/ por Antonio Monterrubio /
La noche, la oscuridad y el color negro gozan de mala fama desde el origen de los tiempos. Las tinieblas son metáfora, símbolo, alegoría o sinónimo de la muerte en múltiples idiomas y culturas. La magia negra es el hogar de todos los hechizos y abominaciones diabólicas. Tiempos oscuros son los años de plomo en que comunidades enteras deben permanecer sordas, ciegas y mudas si quieren subsistir. Esa encarnación del mal radical que es el Sauron de El señor de los anillos no podía recibir otro apodo que Señor oscuro. Ideas, sentimientos o deseos oscuros sugieren algo no solo oculto, escondido, sino potencialmente maligno.
Si el invierno es la gran metáfora de la decrepitud y la vejez, la noche lo es de la desaparición física para siempre jamás, como se puede observar en el elocuente documental de Alain Resnais Noche y niebla, rodado con material incautado a los nazis. El título es la traducción de Nacht und Nebel, el nombre del ignominioso decreto firmado en 1941 por el mariscal Keitel que normalizaba el asesinato de oponentes políticos, miembros de las resistencias en los diversos países ocupados e incluso prisioneros de guerra enemigos.
La historia de las connotaciones negativas de las tinieblas viene de lejos. Confluyen allí causas ontogénicas y filogénicas. Nuestros ancestros, sin modo alguno de alumbrarse durante generaciones y, más tarde, con medios muy precarios o deficientes, corrían incontables peligros en la lóbrega noche. Podían caer al abismo o al río, ser presa de las alimañas, a veces humanas, extraviarse y, en todo caso, sucumbir a espantosos terrores, justificados o no. Por eso numerosas culturas han considerado la llegada de la luna llena un instante sagrado, cuando la sombra es vencida y da paso a la claridad. De ahí también la curiosidad, casi el éxtasis, que provocan fenómenos como las lluvias de estrellas o las superlunas. En el niño, el miedo a la oscuridad se presenta en torno a los dos años y aumenta progresivamente hasta los cinco. Su motivación sería la constitución de un sistema de alerta ante situaciones donde nada es lo que parece, y en las que es necesario permanecer en guardia y buscar cobijo seguro.
Hoy, sin embargo, con el crepúsculo miles de luces se encienden ante nuestros ojos. Un estudio reciente señalaba que la Vía Láctea es invisible para el 80 % de los habitantes del planeta. La iluminación artificial ha irrumpido en la vida de los hombres, alterando su noción del tiempo. Es posible realizar en las horas más tardías y con un grado de seguridad razonable tareas que, hace pocas generaciones, eran inconcebibles. El derroche del alumbrado en grandes urbes, coquetas urbanizaciones o pueblos residenciales expulsa de nuestros vecindarios a la oscuridad nocturna. ¿Dónde están las noches de antaño? Apenas un siglo atrás, aún podía escribirse:
Nos queda […]
Oh, y la noche, y la noche, cuando el viento
lleno de espacio cósmico nos roe la cara:
¿Para quién no permanecería aquella, la anhelada
la tierra desengañadora, ahí, dolorosamente
próxima al corazón solitario. […]
No solamente las mañanas y los días
claros y suaves del verano […]
sino las noches altas, las noches de verano,
sino las estrellas, las estrellas de la tierra.
(Rilke: Elegías de Duino)
Estamos perdiendo los dones poéticos y sensitivos, emocionales e intelectuales de la noche. Las técnicas de iluminación, su teoría y práctica, progresan de día en día, pero la ciencia nos enseña la cara oculta de esta orgía de luces y colores. Están en peligro los beneficios que la penumbra aporta a los seres humanos y a numerosas especies animales y vegetales.
Una oscuridad vacilante provoca serias alteraciones de los ritmos circadianos, que nos permiten adaptarnos a las variaciones ambientales. Cuando se rompe o se dificulta su rutina, se favorece el desarrollo de patologías graves. Se interfiere también en la producción de glucocorticoides, fundamentales en la respuesta al estrés o los cambios de humor. Lo mismo sucede con la melatonina, que induce el comienzo del sueño y su tranquilidad. Pero aún se dan secuelas más devastadoras. La perversión de los ritmos circadianos tiene un papel clave en procesos biológicos como el envejecimiento y la proliferación o muerte de las células.
En cuanto a la privación de sueño, su efecto sobre el sistema nervioso central es demoledor. El descubrimiento del sistema glinfático y sus funciones ha otorgado todo su valor al sintagma sueño reparador. Es una vía periarterial de entrada del líquido cefalorraquídeo al parénquima, facilitando su interacción con el líquido intersticial. El intercambio entre ambos es regulado durante los periodos de sueño por la expansión y contracción del espacio extracelular. En otras palabras, sin sueño no hay paraíso, es decir, esa limpieza a fondo de las cloacas cerebrales, que deja al más noble de nuestros órganos como nuevo.
