Crónica

El arte de callar: una elocuencia hecha de silencio

Manuel Fernández Labrada reseña 'Historia del silencio', un libro del historiador francés Alain Corbin recién publicado por la editorial Acantilado.

El arte de callar: una elocuencia hecha de silencio

/una reseña de Manuel Fernández Labrada/

Cuando Cicerón diserta sobre «la música de las esferas» en su famoso Sueño de Escipión, compara nuestra incapacidad para escucharla con la sordera que padecen los habitantes cercanos a la gran catarata del Nilo. El formidable sonido de las esferas celestes al girar, parangonable al producido por el agua que cae desde «altas montañas», nos impide disfrutar de su música. En la actualidad, cuando seguimos sin poder escuchar esa armonía sideral (en ocasiones, ni tan siquiera somos capaces de distinguir las estrellas por culpa de nuestros polucionados cielos nocturnos), el autor latino no habría necesitado remitirnos a un paraje tan exótico. Para fundamentar su argumentación, le habría bastado con invocar al sufrido vecindario de cualquier aeropuerto o autopista. Que el ruido ocupe un lugar tan destacado en nuestra experiencia diaria explica sobradamente la actual proliferación de alabanzas, meditaciones y elogios del silencio que surten nuestras librerías, y que responden al interés genuino de los lectores más concienciados ante el deterioro acústico que sufre nuestro entorno. En este contexto cabe encuadrar, al menos en parte, el libro que reseñamos, Historia del silencio (Histoire du silence, 2016), del historiador francés Alain Corbin (1936). Ya en su capítulo preliminar, Corbin nos advierte de que en la «hipermediatización» (es decir, en la «conexión continua») acecha la última amenaza a nuestra tranquilidad: un baño ininterrumpido de mensajes triviales que nos impide disfrutar de nuestra propia compañía y nos vuelve recelosos del silencio.

Pero me apresuro a señalar que Historia del silencio no indaga tanto en los problemas actuales que provoca el ruido como en los valores positivos que el silencio ha significado para el hombre a lo largo de su historia más reciente, y de manera particular, en su contraposición a la palabra gratuita, grosera, imprudente o inoportuna. Traducido por Jordi Bayod y publicado por Acantilado, Historia del silencio traza una completa cartografía del silencio en la sociedad occidental, desde el Renacimiento hasta nuestros días. Dividido en nueve capítulos de enfoque complementario, el ensayo se fundamenta en una amplísima nómina de narradores, poetas, filósofos, ensayistas y artistas diversos. Aunque no faltan a la cita numerosos autores de otros países, la completa y coherente galería de personalidades literarias y artísticas galas que desfilan a lo largo de todo el libro pone de manifiesto, como cabía esperar en un ensayista de la talla de Alain Corbin, un profundo conocimiento de la cultura francesa. Ganadora del Premio Roger Caillois de Ensayo en 2017, Historia del silencio es, en su mejor sentido, una lección magistral de erudición: un arte de callar que sabe cederle la palabra a los mejores en el momento oportuno.

En los dos capítulos iniciales del libro se aborda el silencio desde un perspectiva que podríamos calificar como topográfica. En «El silencio y la intimidad de los lugares», Corbin recorre el apacible refugio del hogar y cuanto le pertenece: los animales domésticos, nuestros callados acompañantes y cómplices de tantas vigilias; así como esos objetos aparentemente mudos que lo amueblan, que tanto trascienden en nuestra memoria y que se vuelven elocuentes en el silencio de la noche y la soledad. Iglesias, bibliotecas y cárceles son otros de los santuarios del silencio evocados bellamente por el autor, que hace una espléndida exhibición de sus conocimientos de literatura francesa y europea. El siguiente capítulo, «Los silencios de la naturaleza», se inicia con la evocación de la naturaleza más silenciosa de todas, la nocturna, que alcanza su más perfecto estado de gracia en el claro de luna, bajo el grácil y callado vuelo de la diosa Selene. Lugares de silencio tan previsibles como el desierto o la montaña (a ser posible, cubierta de nieve) comparten espacio en el libro con la mar en calma, el bosque o los apacibles paseos por el campo (Thoreau y John Muir son sus principales referentes). Quizás se sorprenda algún lector al ver incluidas en este capítulo a las ciudades de provincia, esas pequeñas urbes aisladas y silentes, un tanto decadentes y misteriosas, donde el tiempo parece detenerse y que tanto significado estético y moral cobran en la obra de escritores como Balzac, Barbey o Rodenbach. Cierra el capítulo el silencio de la ruinas, una inclusión más que justificada, pues su abandono significa un irreversible camino de retorno a la condición natural del paisaje.

