Desert camp beneath ancient ruins surrounded by sand dunes at dusk
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La cosa en sí

Un nieto hereda una compañía que vende teléfonos vacíos en el Sahel y viaja al desierto para liquidarla: espejismos, bandidos, un músico que come ropa y una prosperidad hecha de nada. Un relato de José Manuel Ferrández Verdú.

/ un relato de José Manuel Ferrández Verdú /

Se levantó con dificultad y agarró de nuevo el mueble que había pertenecido a su abuelo.

—Esta mesa nos va a matar.

Un rato después aquel armatoste, en cuyos cajones dormían recuerdos inútiles, era depositado en una habitación grande desde cuyo balcón se veían los huertos y las palmeras perderse a lo lejos como un mar verde…

—Habría que quemarla.

Se quitaron el polvo con las manos. Había llegado el verano y las avispas histéricas zumbaban alrededor del agua. Luego bajaron al portal de la casa para beber agua fresca de un botijo colgado de un clavo sobre la pared blanca del umbral.

—Hoy no vamos a mover nada más.

Alguien, mientras tanto, había atravesado la puerta de la verja exterior y fue hasta donde estaban ellos. Vestía un traje color tierra y un sombrero blanco que se quitó dejando su cabeza expuesta al sol de junio. Saludó con un gesto.

—¿Es esta la casa de Jonás del Valle? —preguntó en un castellano de Palermo.

—La misma —dijo el más joven.

—Mi nombre es Beltrami.

Beltrami contó la historia de Jonás del Valle y de los negocios que había emprendido hacía mucho tiempo en el norte de África. Negocios que estaban ya olvidados, y era muy difícil pensar en ellos después de varias décadas de darlos por extinguidos.

Este estado de cosas dio comienzo cuando Jonás, ya anciano, se negó a recibir, sin motivo aparente, a los moros que de vez en cuando llegaban desde la otra orilla del mar para ponerle al corriente de sus intereses en aquellos tórridos países.

El negarse a recibirlos fue atribuido a los síntomas de una enfermedad que no tardaría en arruinar su vida. Los emisarios esperaban durante semanas a veces. Luego se iban y no volvía a saberse de ellos. El viejo comerciante envió a un hombre de su confianza para vender sus propiedades y transferir el dinero a través de un banco que tenía una oficina en el desierto. Dicho emisario, demostrando una sólida ineptitud, desapareció del mapa. Luego se supo que, confundido con un espía, había sido deportado a Goa, donde se le recluyó en un campo de concentración. Al cabo de dos meses logró demostrar su inocencia y el sujeto, un hombre voluble y libertino que había ganado la confianza de la familia con trucos vulgares, fue puesto en libertad. De pronto se encontró en el trópico, sin dinero y abandonado a las influencias de un continente incomprensible.

De la colonia portuguesa se fue a Calcuta, donde el calor y el contacto con las aguas místicas y podridas del río Brahma despertaron en él un ardor religioso imprevisible. Se entregó a meditaciones que lo trastornaron. Cayó en brazos de una prostituta sagrada que lo contaminó de budismo. En compañía de la mujer permaneció junto al río, rapado y alimentándose de barro y de residuos de buey. En el verano de 1945 los amantes desaparecieron en el transcurso de un ciclón.

Jonás del Valle había sido un hábil comerciante que nació en algún lugar de los Cárpatos, en el seno de una antigua familia sefardita. Con el tiempo se convirtió en el dueño de una fábrica de teléfonos. Negocio que se vino abajo cuando un periódico sin escrúpulos publicó que el interior de aquellos artefactos no escondía mecanismo alguno, ni siquiera rudimentario. Estaban completamente vacíos, cáscara pura, según los asombrados titulares.

La calumnia es hija de la credulidad. La prensa también. Por entonces las noticias empezaron a tener éxito. Cada novedad ganaba la fe de los lectores y los persuadía. Estos, confiados y crédulos más en el papel impreso que en sus propios oídos, dejaron de hablar a través de aquellos teléfonos infames, temerosos de estar haciendo alguna barbaridad.

El autor de los vituperados teléfonos inició un pleito con el fin de desenmascarar a sus acusadores y restablecer la verdad, pero las pruebas eran irrefutables. Los teléfonos no contenían sino débiles números sin conexión con la realidad. Eran solo apariencia. Jonás del Valle fue condenado al destierro y sus bienes confiscados. Al parecer, alguien de su confianza le había engañado, pero no logró averiguar quién.

Antes de salir del país, el intrépido hombre de negocios logró apoderarse de una buena porción de teléfonos huecos. Marchó a Egipto y después al desierto, donde inició un próspero negocio con los nómadas.

No tardó en hacer de nuevo una considerable fortuna. Muchos bereberes y nómadas compraban sus aparatos sin saber para qué. Los convenció de que eran útiles, dándoles razones no siempre razonables.

Cruzó de nuevo el mar y se afincó en el sur de la península Ibérica, donde compró una casa en medio de un mar de naranjos y palmeras. Pero no hizo este viaje sin que el calificativo de impostor fuera pisándole los talones.