La noche pierde su encanto y su negro brillo cuando se disipa la esperanza de la aurora. Como en el juego del yin y del yang, en la noche habita una chispa del día y en él una pizca de ella. Si ambas partes se mantienen en equilibrio, la unidad del ser está preservada. El día necesita la reparación y salvación que la noche le brinda, y esta, el anhelo de un nuevo amanecer abierto a las infinitas oportunidades que entraña el simple hecho de existir.
La noche puede ser el país de todos los terrores, pero también un continente incógnito en espera de ser descubierto y explorado. Es el espacio sagrado de las confidencias en el que enamorados nacientes se miran fijamente a los ojos mientras se desvanecen las personas, las luces, los edificios y hasta el aire que les rodea. Todo puede ocurrir bajo el embrujo sin fin de la noche mágica. Es patria de amores because the night belongs to lovers, nos asegura Patti Smith, desde los precarios y efímeros que el viento se lleva por delante hasta los construidos sobre cimientos firmes, monumentos de grandeza que desafían el paso de los decenios sin que su gloria se empañe un ápice, aquellos en que almohadas y corazones permanecen unidos a lo largo de miles de noches y sus días.
Si dos se besan
el mundo cambia, encarnan los deseos
en las espaldas del esclavo, el mundo
es real y tangible. […]
por defender nuestra porción eterna
nuestra ración de tiempo y paraíso
tocar nuestra raíz y recobrarnos,
recobrar nuestra herencia arrebatada
por ladrones de vida hace mil siglos.
(Octavio Paz: Piedra de sol)
La oscuridad es asimismo el alto lugar de la clandestinidad. Propaganda prodemocrática, subversiva según la autoridad competente. Citas de seguridad. Pintadas y carteles para señalar que la conciencia justa y el sentido moral no están muertos.
Cuando oscurece, cuando nadie me ve
escribo tu nombre
en las paredes de mi ciudad
Tu nombre verdadero […]
yo te nombro, libertad.
Los versos que cantaba Nacha Guevara nos conmovían entonces y lo hacen hoy, cuando su necesidad vuelve a ser acuciante. Es el momento de las reuniones de amigos, de diálogos y debates, de efervescencia intelectual, de la soledad elegida, la reflexión reposada, la inspiración. Y, desde luego, el de la intimidad. Se viven descubrimientos y consolidaciones, se intercambian mentiras, verdades y secretos. Es tiempo de dones y promesas, de máscaras de falsario y almas transparentes, de contemplar las estrellas y la luna fase a fase, sumergirse en la vorágine de estrépito y neones o alejarse del mundanal ruido y buscar el manto protector de la oscuridad, en lo más hondo del bosque o en la orilla solitaria del río. Y si es con seres queridos, el cuerpo se relaja, la mente se serena, ánimo y ánima bailan juntos, nos sentimos en comunión con el universo entero.
La noche termina de cumplir su alta misión cuando el sueño reparador nos gana. Morfeo nos acuna mientras entramos en la etapa de adormecimiento, estado de somnolencia que dura unos diez minutos. Luego vendrán las fases de sueño ligero y profundo, la disminución del ritmo cardiaco y respiratorio, la relajación muscular. Y, por fin, la fase REM, donde el tronco cerebral bloquea las neuronas motoras, distendiendo al máximo la musculatura. El cerebro, en cambio, está muy dinámico, de modo similar al estado de vigilia, y las fases de sueño REM y no REM se alternan. En ese estado de sopor, el sistema reticular activador ascendente cuida de nosotros. Su función no solo es regular el ciclo del sueño o mantenernos en estado de vigilancia y alerta. También se relaciona con procesos cognitivos superiores como la atención y la concentración. El sueño nos deja, pues, en buenas manos. La red neuronal por defecto se encargará de preparar el encéfalo para la actividad consciente. Mañana será otro día.
Poco sé de la noche
pero la noche parece saber de mí
y más aún, me asiste como si me quisiera,
me cubre la conciencia con sus estrellas.
(Alejandra Pizarnik: La noche)

Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y reside en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Es autor de la trilogía La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas (Semuret, 2022), Al revés te lo digo (Trea, 2024), La primavera y el titán (Marciano Sonoro, 2024), El serano (Castilla Ediciones, 2025), Antígona vive (Chamán Ediciones, 2026), El tiempo en llamas y Una época formidable. Publica textos en El Cuaderno y escribe artículos en Nueva Tribuna, Nueva Revolución y Diario del Aire. Colabora con la revista El Viejo Topo.
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