En los siguientes capítulos Corbin modifica su punto de vista, que se centra ahora en las motivaciones que han guiado a los hombres en la persecución del silencio. La exigencia del silencio como requisito previo en nuestra relación con la divinidad parece creencia común a todas las religiones. Si en los capítulos anteriores las fuentes citadas eran casi todas literarias, ahora, en «Las búsquedas del silencio», toman la palabra hombres de iglesia, ascetas y místicos como san Ignacio de Loyola, san Juan de la Cruz o santa Teresa (los autores españoles asoman tímidamente la cabeza en este capítulo, desmintiendo, quizás, nuestra fama de pueblo ruidoso). También presta atención Corbin a determinadas órdenes religiosas, como la de los cartujos, o a personalidades literarias de la talla de Bossuet, cuyas meditaciones acerca del valor del silencio en la experiencia religiosa son extrapolables a la vida ordinaria. Pero la búsqueda del silencio no se limita a la religión y al misticismo. En «Aprendizajes y disciplinas del silencio», Corbin aborda el silencio (bajo un enfoque predominantemente histórico y sociológico) como el medio privilegiado en el que se forjan las cosas importantes, y no solo ya en el contexto religioso. Saber guardar silencio en la conversación, por ejemplo, delata a un interlocutor valioso que está abierto a la escucha del otro. El preceptivo uso del silencio en templos (durante la liturgia o en determinadas fiestas o contextos religiosos) se manifiesta igualmente en la disciplina del ejército; pero también, y de manera muy destacada, en la escuela, donde los niños aprenden a incorporarlo a sus habilidades sociales y de autocontrol. El silencio también contribuye, pues, a construir ese espacio de lo privado que se va fraguando desde finales del siglo XVIII, y que convierte en reprobable, por ejemplo, el dirigirnos en la calle a un desconocido, interpelarlo a voz en cuello, o incluso, en otro orden de cosas, exteriorizar nuestros ruidos corporales (eructar, bostezar…) El silencio se integra así en los códigos de urbanidad que marcan distancias con las ruidosas clases populares. También señala Alain Corbin cómo el umbral de tolerancia al ruido ha ido disminuyendo en nuestras sociedades occidentales, sobre todo en lo que atañe al tráfago humano de las grandes urbes, debido en parte a una mayor reglamentación, pero también a la sustitución de los mensajes sonoros (vendedores ambulantes, por ejemplo) por los icónicos y escritos. Se llega así a la paradójica situación de que, en ciertos aspectos, seamos más exigentes con el ruido que generaciones anteriores, pero que suframos, por contra, en algunos contextos nuevos, niveles inauditos de contaminación acústica. Se confirma así el valor variable, según tiempo y lugar, del silencio y su bienestar asociado.

Pero el silencio puede ser también vehículo de expresión profunda, y en el siguiente capítulo, «La palabra del silencio», Alain Corbin va a rastrear su presencia y significado en el arte. Una elocuencia callada que se hace especialmente palpable (al menos, para quien sepa «mirar») en la pintura: esa poesía muda de la que nos hablaba Lessing. Artistas y estudiosos del arte protagonizan este interesante ensayo, que se detiene en el análisis de algunos cuadros de grandes artistas como Rembrandt, Poussin o Friedrich. Pinturas de temática religiosa (de Fra Angelico, Leonardo, Rafael…) y moral (las llamadas vanidades) completan el ejemplario del estudioso francés junto con las escuelas simbolista y surrealista y algún autor más moderno, como Hopper. Aunque el autor apenas se detiene en la función configuradora y expresiva del silencio en la música (salvo breves alusiones a textos de Pascal Quignard), sí tiene algunas palabras para el cine, ya sea mudo o sonoro. En este último el silencio puede adquirir un mayor valor expresivo por su contraste con la palabra.