Antes de un año había regresado de nuevo al confín de aquellas tierras con la intención de asentarse y fundar un sólido comercio. Cosa que logró a pesar de que tanto ingleses como franceses, envidiosos del éxito, habían aireado una campaña para desacreditarlo.

Sin embargo, el negocio floreció en medio del asombro de los más escépticos. No solo en las zonas pantanosas sino entre los hombres del desierto se extendió la costumbre y esos utensilios inútiles fueron considerados necesarios, y ocuparon un lugar en las tiendas de los hombres azules, así llamados por el color del cielo al que miran de mañana y de tarde.

—Dígale a ese Beltrami que se vaya, Agustín —dijo la anciana.

—Pero, señora…

—Nada de peros. No quiero oír hablar de África. Para mí ese continente no existe.

—Puede que sea algo importante.

Mi madre no quiso recibirlo, pero yo sí. Tenía curiosidad por oír la historia de Beltrami.

—Mis predecesores no fueron recibidos por su abuelo —comenzó Beltrami— y tuvieron que hablar con la hija. Ahora ella se niega a recibirme.

—Puede que después de escucharle a mí tampoco me guste lo que diga.

—Puede ser. Su abuelo envió a un propio para liquidar una compañía que no debió existir nunca. Pero el hombre fue incapaz de terminar de hacerlo por motivos desconocidos. Si lo hubiera hecho, yo no estaría aquí…

—Prosiga.

—Después de poner en marcha la maquinaria de su fraudulenta industria, se retiró. Ignoro si sentía alguna clase de remordimiento o si fue el cansancio lo que lo llevó a encerrarse y no querer ver a nadie. Pero en ausencia de una dirección atenta los negocios prosperaron más de lo previsto. Se importaron miles de aparatos desde las fábricas de Hungría y Eslovenia que originaron un caos comercial. Quien tenía el derecho para hacerse cargo no quiso hacerlo y lo abandonó todo a su suerte…

—Me parece raro.

—Bueno, la cosa podría seguir así mucho tiempo.

Era Beltrami un hombre en apariencia de poco carácter, aunque parecía ocultar una oscura tenacidad, algo así como una inercia moral que le permitiría continuar hasta el final cualquier cosa que no fuera demasiado vasta o compleja. De estatura mediana y rasgos imprecisos, poseía el aire de no ser de ninguna parte y de haberse criado en alguna gran ciudad fronteriza, donde el cruce y la confusión de culturas, razas y credos producen seres indefinidos y ambiguos, de gran capacidad comercial y diplomática. Se sentía involucrado en todo aquello…

A veces la ausencia de un mal administrador es preferible a la presencia de uno bueno, y esto debió pasar en el caso de la compañía Bartuso S. L. de Comunicaciones, que ahora era propietaria de muchas sucursales y depósitos.

En cuanto a Beltrami, su función en la compañía consistía en tomar nota de las iniciativas que surgían espontáneamente en medio del confuso barullo de personas, edificios, clientes, familias, ambiciones, oportunidades y conflictos que funcionaban como un enjambre o una bandada en que el conjunto mueve a cada parte y todas están como sumidas en el único movimiento global y misterioso.

Sin saber cómo, la compañía había llegado a poseer miles de empleados que de un modo u otro confiaban en la existencia de sus instalaciones antes que en sus jefes y tenían puestos sus ojos en la Casa Grande, como llamaban a un gran almacén situado en medio de la nada, hacia donde señalaban a través del horizonte para indicar el lugar donde alguien debería estar al tanto de todo lo que hiciesen, sabiéndose inmersos de tal modo en una indeterminada pero indiscutible comunidad, en una red de intereses poco claros.

Beltrami había contemplado, sin dar crédito a sus ojos, la prosperidad desenfrenada de un negocio que su creador abandonó al azar de las circunstancias de un continente gobernado por la incertidumbre. Había meditado mucho la decisión de venir. Al final sentía un hormigueo en la conciencia cada vez que se enteraba de que una nueva tienda había sido inaugurada con celebraciones en tal o cual sitio. Le habría gustado que no hicieran mucho ruido. Cuando no aguantó más se sumó a una caravana hacia Tánger, de donde pasó a la península.

—¿Y qué quiere que hagamos nosotros? —dije—. De lo que me ha contado se desprende que ese tinglado irá tanto mejor cuanto menos metamos la cuchara en él. No es justo estorbar lo que prospera por sí mismo.

—Pero sin propósito ni dirección, errático. Ninguna ambición lo guía, ningún instinto o visión por delirante que sea. Allí falta alguien que tome las riendas.

—Yo no pienso así, se mire como se mire. ¿Qué tiene eso de malo? Además, mi madre no quiere ni oír hablar de eso.

—No hace falta contar con su madre. Usted puede, si quiere, ser el jefe. Venga allí y que todos lo vean.

—Lo pensaré.

Beltrami dijo que estaría cerca y volvería en una semana. Pero no regresó. Yo continué con lo mío. Su figura se desdibujó en mi memoria y llegué a olvidarlo.

No le dije a mi madre que había hablado con Beltrami, pero un día me dijo:

—Vete a África.

—¿Para qué?

—Ya está bien de vivir a mi costa. Ocúpate de lo tuyo y no vuelvas hasta que no vendas la compañía. Es tu herencia.

