Cisnes, cañones, hidras de siete cabezas

Dar lo que no se tiene

«¿Tenemos palabra, los escritores? ¿Nuestras palabras, estas palabras que manejamos, que producimos diariamente, son merecedoras de confianza? ¿Son garantía de nuestro compromiso? ¿Son fiables? ¿Aclaran y ordenan el mundo? ¿Ayudan a vivir?». Preguntas y reflexiones de Alberto R. Torices.

/ Cisnes, cañones, hidras de siete cabezas / Alberto R. Torices /

La palabra «dada» es, o fue, o debería ser garantía de nuestro compromiso y de la fiabilidad de nuestros actos futuros. Damos nuestra palabra y con ella ofrecemos certeza y seguridad, inspiramos la confianza de quien la recibe. La palabra es firma y sello intangible con la que libremente empeñamos nuestra voluntad y nos obligamos a cumplir. Y si no lo es, en algún momento lo fue, en algún momento debería volver a serlo.

Empeñar la palabra es algo habitual en sociedad, y es algo necesario. Necesitamos que los demás nos den seguridades, que asuman compromisos y mantengan la palabra que nos dieron. En infaltable correspondencia, también nosotros nos ligamos dando nuestra palabra y nos atenemos a ella. Es un pacto de reciprocidad que a menudo no requiere ni de «palabras», esto es, de un contrato explícito, siquiera verbal; a menudo se sobreentiende, se asume sin mencionarlo. Haya o no palabras, sí hay «palabra» y esta posibilita un sinfín de cuestiones prácticas; posibilita nada menos que la propia convivencia. La palabra es un factor de orden en un mundo complejo y amenazante, un anillo de predecibilidad que, en alguna medida, nos protege frente al extrarradio de desorden y nos permite adentrarnos con ciertas garantías en el tiempo futuro, básicamente impredecible. Damos nuestra palabra de que devolveremos algo, desempeñaremos una tarea, nos haremos cargo de la parte que nos toca; de que estaremos, resolveremos, cumpliremos. El mundo, en fin, marcha, más o menos, porque damos nuestra palabra y recibimos la de otros, que es tanto como decir que damos y recibimos confianza, garantía, seguridad. Y esto es posible porque la palabra es inspiradora de fe, es merecedora de nuestra credulidad. Creemos a quien nos da su palabra. La palabra dada nos basta para creer, para tener fe. «Te lo devuelvo mañana», «Yo llevo el postre», «El lunes a primera hora lo tienes». «Te veo a la salida», «En cinco minutos te llamo», «Te querré siempre». Palabra, palabra, palabra. Nos la dan y confiamos, creemos. La palabra se cumple y de este modo el mundo se aclara y se ordena, y descansamos, seguimos viviendo tranquilos, seguros. Porque la palabra dada se cumple. La palabra se cumple. La palabra se cumple, ¿verdad?

Hace ya muchos años, Nacho Abad, buen amigo escritor, hombre inteligente y sensible, publicó una pequeña y preciosa serie de cuentos que tituló, maravillosamente, «Los poetas no tienen palabra». Nacho es poeta y en sus cuatro o cinco cuentos sobre poetas sin palabra trazaba semblanzas de personajes que, me parece, tenían algo de espejo de su entorno, concretamente del mundo literario en el que daba sus primeros pasos como la joven promesa que era. En aquellos poetas sin palabra podías reconocer o intuir modos y perfiles conocidos. Yo, sin ir más lejos, me vi muy claramente reflejado en uno de aquellos cuentos. Yo fui y seré siempre un poeta sin palabra en las palabras de mi amigo, aquella historia risible y triste y hermosa de un poeta sin palabra.

Los escritores hacemos lo que hacemos a base de palabras, claro, es nuestra materia prima. Las acumulamos y ordenamos en cuentos y poemas, y luego las reordenamos o cambiamos, quitamos unas y ponemos otras, las colocamos de maneras diferentes. Vivimos en medio de palabras, las palabras conforman nuestro hábitat. Nos rodeamos de ellas, producimos nuevas series de palabras, las compramos y vendemos, a veces también las regalamos y nos las regalan. Tenemos montones inverosímiles de palabras forrando las paredes de nuestra casa y también, siempre a mano, sobre nuestra mesa, en el salón, en la cocina, en el baño… Infinidad, innumerables palabras, pero… ¿tenemos palabra, los escritores? ¿Nuestras palabras, estas palabras que manejamos, que producimos diariamente, son merecedoras de confianza? ¿Son garantía de nuestro compromiso? ¿Son fiables? ¿Aclaran y ordenan el mundo? ¿Ayudan a vivir?