Alain Corbin nos recuerda que el silencio tiene también un valor estratégico. En «Las tácticas del silencio» se complementa de alguna manera cuanto se había dicho anteriormente en «Aprendizajes y disciplinas del silencio», ahondándose ahora en el principio de que «la palabra entraña un riesgo». De ese convencimiento nace un «arte de callar», frecuentemente tallado en aforismos, que han ejercitado legiones de filósofos y moralistas desde la Antigüedad clásica. Este uso estratégico del silencio adquiere su mayor desarrollo en los códigos de las clases dominantes a partir del Renacimiento. Junto a moralistas franceses como La Rochefoucauld, La Bruyère o el abate Dinouart, Alain Corbin concede un notable protagonismo a la figura de un español, el aragonés Baltasar Gracián, autor del célebre Oráculo manual y arte de prudencia (1647), una verdadera «matriz del arte de callar» en palabras de Corbin.

No podía faltar en un libro como Historia del silencio, que tanta relevancia concede a la novela decimonónica como campo de exploración, un atento análisis del carácter ambivalente del silencio en la relación amorosa («De los silencios del amor al silencio del odio»). El silencio puede testimoniar tanto la profundidad de una pasión amorosa como la incomunicación que prefigura su transformación en una de esas destructivas relaciones, cargadas de reproches tácitos, que a modo de odioso pegamento aprisionan a muchas parejas infelices. Esta valoración negativa del silencio se acrecienta en el último capítulo, «Postludio: lo trágico del silencio»: un dramático final para un libro que nos ha pintado mayoritariamente las virtudes del silencio. Alain Corbin, cuya orientación religiosa católica se ha hecho palpable a lo largo de todo el libro, se centra ahora en el denominado «silencio de Dios», en la callada indiferencia de la divinidad ante el sufrimiento y las rogativas de los hombres; y cómo se refleja en una amplia selección de textos: la Biblia, relatos de la Pasión, escritores religiosos y laicos, como Vigny, Hugo o Maeterlinck… Se completa esta coda final con un breve repaso de las diferentes formas que reviste nuestro «miedo al silencio»: al de los vastos vacíos del universo, al del tedio, al que preludia la catástrofe, al de la muerte… para terminar en ese terrible silencio que sobrevendrá cuando esta esfera llamada Tierra (sin duda, la que mejor música hace) desaparezca en el espacio infinito.


Extracto del libro

«Hoy en día, es difícil que se guarde silencio, y ello impide oír la palabra interior que calma y apacigua. La sociedad nos conmina a someternos al ruido para formar así parte del todo, en lugar de mantenernos a la escucha de nosotros mismos. De este modo, se altera la estructura misma del individuo.// Es bien cierto que hay caminantes solitarios, artistas y escritores, adeptos a la meditación, mujeres y hombres recogidos en monasterios, mujeres que visitan tumbas y, sobre todo, enamorados que se miran y callan, que buscan el silencio y todavía son sensibles a sus texturas. Pero son como viajeros arrojados a una isla de costas escarpadas que está a punto de quedar desierta» (traducción de Jordi Bayod).


Historia del silencio: del Renacimiento a nuestros días
Alain Corbin
Acantilado, 2019
152 páginas
14€


Manuel Fernández Labrada es doctor en filología hispánica y catedrático de enseñanza secundaria. Desde 1996 reside en Granada, donde ha colaborado con la Universidad en el estudio y edición del Teatro completo de Mira de Amescua. Ha publicado diversos trabajos de investigación sobre literatura española del Siglo de Oro, y es autor de las novelas El refugio (2014) y La mano de nieve (2015), así como de un volumen de minificciones, Ciervos en África (Trea, 2018). También escribe en su blog de literatura Saltus Altus.


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2 comments on “El arte de callar: una elocuencia hecha de silencio

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  2. LA CANCIÓN SIGUE SIENDO LA MISMA

    Cuando cantarla es callar, entrar es quedarse afuera y actuar es ser espectador.

    «No sólo hay que mirar la Luna y el dedo que la señala, sino también, a la otra mano que intenta robar la cartera»

    ¿Qué se diría de alguien que ejecuta la fuerza bruta, el engaño y la corrupción para gobernar un jardín de infantes?

    ¿Qué códigos comunicativos se preservan en ese tipo de molde?

    De una aberrante separación sobreviene la inercia de una lógica unión de lo inocente y lo perverso, lo femenino y masculino, configurándose así una quimera que posee un particular lenguaje de carencia y desmesura, péndulo carcelario entre represión y liberación que juega por la noche y el día. Una afectación en el núcleo familiar que condiciona las relaciones y organización del cuerpo y mente social.

