Creación

El niño corría

Un relato de José Miguel Trejo Morente, sobre un niño que tiene que correr, y que en su carrera, en un momento dado, se encuentra con Picasso.

/ un relato de José Miguel Trejo Morente /

El niño corría.

No porque fuera cobarde, sino porque sabía leer el mundo. Sabía cuando quedarse significaba ser triturado. Había aprendido pronto que la inteligencia no siempre protege; que a veces es una diana pintada en la espalda. Corría con los libros aun pesándole en la mochila, con las palabras acumuladas en la cabeza como un exceso peligroso.

Detrás de él venían las voces. No eran muchas, pero eran suficientes. Siempre lo son.

—¡Eh, genio!

—Explícanos otra vez por qué eres tan listo.

—A ver si ahora también sabes correr mejor que nosotros.

No le decían inteligente. Nunca. Le llamaban listillo, como si saber fuera un delito, como si pensar fuera una provocación. No lo odiaban por lo que hacía, sino por lo que era: una grieta en su mediocridad, un espejo que  devolvía una imagen que no querían ver. El niño no presumía. No levantaba la voz. No corregía en público. Pero su sola existencia era una afrenta. Cada respuesta correcta era una humillación para ellos; cada silencio suyo, una acusación.

El grupo necesita victimas para sentirse entero.

Giró una esquina sin mirar. La ciudad se volvió más estrecha, más antigua. Entonces vio la puerta de madera gastada, un cartel pequeño, casi tímido.

Entró como se entra en un pensamiento que aun no se sabe formular.

El museo lo recibió con silencio.

Un silencio denso, casi moral. No era la ausencia de ruido, era la suspensión del juicio. Allí nadie exigía nada. Nadie medía. Nadie comparaba.

El niño apoyó la espalda en la pared. Su corazón latía rápido, pero no por miedo, sino por exceso de realidad. Había visto demasiado pronto cómo funciona el desprecio colectivo, cómo la ignorancia se organiza y se vuelve violenta cuando se siente amenazada.

Levantó la vista.

Picasso.

No el Picasso domesticado de los libros escolares, sino el Picasso incómodo, el que no pide permiso. Rostros partidos, cuerpos imposibles, miradas que no se alinean. El niño se acercó a un cuadro donde una mujer parecía existir en varios tiempos a la vez. Un ojo lloraba. El otro observaba con frialdad. La nariz cortaba el rostro como una herida geométrica. La boca no sonreía, ni gritaba: resistía.

—Así pienso yo —susurró.

Y entendió algo brutal: el cuadro no estaba roto. Estaba diciendo la verdad.

La verdad no es simétrica.

La verdad no es cómoda.

La verdad no cabe en un solo punto de vista.

Siguió avanzando. El museo era pequeño, pero cada cuadro era un manifiesto. Allí estaban los cuerpos que no encajaron, las almas deformadas por la guerra, la angustia pintada sin anestesia. Picasso no pedía perdón por incomodar. Picasso denunciaba.

El niño se sentó frente a un cuadro azul. Un hombre o algo parecido a un hombre encorvado sobre sí mismo. Manos enormes, desproporcionadas, sosteniendo una cabeza cansada. El azul no era paz: era frio, hambre, soledad. Era la tristeza de entender demasiado.

El niño pensó en el aula.

En los pupitres alineados.

En la obediencia como valor supremo.

En cómo le pedían que bajara la mano, que esperara, que dejara hablar a los demás, como si su pensamiento fuera un abuso.

Pensó en lo que nadie decía en voz alta: que el sistema no castiga al violento inteligente, sino al inteligente pacífico.

Que la escuela perdona al bruto porque lo entiende, pero sospecha del que ve más lejos.

El cuadro azul no pedía compasión. Exigía mirada.

El niño sintió algo parecido a la rabia, pero sin ruido. Una rabia lúcida. Entendió que sus compañeros no lo odiaban por ser mejor, sino porque les recordaba lo que no se atrevían a ser. Porque frente a él, su ignorancia dejaba de ser neutra y se volvía visible.

Afuera, la humillación seguía existiendo. El mundo no había cambiado. Pero el niño sí.

Comprendió que la inteligencia no siempre salva, pero nombra. Que el arte no cura la herida, pero la expone. Que hay violencia en obligar a un niño a hacerse pequeño para que otros no se sientan incómodos.

Antes de irse, volvió al primer cuadro. El rostro fragmentado parecía mirarlo ahora con otra intensidad. Como si le dijera no te arregles. No te simplifiques. No te disculpes por ver más.

El niño salió del museo despacio.

