El runrún interior

El runrún interior (170)

Pablo Batalla escribe en su dietario sobre la sentencia condenatoria del fiscal general del Estado, el nombre que Uber da a sus trabajadores o la lectura de 'Una calle sin nombre', de Kapka Kassabova.

/ por Pablo Batalla Cueto /

El runrún interior (169)

Lunes, 8/12/2025. Se preguntaba Nietzsche: «¿Quién quiere aún gobernar? ¿Quién quiere aún obedecer? Ambas cosas son demasiado molestas». Del bigotudo filósofo se señala a veces que fue un adelantado de la posmodernidad, y esa observación concreta es muy posmoderna. Hoy nadie quiere obedecer, hay una crisis de autoridad generalizada, pero ¿quiere alguien, realmente, mandar? Hay mandamases que mandan y mucho, faltaría más. Pero los oligarcas de nuestros días buscan máquinas que manden por ellos; validos algorítmicos en los que descargar la tarea, mientras ellos se van de fiesta decadente o dan un paseo por el espacio; librarse de la engorrosa tarea de gobernar. Me viene a la memoria eso que le he leído alguna vez a Luis Ordóñez de los royals, de las nuevas generaciones de las monarquías europeas: ellos tampoco quieren reinar; sacrificarse como no dejaron de hacerlo sus padres y abuelos, que vivían en palacios, rodeados de lujos, pero desempeñando tareas fastidiosas, aunque fueran protocolarias. La hierática maiestas de Isabel II, salir en las monedas de euro y de dos euros, entregar el Premio Nobel o el Princesa, dar el discurso de Nochebuena, es menos emocionante que ser el aristócrata más alto y tener el mismo dinero o más, pero ninguna de esas responsabilidades.

*

Me gusta esto que le leo a Pedro Vallín en su columna de Infolibre, hoy titulada «El panteón de los santos falsos» y que pone algunas cosas en necesaria perspectiva, frente al uso banal que hacemos a veces de términos como represión o censura:

«Por poner un ejemplo extremo, en tiempo y zona de guerra, cuando el periodista español Pablo González fue detenido en Ucrania, acusado de espionaje prorruso, la diplomacia española se esforzó en que fuera trasladado de inmediato a Polonia, es decir, que fuera llevado dentro de territorio UE. Y aunque allí fuera violentado el habeas corpus, que lo fue, y se prolongase su detención de forma ilegal muchísimos meses sin que se formularan los cargos (violando el derecho comunitario), lo que no pasó es que Pablo González desapareciera sin dejar rastro. Por más que muchos crean que es lo mismo estar de este lado de la frontera de los derechos humanos que del otro, si hubiera sido al revés —detenido como sospechoso de espionaje prooccidental en Rusia— y hubiera estado preso del otro lado de la valla, la posibilidad de que se cayera accidentalmente desde un séptimo piso o muriese en prisión por motivos ignotos se habría disparado. Hay sitios donde, aún hoy, una voz crítica puede desaparecer sin más, morir envenenada o ser descuartizada. Pero esos sitios no son Europa Occidental».


Martes, 9/12/2025. Charlamos con un periodista que se está leyendo toda la sentencia del fiscal general, recién emitida; sus doscientas y pico páginas. Nos lee algunos pasajes que traslucen una prevaricación flagrante, pasmosa: pruebas favorables al fiscal ignoradas deliberadamente; expresiones de una «justicia al revés» que, en vez de asignar la carga de la prueba a la acusación, se la asigna al acusado, pasándose el in dubio pro reo por el arco del triunfo… Es increíble. Pero nos dice este periodista que no pensemos que esto es una operación del PP de la que el infame Marchena sea un dilecto y togado alfil. Es al revés. El PP no tiene mucho pito que tocar en todo esto, aunque obviamente lo aproveche. Es una ofensiva de los jueces, de la judicatura, sedienta de venganza por la amnistía al Procés y otros asuntos, y el PP les sigue el juego. No es que el PP tenga un brazo judicial, sino que los jueces tienen un brazo político. La judicatura es un poder atávico, corporativo a más no poder; una casta engreída y (mayoritariamente) reaccionaria a la que no definimos bien si la describimos como una herencia franquista. Todo lo que en ella no es democrático es muy anterior al franquismo; preexiste, de hecho, a la revolución liberal. Viene de los Reyes Católicos. La nación española nació en 1812, pero el Estado español viene de los tiempos de Cisneros y Torquemada. Fue habiendo revoluciones que lo transformaron, pero ninguna tan profunda como para alterar su corazón, su núcleo. Los revolucionarios siempre acabaron por tener que amagüestar con el Antiguo Régimen; abrazarse con él en sucesivas vergaras. Cuando no quisieron hacerlo, perdieron estrepitosamente la guerra que se desencadenó. «El Estado español preexistía a la democracia y la sucederá, y los jueces tienen eso muy claro», nos dice este amigo. En el sintagma «Estado social y democrático y de derecho» que recoge la Constitución, la lealtad de los togados es hacia la primera palabra, Estado, y todo lo demás es accidental.