    «En la oscuridad, cualquier luz es suficiente, sin embargo una polilla podría dirigirse hacia una equivocada»

    Los adultos se acostumbran, pero qué escucharían de sus niños.

    ¿Dónde empieza y en dónde termina el jardín de infantes en realidad?

    Otros preguntarán, cuándo…

    La estupidez, no sólo puede ser correcta, distinguida, refinada, reconocida, premiada y asimilada, andar bien vestida y ser ilustrada, también puede viajar en carreta o a la velocidad de la luz o estár en más de un sitio al mismo tiempo.
    La estupidez cuántica no escapa a la relatividad en dónde se convierte en infinita, porque allí fue engendrada. Y fue el cómico y cósmico, Albert Einstein, el que descubrió que su engaño se desvanece cuando su masa es cero.

    El producto y resultado de una fábrica, es lo que es, no puede ser algo más del propósito para lo que fue programado. Y en ella trabaja mucha gente que la confunde con La Vida, siendo simple teatro. Lucro en el defecto y la resiliencia en la virtud, se hermanan y establecen «la normalidad» en la cadena de montaje de la empresa.
    El resultado del adiestramiento con premios y castigos es convertir al premio en no ser castigado, asegurando la mínima ventaja. Consecuentemente, ninguna persona es ajena a los efectos de la descomunicación. Aunque se adapte y compense el defecto y se terciarice la responsabilidad, la realidad terminará tocando a cada puerta dejando en evidencia el principio de armonía. Las señales son inequívocas, las virtudes y defectos nunca mienten, el dolor y sufrimiento siempre tienen razón.

    ¿Quién escribe el guión?

    Unos miran hacia la pantalla de cine y dicen, ¡es sólo ficción! y cuando le dan la espalda hablan seriamente de realidad, de un show por el que también han pagado, pagan y pagarán.

    Éste dilema se soluciona dándose cuenta quién queda de un lado y quién del otro, y del qué, que se lleva a cuestas y el que se debe dejar.

    Pero…

    ¿Quién es el intermediario, ese extraño relator que cuenta lo que sucedió y sucederá, y lo que nunca ocurrirá oculto en su silencio?

    Es una encrucijada interesante, pero si nos adentramos al inframundo griego del defecto, nos remitirá al cercano mito de Jesús en su crucifixión. El ritual del sacrificio de la verdad, la libertad, el amor y la justicia, de la vida, que justifica al verdugo, al que se le transfiere ilusoriamente una responsabilidad que regresa mas temprano que tarde a cobrar la cuenta y el que se posiciona como agente evolutivo o azote divino autorizado. Y por el otro lado nos encontramos con su resurrección en virtud, Cristo, una refrescante consciencia renacida lógicamente en el mismo cuerpo, que observa y comprende el fenómeno de la cruz y ficción.

    “La frustración del iniciado ante la creída e inalcanzable perfección es la que se rinde ante el mas fuerte, la seductora muerte, y con ello adorar al intermediario, el que tiene el poder de matar y de su amenaza.
    Nadie luchó, lucha ni luchará por su vida mientras no muera la apariencia, como bien dice el manual”

    Sin embargo, ésta historia comienza una ficción antes, con la de un paraíso perdido y secuestrado llamado Dios, luego Estado, y ahora «I.A.», con la promesa de regreso hacia la tierra prometida, que es un muro de los lamentos.

    «Cuando la esperanza es lo último que queda, ya no hay miedo a esperar o de esperar la amenaza, y se la devuelve al baúl de los recuerdos para cuando se la necesite en primer lugar»

    Un mito conserva una condición existencial que puede ser una cárcel en la relatividad del defecto o bien un ejercicio para la virtud. Es un sedimento, símbolo, contenedor, artefacto y vehículo de consciencia, como lo son las palabras, geometrías, matemáticas y sistemas, ajustados al desarrollo de consciencia.
    Por eso la vida es cuento y la palabra ficción, y nos encantan sean bellos o de horror, pero mucho más vivirlos y compartirlos.

    La mecánica es la misma durante el tránsito o éxodo desde la sensación de ausencia hasta la presencia de consciencia. Los sueños de ausencia, claman por los de presencia, necesitando a los que lleven a su destino. Y en el puente aparece el intermediario que bien cobra o paga según se requiera. Es el genio de la lámpara que vende infinitos e insoportables futuros llamados deuda, que embargan presentes para enterrar pasados y así alimentar el bucle de un autónomo circuito. Innumerables rayos simulan movimiento en su periferia, que hacen decir es cierto, es realidad, olvidando el centro desde donde parten.