—¿Qué herencia? Allí no queda nada nuestro.

—Aun así debes ir.

El viaje era largo. La zona a donde iba estaba en el Sahel.

Durante semanas nos habituamos a las duras condiciones de vida lejos de la civilización: dormir en el suelo, comer carne salvaje, contemplar horizontes muy bonitos y cosas así. Me acompañaba Agustín, hombre fornido que pasó la guerra en Marruecos y conocía palabras bereberes. En Sufrach alquilamos unos brazos. En sus tabernas escuchó Agustín a hombres de negro hablar de una casa roja enorme en una zona aislada y nos metimos en el desierto.

Después de tres semanas de marcha llegamos al pie de la cordillera donde nos detuvimos a descansar. Cuando nos íbamos apareció un grupo de jinetes al frente del cual iba una momia de más de cien años. El jefe nos enseñó un reloj con siete divisiones.

Bajo su tienda hablamos del reloj y otras cosas.

—No es el tiempo lo que mide —dijo—, sino otra cosa.

—¿Qué otra cosa? —pregunté.

Uno de los bandidos hizo un gesto amenazador con la mano en el puño de su daga, pero el jefe lo retuvo con autoridad y le amonestó en su lengua.

Protegidos por la cortesía y hospitalidad del afable bandolero nos sentamos sobre alfombras de lino. Uno de ellos era una mujer joven de piel oscura que con una jarra de cobre nos sirvió aguardiente de cactus, del cual bebimos en abundancia. Era la mujer del jefe. En medio pusieron un taburete sobre el cual dejaron un viejo teléfono. El jefe habló con los ojos cerrados y en voz baja, como en un susurro. Después fue retirado.

—¿Qué buscáis? —preguntó mientras encendía una pipa de grifa.

—Somos españoles —dije en tosco francés. El anciano movió la cabeza en señal de duelo—. Mi abuelo estuvo aquí haciendo negocios. —Le mostré una vieja fotografía de mi abuelo con uno de sus teléfonos. El musulmán pareció reconocer al hombre de la fotografía. La mostró a los suyos y les habló señalando al sujeto que aparecía en ella, en árabe. Ellos me miraron y miraron la foto varias veces. Al fin se echaron a reír escandalosamente.

—Yo conocí a tu abuelo. Primero fui su enemigo. Más tarde su amigo. Y después su enemigo. Le compré treinta y seis en el treinta y siete y treinta y ocho en el treinta y nueve. Para mis parientes. Luego vinieron años tristes y tuve que honrar al desierto. Estudié las escrituras y el sol. Luego estudié los lagartos, las montañas y la luna. Estudié la astronomía legendaria y los relojes. Acabados mis estudios viajé a La Meca, donde canté a Salomón. El músico que dirigía mis oraciones me llevó a una mezquita donde un toro azul estaba pintado sobre una pirámide negra y alrededor de ella corría el agua por canalones. Varios músicos estaban mirando y daban vueltas alrededor de la pirámide. Yo metí mi abrasado pie en un canalón y el agua fresca me socorrió, pero uno de los teólogos se fijó en mí y me maldijo con seis palabras. Aborrecí al músico, quien para apaciguar mi cólera me dio el reloj. Quise venderlo en un bazar de Antioquia, pero solo me ofrecieron rupias de polvo. Me dijeron que ese reloj era una trampa. Esto me produjo repugnancia e irritación. Recogí algunos dátiles de la palmera de uno de mis mejores sobrinos y me alejé de la hipocresía.

El humo de las pipas comenzaba a cerrarnos los ojos. La mujer encendió incienso para resucitarnos.

Creí que el jefe daba por terminada su historia. Entonces perdí el conocimiento. Al despertar por la mañana los bandidos se habían ido y con ellos la tienda que nos tapaba el sol. Continuamos nuestro viaje y después de diez o doce días de camino divisamos a lo lejos una sombra de forma regular. A medida que nos acercábamos la construcción se hacía mayor. De piedra rojiza, cuadrada, sin ventanas excepto una muy pequeña y rectangular. Su pared lateral no mediría menos de cien metros y tenía una altura no inferior a quince. El edificio estaba construido junto a una higuera gigante que por su aspecto debía estar allí más de mil años. Sus ramas llegaban al cielo.

No había nada más por los alrededores, ni casas ni rastro de vida humana o animal. Solo el almacén, el colosal árbol y algunos arbustos.

El sol azotaba la pedregosa llanura con agobiante rigor.

Era mediodía cuando llegamos. En su fachada había una puerta y un ventanuco junto al tejado.

Montamos el campamento bajo el árbol al abrigo de los rayos endemoniados del sol. Nada ni nadie nos interrumpió. Aquella construcción gigantesca en mitad del desierto tampoco parecía albergar a mucha gente, a juzgar por el silencio que reinaba alrededor.

Recorrimos todo el perímetro de la obra. ¿A quién podría ocurrírsele una edificación tan notable en sitio tan desolado? Los muros eran en su base de sillares regulares y en toda su longitud apenas mostraban orificios o grietas que alterasen la monotonía de las monumentales paredes.