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Los espacios del poder siempre me desconciertan o me conciertan; siempre me despiertan interés. Cuando penetro en uno, observo sus detalles con mucha curiosidad. Me refiero, por ejemplo, a un ministerio, pero también a los estudios de un gran canal de televisión o una emisora de radio. Hoy entro en Torrespaña. Veo algunas caras conocidas, pero lo que me hace sentirme en un recinto especial no es eso, sino el clima peculiar al que da lugar la interacción de una pluralidad de cosas. Los conserjes, las azafatas, los tornos y arcos de entrada, las salas de espera, lo limpio que está todo, la ropa buena y los rostros muy maquillados y el lustre general de los y las superiores, la desfasada obsequiosidad de los subalternos. El currela de mi edad y de mi clase social —de quien podría haber sido compañero de cole, instituto o bajo de colegas— que se me acerca tímidamente y me trata de usted para preguntarme dónde se vende mi libro, después de ver la entrevista que me han hecho. Aquí, por una milésima de segundo, soy «poderoso»: alguien que sale por la tele en lugar de verla o ser un proletario de su invisible tramoya. La sensación no me gusta. Me siento un traidor a algo, aunque no tenga por qué. Mi yo consciente no se siente así, pero sí se zozobra mi inconsciente. Cada vez que vengo a un sitio así, un extraño capricho cerebral, involuntario completamente, me retrotrae de súbito al mismo lugar, al mismo recuerdo: el «cuartín de los trastos» de casa de mis abuelos. Allá tenían tres viejos armarios y otro más, empotrado. Llenos de eso, de trastos; y también de frascos de dulce que casero que elaboraba mi abuela, y otros en que guardaba pesetas rubias, y una caja oxidada de metal en que mi abuelo guardaba unas pocas añejas herramientas, de mangos apolillados. La casa de mi inconsciente —me doy cuenta ahora— son esos frascos y esa caja. Y la lealtad a ellos implica cosas contradictorias. Salir y no salir de ellos. Salir de ellos y llegar hasta aquí, hasta la tele, en la que mis abuelos hubieran estado orgullosos de verme, y adonde he llegado también gracias a sus esfuerzos. Pero que el alimento de esa aventura nunca deje de ser aquel dulce, ni esas herramientas los instrumentos de esa ascensión. A la que, por otra parte, tengo que llevarme mi propia comida: me cuentan que, en las salas de espera, antes siempre había comida, pero ya no.


Miércoles, 10/12/2025. En Madrid, me envían un Uber para recogerme en el centro y recibo una serie de mensajes en mi WhatsApp, que me van informando de quién me recogerá, la matrícula del coche, el tiempo que queda (con un mapita de geolocalización del vehículo…)… Se me informa de que «el socio de la app fulanito de tal llegará alrededor de las 12:05 en un Hyundai Ioniq negro». Sí: «socio de la app». Ya se sabe que estas empresas de «economía colaborativa» no tienen trabajadores, sino «socios». Huyen de la palabra «trabajador» igual que huía el franquismo, que la cambiaba por «productor»: Día del Productor, Hogar del Productor… Hay muchas motivaciones detrás de este tocomocho léxico, pero pienso que, entre ellas, sigue estando el miedo reverencial a un vocablo que, en su resonancia histórica, contiene multitudes y toneladas de dinamita. Por poco sentido que le veamos a ese miedo, los señores del mundo nunca lo han perdido.

