/ Escuchar y no callar / Miguel de la Guardia /
La RAE define la templanza como «moderación, sobriedad y continencia» y a mí me gusta considerar que la moderación debería ser la forma habitual de juzgar a cualquier candidato o programa de gobierno. Desconfío totalmente de los discursos excesivos, hijos, todos ellos, de la polarización social y la demagogia populista. A un país, una región o un municipio no se le gobierna con las vísceras, sino con la cabeza, y por eso los discursos nacionalistas y supremacistas caen, o deberían caer, por su propio peso y en este país hemos aprendido a desconfiar de quienes pretendían asaltar los cielos, cuando los datos demuestran que tan solo pretendían una buena casa, un amplio patrimonio y un poco de notoriedad que permitiera disimular su mediocridad.
La templanza no es una virtud que llame la atención y fácilmente se asocia con la tibieza, pero se equivocan quienes piensan que es sinónimo de falta de principios claros. Se pueden tener ideas firmes sobre la justicia, las políticas territoriales, la igualdad de derechos y obligaciones entre personas de diferente género, religión o cultura, la separación de poderes, la igualdad de oportunidades que propicia un sistema público de enseñanza de calidad, los beneficios de un sistema de salud general, eficiente y gratuito o la política fiscal como herramienta para favorecer la justicia social y no como forma de recaudar fondos para mantener una cohorte de asesores, organismos inútiles y paniaguados sin aspavientos ni declaraciones altisonantes que luego, cuando se ponen en peligro los privilegios de quien habla, devienen en simples cambios de opinión.
Se pueden tener ideas claras sin caer en la intemperancia, sin despreciar al adversario político por pensar o defender lo contrario a nuestras propuestas y es en la templanza, no en su capacidad de resistir con soberbia, donde se demuestra la talla de los buenos gobernantes que no necesitan gritar sus consignas ni insultar para imponer sus razonamientos.
La moderación en las pasiones de un gobernante es lo que evita exabruptos y guerras. Miren el panorama de los líderes mundiales y coincidirán conmigo en que son los gobernantes intemperantes los que crean conflictos y los mantienen en el tiempo aunque su verborrea aspire a premios a la paz.
La templanza en los políticos es, para mí, sinónimo de moderación en las actitudes personales y de respeto. Se puede defender una idea con sobriedad y con argumentos, sin atacar a nadie ni sembrar discursos de odio que dividan a la población en banderías ni mirar al pasado para calificar a nadie con etiquetas manidas. Hoy, en las democracias avanzadas, la templanza debería desterrar las divisiones arbitrarias entre lo que, antiguamente, se llamaban izquierdas y derechas, que deberían ser reemplazadas por propuestas sensatas o intrascendentes, justas o injustas y, siempre, explicadas con todo lujo de detalles y de argumentos a los ciudadanos, que no súbditos.
Es cierto que la falta de templanza puede proporcionar réditos electorales a corto plazo entre una parroquia enfervorizada; pero las burbujas populistas tienden a deshincharse fácilmente y dejan a sus voceros desnudos ante el electorado cuando tienen que dar marcha atrás a sus soflamas mitineras. Incluso en los mítines, me atrevo a sugerir a los candidatos que, en lugar de inflamar a sus partidarios fervientes o financiados, mantengan la templanza que hará pensar con sobriedad a sus votantes tradicionales y atraerá los votos de los indecisos. Probablemente, una de las mayores virtudes del sistema democrático es que cada uno de nosotros podemos votar en conciencia, sin enfrentamientos estériles ni odios, y seguir después remando, todos, en la misma dirección para llevar adelante al país a la región o a la población en que vivimos, sin poner en peligro el respeto ni la amistad. Me atrevo a decir que fue la falta de templanza en los discursos nacionalistas de unos y otros lo que hirió profundamente la convivencia en Catalunya y acabó desinflando el discurso separatista.
Exijamos pues, templanza a los futuros candidatos, en su comportamiento y sus expresiones, como prueba de bondad, de honestidad, sinceridad y prudencia; ya que en el momento presente no parece ser ésta la tónica general.

Miguel de la Guardia es catedrático de Química Analítica de la Universitat de València desde 1991. Tiene un índice H de 88 según Google Scholar y ha publicado más de 900 trabajos en revistas del Science Citation Index con más de 34.600 citas,5 patentes españolas, 4 libros sobre Green Analytical Chemistry (Elsevier, RSC y Wiley), un libro sobre Calidad del Aire (Elsevier), 2 libros sobre Análisis de Alimentos (Elsevier and Wiley) y un libro en dos volúmenes sobre Smart materials en Química Analítica (Wiley). En la actualidad está preparando un libro sobre Nuevas sustancias sicoactivas con un contrato con Elsevier. Además ha publicado 12 capítulos de libros. Ha dirigido 35 tesis doctorales y es Editor jefe de Microchemical Journal (Elsevier), miembro del consejo editorial de varias revistas y fue condecorado como Chevallier dans l’Ordre des Palmes Académiques por el Consejo de Ministros de Francia y Premio de la RSEQ (España). Entre 2008 y 2018 publicó más de 300 columnas de opinión en el diario Levante EMV y colabora con El Cuaderno desde mayo de 2021.
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Así debería ser, pero nos invade la mediocridad y la falta de servicio a los demás, la política actual en nuestro país es una fabrica de compra de votos para perpetuar unos ingresos que profesionalmente no tendrían, tenemos más políticos que Francia Alemania y Reino Unido juntos, no puede salir bien, es una lacra que nos impide avanzar adecuadamente. Gracias Miguel por éstos articulos.