sucedía. A los usuarios de los teléfonos móviles también se les podría caracterizar por la sintonía elegida en sus aparatos.


La casa tiene una cocina muy soleada. La luz del otoño entra en ella con su largo atropello amarillo a poner desparpajo en los quehaceres. Por si eso fuera poco, cada mañana por dos veces la algarabía de los niños del colegio cercano entra también a revolverlo todo con el alegre desorden de la infancia. Momentáneamente, el cansancio de las cosas queda abolido por este estruendo de luz y niñez juntas, un empujón hacia el revés del tiempo que de pronto ilumina el oscuro resplandor de la memoria, esa habitación mal arrendada… Y vuelve, indeleble, aquel verso de nuestra juventud: «Estos días me llevan a otros días…».



Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957). En 2019 apareció su poesía reunida bajo el título Este otro orden. Posteriormente ha publicado La belleza de lo pequeño, El que menos sabe y en 2025 la antología El esmero. Es autor de dos narraciones: Calle Feria y Años de mayor cuantía. Sus diarios se compilaron en el volumen El murmullo del mundo (2019).

Luis Marigómez (Nava de la Asunción, Segovia, 1957) ha publicado algunos volúmenes, entre otros, la novela Sinfín (2016);su último poemario es Vislumbres (2023) y su último libro de relatos, Vaivén (2024). Ha escrito en las páginas culturales de varios medios, sobre todo en El Norte de Castilla. Tradujo el poemario de Margaret Atwood Luna nueva y cofundó la revista El signo del gorrión. También hace fotos, que ha expuesto a veces con sus poemas.


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