Watercolor coastal inlet with rocky beach, distant islands, and cloudy sky
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Casi paisaje

Álvaro Valverde reseña 'Casi paisaje', el nuevo libro de Alberto Guirao (Cántico, 2025): del bus urbano a las islas griegas y a Vietnam, un viaje donde el lenguaje se fragmenta y lo cotidiano se sacraliza. Poesía que no pide entenderse: pide habitarse.

/ una reseña de Álvaro Valverde /

Alberto Guirao (Madrid, 1989) es licenciado en Periodismo por la Universidad Carlos III de Madrid y autor de la novela Llegarás a Danmara (Almuzara, 2024), Premio Fundación Antonio Gala.

Ha publicado los libros de poesía Ascensores (Fundación Centro de Poesía José Hierro, 2010), Los días mejor pensados (Ayuntamiento de San Sebastián de los Reyes, 2016) y Ulises X (Hiperión, 2020).

Ha obtenido el Premio Marcos R. Pavón de la Fundación Centro de Poesía José Hierro (2010), el Félix Grande (2016) y el València Nova de la Institución Alfonso el Magnánimo (2020).

Durante el curso 2013-2014 formó parte de la duodécima promoción de residentes de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores (Córdoba). También disfrutó de una beca en la Residencia de Estudiantes de Madrid (2017-2018).

En la actualidad, trabaja como profesor de Lengua Castellana y Literatura en un instituto y dirige talleres de escritura creativa.

Sus poemas figuran, entre otras, en la antología de Luna Miguel Tenían veinte años y estaban locos (Madrid, La Bella Varsovia, 2011), que es uno de los florilegios de referencia citados por Raúl Molina Gil y Álvaro López Fernández en el estudio preliminar de Un estallido. Antología de la poesía española (2000-2025), que ha publicado Cátedra, con gran estruendo, en su mítica colección Letras Hispánicas. Lo digo porque ni en esa ni en El tiempo está cambiando. Nueva poesía española, de Juan Marqués (Vandalia/Fundación José Manuel Lara), otra muestra reciente, figura Guirao. Ni él ni ningún poeta extremeño por cierto, siendo evidente que había nombres y, sobre todo, obras dignas de figurar en ambas selecciones. Nombres como este (que puede que no se ajustara a las normas de clasificación de los antólogos), con independencia, claro está, de su lugar de nacimiento, Madrid, y de su vinculación familiar con Plasencia. Sí, como diría aquel en su poética, tras nominar a numerosos poetas: «Somos demasiados».

Los profesores Molina Gil y López Fernández ―vuelvo al citado volumen― condensan el análisis del panorama español en torno a dos «derivas»: la vanguardista o experimental y la figurativa o realista, por más que señalen que hay una «vanguardización de lo figurativo y una figurativización de la vanguardia». En lo que a la poesía de Guirao se refiere, diría que participa más de la primera tendencia, pero que tal vez discurra ya hacia territorios menos radicales. Es obvio que lo experimental tiene su base en lo lingüístico, esto es, que el uso del lenguaje es decisivo. También en lo figurativo, por supuesto, pero sin el grado de «fragmentación, dislocación y reestructuración», por seguir a los citados antólogos, al que lo someten los vanguardistas.

Confieso que si ningún libro de Guirao aparece reseñado o comentado en Lecturas a poniente (donde agrupé las reseñas publicadas en el blog y en distintas revistas y suplementossobre obras de poetas extremeños desde 2005 hasta 2024)no fue debido a su falta de calidad, digamos, sea lo que eso sea cuando hablamos de poesía, sino por mis dificultades para trasladar a palabras mis lecturas. He leído sus libros, me han gustado, pero no fui capaz de llevar, insisto, esas lecturas al papel (esto es, al documento de Word correspondiente).

Hace poco comentaba el crítico Vicente Luis Mora en el muro de Facebook de Ferrer Lerín algo que me inquietó y me sigue preocupando: «La valoración de la poesía en España se debe a la falta de formación y de capacidad lectora de las personas que la ponderan. Estos tipos, casi siempre varones, que piensan: “Si yo no entiendo este texto, no puede ser bueno”. Pregúntate por qué no lo entiendes». Más allá de que se dé uno por aludido (¿seré un señoro sin saberlo?), y del tono (habitual en el medio académico universitario), ¿desde cuándo la poesía ha de entenderse? En mi caso ―y sin entrar en digresiones inútiles―, aunque me cueste abordarlas, o por eso mismo, nunca me he atrevido a descalificar las apuestas arriesgadas. No llego, y, por tanto, no alcanzo a disfrutar esa lectura a fondo, pero la respeto. Y callo. Sin negar que esa cerrazón me incomoda. ¿Buena, mala? No sé. Sí que lo que nos ocupa ahora merece el calificativo de poesía, y eso ―más allá de peregrinas consideraciones teóricas, más o menos afortunadas― es lo que de verdad importa.

