Estudios literarios

El Abencerraje como modelo de convivencia

Andrea Riba comenta una obra clásica del acervo castellano que demuestra que la virtud —entendida como rectitud, dominio de sí y fidelidad a la palabra dada— trasciende credos y bandos, y puede servir como puente entre comunidades separadas por siglos de antagonismo.

/ por Andrea Riba Anglada /

A raíz de una escaramuza en la frontera entre la Castilla cristiana y la Granada musulmana, don Rodrigo de Narváez, capitán cristiano, toma prisionero al moro Abindarráez, miembro del ilustre linaje de los abencerrajes de Granada, caído en desgracia por obra de la fortuna. En cautiverio, Abindarráez explica que viajaba con el propósito de contraer matrimonio con su amada Jarifa, de la que se tuvo que separar. Conmovido por su historia, Narváez decide concederle la libertad para que pueda reunirse con ella, bajo la promesa de que, una vez celebrada la boda, regresará para entregarse de nuevo como prisionero. Abindarráez cumple su palabra y regresa ante Narváez, esta vez acompañado de su ya esposa Jarifa. A petición del propio Abindarráez, Narváez acaba intercediendo en favor de los recién casados para que el padre de Jarifa les otorgue el perdón por haber contraído matrimonio sin su conocimiento.

Al alejarse de la caracterización estereotipada de sus protagonistas, el Abencerraje muestra la posibilidad de una amistad entre gentes de «leyes» (religiones) distintas, fruto del ejercicio mutuo de la virtud. En efecto, la novela retrata a sus dos protagonistas como seres virtuosos que, pese a profesar religiones diferentes —y enfrentadas—, se asemejan en la firmeza de su código ético. La novela, de la que se conservan varias versiones, data del siglo XVI (esta reseña se basa en la incluida en el Inventario de Antonio de Villegas de 1565, según la edición de Francisco López Estrada para Cátedra). Sin embargo, el Abencerraje sitúa los hechos en el último cuarto del siglo XV, es decir, con anterioridad a la caída de Granada (1492) y, por supuesto, también a la conversión forzosa de los moriscos (1525), la rebelión de las Alpujarras (1568-1571) y su expulsión definitiva (1609). De ahí que pueda conjeturarse sobre la intencionalidad política de la novela, una denuncia de la intolerancia entre gentes distintas y, al mismo tiempo, una reivindicación de un ideal ético de convivencia.

Los dos protagonistas se erigen en representantes de los dos bandos enfrentados y lo hacen desde la más alta estatura moral. Narváez ejemplifica la máxima expresión de la generosidad, que se manifiesta en la concesión de libertad al prisionero. En el contexto bélico de la Reconquista, los moros son enemigos de la fe y de la patria para los cristianos. Sin embargo, es llamativo que en ningún momento de la novela se pretenda la conversión del moro vencido. En este sentido, las virtudes que caracterizan a los protagonistas están al margen de cualquier consideración religiosa; se trata de virtudes de orden «civil», lo que refuerza la lectura que atribuye a la novela un mensaje político de tolerancia.

Ahora bien, las reiteradas alusiones a la virtud de Narváez llegan a resultar, por momentos, hiperbólicas. En efecto, este no solo muestra su generosidad en el trato conferido al prisionero, sino que se presta a ayudarle en lo que necesite, gesto que roza lo inverosímil. Así, la novela combina, por un lado, la idealización de los personajes y, por el otro, la apariencia de verosimilitud histórica que aporta la ambientación en un contexto real. En esencia, los protagonistas se erigen en modelos de conducta, al tiempo que transmiten un mensaje moralizante muy pertinente en la época de su publicación.

Un antiguo lance amoroso —no consumado— constituye la única flaqueza moral de Narváez. Aunque la digresión resultante pretende ensalzar su honradez, también cabe ofrecer una lectura más crítica: Narváez estuvo dispuesto a relacionarse con una mujer casada, la dama de Antequera, y solo desistió al descubrir que su marido lo había alabado. Aun así, esta debilidad lo humaniza y hace su virtud más admirable, pues realza la conducta de alguien capaz de equivocarse y rectificar.

En cuanto a Abindarráez, la novela representa la dignificación literaria del moro, un personaje caballeroso que se redime al actuar virtuosamente. Tal y como señala Joaquín Gimeno Casalduero, al comienzo Abindarráez aparece sometido a los vaivenes de la fortuna, en contraposición a Narváez, que encarna el dominio moral de sí mismo. Abindarráez solo logra tomar el control de su destino cuando actúa virtuosamente —al cumplir su palabra y regresar a prisión— y, de esta forma, obtiene la libertad definitiva y el perdón del padre de Jarifa. Así, puede afirmarse que Abindarráez se acaba convirtiendo en el equivalente musulmán de la virtud cristiana encarnada por Narváez.

Ahora bien, el papel de su mujer resulta menos lucido. Pese a la descripción idealizada de Jarifa, ella es la única protagonista que propone un acto deshonroso, al sugerir a Abindarráez que falte a su palabra y ofrezca dinero en vez de volver como prisionero. Su marido rechaza esta indigna proposición: «Bien parece, señora mía, que lo mucho que me queréis no os deja que me aconsejéis bien […]». Asimismo, Jarifa interpreta erróneamente la conducta de Narváez al abandonar el cortejo de la mujer casada, atribuyéndola a que «debía estar poco enamorado». La dama de Antequera, la otra figura femenina, también es un personaje de menor estatura moral, pues está dispuesta a engañar a su marido con Narváez. En ambos casos, las mujeres incitan (en vano) a hombres virtuosos a cometer actos que los deshonran, lo que podría entroncar con la tradición misógina que ubicaba a la mujer —desde Eva— en el origen del pecado.

En conclusión, el valor del Abencerraje reside en su representación sin estereotipos de los miembros de dos religiones enfrentadas que, incluso en el momento de su publicación, habían alcanzado un punto álgido de tensión tras la conversión forzosa de los moriscos. La obra demuestra que la virtud —entendida como rectitud, dominio de sí y fidelidad a la palabra dada— trasciende credos y bandos, y que puede servir como puente entre comunidades separadas por siglos de antagonismo. Frente a los discursos (de ayer y de hoy) que construyen al otro como enemigo, el Abencerraje imagina un espacio ético en el que la excelencia moral no es patrimonio exclusivo de una fe, sino una posibilidad compartida.


Andrea Riba Anglada es abogada en Banco Sabadell


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