Publicamos el prólogo del libro Los que hicieron el mundo, de Pablo González, un conjunto de dieciocho relatos insinúa algunos de los conflictos eternos del género humano: el amor, la muerte, la soledad, la verdad, la esperanza, la pobreza, la justicia, la memoria, el progreso… Desde la periferia, Los que hicieron el mundo contempla la vida de tantos personajes singulares a quienes se les ha robado la voz, y cuenta sus costumbres, miedos, supersticiones, pasados fracturados e ilusiones deshilachadas. El heroísmo está ausente; lo que hay es resistencia, vínculo, memoria… y aldeas perdidas, amores lésbicos, excursiones a la playa, lobos que atacan, viejos cafés, cosmogonías ciclistas, migrantes clandestinas, generales supremos y absurdos existenciales. Lo que no hay es nostalgia ciega. Lo recordado es tanto refugio como obstáculo, apenas la primera piedra de lo que queda por construir. Porque somos nosotros —los nadies, la fila india— los que hemos hecho el mundo desde las sombras.
Antes de casi todo, cuando el hombre y la mujer apenas dejaban de gatear, las historias no alcanzaban más allá de la memoria. Contarlas no era fácil, supongo, y a nadie se le había ocurrido aún escribirlas en un libro. El de nuestros tatara-tatara-tatarabuelos debía de ser un mundo jodido, sin compromisos, que lo mismo te plantaba frente a una bestia hambrienta, junto a un pozo de agua que se secaba sin avisar, o en medio de una tempestad que partía el cielo en mil pedazos. ¿Y qué hacer en aquel tiempo de combate, de peligro en peligro? Pues digo yo, no sé, que después de un día entero sobreviviendo, y llegada la penumbra, tal vez unos cuantos se juntasen bajo el árbol y empezasen las historias.
Y aunque las primeras —sin el asidero de los clásicos y la norma que limpia, fija y da esplendor— fuesen probablemente precarias, apuesto a que pronto irían afinándose y dando cuenta de ese singular espíritu nuestro que cuestiona todo lo que sale al paso. ¿Y por qué? ¿Y qué somos? ¿Y de dónde venimos? ¿Y quién demonios nos mira desde tantos puntitos, colgados tan arriba en la noche oscura? Claro que en el África la noche oscura llega pronto, y con ella las hienas, el diente de sable y el susurro de la muerte y de los muertos.
Y así no hay manera de contarse nada en condiciones.
Pero entonces llegaría la chispa, un lejano estallido que iluminó el valle y llamó la atención de los que allí vivían. De pronto, una lengua rojiza y ardiente crecía y crecía, devorándolo todo a su paso, monte abajo, hasta morirse de empacho. Y como parecía tan impulsiva, algunos pensaron que quizá pudiesen dominarla mientras aún era pequeña, alimentarla de a poco y prepararle una camita de yesca. Y andando el tiempo, también alguien razonó que no sería necesario esperar al enfado de los dioses, que siempre habría algún rescoldo y que tan solo necesitábamos paciencia y maña, madera seca y pedernal.
El fuego fue al fin nuestro y, convertidos un poquito en dioses, penetramos la tiniebla y pudimos contarnos y cantarnos sin tanto miedo a las fieras. Seguían ahí fuera, por supuesto, pero al menos ahora estábamos calentitos.
Y así, de boca en boca, de mito en mito y cogiéndole el gusto, quisimos hasta explicarnos la llama misma. Unos dijeron que había venido a lomos de una cuerda lanzada desde el sol por un arquero celestial; otros, que salía del sexo irresistible de una mujer que se escondía en el bosque; otros, que si era cosa de un pájaro-mosca, de un perro y un jaguar…
A los griegos les dio por contar que nos la había brindado un titán que, robándola de la forja universal, osó desobedecer al mismísimo Zeus. Como castigo, el tipo fue encadenado a una roca y devorado a diario por un águila comehígados… así que líbrate tú de ayudar al género humano. Eso pensaron y piensan, desde luego, los muchos canallas que en el mundo han sido, dedicados desde casi siempre a arrojar fuego contra el prójimo con lucrativas recompensas…
Y también fueron los griegos —hijos de Homero y Hesíodo— los que llamaron hogar a ese lugar de la llama donde fluye la palabra, y los que decretaron ciertas reglas para cuidarlo y caldearlo.
Si moría, vendrían el frío y el silencio.
Que no muera.

Pablo González (Grau [Asturias], 1985) escribe sobre tecnología, sociedad y política y ha colaborado en diversos medios digitales. Entusiasta defensor del software libre, ha asesorado al Ayuntamiento de Grau en materia de nuevas tecnologías. Fue cocreador de Moshtown, una app buscadora de conciertos para dispositivos móviles. Ingeniero técnico de telecomunicaciones por la Universidad de Oviedo y máster en Dirección y Administración de Empresas por la Universidad Europea Miguel de Cervantes, actualmente trabaja como consultor de sistemas y seguridad en el sector tecnológico. Además, es aprendiz de músico y gaitero y toca el bajo en la mundialmente desconocida banda de punk The New Ones.
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El prólogo de Los que hicieron el mundo demuestra la sensibilidad y la inteligencia literaria de Pablo González. Con una prosa clara y evocadora, el autor nos lleva al origen de las historias humanas, cuando los hombres y mujeres se reunían alrededor del fuego para comprender el mundo y compartir la memoria.
El texto convierte el fuego en una hermosa metáfora de la cultura, la palabra y la comunidad, y recuerda que las verdaderas historias no pertenecen a los héroes, sino a las personas anónimas que han construido el mundo desde la sombra.
Es un prólogo breve pero poderoso, que celebra la memoria, la resistencia y la necesidad humana de contar y escuchar historias. 🔥📖