Estudios literarios

Rubén Moreno Valenzuela y la literatura sin fronteras

Rodolfo Elías hace un sentido obituario de uno de los mejores escritores de Ciudad Juárez, recientemente fallecido autor de 'La Biblia de Gaspar'.

/ por Rodolfo Elías /

El pasado 11 de enero murió el escritor juarense Rubén Moreno Valenzuela. A quienes lo leímos, nos dejó una literatura para recordar por siempre, porque es una literatura vibrante, sentida y llena de una entrañabilidad especial. Como representante involuntario de la llamada literatura de la frontera, Moreno Valenzuela llenó un espacio muy propio con su estilo desparpajado, aparentemente sencillo, pero cargado de rigor literario.

Yo no supe de la muerte de Rubén hasta el 21 de enero, diez días después. Y me enteré incidentalmente, porque anduve preguntándoles a conocidos y amigos dónde podía conseguir su novela La Biblia de Gaspar. Quería leerla y luego entrevistarme con Rubén, para hacerle preguntas concienzudas acerca de su obra. Fue entonces cuando alguien me dijo, muy casual: «A propósito, estuve en el velorio de Rubén». Aparte de la conmoción causada, fue muy conmovedor para mí. Apenas el 13 de diciembre pasado estuve conviviendo con él por algunas horas. Teníamos muchas conversaciones pendientes. Muchas pláticas literarias, inquietudes y anécdotas que compartir.

En Ciudad Juárez ha habido un auge de escritores en los últimos veinte años, con una proliferación exagerada de literatos cocidos al vapor o, mejor dicho, a medio cocer, que por sus conexiones y afiliaciones han tenido acceso a la publicación indiscriminada de su trabajo. Pero Rubén Moreno Valenzuela se cuece aparte, porque es de la camada de los escritores que empezaron como periodistas y que no dio un «salto natural» del periodismo a la literatura nada más porque su oficio consistía en el uso diario del lenguaje escrito, sino por un amor verdadero por la literatura y el idioma.

La literatura de la frontera es una literatura caracterizada por un costumbrismo pintoresquista, en que se pronuncian —y mucha veces se exageran— ciertas dinámicas asociadas con la frontera norte de México: la ciudad fronteriza como lugar de paso o de transición; el argot local con un lenguaje salpicado de anglicismos —o pochismos— descompuestos; la delincuencia propia de los lugares con un reacomodo continuo de la población, que produce una lucha de seres marginales por la supervivencia; el uso y tráfico de drogas y la actividad delictiva de personajes siniestros asociados con el narcotráfico —desde hace varias décadas—, que ha intensificado en los últimos treinta años; la prostitución, actividad propia de las fronteras y parte de su «atractivo turístico», que en Juárez cobró características tan especiales, como para haberle merecido una canción (Just like Tom Thumb’s blues) por el mismísimo Bob Dylan. 

Al escribir de la frontera, todos esos elementos serán parte de la materia prima con que el escritor trabaja. Rubén Moreno Valenzuela usó esa parafernalia de una forma natural y prodigiosa, al darnos una literatura chispeante, punzante e ingeniosa. Y a pesar de que no dejó una obra muy extensa —tres libros de cuentos y una novela corta—, su aportación fue substanciosa.

En la novela La Biblia de Gaspar, Moreno Valenzuela hace una mezcolanza de estilos y conceptos, en una historia que va de lo local a lo universal, al seguir una trama con sabores y costumbrismos locales, elevada al rango de lo milenario en el uso de conceptos y símbolos de teología, antropología, historia y cosmogonía cristiana herética del tipo de los evangelios gnósticos. La lucha del bien y el mal, con implicaciones metafísicas, a la que el autor le da un toque mundano con su jocosidad, una dosis perspicaz de noir y la obligada nota roja. Estoy hablando de una novela fresca, escrita con candor juvenil, evocativa de El color del verano de Reinaldo Arenas.

Aunque todos los cuentos de Moreno Valenzuela son buenos, me remito a hablar de los que tienen como marco a Ciudad Juárez. Hay cinco cuentos en dos de sus libros, Río Bravo Blues y D, que, si no son perfectos, están escritos magistralmente: «Benito», «Ciertas luces», «De última moda», «Vietnam kid» y «Del polvo de Sauer». Todos ellos de una manufactura impecable, donde hay verdadero conocimiento de causa, propósito y dominio del idioma en el uso del lenguaje formal y coloquial.