Empujé la puerta y se abrió. Entramos sin saber lo que íbamos a encontrar. Por dentro era tan impresionante como por fuera. El piso era de losas de piedra irregulares. El techo poseía pequeños agujeros por donde entraba la luz. No había nada. Las paredes mostraban la piedra desnuda y la roja tierra. En algunos puntos había dibujos y manchas. El ambiente era fresco y agradable.

—Caramba —dijo mi compañero.

Al fondo había una especie de cuartucho con una ventana interior. Todo lo demás era penumbra.

Una voz irrumpió de pronto. Era de mujer y parecía salir del habitáculo adosado a la pared del fondo.

—Allí hay alguien —dije, y se encendió una luz dentro de la habitación—. Vayamos.

Caminamos a lo largo del recinto hacia el fondo. Cerca de la mitad de su extensión casi nos tropezamos con algo que resultó ser un teléfono…

Al llegar junto al cuarto vimos una puerta de vidrio lateral. Dentro no se escuchaba ahora ninguna voz. Se habría acallado seguramente al oír nuestros pasos. Golpeé suavemente el cristal y alguien desde dentro nos invitó a pasar.

—¡Adelante!

La habitación era mayor de lo que parecía. Había alguna estantería con libros y archivadores, una cama turca, un armario con trofeos y dos o tres mesas llenas de fotografías y otros objetos. Detrás de una mesa de despacho de caoba se hallaba la dueña de la voz: una mujer de rostro atractivo, cabello oscuro, que vestía como un hombre, botas de caña alta, pantalones de hilo y una camisa con bolsillos un poco desabotonada. Tendría unos cuarenta años y un aire desenvuelto y natural.

—Siéntense, me alegro de su llegada. En realidad me alegro de cualquier visita porque, como pueden suponer, por aquí no viene mucha gente. ¿Con quién tengo el gusto de hablar?

—Yo soy Filomelo del Valle y este es mi amigo Agustín de Santacruz y Paradoja, capitán de legionarios.

—Muy bien —dijo—. Mi nombre es Rosana. Soy la encargada de este depósito. —Se nos quedó mirando como si esperase alguna explicación—. Y bien, ustedes dirán.

Yo no sabía qué decir. Después de un larguísimo viaje habíamos llegado hasta aquel lugar absurdo, frente a aquella mujer solitaria…

—Mi abuelo fundó esta compañía —dije, y la mujer me miró fríamente; tal vez había dicho alguna inconveniencia.

—Comprendo —dijo—. Su abuelo fue un hombre emprendedor.

—No solo emprendedor —corregí para salir del paso—, sino temerario y hasta audaz.

—No cabe duda de ello.

—Un auténtico pionero —intervino Agustín.

—Sí, así es.

—La verdad es que yo no deseaba hacer este viaje —dije excusándome por haber llegado con la intención de hacerme con el negocio y liquidarlo—. Si he venido es por pura curiosidad… En realidad pretendo vender la compañía. Beltrami nos ha puesto al corriente de todo. Parece ser que usted es la que dirige ahora todo esto…

—Trato de hacerlo, aunque no cuento con demasiada colaboración.

—Si me permite —dije cortés—, puede contar con nuestra ayuda en adelante y mientras estemos aquí. Desearía conocer un poco más la compañía que usted dirige.

La mujer se levantó del sillón y fue hasta un armario de donde sacó algunos vasos y una botella de coñac.

—¿Quieren un coñac, o prefieren otra cosa? —preguntó.

—Coñac —dijo Agustín y nos sirvió a ambos.

—Beltrami insistió en que viniera… —dije.

—Beltrami es muy persuasivo —dijo ella.

—A mí no me seducía mucho la idea de venir, pero, claro, como se trata de algo de la familia…

—Ya —dijo Rosana.

Instalamos provisionalmente nuestro campamento bajo el árbol. Pagué a los porteadores y los despedí. Aunque no tenía interés en pasar demasiado tiempo en un lugar inhóspito y fuera del mundo. Durante el día el calor nos obligaba a refugiarnos en el almacén. Al anochecer dábamos un paseo por los alrededores y luego cenábamos.

Después de cenar era frecuente que sostuviéramos alguna conversación acerca de los pormenores del día, o bien comentábamos los detalles del negocio, en los cuales Rosana nos iba introduciendo con datos y algunos mapas.

Rosana era una mujer tenaz. Con su esfuerzo había llegado hasta aquella posición.

Una tarde fuimos andando hasta que se nos agotó el agua. Entonces decidimos volver.

Debíamos atravesar un terreno de cañas alrededor de una charca. Ella se metió en el agua. Nosotros también. El agua estaba templada y disfrutamos del baño como si hubiera sido el primero del mundo.

Al salir, la ropa había desaparecido.

—Esto es obra del maestro —dijo Rosana.

—¿Quién es el maestro?

—Un músico. Solo se alimenta de ropa vieja cocida.

—¿Un músico?

—Sí.

—¿Qué clase de músico? —pregunté.

—Un músico loco. Su cueva no está lejos. Será mejor que vayamos allí.

Cubiertos por hojas de caña nos encaminamos hacia un collado acribillado de agujeros, algunos de los cuales eran lo suficientemente grandes como para permitir la entrada de un músico loco.