En todas las sociedades se da el fenómeno de la sacralización de la palabra. En el ámbito de la religión, por supuesto, es esencial; no puede haber religión sin palabras sagradas, palabras reveladas y reveladoras, palabras de dios. Son palabras salvadoras, liberadoras, palabras santas. También palabras que establecen un pacto entre dios y los hombres, palabras que comprometen, que atan al mismísimo dios: dios nos da su palabra y confiamos en que la cumplirá. Pero no sucede solo en la religión, es un fenómeno demasiado humano… Ocurre también en otros ámbitos, o en todos: en la política, en cualquier trabajo, en la amistad, en el amor. Y también en este medio nuestro, este melindroso mundillo, la literatura. Pensemos por un momento en sus dioses, que son nuestros dioses, pensemos en los púlpitos de la literatura y en sus sacerdotes, sus textos sagrados, sus liturgias, sus mitos y ritos; su cielo y su infierno, sus premios y castigos; sus creyentes y sus ateos; sus paganos, sus herejes, sus conversos, sus protestantes, sus inquisidores…

La palabra, también la literaria, es artículo de fe y, por lo tanto, es o será, acabará siendo, artículo de duda, de descreimiento. Artículo de escepticismo, de incredulidad, de decepción y desencanto, porque antes o después la palabra no se cumple, la palabra dada se revela vana, frívola, gratuita y banal, porque antes o después ocurre que no ocurre lo que se esperaba, lo que a lo mejor no estaba escrito ni se nos había dicho, pero nos parecía claramente implícito y naturalmente esperable.

Quizá no le pase a todo el mundo, quizá no sea para todos un túnel que hay que atravesar, una casilla en la que caes y te quedas sin jugar. La cárcel, el pozo, la muerte. Quizá no todos los autores, no todos los lectores, experimenten antes o después la decepción, quizá no todos se topen antes o después con la palabra falsa, la palabra taimada, la palabra interesada, la palabra impostada, la palabra estafadora, que quizá ha salido de nuestra mano, de esta mano laboriosa que produce palabras cada día. Quizá, tras la experiencia del fraude, el autor consiga recuperar la fe en la palabra, o quizá a partir de ese momento ya solo pueda ponerla en duda, y desconfíe de todas las palabras, tanto de la ajena como de la propia, y se cuidará muy mucho de ella, de todas, como de cualquier vendedor de crecepelo o de seguros de deceso. Yo caí hace algún tiempo en la casilla crítica que te obliga a detenerte. Creo que otros autores pasan de largo, la saltan graciosamente. Quizá caigan más tarde, o quizá logren evitarla hasta el final. Yo, después de caer y parar, volví a jugar, volví a escribir. Pero no es lo mismo, la palabra no es la misma, uno no es el mismo.

(A propósito del Festival Palabra, el 5 de octubre de 2025, con Sofía Castañón, Rafael Saravia, y Álvaro Acebes)

Fotografía de portada de Encarna Mozas


Alberto Rodríguez Torices (Guernica [Vizcaya], 1972) ha publicado los libros de cuentos Yo, el monstruo (2002), Los sueños apócrifos (2009), Trata de olvidarlas (2017) y El trabajo está hecho (2021), y las novelas Piel todavía muy blanca (Premio Tierras de León, 2004), Sacrificio (Premio Fundación MonteLeón, 2015), Como un perro en la tumba de un cruzado (2019) y Desposesión (2024). Ha recibido asimismo el Premio de Narración Breve UNED (2009) y el Premio de Relatos La Puerta de Tannhäuser (2017), entre otros. Fue miembro del equipo editor de las revistas Otras Voces y The Children’s Book of American Birds. Reside en Valdefresno (León) y se dedica a tareas de preimpresión y diseño editorial.


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