Entrevistas

Ana García Negrete: «La naturaleza nos da y entrega, y nosotras la exigimos simplemente como cosa» 

Pedro Luis Menéndez conversa con Ana García Negrete sobre 'Muda de invierno', un libro nacido de unos meses de retiro en un viejo molino de Valderredible, a orillas del Ebro: silencio, frío, naturaleza y una palabra poética que muda de piel. Con una selección de sus poemas.

/ una entrevista de Pedro Luis Menéndez /

Afirma Noni Benegas en la contraportada de Muda de invierno que «este libro recoge un largo viaje; una aventura del alma en busca del silencio, de la soledad, pero no de la melancolía. Un viaje sin apenas certidumbres, pero con la fe de quien elige mudar como nacer».

Ana García Negrete nace en Castro Urdiales (Cantabria). Relacionada con la poesía desde finales de los setenta, ha ido elaborando una obra cada vez más sólida, en la que la madurez textual se acompaña de un trabajo riguroso sobre el mismo lenguaje poético. Obtuvo el Premio de Poesía José Luis Hidalgo en 2016 y pertenece al colectivo de mujeres poetas Genialogías.

Muda de invierno nace de un modo particular. La autora se retira durante unos meses a un antiguo molino rehabilitado en uno de los territorios menos conocidos de Cantabria, Valderredible, a las orillas del Ebro.

Naturaleza, prosa lírica, invierno. El planteamiento tiene en sí mismo algo de aventura, no sé si iniciática. ¿Dónde el germen? ¿O la intención? ¿O la necesidad?

Primero el germen que da lugar a la necesidad. Pensar mirando la naturaleza, lo que suelo hacer a menudo, me hizo ver la querencia o el deseo enorme por permanecer en ella sin necesidad de volver a lo cotidiano. Permanecer, escuchar y comprender. Dejarla hablar en un tiempo detenido, ausente de mandatos. A partir de ahí, surgió la escritura. No tenía una partitura inicial; dejé que la palabra hablara por mí y mi palabra tiene a la poesía como forma de comunicación cuando escribo. El invierno es una estación fantástica por lo que supone de recogimiento, de vida hacia adentro. La naturaleza que prefiero transcurre entre el frío, el hielo, la ausencia de ruido y de presencia humana.

La primera parte del libro, «Atrapar el silencio», supone ya una clara declaración de intenciones que se subraya con una cita de José Hierro: «Gracias a Dios porque inventó el silencio».

Cuando llegué necesitaba, deseaba permanecer en silencio para captar cómo reaccionaba mi cuerpo, la mente, ante la vastedad del espacio abierto, desnudo, pero lleno de vida de Valderredible, si se observa con cuidado. Se trataba de una inmersión de dentro afuera y al contrario, para poder decir después. Los libros que me acompañaron seguían la senda de mi mudez.

Si una muda es una metamorfosis en cualquier búsqueda personal, en este libro creo percibir también un trabajo muy riguroso con lo que entendemos por palabra poética, si es que puede afirmarse así, que va, en tu caso, más allá del verso en su sentido más clásico.

Cuando empecé a escribir sin saber a dónde me conduciría, se impuso el hablar con la naturaleza tratando de entenderla y sabiendo que su composición atañe profundamente a las palabras para nombrarla. Como no se trataba de describir, sino de aceptar su constitución como un cuerpo orgánico, el lenguaje empezó a transformarse hacia un diálogo respetuoso con su ser natural, químico, físico, desnudo, como yo lo percibo. Naturalmente, eso influyó en mí, transformando la manera de percibir, y mudé.

Aquí hablan los árboles plurales, lenguas inclinadas
según crecen se arremolinan se agigantan o
toman sus distancias
hablo con ellos
requisito es aventar ruido y abrir boca, si es posible
decir será sin prisa…

Constato lo que ante mí aparece. Se cimbrean, se mueven con el aire, se aproximan y se alejan. Es delicioso contemplar las copas de los árboles durante un largo tiempo y escuchar el sonido o su silencio. Esa calma te contagia para no decir a la ligera, para no repetir con prisa lo que tantas veces admiramos. Así se descubren cosas nuevas que van más allá de lo meramente poético y nos interpelan como si de una conversación se tratara.

«¿Y qué es salvarse?», titulas un poema.

Permíteme que utilice la expresión «presencia militante» al referirme a tu pertenencia al colectivo Genialogías.

Salvarse es una reflexión necesaria desde el grupo, desde el regreso a lo más necesario, a la naturaleza que debemos cuidar para volver a ella siempre como una madre involuntaria que es, aunque ella no sienta hacia nosotros, yo no sublimo nada, pero la naturaleza nos da y entrega y es gracias a ella que vivimos. Nosotras la exigimos simplemente como cosa. Es decir, la maltratamos.

Genialogías es un grupo de poetas numeroso, mujeres feministas, bibliotecarias, profesoras, activistas, etc., que se propuso rescatar y dar voz a aquellas que no tuvieron la oportunidad de decir, o la tuvieron, pero las silenciaron, las orillaron como «hechos» quizá originales, pero sin demasiado valor. El tiempo ha pasado y su relectura dice otra cosa. Poetas y libros excelentes que, por distanciarse del canon impuesto, fueron marginadas. Genialogías edita esos libros, con gusto exquisito, y los acompaña de estudios críticos o entrevistas que abren, a quien los lee, una historia interesante tanto de la poesía como del tiempo en que se escribieron y las causas que los generaron.

Me gustaría que termináramos con una cita de Antonio Machado que incluyes en el libro: «De toda la memoria, solo vale / el don preclaro de evocar los sueños».