—Aquí hubo un poblado. En una de esas cuevas vive el maestro.

Rosana estaba en lo cierto. En la más grande se había instalado aquel hombre. Tenía algunos muebles de madera, incluso una mesa con sillas y velas de sebo para iluminarse. En el momento de entrar nosotros se disponía a merendarse un par de corbatas al vapor que vaya usted a saber de dónde sacó.

Le pedimos que nos devolviera la ropa, que había colgado en uno de sus armarios, detalle este que nos agradó.

—Puede que esto les parezca raro —dijo—, pero piensen que aquí hay pocas oportunidades de comer otra cosa.

—No es necesario que lo explique —dije—. Por nosotros no se preocupe.

—Aparte de eso —dijo Rosana—, es mi colaborador; confío en su experiencia como vendedor de adornos.

—¿De adornos?

—Y de objetos raros. He vendido astrolabios, preseas, costumbres, en casi toda Asia. También he vendido relojes neutros.

Rosana le explicó quiénes éramos y él sacó un raro instrumento y durante casi una hora demostró sus habilidades con aquella cosa.

—Hay mucho que hacer todavía —dijo—, y es necesario emprender acciones enérgicas si queremos posicionarnos.

Se había hecho de noche. Las velas de sebo daban una luz trémula y proyectaban sombras sobre las paredes de la cueva.

Nos vimos obligados a pasar la noche allí pues era imposible regresar completamente a oscuras, no había luna, y el riesgo de perderse era grande.

Antes de dormir el maestro hizo sonar de nuevo el instrumento, y su música provocó sueños tan disparatados que al día siguiente me levanté lleno de miedos indescriptibles. Afortunadamente, dichos temores se disiparon con la salida del sol.

Al regresar no vimos signos de que nada anormal sucediera. Había algunos chacales merodeando a cierta distancia, pero no eran ninguna novedad. Nuestro campamento seguía igual que lo dejamos. La puerta de madera estaba cerrada, pero al tocarla apenas se abrió sola.

Entonces vimos lo que sucedía allí dentro. En medio de la penumbra nuestros ojos solo distinguían las sombras, como manchas oscuras, moviéndose en un escenario de luces difusas y tenues. Las manchas eran ágiles, daban saltos, mudas como fantasmas de barro. Una de ellas subió tanto que un rayo la iluminó y nos fue dado verla en todo su horror. Había sido un hombre, seguramente, en alguna oscura época anterior. Todavía quedaban rastros de cabello. Se quedó pegada al techo y produjo cierto rumor colérico. Luego se dejó caer siendo engullida por el tumulto. Se amontonaron las tinieblas saltarinas y nuestros ojos se acomodaron a la semioscuridad. Del flujo de las bestias surgió un indescriptible hedor e íbamos a echar a correr cuando por un lado del oscuro recinto apareció Beltrami, pintado y vestido como un rey salvaje. Sobre la cabeza le habían puesto una máscara y sus brazos consentían adornos asquerosos. Nos hizo una señal para que le siguiéramos y nos dirigimos hacia el despacho del fondo, yendo siempre pegados a la pared. Una vez allí Beltrami se derrumbó sobre la cama turca. Estaba agotado.

—No sé cómo ha podido ocurrir, lo siento.

De vez en cuando mirábamos a través de la ventana interior. Aquellos chicos seguían allí.

—Hay más de quinientos —calculó Agustín en un alarde de imaginación. Solo se escuchaba un ligero murmullo y de vez en cuando un chasquido leve.

—Tenemos que recuperar el teléfono; están encima de él y es el último. —Me miró a mí.

—Ni hablar —dije—. No me metería ahí dentro ni aunque me invitaran a almorzar.

—Sin embargo, hay que hacerlo, ¿no es así? —Y miró a Beltrami, el cual ensayó una sonrisa agónica.

—Me temo que tendrá que ser usted —dijo Agustín dirigiéndose a mí, que le devolví la mirada más rencorosa de que fui capaz.

Tomé una pistola del armario y verifiqué las doce balas. Luego salí de la habitación. Al verme se quedaron quietos algunos demonios. Disparé varias veces hacia ellos y solo conseguí que se mostrasen más irritados. Me acerqué a la pared y avancé a lo largo de ella hasta hallarme a la altura del teléfono. Entonces vacié el cargador y se hizo un hueco. Había cierta confusión entre ellos. Corrí hasta el aparato y descolgué el auricular; un grito horrible salió de allí y me desperté sudando.

Estábamos en la cueva del músico todavía. Rosana y Agustín dormían en sendos catres junto al mío. El maestro había desaparecido.

—¿Vender la compañía? —dijo Rosana.

—A eso he venido; poseo algunos títulos. Mira.

Le mostré acciones rancias halladas en un viejo arcón. Mi abuelo se olvidó de quemarlas.

Ella examinó las escrituras.

—Parecen buenas. Sin embargo, no creo que sea el momento adecuado.

—Me da igual. Las pondré en venta por lo que me den. Solo quiero desprenderme de ellas y regresar —le dije. Cenábamos. Ella bebió vino y Agustín volvió a llenarle la copa.

—Conozco a alguien que podría.

—Mañana iremos a verlo.

