/ por Antonio Monterrubio /
El término griego tekne, que se aplica a la vez al arte del artista y al oficio del artesano, no se limita a designar la producción de cosas. Si bien se llama teknìtes al que fabrica objetos, el concepto tiene íntima relación con el hacer surgir algo, la poiesis. En ese sentido, la propia naturaleza, la fisis, es poiética. En la tekne caben tanto los objetos, utensilios, herramientas u obras de arte, como la creación intelectual y la programación mental. El hombre reúne las cualidades que lo hacen acreedor a la famosa oda que le dedica el coro de Antígona:
Andan por ahí montones de cosas formidables,
pero ninguna más formidable que el hombre.
[…] aprendió por sí solo el lenguaje y las ideas
etéreas y los comportamientos que imprimen orden a las ciudades,
y a esquivar los dardos de las escarchas […]
¡el hombre tiene soluciones para todo!
[…] Únicamente no se procurará escapatoria del Hades.
En cambio, tiene ya concebidos medios
de escapar a enfermedades hasta ahora incurables.
Tekne es actividad orientada a un fin. Es acción, lo cual no necesariamente implica movimiento. De alguna manera, en ella convergen diversas facetas del género homo: faber, sapiens e incluso ludens. Pero no todo trabajo manual o intelectual era tekne. El de los esclavos, considerado mecánico y dependiente, recibía otro nombre: banausis. Esto nos lleva a dos reflexiones. Por un lado, nos enfrenta con una mancha mayor de la civilización helénica: baste con repasar las opiniones de Aristóteles sobre la esclavitud y los seres sometidos a ella. También nos hace ver la venerable antigüedad de la distinción entre la labor creativa, estimulante y gratificante, y la repetitiva, maquinal, alienante y meramente alimentaria.
La Edad Media, con su rigurosa estratificación estamental en oratores, bellatores y laboratores, concede mínima relevancia social a la tekne y nulo valor al trabajo. Clérigos y guerreros se reparten los privilegios o compiten por ellos mientras los campesinos, siervos o libres, viven sus tareas cotidianas, más que como necesidad, como condena. Y si en nada son tenidos quienes sacan de la tierra el alimento de todos, poco más valen los artesanos, artistas o técnicos responsables de los numerosos avances de la época. El ceramista o el herrero son ignorados, al igual que los inventores de molinos o los que levantan majestuosas catedrales. Su estatus moral solo se verá realzado con la aparición del protestantismo y el auge del espíritu burgués. A partir de ahí el emprendimiento, la aventura comercial y la búsqueda del enriquecimiento empezarán a recibir una valoración positiva. A la vez, el trabajo manual y asalariado se irá convirtiendo en un penoso e inevitable deber con escasa gratificación social.
El Renacimiento había sido un tiempo de gloria para la tekne en sus múltiples variantes, al menos en la esfera intelectual. Cuando se hablaba de la grandeza del esfuerzo humano, «no se distinguía el trabajo intelectual del mecánico, el intelecto de las manos» (Heller: El hombre del Renacimiento). En aquel breve lapso de orgullo y confianza en sí mismo, de seguridad en su dignidad, la noción de trabajo como obligación jugaba un papel, pero el acento recaía en la potenciación de las facultades humanas. El arte, la ciencia y la técnica alcanzaron una consideración nueva, y en su vertiente de hacer aparecer cosas se asociaron al perfeccionamiento moral. «Los pensadores y los hombres corrientes del Renacimiento no dudaban ni por un momento que la riqueza de la sociedad era producto del trabajo y no del capital» (ibídem).
El progresivo desarrollo del capitalismo y su fiebre acumuladora cambiará drásticamente las cosas. La revolución industrial y el comercio mundial acelerarán un proceso que requiere enormes cantidades de trabajadores. Agricultores, jornaleros, artesanos gremiales y hasta vagabundos van a ser transmutados, de grado o por fuerza, en operarios de las fábricas, la minería o la siderurgia. El periodo que se extiende entre Waterloo (1815) y la Comuna de París (1871) es testigo de transformaciones radicales y cada vez más rápidas en la economía y la sociedad. La llamada edad de oro del capitalismo lo fue de los capitalistas, no del común de los mortales. Pero los países occidentales estaban evolucionando. Su población creció exponencialmente y se urbanizó a marchas forzadas. En 1850, la mitad de los habitantes de Gran Bretaña vivían en ciudades. En 1870 ya lo hacían el 70 %.