Sabía que volverían las risas, los empujones, las burlas. Sabía que el precio de la lucidez es la soledad. Pero también sabía algo  que ya nadie podría quitarle. Que la diferencia no es un defecto.

Que la inteligencia no es arrogancia.

Que hay una violencia estructural en odiar al que piensa.

Y que, aunque hoy tuviera que correr, algún día seria el mundo el que tendría que alcanzarlo.


José Miguel Trejo Morente es gallego de nacimiento, aunque criado entre Valencia y Cataluña. Su trayectoria versátil combina cocina, arte y literatura. Formado en cocina en el CDT de Valencia (Centro de Desarrollo Turístico), ha trabajado en hoteles y restaurantes de toda España, adquiriendo una sólida experiencia en distintos entornos gastronómicos. Paralelamente, ha trabajado como lector y redactor en la editorial Bompiani, aportando criterio literario y capacidad analítica. Se completa su faceta creativa con la publicación de cuentos en la revista digital Anceo.


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Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

6 comments on “El niño corría

  1. Una excelente parábola sobre la violencia del grupo sobre quien percibe el mundo de otro modo. Un relato breve donde el arte aparece como un espacio de reflexión y reconocimiento frente a la mirada uniforme del grupo. El cubismo como pluralidad de perspectivas, la verdad como acuerdo y convergencia de múltimples miradas. Una llamada a la tolerancia desde la buena literatura.
    Enhorabuena José Miguel.

    • José Miguel

      Muchas gracias por tus palabras tan generosas y por una lectura tan profunda del cuento.

      Me emociona especialmente que hayas percibido esa tensión entre la mirada del grupo y la del individuo que se atreve a ver —y a sentir— de otro modo. Esa violencia silenciosa, casi invisible, me parecía importante abordarla sin estridencias, dejando que el arte, como bien señalas, actuara como refugio y también como espejo.

      El cubismo me interesaba precisamente por eso: porque rompe la mirada única, porque nos recuerda que la verdad no es una superficie plana sino una suma de perspectivas que, al encontrarse, dialogan y se transforman. Ojalá la literatura pueda seguir siendo ese espacio de convergencia y de tolerancia que tú tan bien has descrito.

      Gracias de corazón por tu lectura atenta y por el ánimo. Un abrazo.José Miguel

  2. Miguel de la Guardia

    Difícil imaginar que en unos pocos párrafos se pueda incluir un homenaje a Picasso, una denuncia del acoso escolar y una exaltación de la diferencia…..pero ese es el milagro de la literatura, de la buena literatura.
    Mil gracias por compartir tu relato con los lectores de El Cuaderno y bienvenido a estas páginas en las que confío en que te conviertas en colaborador habitual.
    Un fuerte abrazo

  3. José Miguel

    Muchísimas gracias por tus palabras, que me emocionan de verdad.
    Si en unos pocos párrafos has podido sentir a Picasso, la denuncia del acoso y esa defensa luminosa de la diferencia, entonces el cuento ha cumplido su propósito. Siempre he creído que la buena literatura —la que nos enseñaron autores como Kafka o Cortázar— no necesita extensión, sino intensidad: una grieta bien abierta por la que entre la luz… o la incomodidad.
    El homenaje a Picasso nace de esa mirada fragmentada que revela lo que otros no quieren ver; la denuncia del acoso, de una herida que demasiadas veces se silencia; y la exaltación de la diferencia, de la convicción profunda de que lo distinto no es una amenaza, sino una forma más rica de existir.
    Gracias a El Cuaderno por abrir espacio a relatos que arriesgan y que incomodan cuando hace falta. Será un honor volver a estas páginas y seguir compartiendo historias con vosotros.

  4. Irene de la Guardia

    Precioso relato. No solo emociona leerlo, sino que también invita a reflexionar sobre el sistema, a denunciarlo y rebelarnos ante el. Una lectura que desde luego debería leerse en todos los centros educativos porque, desgraciadamente, aunque cuento literario, también es biografía de muchos niños. Gracias Jose Miguel por representar este sentimiento con tanta delicadeza y moral.

    • José Miguel

      Mensaje
      Muchas gracias por tus palabras. Me alegra profundamente saber que el relato te ha emocionado y que te ha llevado a reflexionar. Aunque sea un cuento, como bien dices, nace de realidades que viven muchos niños y niñas, y por eso era importante tratarlo con la mayor delicadeza y respeto posible.
      Si la historia sirve para que alguien mire el mundo con más conciencia, cuestione ciertas injusticias o simplemente sienta empatía por quienes lo tienen más difícil, entonces ya ha cumplido su propósito.
      Gracias de corazón por leerlo y por compartir una reflexión tan bonita. 🙏📚

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