/ Escuchar y no callar / Miguel de la Guardia /
Probablemente la honestidad sea una de las condiciones para reconocer la bondad en una persona, incluso en situaciones difíciles que pudieran aportar beneficios basados en la información privilegiada o el acceso a los mecanismos del poder. Si hablamos de virtudes públicas, la honestidad, entendida como decencia u honradez, supone que el político no abusará de las situaciones en que se pueda beneficiar o beneficiar a sus correligionarios, familiares o amigos. No se trata solo de no perjudicar a nadie, sino de no sacar partido de los privilegios que rodean a los representantes públicos ni de las ocasiones de acceso a bienes en función de su cargo, tales como la creación de puestos a medida para familiares y amigos.
La honestidad es, junto con la sinceridad, una de las cualidades exigibles en el desempeño de cualquier acción, tanto desde el Gobierno como desde la oposición, y la ausencia de las mismas debería ser castigada por los electores y las leyes.
Evidentemente, mantener una actitud honesta no es tarea fácil, y en más de una ocasión el lector coincidirá conmigo en admitir que no siempre hemos sido honestos en todas y cada una de las situaciones de nuestras vidas; por eso mismo, la honestidad debería ser una condición indispensable para el ejercicio de cualquier actividad pública y, en particular, para la acción política y el sistema debería articular medidas para evitar comportamientos deshonestos y castigarlos en lo posible; puesto que no basta la pena del telediario para desanimar a quienes pretendan beneficiarse de un título falsificado, una información privilegiada o la familiaridad con personas influyentes.
Me resulta particularmente asqueroso pensar que algún político utilice el juego de la amenaza de aranceles para provocar subidas y bajadas en las bolsas y animo desde aquí a los periodistas de investigación para que analicen el paralelismo entre las actuaciones políticas y las inversiones de amigos y familiares de quienes propagaron insinuaciones o tomaron medidas interesadas, como también me sublevan el nepotismo y el favoritismo con quienes, más temprano que tarde, acabarán devolviendo los favores. La corrupción no es solo el cobro de coimas por adjudicación de obras y servicios, el abuso de los privilegios, el nombramiento indiscriminado de amigos para puestos en los que no pueden aportar nada, la justificación de los delitos y falsedades de los propios argumentando una hoja de servicios al partido, pero también en eso se demuestra la deshonestidad de quien lo practica y de quien debería evitarlo.
Se equivocan por completo quienes en el parlamento dan el lamentable espectáculo de aplaudir a sus corruptos y patalear a los de los partidos opuestos. Lo cierto es que solo quien tiene autoridad sobre quien se corrompe tiene en su mano acabar con la corrupción y no vale maquillarse y recurrir al «no sabía nada». Además, sería bueno establecer responsabilidades patrimoniales de los políticos para hacer frente a la devolución de lo enajenado a los fondos públicos y que esto alcanzara a la responsabilidad subsidiaria de las siglas que les ampararon en los procesos electorales y las personas que los designaron para los cargos en que aprovecharon su oportunidad.
Estoy convencido de que la mayoría de quienes trabajan en política lo hacen por interés en servir a sus conciudadanos y son muchos quienes lo hacen incluso con su propio esfuerzo económico y no entraron en política para forrarse. Por eso, estas líneas van dirigidas a esa mayoría de políticos honestos que hay en todos y cada uno de los partidos para que sean ellos quienes exijan responsabilidades a sus ejecutivas, quienes denuncien a los corruptos de entre sus filas y sean absolutamente inmisericordes con quienes tengan cualquier comportamiento deshonesto en el ejercicio de un cargo público, pues solo así lograremos acabar con la corrupción y evitar el lamentable espectáculo que dan algunos políticos negando cualquier relación con los compañeros a quienes pocos días antes nombraron ellos mismos o los ensalzaron y recurrir una y otra vez a reavivar los rescoldos de corruptelas de los partidos contrarios. La corrupción ajena no justifica ni debería ocultar la que se produce en las propias filas.

Miguel de la Guardia es catedrático de química analítica en la Universitat de València desde 1991 y en la actualidad profesor emérito en activo. Tiene un índice H de 92 según Google Scholar y ha publicado más de 987 trabajos con más de 40.000 citas, 5 patentes españolas, 4 libros sobre green analytical chemistry (Elsevier, RSC y Wiley), un libro sobre calidad del aire (Elsevier), dos libros sobre análisis de alimentos (Elsevier and Wiley), un libro en dos volúmenes sobre smart materials en química analítica (Wiley) y otro sobre NPSs (Elsevier) y está preparando un libro sobre Human biomonitoring in Food safety assurance para RSC. Además ha dirigido 35 tesis doctorales y es editor jefe de Microchemical Journal (Elsevier), miembro del consejo editorial de Spectroscopy Letters (Estados Unidos), Ciencia (Venezuela), J. Braz. Chem. Soc. (Brasil), Journal of Analytical Methods in Chemistry and Chemical Speciation & Bioavailability (Reino Unido), SOP Transactionson Nano-technology (Estados Unidos), SOP Transactions on Analytical Chemistry (Estados Unidos) y Bioimpacts (Irán). Condecorado como Chevallier dans l’ordre des Palmes Académiques por el Consejo de Ministros de Francia, Premio de la RSC (España) y condecorado por la Policía Local de Burjassot.
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Coincidimos en todo cuanto has escrito. La honestidad para mí también es actuar de forma coherente aunque nadie mire. No es solo no mentir: es no traicionarte.