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Comentaba yo en páginas anteriores de este «runrún» la «teoría del colapso» que señala que los sistemas acaban cayendo de resultas de su propia complejidad. Esta va creciendo, creciendo, hasta que llega un punto en el que el coste de sus puestas a punto y la reparación de sus desperfectos deja de rentar. Me acuerdo de ello en el metro,  donde me encuentro un panel con entradas de puerto USB, para que los pasajeros carguen el móvil: «¿Batería baja? ¡Este tren es tu cargador!», dice el cartel. Y lo veo justo después de que R. me cuente por teléfono que tenemos que ir a la Ford a cambiarle la pila a las llaves del coche. Quizás estén estropeadas, las llaves, y haya que comprar otras, porque no hace tanto que les cambiamos la pila la última vez, y no es normal que se agote tan rápido. Yo estoy harto de este siglo que nos obliga a estar todo el rato cargando objetos que no entiendo qué necesidad hay de hacerlos electrónicos. De hacerlos solo electrónicos, para más señas: lo de abrir el coche a distancia está bien, pero no es incompatible con que la llave funcionara también mecánica, analógicamente. Ya no es así: el coche no tiene cerradura; solo puede abrirse con el mando. Para que no puedas escaquearte o procrastinar de gastarte las perras en las pilas, claro. Esta bizantinización incesante de la vida, esta inventiva inagotable de los capitalistas para hacerlos pasar por caja, no puede no acabar volviéndose excesiva y colapsando.

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El padre de este amigo mío era ebanista. En un momento dado, le concedieron la incapacidad permanente, debido a una lesión grave, y pasó a ser maestro. Pero su nueva profesión no le gustó. Renunció a la incapacidad. Volvió a ser ebanista. Pero la lesión seguía ahí, y no mucho tiempo después, se vio obligado a solicitar de nuevo la incapacidad. Que le dieron. Y que, tiempo después, volvió a rechazar. No sé si hay mucha gente en España que la haya rechazado dos veces.

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Hace Sergio C. Fanjul en Facebook una aguda comparativa entre Jorge Ilegal y Robe Iniesta, los recién fallecidos astros del rock:

«El roquerismo de Jorge —le llamaban “Jorjón”— rozaba con lo punki, de botas y chupa de cuero. El roquerismo de Robe rozabacon lo jipi, de andar tirado por ahí, sin mangas, tomando kalimotxo. Jorjón era contundente y rudo, nunca abandonó el macarrismo: me flipó cuando cumplio setenta años, porque seguía en plena forma y con la misma bravuconería (esa que parecía ocultar a una magdalena). Mirando a Robe uno esperaría unas letras antisistema y radikales pero acabó siendo un poeta del amor, transitando lo hermoso y hasta lo cursi, uno que, como dijo no sé quién, en un verso te enseñaba una flor y en el siguiente te enseñaba el kulo».

Yo he sido mucho más de Robe que de Jorjón. No frecuenté a Ilegales y sí que he frecuentado mucho a Extremoduro, algunas de cuyas canciones —y de las de Robe en solitario— forman parte destacada de mi memoria sentimental. Jesucristo García me retrotrae a los dieciséis años con la misma fuerza con que aquella magdalena hacía viajar en el tiempo a Marcel Proust. Pero a raíz de la muerte de Jorge me he puesto a escuchar Ilegales y a ver alguna entrevista, y me agrada de un modo que identifico en este post de Alexei Raskolnikov, también en Facebook:

«Me caía bien Jorge Ilegal. Nunca he sido fan de Los Ilegales, pero me hacían gracia algunas de sus boutades, como aquella de llamar a Rosalía “vulgar tonadillera”. Ese tipo de insolencias me divertían, tenían un filo juguetón que disfrutaba desde la distancia. […] Me caía bien Jorge Ilegal porque odiaba a los grupos de La Movida y todo lo que representó la modernidad socialista: ese intento de domesticación cultural que vendía rebeldía de escaparate, pose de intelectual barato y actitud contestataria en alquiler. Ilegal, en cambio, tenía un desparpajo genuino, un filo corrosivo que no necesitaba ser aprobado por ningún crítico ni validado por ninguna tribu urbana. Y por eso lo respetaban. Se fue haciendo más viejo y comenzó a soltar más barbaridades. Y eso molaba. Me encantaría llegar a viejo y parecerme a Jorge Ilegal en ese sentido».