Entretanto, las condiciones laborales no dejaban de empeorar. Jornadas de 12 a 18 horas, siete días a la semana, ningún tipo de vacaciones o seguros de paro, jubilación o desempleo, dependencia absoluta del capricho de empresarios, jefes o capataces y ausencia de todo derecho laboral o incluso humano representaban la cara oscura del capitalismo triunfante. Hubo casos tan sangrantes como la obtención de préstamos a cambio de la futura contratación sin sueldo de los hijos, hasta amortizar la deuda. Así se templaba el acero, se aprovisionaban los nacientes mercados y se alimentaban las cuentas corrientes de los pocos que disponían de ellas. Con estos mimbres, oír que el trabajo es constitutivo de lo humano y que el hombre se autogenera en esa forma de relación con la naturaleza debía de resultar harto chocante.
Marx opone al idealismo hegeliano y al renqueante materialismo de Feuerbach una concepción del hombre como ser activo y práctico, más que contemplativo. Pero la acción utilitaria del hombre, esencial en su vida y su ser social, está presidida para la mayoría por la alienación. El obrero la experimenta con respecto al empresario o a los jefes, al acto mismo de la producción y a su obra, y también con respecto a la naturaleza, al perder contacto con ella: «El trabajo es […] un proceso entre el hombre y la naturaleza, un proceso en que el hombre media, regula y controla su metabolismo con la naturaleza […]. Al operar […] sobre la naturaleza exterior y transformarla, transforma a la vez su propia naturaleza. Desarrolla las potencias que dormitaban en ella» (El capital).
Convendría, a día de hoy, revisar ese vínculo. Vivimos una época donde la contaminación, la destrucción de ecosistemas, la barbarie ecológica y el caos climático están a la orden del día. Sin embargo, la gravedad de la situación no acaba de calar en la ciudadanía. Aunque se van alcanzando ya, si no se han superado, diversos puntos de no retorno, pocos parecen alarmarse. Los beneficiarios de los destrozos planetarios y los numerosos heraldos del «es que son puestos de trabajo» o del «no vamos a viajar en diligencia» no solo están infectados por la ignorancia más supina, sino que quieren contagiar a los demás. Pero el respeto a la Naturaleza y su consideración como colaboradora, y no como esclava, es fundamental para la supervivencia de nuestra especie y de su riqueza material, pues «si el trabajo es el padre de esta […] la tierra [es] su madre» (ibídem).
En los tiempos actuales, amén de casi cualquier noción de su mediación entre el hombre y la naturaleza, se han perdido las potencialidades del trabajo para la construcción social del individuo, así como la dignidad ética que solía comportar. La falta de conexión con las tareas efectuadas y sus productos es cada vez mayor. La progresiva terciarización de las economías occidentales no ha revertido esa dinámica; es más, la ha empeorado. Muchas actividades del sector servicios son aún más alienantes, estresantes y frustrantes que las de la agricultura o la industria. No son de extrañar esos procesos que comienzan a desarrollarse en forma de Gran Dimisión o Gran Renuncia. No se trata solo de que los empleos, incluso en sectores que requieren fuerte especialización, sean precarios y mal pagados. Es que la gratificación que aportan es nula. El concepto de trabajo bien hecho, el orgullo del oficio son hoy materiales de derribo. Si su interés es exclusivamente permitir la supervivencia, difícilmente va a otorgar satisfacción. Y la importancia cuantitativa del tiempo que se le dedica a lo largo de una vida exige un mínimo de retribución cualitativa. Sin ella, lo único que se deseará es dejarlo cuanto antes.
Los otros aspectos de la tekne están asimismo en estado de chasis. Ciencia y técnica dependen de intereses económicos y políticos, tendiendo a tornarse un saber hacer sin alma. El arte y la creación sufren una crisis continuada por razones similares. El ascenso de Mammón a dios supremo al que cada uno, quiera o no, debe sacrificar si quiere sobrevivir y aspirar a seguir tirando de la tarjeta de crédito ha convertido el hacer aparecer en un erial. Al genio de la lámpara o al pescado mágico se le pide una sola cosa: más y más dinero. Dos versos de Hölderlin nos iluminan: «Pero donde hay peligro / crece también lo que salva». Y el comienzo del camino de la salvación, no lo olvidemos, es el cuestionamiento de lo realmente existente, «porque el preguntar es la piedad del pensar» (Heidegger: La pregunta por la técnica).

Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y reside en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Es autor de la trilogía La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas (Semuret, 2022), Al revés te lo digo (Trea, 2024), La primavera y el titán (Marciano Sonoro, 2024), El serano (Castilla Ediciones, 2025), Antígona vive, El tiempo en llamas y Una época formidable. Publica textos en El Cuaderno y escribe artículos en Nueva Tribuna, Nueva Revolución y Diario del Aire. Colabora con la revista El Viejo Topo.
Descubre más desde El Cuaderno
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

0 comments on “Donde hay peligro crece también lo que salva”