Cinco historias muy distintas entre sí. En la primera, tenemos un drama pasional, como un blues o un tango, que termina en tragedia, desarrollada en una vecindad de la famosa colonia Bellavista. La segunda es un atisbo al noir muy bien logrado, al estilo de Raymond Chandler, pero con sabor puramente juarense; con agentes policiales, periodistas, femmes fatales y las consabidas dinámicas corruptas del poder. El tercero, es un relato fantástico que involucra a la clase media paseña (de El Paso, Texas), muy al estilo de Cortázar —sin intentar imitarlo—, de una mujer que se convierte en maniquí. El cuarto, es una historia con una fluidez cinemática, acerca de un veterano de Vietnam que viene a cobrar una venganza; como marco, el nightlife juarense, representado por la avenida Juárez de los años setenta. Y el quinto es otro cuento fantástico, acerca de un librero incauto que intenta vender libros de derecho penal a dos fantasmas de abogados.

Cinco historias muy bien logradas, en todos los aspectos. Porque, aunque tienen un sabor local y costumbrista, con ellos Rubén Moreno Valenzuela nos lleva por los recovecos del alma humana, esos mecanismos psicológicos que hacen a la gente hacer lo que hace y actuar de manera determinada. Y además de su narrativa, Moreno Valenzuela fue un cronista de la ciudad, en su calidad de periodista y recopilador de historia juarense. Por eso capturó muy bien esos momentos y atmósferas que reprodujo tan acertadamente en su obra narrativa.

A Rubén lo conocí a principios de los noventa. Era librero y yo le compré la novela Under the Volcano, de Malcom Lowry, en inglés. La lectura de esa novela, dicho sea de paso, me impactó de una manera determinante. En ese tiempo supe que era periodista, pero no sabía que hiciera literatura. Después me ahuyenté de la región por 18 años, y sólo volvía a Juárez esporádicamente. La última vez que había visto a Rubén fue allá por el año 2000. Lo saludé y me respondió por mera cortesía, porque él realmente no se acordaba de mí. Después leí un libro suyo, Río Bravo Blues, con tres cuentos increíbles, y hace unos meses leí otra colección de cuentos, de su libro D —titulo muy peculiar (muy al estilo de Rubén) para un libro—, que me impresionó grandemente.

Pero fue cuando releí Río Bravo Blues, que me dije a mí mismo: «Tengo que platicar con Rubén. No se puede pasar por alto a un autor que escribe así». Y lo contacté. Pero no fue hasta como un mes y medio más tarde que pude reunirme con él, ahí en el café La Nueva Central. Desde luego que él no sabía ya, para nada, quién era yo; así que hablamos como si fuera la primera vez que nos tratábamos. Pero la conversación fluyó y la platica se prolongó.

Él se quería ir más temprano, antes de que anocheciera, porque se iría caminando a su vivienda y no veía bien con el ojo izquierdo. Vivía en la calle Chapultepec, de la colonia Cuauhtémoc, no muy lejos del centro. Le dije que se esperara y que lo mandaría en uber. Pero cuando quise hacerlo, la aplicación en mi celular no funcionó, así que terminé encaminándolo a su casa, lo cual fue una experiencia única.

Camino a casa, Rubén no me llevó directamente, sino que se desvió para mostrarme algunas de las construcciones más antiguas de su barrio y hasta me contó la historia de algunas de ellas, lo cual hizo mucho más significativa la convivencia con él. Y hay dos razones principales por las que su muerte me dejó consternado y dolido: porque era un increíble escritor de ficción y porque nos entendimos bien él y yo, ya que teníamos varias cosas en común, entre ellas nuestro amor por Cortázar, Borges, Onetti, la Biblia Reina-Valera y Ciudad Juárez.

Al despedirnos yo no sabía que nos despedíamos para siempre. Pero me quedo con lo perdurable que nos dio Rubén Moreno Valenzuela; una de las mejores obras de literatura juarense, de las mejores logradas. Y también me quedo con su toque humano, que recibí a través de una sola convivencia nutrida de literatura, anécdotas, humor (con carcajadas sonoras de ambos, que mantuvieron alejada a la mesera), visiones literarias y camaradería.


Rodolfo Elías, escritor en ciernes nacido en Ciudad Juárez y criado en ambos lados de la frontera, colaboraba con la revista bilingüe digital, hoy extinta, El Diablito, del área de Seattle. Sus textos han sido publicados en la revista SLAM (una de las revistas literarias universitarias más prominentes de Estados Unidos), La Linterna Mágica Ombligo. En la actualidad trabaja en dos novelas, una en inglés y otra en español.


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