/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /
Hoy parece indiscutible que la industria del coche eléctrico está en manos de las empresas chinas. Continentes enteros como Latinoamérica se están llenando de coches eléctricos de manufactura asiática. Países como Brasil, Chile, Perú y otros muchos lideran la compra de tales vehículos. Hacen la carga en casa y, si no tienen plaza de aparcamiento, los cargan mientras desayunan. Las marcas europeas o la norteamericana Tesla, con sus altos precios de venta, no pueden competir. La industria china se ha adaptado a los mercados emergentes e incluso a los pobres; penetra mercados que hasta hace poco eran vírgenes, y no solo en la industria del automóvil. Ello es mucho más que un síntoma; es la realidad de un futuro que ha comenzado. No tardaremos mucho en ver ciudades como Santiago de Chile, Río de Janeiro, Lima o La Paz teniendo una mayoría de vehículos eléctricos, descarbonizados, mientras Chicago, Nueva York, Berlín o Madrid mantienen aún su parque móvil antiguo, pesado y contaminante.
Esta apuesta China por los mercados emergentes no es resultado de una casualidad, ni de una moda pasajera, sino de un análisis estratégico de las tendencias del futuro. China no amenaza a nadie, no se impone mediante el chantaje, no lidera políticas proteccionistas, no construye para los ricos del mundo: se dedica a venderles cosas a millones de habitantes del planeta que hasta ahora no tenían acceso a los bienes de consumo. Es lo contrario de lo que hace hoy Estados Unidos. Bajo la presidencia de Trump —pero no sólo de él—, chantajean a quienes pueden dominar, obligándoles a comprar su carbón, hoy ya obsoleto, su petróleo y su industria de guerra. Bajo presiones terribles, intentan dominar Latinoamérica, pero su poder económico está retrocediendo frente al gigante chino. Simplemente ya no pueden competir. También ocurre que los cerebros más brillantes ya no pueden ir a las universidades norteamericanas, así que van a las chinas. África entera, hoy, se abastece con productos chinos; Europa no fabrica casi nada de lo que consume y Trump ha de comprar a China incluso las gorras rojas de sus millones de votantes.
La conclusión parece casi inevitable: el futuro es chino, y ya ha comenzado. El decadente imperio norteamericano, anclado en un ideario grotesco, va a dar coletazos, puede matar y herir a muchos, puede imponer su voluntad a gobiernos timoratos o encadenados al tambaleante poder del dólar. Pero el dragón cada vez será más fuerte y algún día dará el zarpazo, con la aquiescencia de millones de seres humanos que cada día aborrecen más la matonería de los gobernantes de Estados Unidos, al tiempo que miran con simpatía la pacifica penetración comercial china, que se impone con fórmulas que les parecen más aceptables.
Los grandes imperios se han impuesto siempre mediante el halago a las élites, el consentimiento de los vasallos y la indiferencia de la mayoría. A veces, cuando observo las tácticas de matón de barrio del Gobierno Trump en el mundo, me viene a la mente la famosa caída de Nínive, capital del otrora poderoso Imperio asirio, en manos de una amplia coalición de pueblos que entre el 613 y el 611 los derrotaron, impulsados por un odio por las humillaciones, chantajes y brutalidad asiria que habían padecido durante décadas. La Biblia, por boca de Nahúm, celebra la caída y destrucción de la odiada ciudad, con un canto salvaje que culmina gritando: «¡Yo soy tu enemigo! —dice el Señor de los Ejércitos Celestiales—. Tus carros de guerra serán quemados; tus jóvenes morirán en la batalla. Nunca más saquearás las naciones conquistadas. No volverán a oírse las voces de tus orgullosos mensajeros». ¡Así fue! Tomen nota, por si acaso.

Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.
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