De la poesía de Guirao ha dicho, con lucidez, Marina Casado: «En una época en la que el panorama poético se halla dominado por la explicitud, nos encontramos con esta poesía de Alberto, compleja e indescifrable en una primera lectura, que va desvelando sus matices y su esencia a medida que profundizamos en ella. Una poesía originalísima a cuyo significado se llega después de bucear largo rato por sus mares, y se trata de un significado que puede variar de un lector a otro».

Distingue la escritora y periodista madrileña tres características esenciales en ella: «la idea constante del viaje, la huida o el temor ante lo permanente», «la polifonía» y «la estructura dramática que a veces acerca los versos al género del teatro».

Destaca también que «la cotidianidad, que es analizada y desgranada en extremo, se espiritualiza, muy en la línea de la poética de Claudio Rodríguez, en la que asistimos a la sacralización de lo banal. Los versos de Alberto están cuajados de este trasvase constante entre lo sacro y lo profano».

Casi paisaje se publicó el año pasado en Cántico, una de esas «editoriales audaces» (como Ultramarinos, La Bella Varsovia, Kriller71, Isla Elefante, Sloper, etc.) mencionadas en la introducción de Un estallido. Un sello cordobés, por más señas.

Desde la bien elegida cita que abre el libro, de la italiana Antonella Anedda, la voluntad de transgresión aflora. La de evitar los caminos más trillados, quiero decir, ese continuum realista que viene dominando la poesía española del último siglo, excepciones mediante.

El libro se divide en tres secciones. La primera «Lo que es la libertad» se abre con una cita de Graham Greene (donde el novelista inglés se pregunta en francés qué es la libertad) y consta de cinco poemas sin título numerados en romano. Lo fragmentario, una característica de la modernidad poética del siglo XXI, según los estudiosos antes citados, está aquí muy presente, como la ironía (que a veces da en humor), otro signo de los tiempos que, me temo, afecta a algún siglo más. Unidad en la discontinuidad. Fragmentos a su imán, para decirlo con Lezama. Al fondo, la precariedad y la crisis, otro tópico poético del primer cuarto del XXI. Lo urbano y lo político: el materialismo. Todo en un extenso monólogo ―con modos de diario, entreverado de metapoesía― donde el poeta conversa consigo mismo en un intento de explicar lo que sucede. Tan inexplicable. Tan extraño. La vida.

La segunda, «Las islas de Marcel», treinta y un poemas numerados en árabe, se abre con citas de Sara Gallardo («a cualquier nombre propio llaman identidad») y Gonçalo M. Tavares («tienes que avanzar»). Ahí, un viaje. Algo más largo y lejano que el trayecto en bus de la primera parte. A las islas griegas. Y no un viaje al uso. No al menos narrado o poetizado como tal. Debe quedar claro de una vez que el lenguaje, y su problema (diría Robayna), está en la base de esta poesía. O que es su eje. Por eso nadie puede esperar, ya se dijo, lo previsible, ni siquiera a la hora de evocar un tour tan habitual como ese. Y pues que en Grecia estamos (estuvo Guirao), nada más lógico que jugar con la intertextualidad y dejar caer entre los versos propios un puñado de versos ajenos y no de cualquiera: Estesícoro (uno de los nueve poetas líricos clásicos), Arquíloco de Paros, Tirteo, Safo, Alceo, Simónides de Ceos, Mimnermo, Alcmán, Solón… Alegra al lector este florilegio de poetas griegos que tan bien casa con los versos que hablan del viaje, el turismo, las islas, los ferris, las playas, el buceo, la natación, Atenas, el Pireo, el tesoro de Delfos o la Acrópolis.

De nuevo, anotaciones de «este diario que escribes» (poema 26).

Si nos fijamos en la cita de Gallardo (y lo de la identidad), caeremos en la cuenta de que quien escribe estos poemas es Marcel Bochán, alter ego de Guirao, según la IA, lo que le permite otro juego: el del doble. El de ser y no ser. Juego que alterna con uno más: el de los homenajes literarios. Así, cuando dice: «… vendrá la muerte y tendrá un formulario» (y no «tus ojos», como escribió Cesare Pavese) o ese «Cuando Marcel Bochán se despertó» que remite tanto a Kafka como a Monterroso.

Esta es la parte central del libro, la más larga, y, para mi gusto, la más lograda. Llena de hallazgos como «¿Por qué el intenso / color de esta toalla reluce más real que el del pez?». O «¿Qué son / la vida y las vacaciones sino una logística / fuera de la muerte y de casa?». O «el animal turístico pasta junto a la espuma». O «¿Cuánto habrá que nadar para ahogar esta angustia?». O «Si el tiempo sonase, concluyes, sonaría igual que un tendido / eléctrico en medio del campo».