*

Este amigo mío es uno de los tipos más inteligentes y divertidos que conozco. Hoy me parto de risa con una ocurrencia suya: agarrar un párrafo del filósofo queer Paul B. Preciado sobre el género, cambiarle un par de palabras y convertirlo en una observación aguda sobre la condición ourensana.

El párrafo original:

«Si “hacerme mejor” significa aprender a ocupar la subalternidad, dejemos de fabricar esa identidad dócil. Si fugar de esa categoría invisible implica devenir monstrua, no se me ocurre nada más liberador y lleno de potencias que la monstruosidad. Dice Leonor Silvestri que “las monstruas son seres que se hallan en el límite, rompen las categorías de la heteronormatividad, y viven por fuera de la subjetividad heterocapitalista”. Si nos atrevemos a deslegitimar las categorías que nos niegan podemos empezar a imaginar una existencia fuera de ellas».

El nuevo:

«Si ser de Ourense significa aprender a ocupar la subalternidad, dejemos de fabricar esa identidad dócil. Si fugar de esa categoría invisible implica devenir monstrua, no se me ocurre nada más liberador y lleno de potencias que la monstruosidad. Dice Leonor Silvestri que “las monstruas son seres que se hallan en el límite, rompen las categorías de la AP-9, y viven por fuera de la subjetividad heterocapitalista”. Si nos atrevemos a deslegitimar las categorías que nos niegan podemos empezar a imaginar una existencia fuera de ellas».

*

Me cuentan unos amigos que han pasado por allí hoy que, en la cantina del Congreso, el menú del día cuesta seis euros, y los cubatas, dos. Así se ponía Rafa Hernando.


Jueves, 11/12/2025. Me cuenta que, de pequeña, en el colegio en que estuvo interna, las clases de inglés las daba un cura. Lo recuerda con horror. Cada vez que cometían un error al recitar la lección, el páter en cuestión les obligaba a meter las manos en el radiador. De qué noche de los tiempos venimos. Y no está tan lejos. Esta amiga no es muy mayor: aún no ha cumplido los sesenta.

*

Silvio Rodríguez cantaba que la era estaba pariendo un corazón; que se caía el porvenir en cualquier selva del mundo, en cualquier calle, y había que acudir corriendo si era preciso. ¿Y si el porvenir cayó en lugar tan remoto que no había nadie allí para recogerlo? ¿Y si nos pusiéramos a buscarlo? Si lo encontráramos, y aunque llevara años descalabrado en algún desierto o el fondo del mar, ¿podríamos hacerlo funcionar, como Kodak prometió hacer con la cámara de George Mallory si aparecía?


Viernes, 12/12/2025. Leo Una calle sin nombre: infancia y otras desventuras búlgaras, de Kapka Kassabova: uno de esos libros, que a mí me interesan tanto, sobre la vida en la antigua Europa del Este comunista y las heridas, retos y desilusiones del poscomunismo. Kassabova es una sofiota de 1973 y la primera parte del libro son unas memorias de su infancia y adolescencia en los años terminales del socialismo, en la línea del Libre: el desafío de crecer en el fin de la historia de la albanesa Lea Ypi. La segunda, un surtido de textos más variados sobre la Bulgaria contemporánea. Esta me interesa menos que la otra.

