Night city skyline transitioning into colorful abstract digital light streams
Creación

Tres relatos de José Miguel Trejo

«Pintura», «El escultor de mareas» y «El último autorretrato».

Pintura

El pintor no veía árboles: veía tensiones verdes empujando hacia arriba. No veía rostros: veía grietas de luz intentando salir de la carne. El mundo, para él, no tenía contornos, sino pulsos.

Cuando caminaba por la calle, los coches eran manchas veloces de rojo ansioso y negro contenido. Las conversaciones, chorros irregulares de color que chocaban entre sí sin mezclarse del todo. Incluso el silencio tenía textura: un gris espeso que se pegaba a la piel.

En su estudio, no copiaba la realidad; la desnudaba. Cada trazo era una traducción imperfecta de algo que no sabía nombrar. A veces dudaba: ¿existía el objeto o solo la emoción que dejaba? ¿Era el mar azul o era la nostalgia lo que lo volvía azul?

Una tarde, alguien le preguntó por qué no pintaba «lo que veía». Él sonrió, manchándose los dedos de un amarillo violento.

—Eso hago —dijo—. Solo que no todos miramos el mismo mundo.

Y siguió pintando, tratando de atrapar, en un lienzo finito, la infinitud caótica de lo real.


El escultor de mareas

Nadie sabía exactamente dónde vivía.

Al amanecer aparecía caminando por la playa con una mochila al hombro y un palo de madera en la mano. Cuando la arena todavía conservaba el frío de la noche, comenzaba a trabajar.

Se llamaba Adrián.

O al menos eso decía cuando alguien le preguntaba.

No llevaba lienzos ni mármol ni bronce.

Su taller era la playa.

Su material, la arena.

Y su destino, la desaparición.

Con paciencia infinente dibujaba círculos gigantescos sobre la orilla. Excavaba canales que se entrecruzaban como laberintos. Construía catedrales, dragones, ciudades enteras pobladas por torres imposibles.

A veces empleaba conchas.

Otras veces algas.

En ocasiones incorporaba piedras arrastradas por el mar.

Cada obra parecía surgir naturalmente del paisaje.

Los primeros paseantes se detenían maravillados.

Sacaban fotografías.

Observaban en silencio.

Algunos le preguntaban cuánto tiempo le había llevado construir aquello.

—Toda la mañana.

—¿Y cuánto durará?

Adrián miraba el horizonte.

—Unas horas.

La respuesta siempre sorprendía.

La gente estaba acostumbrada a pensar que el arte debía sobrevivir.

Que una obra valiosa merecía ser protegida, conservada, restaurada.

Adrián pensaba lo contrario.

Creía que la belleza no necesitaba durar para ser verdadera.

Una tarde creó su obra más ambiciosa.

A lo largo de varios cientos de metros levantó una ciudad fantástica.

Había puentes.

Palacios.

Escaleras.

Plazas.

Canales.

Animales mitológicos.

Miles de detalles esculpidos directamente sobre la arena húmeda.

Los visitantes llegaron de pueblos cercanos para contemplarla.

Algunos periódicos publicaron fotografías.

Un profesor de arte viajó expresamente para verla.

—Es extraordinaria —dijo.

—Gracias.

—Debería protegerla.

—¿De qué?

—Del mar.

Adrián sonrió.

—El mar forma parte de la obra.

El profesor creyó que bromeaba.

Pero no era una broma.

Cuando llegó la marea, Adrián permaneció sentado observando.

Las primeras olas alcanzaron los bordes de la ciudad.

Las torres comenzaron a deshacerse.

Los puentes desaparecieron.

Las plazas se transformaron en charcos.

Poco a poco, el océano reclamó todo aquello que había nacido de la arena.

Algunos espectadores sintieron tristeza.

Otros protestaron.

—¡Podría haberse conservado!

—¡Era una obra maestra!

Adrián no respondió.

Miraba las olas.

Una tras otra.

Pacientes.

Inevitables.

Al cabo de una hora no quedaba nada.

Ni una torre.

Ni una muralla.

Ni un dragón.

Solo playa.

Arena.

Mar.

Un niño que había contemplado la destrucción se acercó.

—¿No te da pena?

Adrián reflexionó unos segundos.

—¿Te da pena una puesta de sol?

—No.

—¿Por qué?

—Porque mañana habrá otra.

Adrián asintió.

—Exactamente.

Pasaron los años.

Su fama creció.

Museos y galerías le ofrecieron contratos.

Le propusieron reproducir sus obras en materiales permanentes.

Granito.

Acero.

Hormigón.

Él rechazó todas las ofertas.

Decía que aquello sería como disecar un pájaro para demostrar que había volado.

Continuó trabajando en las playas.

Cada amanecer comenzaba de nuevo.

Cada tarde el mar borraba su esfuerzo.

Y cada mañana siguiente volvía a empezar.

Cuando murió, una periodista escribió que había dejado muy pocas obras.

Se equivocaba.

Había dejado miles.

Simplemente ninguna seguía existiendo.

Pero quienes las habían contemplado las recordaban.

Las ciudades imposibles.

Los jardines de arena.

Las criaturas marinas nacidas junto al agua.

Y comprendían que tal vez Adrián había descubierto algo que muchos artistas olvidan:

que el arte no siempre consiste en vencer al tiempo.