La noche era fresca. Había luna llena y el gigantesco ficus parecía querer abrazarla con sus ramas. No quise resistir la tentación de dar un paseo por los alrededores, solo, y respirar el límpido aire del desierto por la noche…

En el cielo brillaba un montón de estrellas. Caminé varios cientos de metros hasta llegar a una región de dunas. La quietud era tan profunda que me produjo cierta embriaguez. El aire era frío y transparente en extremo. Las formas confusas y negras cedían ante el brillo pálido y elemental. Un fantasmal laberinto de arena y de silencio. Subí y volví a bajar un número incontable de veces hasta caer agotado sobre la cima de una altísima duna. Temía estar extraviado y quise volver sin ir más lejos. La confusión me había atrapado. Pensé en el agente que muchos años atrás vino a liquidar la empresa y fue engullido por el desierto. Ahora me devoraría si no me tomaba en serio lo de volver. Un trabajo que exigiría poner los cinco sentidos. Fui de un lado para otro. El silencio se había endurecido.

Estaba en el fondo de una hondonada entre dos dunas. Quise recordar en qué lugar exacto del campamento había dejado la brújula y en qué momento olvidé llevármela. «Esperaré a la salida del sol y así podré orientarme y salir de aquí», me dije. Creía haber caminado hacia occidente; por lo tanto, tan solo debería ir en busca del amanecer. El frío se había hecho intenso. Busqué refugio entre unos matorrales y me recosté contra ellos… Una frágil brisa anunció la proximidad del día. Pero estaba agotado y me dormí. Al despertar el sol había ascendido un buen tramo sobre el horizonte. Pero alrededor de mí solo había montañas de arena. Me puse en camino. «No tardaré en ver el árbol», pensaba. «No puedo andar muy lejos». El fresco de la mañana me invitaba a la marcha. Hubiera cambiado todas mis posesiones en África por un café cargado. «¿Qué hago yo aquí?», me dije. «Perdido en este lugar olvidado por el destino al que la más absurda codicia me ha traído a perderme. Nunca debí abandonar la felicidad de mis libros, con los que tenía suficientes satisfacciones y no deseaba nada más. ¿Qué locura me ha traído a este arenal, si ni siquiera sé si voy a poder vender la estúpida compañía?». Las noticias de Beltrami hablaban de una prosperidad que no aparecía por ninguna parte y en su lugar tan solo vimos desolación y vacío.

Pensamientos como estos fueron llenándome de amargura y pesadumbre. Había andado una buena distancia y no divisaba sino arena y un cielo cada vez más amenazador. Alcancé una sombra en la parte occidental de una gigantesca duna y me eché a descansar. No tenía casi fuerzas. «Antes del mediodía tengo que estar en el almacén; de lo contrario, estaré perdido», me dije. Y reanudé la marcha. Iba despacio. La sed me atenazaba. No pude avanzar ni un centenar de metros antes de caer agotado a merced de la arena.

Al caer me golpeé la cabeza con un objeto duro, enterrado e invisible. Un viejo libro que saqué con asombro y medio aturdido. DIARIO. Esta era la palabra que figuraba escrita en la cubierta de piel muy dura.

Entonces levanté la vista y a lo lejos divisé una sombra tenue. Tambaleándome corrí hacia el árbol. Aquel libro me había librado de la muerte.

Casi todos los diarios encierran un secreto. Quien no tiene nada que ocultar rara vez se hace a sí mismo esa clase de confidencias. A no ser que lo escriba para la publicación, con intenciones literarias. Comencé la lectura de aquel con agradecimiento, casi como un deber. Su hallazgo me depositaba entre los vivos al tiempo que el libro se desenterraba a sí mismo y lograba un lector. Era un favor mutuo y su lectura era el pago por mi vida.

En todo el diario solo había frases estúpidas como estas:

Hoy ha refrescado.

Los días son lentos.

Casi eternos.

Los nómadas no tienen prisa. Se demoran. No corren.

Todo ha de cumplirse. Formar una caravana no es solo una actividad. También conviene a Alá.

La carga de un camello no se basa solo en principios físicos, sino filosóficos o litúrgicos.

Esto, que a primera vista parece descabellado para una mente occidental, tiene una lógica misteriosa. Pero a veces llevan sus escrúpulos hasta el delirio.

Un oasis al fin. Necesitaba ver otra cosa que no fueran montañas, rocas y desfiladeros de piedra.

Se han echado sobre la tierra. Han levantado el campamento como para pasar aquí noventa generaciones.

Me iré en cuanto pasen dos días, ni uno más.

No me moveré de este lugar.

El paraíso debe de ser parecido al desierto. Llevamos una semana andando y no me acostumbro.

Hoy es la Fiesta del Trabajo. ¡Menuda tontería! Esos comunistas están todos locos. Aquí me gustaría verlos, con toda esta arena, ¡ponerse a trabajar!

[…]

No tardamos en recibir a un enviado de alguien que quería comprar la compañía. Nos dijo que nos llevaría hasta su jefe y le seguimos Agustín y yo. Rosana se quedó al frente de la oficina.