El fin de la historia, sí: allí lo vivieron. La caída, el colapso, de una civilización, de un homo, el Homo sovieticus que dice Svetlana Alexiévich. Occidente fascinaba a aquellos chavales que lo atisbaban por las rendijas del Telón de Acero, o en forma de objetos cautivadores que arribaban a sus costas. «El oeste […] era fuente de exóticos rumores y fantásticas leyendas. De tanto en tanto, se materializaba ante nosotros en forma de relucientes objetos», cuenta Kassabova, que enumera por ejemplo los que les traía un tío que trabajaba, ni siquiera en Europa, sino en Libia:

«ovaladas pastillas de jabón de marca Lux con sonrientes mujeres en los envoltorios, paquetes de tres medias de colores para mi hermana y para mí, barras de chocolate envueltas en resplandeciente papel de aluminio que yo alisaba y conservaba entre las páginas de los libros, desodorantes Nivea roll-on que no había visto en mi vida…, todos esos objetos eran mensajes en una botella procedente del otro lado de una línea divisoria, pero no sabía decir si eran amistosos o no. Parecían escritos en clave, sellados en su propia y lujosa petulancia».

Objetos móviles, objetos inmóviles. Los que la familia vio en Holanda, en donde su padre consiguió en 1984 que le dieran un permiso para pasar seis meses como investigador, en la Universidad de Delft, adonde pudo ir a visitarlo la madre. Esta se vino abajo cuando vio los váteres:

«Mi madre fue de visita en calidad de especialista en informática. Y fue allí, en los lavabos de la universidad, donde se vino abajo. No fueron las calles milagrosamente limpias, ni los ordenados carriles bici ni la gente sonriente, sino los lavabos de la universidad los que hicieron que pasara en cuestión de segundos de la estupefacción a la más desgarradora de las desesperaciones.

Será preciso explicar algunas cosas sobre los lavabos públicos búlgaros. Lo primero: que solían consistir en un agujero en el suelo, igual que los turcos. Y lo segundo y principal: que eran la antesala del infierno. Dondequiera que estuvieras, por desesperado que fuera el estado de tu tránsito intestinal, te aguantabas. No comías, no bebías, no hacías nada hasta poder llegar al lavabo de una casa. Los de la escuela, la universidad, el trabajo y, sobre todo, las estaciones de tren eran solo para situaciones límite. Y eso saltaba a la vista.

Si los lavabos públicos pueden considerarse barómetros de la autoestima nacional, se podía afirmar sin ningún género de dudas que la de nuestro país estaba por los suelos. […] Mi madre había pasado por distintos lavabos de hospital después de dar a luz, cuando la operaron de un riñón o cuando mi abuela estuvo ingresada con cáncer. Había soportado los del Instituto Central de Tecnología Computacional y los de las heladas estaciones de tren. Y, de pronto, allí estaba, en el reluciente y perfumado lavabo de la Universidad de Delft, con su papel higiénico de color rosa, sus plantas, su espejo, su mármol blanco, limpio como un quirófano, dorado como un teatro de la ópera, más grande que nuestro piso de Juventud 3. Y rompió a llorar.

Pasado un rato, el compañero holandés de mi padre, que la esperaba en su despacho, empezó a preocuparse y fue a llamar a la puerta del lavabo.

—¿Está usted bien?

Y no, no lo estaba. Incluso con un buen dominio del inglés habría sido incapaz de explicar su pesadumbre a aquel holandés bienintencionado que llevaba pantalones de pana».

Objetos inmateriales, también. Canciones, por ejemplo. Kassabova cuenta cómo resignificaban algunas que en el otro lado eran canciones protesta anticapitalistas:

«[E]scuchábamos canciones francesas de gente como el bronco y airado Renaud [… o] el sexy Michel Sardou, que escribía afiladas letras cargadas de crítica social como J’accuse. Cualquier canción con mensaje político nos calaba hondo. Daba igual cuál fuese el mensaje en cuestión. Estábamos tan sedientos, tan vivos y tan aislados que devorábamos cualquier voz que llegase de fuera. Y el convencimiento de que vivíamos al otro lado de un muro nos hacía más fuertes. Un muro que ya no nos protegía de nada, excepto de las cosas que queríamos. […] Nadie nos dijo que cantantes como Renaud y Michel Sardou estaban permitidos justamente por ser políticos: eran rebeldes socialistas que se rebelaban contra la maquinaria capitalista. A nuestros oídos solo había una maquinaria ante la cual rebelarse, y esa era el “socialismo de rostro humano”».