    Los puentes del defecto nunca unen nada porque su objetivo es aislar en la medida y convertirla en la única y verdadera, expulsando lo que sobra hacia el laberíntico misterio.

    El error se conserva en la memoria junto con su bastón adaptativo y compensatorio, que oculta un defecto represor de una virtud desfogada condicionalmente. Y es en el ritual de liberación, en dónde en confusión, el cliente en su impulso natural a la desobediencia hacia una regla que protege a la autoridad y dueño con la cual lo subyuga, obliga a una transgresión, no a la imposición «divina», sino mediante una agresión en trance contra la idea en su propia consciencia, bajo el estigma y péndulo lógico de víctima y victimario, inferior y superior.
    Es en el aprendizaje, la repetición como purga, tiene su función y lógica hasta lograr la integración de lo despojado forzadamente.

    “Un puente se construye de una sola manera, ¡bien!”

    El principio creativo no se hace esperar, el núcleo familiar requiere un mínimo de dos para dar a luz un hijo.

    «La luz y los ojos tienen sentido siendo uno, la vista, y su fruto en lo observado. Los ojos de vida ven vida y los de muerte lo suyo. Mientras cuerpo y mente es en la carne y su fruto en lo amado, un reflejo del espíritu. Odiar amar o amar odiar, es lo mismo en la sombra»

    El (1;1); (1;0); (0;1) y (0;0), recrean el presente en el equilibrio de los polos, pasado en el retorno a la esencia, futuro en el avance trascendente y silencio del todo en la nada. No hay contradicción.
    Sin embargo se simula una cuando existe conflicto entre los polos. Cuánto más pequeño el mundo resultante, más intenso y efectivo el infierno, estado temporal en dónde igualmente se aplican los mismos principios vitales y su magna pero condicionada abundancia.

    En la dualidad del defecto, se encuentra la mafia de los autoelegidos en el lado bueno cedido, mientras del otro los auto expulsados, los esclavos.
    El Angel, Rey y Soberano, es el que custodia el reino con su espada de fuego, de hierro y antivirus.
    Mapa amo; territorio esclavo. La ficción es a su teatro, la interferencia a su intervención, la simulación en su simulacro. Su sistema de control es un conjunto de círculos de poder concéntricos que aparentan estár desvinculados unos de otros.
    Los oficiales juegan a favor de los intereses de la empresa, mientras los opositores en contra, de lo que se interpone a esos intereses. Mientras los que brillan suelen ser captados para arrear a los incautos hacia el templo en donde sepultan la verdad. Sectas individualistas y colectivistas bailan al mismo son.

    El arquetipo «amo y esclavo» son extremos de una misma vara o cuerda disonante. En el medio, ficciones fantásticas, legales y técnicas conforman la imaginaria frontera y manto de impunidad, un can Cerbero que muchos llaman verdad, acuñados con libros sagrados, constituciones y softwares. Todo es perfecto hasta que no. Básica y consecuentemente, lo que se desea, sueña, piensa, dice y hace puede ser usado en contra del cliente y en favor de la empresa.

    El amo parasita el sistema aprovechándose del proceso del desarrollo natural y apropiándose de los resultados de la virtud y el defecto en el gobierno de la carencia, utilizando el símbolo de la verdad como instrumento. Pero es un esclavo mas al estar obligado a sostener la consciencia ideal y relativa dónde brillan en la mediocridad, en su intento de llenar el vacío con lo superfluo.
    Por eso suplen su carencia con la fuerza bruta, el engaño y la corrupción, que muchos creen y llaman inteligencia.
    El matrimonio confunde el desarrollo de su consciencia con la sofisticación de su simbólico artificio físico y virtual que los ordena, al que delegan toda su responsabilidad.