Sorprende, por ejemplo, la referencia a la tribu amazónica pirahã, con una lengua sin números que consta de ocho consonantes y tres vocales, «sin memoria ni literatura». O la irrupción de la guerra de Troya, que cantó el mencionado Estesícoro.

A pesar de estar lejos, Guirao, con Valente (no sé si a propósito), reivindica la noción de lugar por encima de la de país o patria: «Por lo demás, ¿qué significa país más que una palabra / para vestir los domingos a juego corbata y gayumbos. / Terrible / debe ser habitar un país. Más que patria, ya sabes, será el cerro que fue». Del placentino Valcorchero, por ejemplo.

Y tras la anécdota y la categoría, el toque humorístico y el irónico. Y un ritmo que no quiere imponerse pero que sabe acompañar, con su música, al que lee, ayudándose de una sintaxis que no deja de ser clave y fundamento de una escritura que se quiere distinta en tanto que única. Porque aspira a ser voz. Escrita en un español que no le hace ascos al inglés, de uso frecuente en expresiones y términos de actualidad o moda.

En la tercera sección, titulada «Las formas cuadradas y redondas del mundo», Guirao nos lleva a Vietnam. De Occidente a Oriente. La cita que la abre, hermosísima, es del poeta chino Si Kongtu (funcionario de la corte imperial en el periodo más tardío de la dinastía Tang [835-907], apodado por él mismo «Manifestación del sabio», «Maestro del error comprensible» y «Escolar en retiro que puede soportar insultos»): «¡ojalá tu camino apunte siempre más allá! / pero demórate en los senderos ocultos, retirados».

La poesía se adelgaza, se abrevia. La concisión es ley. Su aire torna, como el paisaje, oriental. Más cerca del haiku que del epigrama. Diría que estamos ante un diario de viaje de nuevo. Ante anotaciones escuetas tomadas, o eso parece, rápidamente. Más apunte del natural que elaborada acuarela. Todo es ligereza, precisión. Síntesis.

Leemos: «Siglos preparándonos / para acoger / o habitar». «Tú también, ahora eres / casi paisaje». «Inmóvil, un ave / en la cima, quizás / en el centro de qué». «Aquí el aire es un peine». Y uno se pregunta: ¿Se puede ser más genuinamente oriental? Como cuando dice: «Es un silencio // sobre otro silencio», que fija al cabo una poética. El observador ―todo poeta verdadero lo es― anota: «¿Cómo vas a conservar / tantas imágenes? ¿Cómo / te van a conservar?».

Se cierra el libro con un epílogo: «El rocío empapa las mangas de San Juan». Un broche perfecto. Protagonista: «la efímera cigarra» del poema anónimo del que toma la cita. «Tu animal favorito». La dicción es aquí mucho más clásica. Seis estrofas que remata un verso de Juan de Yepes, de su Noche oscura del alma: «Estando ya mi casa sosegada». Un precioso y sutil poema de amor.

Puede que no le falte razón a Marina Casado cuando afirma que la poesía de Guirao es «compleja e indescifrable en una primera lectura»; con todo, mi experiencia con esta cuarta entrega del poeta placentino de Madrid ha sido completamente distinta a las anteriores. Más satisfactoria. Por más consciente, tal vez. Llegan tantos libros a nuestras manos… Este, ahora lo sé, no debería pasar desapercibido.


Casi paisaje
Alberto Guirao
Cántico, 2025
94 páginas
14,95 €

Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) ha publicado, entre otros, los libros de poesía Las aguas detenidas, Una oculta razón (Premio Loewe), A debida distancia, Plasencias, Ensayando círculos, Mecánica terrestre, Desde fuera, Más allá, Tánger, El cuarto del siroco (Premio «Meléndez Valdés» de la crítica) y Sobre el azar del mapa. Es autor de las novelas Las murallas del mundo y Alguien que no existe, del libro de artículos El lector invisible, del de crítica literaria Lecturas a poniente: poesía en Extremadura, 2005-2024, del de viajes Lejos de aquí y del de diarios Porque olvido: diario 2005-2019. También de Extremamour,  en colaboración con el fotógrafo suizo Patrice Schreyer. Sus poemas figuran en las antologías Un centro fugitivo (con selección y prólogo de Jordi Doce, con quien codirige la colección Voces sin tiempo de la Fundación Ortega Muñoz), Álvaro Valverde: antología poética (1985-2015) (con ilustraciones de Esteban Navarro) y Meditaciones del lugar (con selección y prólogo de José Muñoz Millanes). En la actualidad, es crítico de poesía de El Cultural y colabora con asiduidad en otras revistas literarias. Desde 2005, edita un blog. Su web es www.alvarovalverde.es.


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