Cuando el socialismo cayó, la familia Kassabova se marchó de Bulgaria, para acabar en Nueva Zelanda, tras pasar por Inglaterra, donde, cuando la autora puso el pie en 1990, le sorprendió lo poco occidentales que eran los occidentales:

«Cuando en el verano de 1990 me planté en Colchester con el corazón a mil por hora, parecía una réplica de Madonna en el videoclip de Like a Virgin; vídeo que, por supuesto, yo no había visto. Llevaba una minifalda de cuero que me había hecho mi madre, una cazadora de piel que mi abuelo Aleksánder había conseguido en su fábrica, un voluminoso peinado generosamente engominado y una cara rebosante de hormonas y carmín. Para mi sorpresa, en Colchester nadie iba así. ¿Acaso no estábamos en Occidente? Podían vestirse como quisieran. ¿Por qué no lo hacían?».

Todo era muy raro:

«Helen me invitó a pasar un fin de semana en su casa. Era un palacio. Cada hijo tenía cuarto propio, sus padres dormían con un dormitorio como tocaba y no había ninguna abuela acampada en la cocina. Helen tenía un tocador con todos los productos de Superdrug y Boots. Yo no podía entender cómo era posible tanta opulencia cuando su padre trabajaba de electricista y su madre de secretaria. Parecía que por algún extraño motivo la revolución del proletariado había fracasado en Bulgaria y triunfado en Inglaterra. Todo era muy raro».

De la segunda parte del libro, lo que más interesante me resulta son los pasajes en los que cuenta la experiencia de regresar a Sofía de visita, años después, y apreciar los cambios que han acontecido en su ciudad. Lo primero, el nomenclátor:

«Las primeras en caer fueron calles como la de la Ametralladora, la de la Hoz y el Martillo, la del XI Congreso del Partido Comunista Búlgaro, la del Gran Punto de Inflexión, la de la Victoria Socialista, la de la Barricada o la del Tanque Pesado. Luego les tocó a las que llevaban nombres de héroes y luchadores comunistas. A muchas las anteceden ahora títulos como “profesor”, “señor”, “general”, “zar”, “princesa”. De algunos de ellos jamás había oído hablar porque los han resucitado del panteón precomunista. Hasta hace nada eran considerados fascistas, monárquicos, capitalistas y enemigos del pueblo.

En las rebautizadas calles de Sofía, los tranvías naranja y los rojos autobuses van dando tumbos ante el entramado de antiguos y nuevos edificios cubiertos por inmensos carteles donde sensuales diosas anuncian perfumes, “mobifones”, sofás de cuero o yogures con partículas bioactivas. Las fachadas de los edificios de la belle époque se caen a tiras, como si fueran papel pintado húmedo».

Kassabova no alberga la menor nostalgia de la época comunista, de cuyos últimos años cuenta algunos episodios atroces, como la persecución de la minoría turca que el Partido organizó en los ochenta, bajo el nombre de «Proceso del Despertar». Lamenta que Todor Zhívkov no acabara como Nicolae Ceauşescu, con un tiro en la cabeza que castigara la vida y la felicidad que Kassabova siente que les robaron en aquellos años de corrupción, fealdad y escasez. De chistes como este: «Esto es uno que va a la sección de charcutería del supermercado y le dice al charcutero: “¿Me puede cortar un poco de salami?”. A lo que este contesta: “Claro, usted tráigamelo, que yo se lo corto”». Los miembros de aquella generación —recuerda Kassabova— «éramos irónicos hasta la extenuación, no nos creíamos nada de lo que se nos ofrecía, queríamos justamente todo lo demás. Nos vestíamos con ropa oscura y alternábamos entre dos estados de ánimo: o tristeza o enfado».