    «A las tonterías, por ser tontas no se les presta atención, sólo cuando comienzan a dar cosquillas o comezón, y luego al hacer daño es cuando se les llama problema y sin falta aparece un veloz carro de bomberos que siempre llega tarde, cuando ya se ha cosechado y cumplida la misión»

    Ningún iniciado, cliente, paciente, consumidor o creyente elige al presidente, papa o rey, tampoco al director, juez, gerente, pastor ni general, y menos al dueño de la tierra, del dinero o de la empresa en donde trabaja, pero es más entretenido creer que si, jugando en un carrusel movilizado por una montaña rusa de sensaciones. Un circo, teatro y casino donde la casa siempre gana.
    El contrato es entre el uno y los ceros detrás de él. Unos saben, deciden y mandan, y otros ignoran, obedecen y se adaptan. A cada parte le corresponde lo suyo, su administración y refugio.
    La libertad condicional es al amor condicional y se comercia en el permiso como derecho, en donde el pez grande termina comiéndose al pequeño.

    «Roma, el mal mayor y menor beben de una misma fuente, en cambio Amor, sólo hay uno»

    El amor es ciego y siempre jura eternidad en el matrimonio con la apariencia, sin embargo en la separación se quedará con lo amado.
    Por eso el cornudo es el último en enterarse pero el primero en saberlo.

    Más allá de la dictadura, sea una democrática, militar, teocrática, monárquica, tecnocrática o un pentágono de ellas, la humanidad avanza y siempre prevalece lo verdadero.
    La gente seguirá protegiendo lo amado, construido y festejado, cada vez más, sin sus cadenas.

    «El sentido común, la común unidad y común acción, obtiene su fruto en la sabiduría reflejo de nuestra consciencia, de su buen humor»

    A pesar de todo, no hay que ser tan duros ni egoístas, porque el engaño, la mentira y la apariencia, tienen sentimientos, aunque también sus días contados.
    La muerte de la apariencia es inevitable, y sucede en su transparencia dejando a todos desnudos, convirtiéndose la complejidad en materia prima creativa para enriquecer y dar alegría en la simplicidad de ser humanos.
    Nadie puede esconderse ni esconder nada, y nada escapa a la mecánica con la que se programan los trucos. Sin embargo desde niños nos encanta jugar a las escondidas, ser encontrados y encontrar, recreando puertas y llaves en la ilusión.

    Es lógico e inevitable inclinarse hacia la belleza, las estructuras perfectas armonizan por sí solas cuando sintonizan con otra en la que resuenan, especialmente en hechos más que palabras.
    Mientras la estructura ordenada de un sistema artificial que la simula, nunca es garantía de nada, si el que le da vida no la supera.

    «La mano guía al martillo y no el martillo a la mano. Pero si se quiere clavar un clavo con un revólver, hay que tener mucho cuidado, porque el arma no distingue entre amigo o enemigo, por eso, a las armas las carga el diablo»

    Si alguien descuidado se adentra en el cuento ajeno, no irá a dónde quiera, sino a dónde está predefinido ir. Y aunque esté confiado en lo que crée, sabe y obedece, es el programador el que los deja sin efecto para instalar una nueva regla. Una vez programado el Alfa y el Omega, las variantes serán anecdóticas y sumarán las estadísticas. El programador creerá ser amo del tiempo, mientras el esclavo, estar en alguna parte de la secuencia.
    La conformidad emergerá de máximos falsos con mínimos verdaderos, de constantes mecanizadas en un mar de mecánicas variables que juegan a la incertidumbre. El redil constituido entre el mal mayor y menor, guiará el camino.

    «Engañador y engañado; encontrador y encontrado; soñador y soñado; amo y esclavo; pendulan mientras alguien lo vive»

    En tal caso, el cuento sólo será contado cuando lo haga suyo y le haya dado un fin, porque la verdad es de todos y no tiene dueño. Y aunque el cuento sea tan sólo un sueño, cuando despierte, podrá sentir que realmente ha amado, visto y escuchado, comprendido.
    Una vez en el reencuentro con esa inocencia, antes perdida y adulterada, podrá realmente darse cuenta y saber elegir. Así cae la roca rompiendo la vara, y el hechizo.

    La carne, al final de cuentas, concilia hasta las posibilidades más extremas y aberrantes con la fragmentación en el olvido y la reproducción en el recuerdo.

    «Lo que pasa en Las Vegas, queda en Las Vegas»

    La apariencia al Arte, el engaño a los sentidos, la autoridad a la íntima consciencia, mientras la idiotez a su correspondiente museo. Entonces cumpliremos con el gran deseo del idiota emperador, el de quedar inmortalizado siendo un eco, soberano en su incapacidad de amar y de ser amado.

    …y así nos despedimos de la estupidez, esclavitud y la tiranía, aunque muchos dirán hasta luego.

    Fin

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