/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /
La mayoría de las veces, cuando estalla un conflicto bélico, quienes se encuentran a ambos lados de la guerra suelen creer que su país tiene razón y que el contrario es un enemigo cruel, injusto y objetivamente malo. Casi siempre ocurre así. De ese modo se justifica una política armamentística destinada a defendernos del enemigo. Sin embargo, de vez en cuando conviene estudiar también las razones del adversario para descubrir nuestras propias mentiras.
Yo estaba en Berlín poco después de la caída del muro que dividía el mundo en dos esferas de influencia. De la noche a la mañana, en 1989, se podía visitar la República Democrática Alemana (RDA), que era el escaparate soviético para los ciudadanos occidentales. Lo que más me sorprendió entonces fue contemplar al ejército ruso acantonado en Alemania: soldados andrajosos que vendían insignias y uniformes, cuarteles con caballos y carromatos, como si aún se estuviera en la primera guerra mundial, y una imagen militar devastadora. Me preguntaba cómo era posible que aquel ejército hubiera podido asustar a Occidente. Y si yo, que no entiendo nada de ejércitos, podía percibir tanto óxido, ¿cómo no lo habían advertido los espías de la OTAN?
Después de aquello, más de una docena de repúblicas federadas que habían constituido la URSS desde 1922 fueron separándose de la federación y buscando fórmulas diversas. Algunas de ellas, como Georgia, Estonia, Letonia, Lituania, Moldavia, Azerbaiyán y Ucrania, se transformaron en Estados independientes. En 1991, la Unión Soviética desapareció y tan solo quedó Rusia, la de siempre.
¿Qué ocurrió a partir de ese momento? Ocurrió que, mientras el Pacto de Varsovia —la alianza militar creada por la Unión Soviética— se autodisolvía, la OTAN, la alianza militar impulsada por Estados Unidos, aprovechó la ocasión para fortalecerse, y más de una docena de países se adhirieron a ella. Algunos países europeos, especialmente Alemania, trataron de acercar Rusia a Europa y, de ese modo, obtener el gas y las materias primas que el antiguo imperio de los zares podía ofrecer. Parecía que Rusia entraba finalmente en una etapa nueva y democrática, y que dejaba de ser el enemigo que había sido durante medio siglo. Era la esperanza de una paz duradera.
Pero no fue así. Bajo la presión de Estados Unidos, la OTAN siguió expandiéndose. ¿Había engañado Occidente a los rusos? ¿Se reproducía la vieja enemistad de Europa occidental contra el Imperio ruso? ¿Era la OTAN un nuevo Napoleón o un Hitler renacido? Muchos dirigentes rusos lo entendieron así, entre ellos Putin.
La gota que colmó el vaso fue Ucrania. Este país constituía, en buena medida, el origen histórico de Rusia. En Kiev nació, desde finales del siglo IX, la Rus de Kiev, el primer gran Estado eslavo oriental. Allí se promulgó uno de los primeros códigos legales eslavos, la Rússkaia Pravda. Y ahora ese territorio, fundamental para la historia del nacionalismo ruso, no solo quería integrarse en la Unión Europea, sino también en la alianza militar que se había constituido en 1949 contra la Unión Soviética.
Si todo lo anterior es cierto, ¿puede entenderse la reacción de un nacionalismo herido y, hasta cierto punto, engañado? ¿Por qué no fue posible admitir a Rusia como un buen vecino para los europeos, como lo había sido en el siglo XVIII? ¿Quién tuvo la culpa de esta situación conflictiva que hemos heredado? Por todo ello, parece razonable reconocer que el mal no se halla solo en el campo del adversario.

Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.
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