Pero tampoco hace la autora un relato amable de lo que vino después de que la república dejara de ser popular. La Bulgaria capitalista cayó en manos de oligarcas y mafiosos; llegó «la era de los gánsteres»; nuevos ricos que «eran los hijos de los viejos ricos, pero ahora conducían Mercedes negros y se hacían llamar empresarios». También «aparecieron los primeros mendigos. Padres de familia y abuelos. Profesores, músicos, operarios de fábrica. Un día vi a una mujer desaliñada hablando sola por la calle con sonrisa de loca. Horrorizada, la reconocí: era una de mis profesoras del Liceo Francés». Se perdieron lo que habían sido rasgos positivos del socialismo, sin que los apreciaran las ofuscadas gentes de entonces, como ese librero que monta una librería y luego tiene que reorientarla, y su mujer se lo cuenta así a la autora:

«Al principio quería que fuera una librería como debe ser. Pero enseguida vio claro que la gente solo lee prensa sensacionalista como el Shock. Así que quitó los libros y empezó a vender productos de papelería. Es la única forma de sobrevivir. Durante el socialismo todo lo demás era un desastre pero por lo menos leíamos. Ahora veo a chavales de quince años que no saben leer».

Los gánsteres, los mutri, entretanto, se fueron a vivir —cuenta—

«al barrio de Boyana, un vecindario cubierto de hojarasca a los pies del monte Vitosha que ahora se ha revalorizado muchísimo. Esto era antes Villapolitburó. Los mandamases del Partido tenían aquí sus casas y Todor Zhívkov vivía en la Residencia Boyana.

Ahora los cercados chalés de lujo pertenecen a la nueva élite: los empresarios de la nueva Bulgaria, los mismos que tienen oscuras fortunas y cuentas en Madagascar y las Bermudas, los mismos que compraron industrias públicas por cinco dólares. Boyana, de gueto del politburó ha pasado a convertirse en paraíso de los mutri [mafiosos].

Esta era la gente que gobernaba Bulgaria en los años noventa cuando Rado y yo, junto con otro millón de búlgaros, nos fuimos del país. Y son la gente que sigue gobernándola mientras van lavando lentamente el dinero sucio. Los antiguos gánsteres se convierten en empresarios, y mañana el capital heredado por sus hijos estará prácticamente limpio de polvo y paja. Así funciona el capitalismo en el salvaje oeste. Ya nos lo advirtieron en el colegio».

Un libro crudo e interesante, en fin. Qué bonita, por cierto, la dedicatoria que lo abre: «A mis padres y mi hermana, que en el peor de los tiempos dieron lo mejor de sí».


Sábado, 13/12/2025. Comenta un amigo lo que describe como la «ciclotimia» característica del simpatizante de izquierdas en general y de este Gobierno en particular: «La misma gente que un día está agitando los pompones porque el Perro ha dicho o ha hecho, al mínimo revés se mesa la melena como plañideras griegas». Reflexiona al respecto que «si no se implica al personal en algo concreto donde se tenga que hacer responsable de una parcelita de realidad —mínima, pero que le exija entereza— se comportará como un espectador que se acongoja cuando al prota le vienen mal dadas o aplaude con el final feliz». La netflixización de la política.


Domingo, 14/12/2025. Hoy me convierto en turista en mi propia ciudad. Visito el faro del cabo Torres, adonde nunca había venido. No se puede subir arriba, pero hay una exposición interesante en la planta baja, sobre la historia marítima de Gijón y la de sus puertos. También son bonitas las vistas desde fuera. No las del elefantiásico Muselón, adueñado del horizonte, pero sí, en término más cercano, los cantiles agrestes de este cabo estrecho, en cuya base veo una playita de grijo y una enorme cueva en la que el mar entra como con cuidado, y uno se imagina rápidamente un escondrijo de piratas; el de los contrabandistas de La isla negra en la aventura escocesa de Tintín. También detengo la mirada en un arrecife suelto, esbelto y alto de piedra rojiza, que se alza sobre el océano como un gigantesco falo pétreo, coronado de hierbas despeinadas. Al igual que en los recovecos del cerro de Santa Catalina, me quedo cautivado por esta ventanita abierta al Gijón antes de Gijón, al Gijón geológico, a cómo era este rincón del Cantábrico antes de que los cilúrnigos plantaran en él sus chozas y los romanos sus termas.