Es que Machado habló de la naturaleza, también de la humanidad, de forma magistral y es un placer leer sus diálogos poéticos con el paisaje. Cuando me fui de Valderredible, la evocación, la ensoñación del tiempo transcurrido, de lo contemplado, pasó a ser parte de mi memoria personal imborrable, pero como esta suele ser algo engañosa cuando pasa el tiempo, en ocasiones toma el carácter de «sueño». Cuando evocamos, ensoñamos.


Selección de poemas de Muda de invierno

metamorfosis

en el pico del ensueño encuentro un bosque de palabras, se disponen a volar y llego abierta a mi presente aéreo de bandada de pájaros

al desasirse se vuelca poroso donde pasta la luz, ya no hay tiempo y solo lentitud roza conciencia murmurante

avanzo en el claro

en la ventana un carbonero común busca aun no sé qué pero cedo gozosa, pongo atención al combarse la rama cuando salta

habla y habla su tráquea en continuo trinar y transforma designando la quima y su materia

predominan amarillos en su molde perfecto de mejillas blancas pero su nombre delata el negro de su casco… tal vez azul y su banda sobre el pecho dice que

se trata de un macho, preguntaría por la hembra que otros días he visto,
he pensado abrir la ventana, ofrecerle mi casa y algo de alimento pero ha volado de pronto a un álamo distante

para alcanzarlo he debido levantar mis dos patas seguir mirando desde otro brazo del árbol sus movimientos rápidos        aprendo

según los biólogos solventes sus hembras conservan una mejor memoria y recurro a mi ventaja

cabeceo arriba y abajo sincopada picoteo canto al despiste pido alimento

no necesito cobijo advierto transformada

a esta ventana he mudado para vivir


Mi cabeza en el más crudo invierno /
dentro de otra cabeza / retoña.
Blanca Varela

qué te trajo hasta aquí y qué cuchicheó el agua y corrió a los tímpanos
qué ansia qué llamada de un bienhechor refugio en tus pulmones
qué felicidad esparce oxígeno
retienes la novedad de los robles como si nunca hubieras visto su corteza devastada por fuera y por dentro del invierno

arroyos pozas cascadas crecen elevan el diafragma colas de agua charcos piedras blancas nacen de bronquios y despliegan musgos estratos piedra toba arborescentes ramas acarician temprano rozan tus lóbulos y liberan el aire y una presencia amante que siente lo que tú siempre en silencio

para poder decir


en este lugar los caballos viven a la intemperie
relinchan solo cuando se agitan y caminan
caminan incansablemente

pasan por mi casa y los miro mientras
bebo mi té y observo su desnudez

es indistinto que la nieve cubra sus cascos terminales
otorgue un frío elástico a esas piernas firmes
sobre la hierba que mastican
mastican incansablemente
porque son caballos para la tierra
y al acercar la mano aproximan su rostro
y yo les digo
apoyad vuestra cabeza en mi pecho
y parecen hablar a las caricias

sobre la pradera sin siembra          es invierno
en este lugar de abiertos vacíos espacios
donde solo parecen vivir
aves pequeñas y rapaces
carboneros pinzones currucas
lavanderas cigüeñas
lobos marginales buitres
naturalmente vacas
y ahora ella

ha venido a mudarse para buscar el silencio
a recorrer la tierra
acompañada


…un espacio que se ramifica, callado /
para siempre, más allá del silencio que se escucha.
Seamus Heaney

su amiga le habló de la visita a la vieja casa
dijo que las hojas levantaron un raro y áspero murmullo al arrastrarse en una dirección y luego en otra
y un quejido del suelo llamó su atención mientras caían

al parecer esbozaron una trayectoria de rumor de infancia
dijo que se encontró de cara con la pérdida de los que antes estuvieron y ahora habían desaparecido
los jóvenes eran los padres y murieron, los amores eran los hijos y también
se han ido
las flores recogidas junto a las higueras, dientes de león siempre margaritas y nomeolvides pasaron agostadas por su frente y sin embargo
el viento ruge ahora con fuerza y ya nadie parece escuchar nada


a ratos me levanto hago té
caliento mis dedos
bebo a sorbos
me asomo algo abeja
olvido las palabras
atraída me zumbo

perdida
en la ventana misma
en el hecho esencial
de mirar


Pedro Luis Menéndez (Gijón [Asturias], 1958). Cofundador de la histórica colección de poesía Aeda en 1978, ha publicado los poemarios Horas sobre el río (1978), Escritura del sacrificio (1983), «Pasión del laberinto» en Libro del bosque (1984), «Navegación indemne» en Poesía en Asturias 2 (1984), Canto de los sacerdotes de Noega (1985), «La conciencia del fuego» en TetrAgonía (1986). En 2018 retoma una actividad literaria más continuada que se inicia con el libro de prosas cortas Postales desde el balcón. En los últimos años han visto la luz el libro de poemas La vida menguante (2019), el poema-libro Ciudad varada (2020) en los cuadernos Heracles y nosotros, y Cantos (1979-2022), este último una recopilación de sus poemas extensos. Ha obtenido el premio José Luis Hidalgo de poesía con su libro La madriguera (2023). En el pasado 2024 publicó enCajadas, un híbrido entre relatos y novela, y en 2025 el libro de poemas Pasajeros de andén, en la recién nacida colección Prúa. Desde 2017 colabora de modo asiduo en El Cuaderno y mantiene una sección semanal sobre poesía y cuentos en el programa La buena tarde de la Radio del Principado de Asturias. En 2026 acaba de aparecer Murmuranzas, una recopilación de prosas cortas que en su mayoría habían visto por primera vez la luz entre los años 2018 y 2022 en estas mismas páginas de El Cuaderno.


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