Durante varios días seguimos un camino que atravesaba las colinas. Luego nos internamos en una región de cañones y desfiladeros, donde perdimos por completo el sentido de nuestra posición. Era el lugar ideal para que se escondiera un bandido o alguien que no desea ser molestado en exceso.

Llegamos por fin al escondite del enigmático pretendiente, que resultó ser el anciano jinete del reloj.

Bajo la tienda del jefe comimos y bebimos hasta marearnos. El hombre nos contó la historia de su familia y algunos hechos acaecidos en los alrededores.

—Le pagaré cinco sacas de sal, dieciséis cabras y una docena de arrobas de mijo, por la compañía.

—Me parece justo —dije sin saber si era justo o no. Íbamos a cerrar el trato cuando de pronto comprendí que debía luchar antes de entregarme.

—Las cabras han de ser marrones; de lo contrario, no hay trato…

—¿Marrones? ¿Qué quiere decir con que las cabras han de ser marrones? Aquí todas las cabras son negras o manchadas, por Alá.

Pero yo me negué a cualquier otro arreglo. Agustín no dejaba de darme codazos, para que yo comprendiera algo. No solo no hice caso, sino que me puse de pie e insulté al bandido llamándole perro, que es como si a un cristiano le llamaran perro del demonio. Entonces dio orden de que nos apresaran, y nos apresaron. Nos ataron las manos a la espalda y nos llevaron hasta una cueva excavada en un risco. Allí fuimos arrojados a las tinieblas.

Toda la noche la pasamos allí, y el día siguiente, y la noche que le siguió. Después nos condujeron de nuevo hasta el bereber. El hombre parecía cansado. Su rostro mostraba los síntomas de una larga meditación. Tal vez pasó los tres días pensando en mi insulto. Tal vez por ello se rodeó de perros, para que ahora viéramos la diferencia, y no cayera otra vez en el error de confundirlo con ese animal, tan noble por lo demás. Todo el día nos tuvo frente a él, sin dignarse a hablarnos, como si deseara que estudiáramos a fondo nuestra situación. Por la noche nos llevaron de nuevo a la cueva pero nos soltaron las manos. Esa noche recibimos en el interior de la cueva una visita inesperada. Nos habíamos dormido ya sobre algunos hierbajos. Una luz surgió por el interior y abrí los ojos, pues mi sueño era inquieto y ligero. Alguien se aproximó con una antorcha hasta quedar frente a mí. Entonces vi claramente que se trataba del maestro.

—Será mejor que me sigáis —dijo.

—¿Cómo? ¿Qué es esto? ¿Por dónde has venido?

—Por un túnel. Esta cueva es mi cueva. Venid conmigo.

Seguimos los pasos del maestro y durante toda la noche estuvimos caminando. Un sinfín de galerías recorría el interior de la tierra. Formas horribles, fantasmas, rostros feísimos y toda clase de signos.

—¿Qué ha sido de nosotros? —le interrogué al llegar a su aposento.

—Sois las víctimas de un espejismo. En este desierto no hay ni un solo perro. Cuando habéis creído hablar con un antiguo bandido, tan solo era su recuerdo.

—Pero un emisario nos acompañó desde la casa.

—Sí y no. Era un emisario. Cierto. Pero también era un farsante de los muchos que recorren la región. Guardaos de ellos. Fingen que os conducen cuando en realidad ellos mismos están engañados.

—¿Quién nos arrojó a la cueva? —preguntó Agustín—. No nos dirá también que fue un espejismo.

—¿Acaso no estáis aquí conmigo? La cueva donde fuisteis arrojados no existe.

—¿Qué? —dijo Agustín, y corrió por el corredor por donde habíamos llegado. Pero tuvo que regresar sin ánimos.

—No es posible que una cueva no exista. Todas las cuevas existen.

—Entonces, ¿qué hay del comprador? ¿Tampoco hay ningún comprador para la compañía?

—Lo hay —dijo—. Yo soy el único comprador capaz de llegar a un arreglo beneficioso.

Hicimos los trámites y preparamos las escrituras para la firma. Un notario de Sufrach vino expresamente a dar fe de la compraventa. El hombre de fe, el cual tomó nuestros juramentos en lo alto de una colina mientras Rosana nos vigilaba de lejos.

Sin embargo, la ceremonia fue invalidada porque al final se advirtió que durante todo el tiempo había habido un perro en medio de nosotros.

—¿Conque no existen perros aquí? —propuso Agustín con sorna.

—Pero ¿qué importancia tiene eso? —pregunté.

—El demonio es un perro.

Esto dio al traste con la venta de mis posesiones.

Esa noche el maestro vino a cenar. Le mostré el libro.

—¡Vaya! Lo había olvidado. ¿Dónde estaba? —dijo, y le conté mi paseo por las dunas, y cómo el volumen enterrado me libró de morir.

—Me cuesta creerlo. Después de tantos años, vuelve a mis manos. ¿Y dice que lo ha leído?

—Entero. De cabo a rabo.

—Eso es una barbaridad.

A los pocos días había cambiado de idea, y me pareció un error vender la empresa.

Visité algunos almacenes cercanos y en todos fui recibido con la misma desconfianza. En todos había mucho movimiento. Numerosos empleados y gente de toda clase salían y entraban de ellos. Traté de informarme acerca de las actividades que se llevaban a cabo. Un importante líder político, que pasaba por allí, se detuvo en uno de los edificios y pude hablar con él.

Esta fue nuestra conversación.

—Tengo entendido que usted intenta engañar a los indígenas —dijo el líder político.

—No es que yo lo haga —le respondí.

—En el desierto también hay fantasmas.

La casa donde estábamos era de cañas y hojas de palmera. Penumbra y frescor. Junto a ella corrían las aguas de una acequia. El oasis estaba al final del desierto, donde comienzan las montañas y los valles que se pierden en las lejanías. Unos niños jugaban alrededor de la choza. Estuvimos fumando y tomando dátiles y wiski de dátil.

Habían llegado algunos con un hechicero y estuvieron bailando. Luego el encargado les enseñó fotografías, relojes, libros y sellos.

Después de hablar con el político me sumé a una caravana. Agustín se quedó en el pueblo tomando notas y haciendo inventario.

Durante tres semanas no hice más que ir de una parte a otra.

Una mañana acudió a verme alguien llamado Jerusalemis.

—Yo he conocido mejores años.

—He oído que usted es un demonio del desierto.

—Ha oído bien.

—Y que promovió una parantha.

—Cierto.

—¿Qué es eso?

—Una fiesta muda. De ojos sueltos.

Luego se fue. Antes de regresar visité un lugar llamado Paaá, donde parece que en otra época se rindió culto al número cero.

Estábamos en una fiesta. Habían venido algunos amigos de Rosana desde otros poblados. Todos estaban bastante contentos con los resultados de la bolsa, al parecer los beneficios eran muy importantes. Rosana estaba de espaldas a mí. Luego se volvió y me dijo:

—¿Es que vas a estar ahí toda la noche? Deberías saber que esta fiesta es la única que se celebra por aquí cada diez o doce años —me dijo. El almacén estaba iluminado. Los invitados bebían y charlaban alrededor de la mesa.

—Me avergüenzan las fiestas.

—Porque no te metes.

—Es posible, pero voy a irme.

—Puede que este lugar te haya defraudado. Quizá esperabas algún prodigio.

Rosana se volvió y se alejó en dirección a unos amigos que habían venido otras veces. Luego se acercó a Beltrami y lo tocó en el hombro. Aquel se volvió y le sonrió para después mantener una conversación que despertó mi interés.

Al cabo de un rato se acercaron hasta mí.

—Si quieres, podríamos casarnos.

Yo no supe decirle que no, así que allí mismo fue anunciada nuestra boda y nos casamos dos horas después.

A consecuencia del tumulto ocasionado por el anuncio de la boda, se prendió fuego al edificio y el almacén ardió por completo, junto con todos los adornos y mobiliarios traídos para la fiesta. Pero la higuera se salvó del incendio por lo que celebramos la boda debajo de ella.

Beltrami nos acompañó hasta algún lugar donde pasar el verano. Llegamos a una casa entre montones de cañas.

Al principio Beltrami ocupaba sus tardes en pasear. Hablaba con los vecinos. Incluso se mostraba contento. De pronto una tarde venía corriendo para ponernos al corriente de alguna nueva noticia, como, por ejemplo, que en alguna aldea había nacido una vaca.

Pasamos así siete semanas. Una tarde Beltrami apareció preocupado.

—¿Qué pasa? —pregunté. Rosana dejó el libro que estaba leyendo.

—Dicen que ha salido un agujero.

—¿Dónde?

—A unos diez kilómetros de aquí.

—¿Lo has visto tú?

—No.

Salimos al amanecer. La niebla se extendía por el valle. El cielo estaba gris y apenas había luz suficiente para ver por dónde íbamos. Poco a poco una claridad fue extendiéndose entre las acacias. Los árboles parecían fantasmas. Llegamos a un lugar donde no había niebla, solo unas brumosas colinas a cierta distancia. Luego nos metimos en un valle que al fondo se abría a una llanura.

No había señales del agujero por ninguna parte. Recorrimos el lugar arriba y abajo hasta tropezar con un bosque.

—No es frecuente en estas latitudes —dijo Beltrami mirando asombrado el abigarrado grupo de plantas.

—Dicen que los agujeros suelen estar cerca de bosques. —Rosana estaba ansiosa por llegar. Luego comenzamos a escuchar una música y por fin logramos ver el agujero donde había gente asomándose a su interior para ver lo que había, pero era muy peligroso asomarse, porque era profundo y no se veía el fondo.


José Manuel Ferrández Verdú (Orihuela, 1953) es escritor y dibujante. Ha trabajado como escribiente durante treinta años y ha ganado un premio de cuentos  cortísimos acerca de las costumbres secretas de los irlandeses, titulado O’Connor y publicado en esta misma revista. Así mismo, ha publicado relatos en las revistas La Lucerna y Empireuma, es colaborador habitual de la revista El Murmullo, que dirige Manuel Susarte, y ha escrito la novela La Torre de los Músicos, publicada en formato digital en Scribd, así como el libro Doce novelas imposibles, inédito, siguiendo el modelo de las novelas ejemplares de Cervantes, admirable poeta español de los siglos XVI-XVII.


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