*

Aquella generación buscaba sobre todo, cuenta Kassabova, «rechazar el feo mundo en el que vivíamos». Occidente era bello, el Este era feo. «Mamá, ¿por qué es todo tan feo?», preguntó una vez la autora, de niña, a su madre; «a lo que mi madre —cuenta— no fue capaz de encontrar una respuesta sincera, aparte de disimular las lágrimas». Es interesante esto del rechazo a la fealdad como motivación de aquella generación que se alzó contra el socialismo real. ¿No nos está pasando a nosotros? Nuestro mundo, ¿no es también muy feo?

*

Kassabova relata la suerte que corrió el que fuera el mausoleo sofiota de Gueorgui Dimitrov, a quien se había momificado igual que a Lenin. Su recuento de qué usos se le dieron, lo mucho que costó dinamitarlo, los secretos que salieron a la luz cuando se voló y las escenas absurdas a las que dio lugar me cautivan como una alegoría formidable del fin de una era, de cualquier era; de la robustez pertinaz de las eras que se han caído, que siempre hunden en el suelo raíces más profundas de lo que parece:

«Una vez el mausoleo fue dinamitado por el Ejército, sus restos continuaron teniendo distintas funciones: sirvieron de utilería para una representación de Aida; de refugio para vagabundos, ocupas y yonquis; de lavabo público y de enorme superficie para grafitis. Cuando se tomó la decisión de destruir el mausoleo, dos aspectos sorprendentes salieron a la luz.

Uno: el mausoleo era un laberinto de pasillos, pasajes y refugios subterráneos, tan robusto como el búnker de Defensa Civil que visitamos com la escuela y lleno además de cámaras de videovigilancia. Lo construyó el Ejército para alojar al politburó en caso de emergencia nuclear. Los curiosos pudieron comprobar hasta dónde llegaba el grado de robustez cuando el mismo Ejército que lo había construido hubo de volarlo no dos ni tres, sino ocho veces a lo largo de varios días de sofocante calor del mes de agosto. Tras las explosiones, las calles adyacentes se convertían en una cacofónica orquesta de alarmas de coche […]».

*

Y si de robustez pertinaz hablamos, qué decir de la vuelta de la religión perseguida durante décadas de ateísmo oficial, otro aspecto del que Kassabova se ocupa en el libro:

«En su búsqueda de símbolos nacionales e identitarios, la Bulgaria poscomunista se aferra a las barbas de la ortodoxia oriental. Hoy, toda ceremonia pública lleva aparejada un sacerdote con sobrepeso balanceando un quemador de incienso, y todos los políticos, desde el presidente socialista hasta su contrincante, el líder del partido de ultraderecha Ataka, se aseguran de ser fotografiados besando la mano de algún patriarca recubierto de oro, ya sea aquí o, mejor aún, en Rusia».

*

Nos deja otro gran nombre de la cultura: el actor Héctor Alterio. Tenía 96 años y murió con las botas puestas. Me cautiva esta anécdota que le leo contar a Jaime Priede en Facebook (y que me recuerda a aquel concierto en el que un Elvis ya obeso, torpe y a punto de morir se arrancó a cantar Unchained melody con un vozarrón impresionante, increíble).

«Recuerdo verle abatido en un salón de actos del CCAI que habíamos habilitado como camerino, horas antes de que saliera al escenario de POEX. Todo le pareció bien, no necesitaba nada y lo dejamos tranquilo, que es lo que seguramente quería desde el principio sin decirnos nada. Pensé que cómo iba a salir ese hombre solo al escenario. Tenía entonces 92 años. Y salió. Y se estiró como una fiera. Y su voz recitó poderosísima a León Felipe durante casi dos horas en medio de un silencio total. Luego, se volvió a encoger en la cena. “Todo es trabajo y trabajo: ni magia, ni mierdas”, me dijo al oído, tomándome del brazo, cuando salíamos del restaurante, en referencia al entusiasmo que había mostrado uno de los comensales. Pero las leyendas sí existen y permanecen».

El runrún interior (171)


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleNueva Sociedad, Crítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT, Público y El País; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021), La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023), Yo podría haber sido Fidel Castro (2024), y La bandera en la cumbre: una historia política del montañismo (2025).


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