A veces consiste en bailar con él.

Como una ola.

Como una nube.

Como una huella sobre la arena.

Hermosa precisamente porque sabemos que desaparecerá.


El último autorretrato

La habitación olía a óleo, a trementina y a tiempo.

Sobre una mesa se acumulaban pinceles endurecidos, tubos de pintura aplastados y bocetos que parecían restos arqueológicos de una vida imposible. En las paredes, cientos de rostros observaban en silencio. Algunos eran amantes. Otros, amigos. Otros, monstruos nacidos de la imaginación. Todos tenían algo de él.

Aquella mañana, sin embargo, Pablo Picasso decidió que ya no pintaría a nadie más.

Tenía noventa y un años. Las manos le temblaban ligeramente, pero los ojos seguían siendo los de un muchacho que acababa de descubrir el fuego.

Frente al caballete colocó un espejo.

Lo observó durante largo rato.

El reflejo devolvía una imagen extraña. No era el joven de Málaga que había llegado a París con hambre de gloria. Tampoco el artista que había revolucionado la pintura ni el hombre rodeado de admiradores.

Era simplemente un anciano.

Las arrugas surcaban su rostro como grietas en una tierra castigada por demasiados veranos. Los ojos, enormes, parecían contener todos los cuadros que había pintado y también aquellos que jamás llegarían a existir.

Tomó un pincel.

La primera línea fue rápida, casi agresiva.

Luego otra.

Y otra.

Mientras pintaba, los años comenzaron a desfilar detrás de él como fantasmas discretos.

Vio a su padre enseñándole a dibujar palomas.

Vio los cafés de París llenos de humo y discusiones.

Vio la tristeza azul de sus primeros cuadros.

Vio la furia de la guerra convertida en el rugido de Guernica.

Vio mujeres amadas y mujeres perdidas.

Vio amigos muertos.

Vio ciudades destruidas y reconstruidas.

Vio el siglo entero pasar ante sus ojos.

Pero el pincel no intentaba recordar. Intentaba comprender.

Durante horas trabajó sin descanso.

El rostro que aparecía en el lienzo no buscaba la belleza. Tampoco la gloria.

Era una cara desnuda de cualquier máscara.

Los ojos quedaron inmensos, abiertos como puertas hacia un territorio desconocido.

Había miedo en ellos.

Y también asombro.

Porque, después de toda una vida explorando el misterio de los demás, Picasso descubría que el mayor enigma seguía siendo él mismo.

Cuando terminó, el sol comenzaba a ponerse.

Se apartó unos pasos.

Contempló el cuadro.

Aquel anciano de mirada inquieta parecía estar observando algo situado más allá del espectador, más allá de la habitación, más allá incluso del tiempo.

Picasso sonrió.

Por primera vez no sintió deseos de corregir nada.

Apoyó el pincel sobre la mesa.

Luego volvió la vista hacia la ventana, donde la luz del atardecer teñía el cielo de naranja y violeta.

Comprendió que aquel no era un retrato del hombre que había sido.

Ni siquiera del hombre que era.

Era el retrato de alguien que estaba a punto de partir.

El lienzo quedó en silencio.

Los ojos pintados siguieron abiertos.

Vigilantes.

Como si supieran algo que el pintor todavía ignoraba.

Pocos meses después, Picasso murió.

Pero aquel último autorretrato permaneció allí, contemplando a quienes se acercaban a verlo.

Y todos los visitantes tenían la sensación de que el viejo maestro no les estaba mostrando su rostro.

Les estaba mostrando el suyo.

Porque en aquellos ojos inmensos no habitaba solamente Picasso.

Habitaba la pregunta que acompaña a todo ser humano desde el principio de los tiempos:

¿Quién eres cuando ya no queda nada por pintar, nada por conquistar y ninguna máscara detrás de la que esconderse?


José Miguel Trejo Morente es gallego de nacimiento, aunque criado entre Valencia y Cataluña. Su trayectoria versátil combina cocina, arte y literatura. Formado en cocina en el CDT de Valencia (Centro de Desarrollo Turístico), ha trabajado en hoteles y restaurantes de toda España, adquiriendo una sólida experiencia en distintos entornos gastronómicos. Paralelamente, ha trabajado como lector y redactor en la editorial Bompiani, aportando criterio literario y capacidad analítica. Se completa su faceta creativa con la publicación de cuentos en la revista digital Anceo.


Descubre más desde El Cuaderno

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

4 comments on “Tres relatos de José Miguel Trejo

  1. Miguel de la Guardia

    Muchas gracias, Jose Miguel, por esta trilogía del arte. Me da la impresión de que dominas hasta la frase en tus relatos que, siempre, dejan al lector pensando.
    Un fuerte abrazo

    • José Miguel Trejo

      Muchas gracias, Miguel. Tus palabras son un gran estímulo para seguir escribiendo. Me alegra saber que los relatos han dejado huella. Un fuerte abrazo.

  2. Enrique Martinez

    Escritura limpia que transmite sin rodeos, directo y al grano, gracias por la sencillez.

    • José Miguel Trejo

      Gracias por tu comentario. Intento escribir con la mayor honestidad posible. Si esa sencillez logra transmitir, siento que el relato ha encontrado su voz.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde El Cuaderno

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo