> Narrativa

Carmen García Rodríguez, novelista segoviana

Mariano Martín Isabel desentraña 'Tu gloria será eterna', de Carmen García Rodríguez: el mito de la caverna trasladado a la España de Carlos II, entre mazmorras de la Inquisición, un realismo descarnado y un humanismo que piensa sin dejar nunca de narrar.

/ una reseña de Mariano Martín Isabel /

Si hay una novela que al mismo tiempo llene, piense, instruya y entretenga, esa es sin duda Tu gloria será eterna; con ella Carmen García construye una obra fascinante. Dedicaremos unas líneas a comentarla y en seguida veremos por qué.

El lugar y la época

La historia está ambientada en la España de Carlos II. Un médico y un fabricante de paños comparten un mismo deseo de perdurar, pero solo uno de ellos perdurará: así lo dice un grabado de Goya, que representa a uno de estos personajes al que identifica escuetamente como «Zapata» en actitud pesarosa; se trata de Diego Mateo Zapata, en los calabozos de la Inquisición, cargado de cadenas. La autora se ha inspirado en ese grabado lo mismo que en el filósofo burgalés Francisco de Vitoria, de quien toma la afirmación de que «no es el hombre lobo para el hombre, sino hombre»; y que «el niño no existe por razón de otros, sino por razón de sí mismo»; la primera de estas dos frases aparecerá incluida textualmente en esta novela. Francisco de Vitoria ha inspirado el personaje de fray Antonio, mentor de uno de los protagonistas. Y María Luisa de Orléans, esposa de Carlos II y sobrina de Luis XIV, es otro personaje que aparece, con significado onírico, siempre esfumada en presencias inquietantes y misteriosas.

Aparecen lugares de Madrid perfectamente reconocibles. El Rastro, que por situarse en el matadero acabó recibiendo ese nombre por los rastros de sangre que corrían hacia el río, pendiente abajo. La calle de Francos, donde estuvieron viviendo Cervantes y Lope de Vega. La Inquisición desarrollaba sus autos de fe en la Plaza Mayor, tenía el quemadero junto al metro San Bernardo y sus mazmorras estaban entre la plaza de Santo Domingo y la Gran Vía. Otros lugares de la novela, como el cementerio de la iglesia de San Sebastián, ya no existen.

Platón

Otra fuente de inspiración es el mito de la caverna. Tiene algo paradójico su modo de presentarlo, porque la autora, al revés que Platón, hace subir hacia la luz a los personajes cuando los cogen presos y no al revés. «Imagínate que hubieses estado viviendo en un lugar muy lejano donde siempre fuese de noche […] Pero un día te cogen preso y te llevan a otra tierra lejana y contemplas cegado cómo sale el sol al amanecer, ¿no te parecería una ilusión, un engaño?» (p. 46). Carmen García hace una curiosa reelaboración del mito: sustituye el interior y el exterior de la caverna por el país de la luz y el de la noche, y en sus manos ya no podría llamarse mito de la caverna, sino algo así como mito de la noche y el día.

Uno piensa en Jesús Carazo cuando aparecen caracterizadas las sombras de la caverna; Carmen García las relaciona con la mentira, cuyas aristas siempre se apoyan en lo que parece evidente. Pero el momento que más la obsesiona es el de la salida a la luz: especialmente el malestar que precede a la visión feliz de la verdad; son abundantes las ocasiones en que se detiene en este proceso: «en un primer momento nos costó mantener los ojos abiertos», dice, «tal era el picor que notábamos» (p. 49); lo mismo sucede cuando salimos de la luz («nuestros ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad»: pp. 57 y 86). Y hay una metáfora en que la autora vislumbra la visión de un más allá de este mundo, pero situándola en este mundo: «caminaba […] con los ojos entrecerrados, como si quisiera ver más allá de lo que tenía delante, traspasando cuerpos y objetos» (p. 264). No obstante, no siempre se puede «razonar con inteligencia» (p. 240); con frecuencia no utilizamos la razón para buscar la verdad, sino para escapar de los peligros: la autora la llama entonces «inteligencia espabilada» (p. 265).

En esta visión platónica la verdad no siempre nos ayuda a evitar el error; como la lechuza de Minerva, llega tarde y normalmente la vemos cuando ya se ha producido nuestra caída: «de nada sirve imaginar lo que pudimos hacer y no hicimos. De nada sirve censurar nuestros errores cuando la oportunidad pasó» (p. 103).

El valor de los buenos escritores los hace acercarse con sus propios pensamientos a pensamientos y teorías de otros autores, a quienes seguramente no han leído, pero las intuyen. Carmen García se acerca a Braudel cuando dice: «siempre era lo mismo […] transcurrir el tiempo lento mientras era consciente del momento; rápido cuando me daba cuenta de que el día había acabado» (p. 208); sin embargo, no creo que haya leído ni a Kant ni a la escuela de los Annales. También se acerca a Einstein, a Ortega y Gasset y a Picasso cuando, impulsada por las sombras de la caverna, asegura: «fui testigo de la escena ajeno a mi cuerpo, parecía que lo estuviese contemplando desde todos los lados al mismo tiempo, como si de repente me hubiese convertido en un dios que todo lo ve y todo lo siente, hasta los más oscuros pensamientos» (p. 233).

Crítica social: pensamiento y narración 

En el descubrimiento de la verdad desde el país de la mentira se alza el momento crítico del pensamiento. Carmen García no desaprovecha los momentos de crítica social a los que se acerca, como cuando dice por boca de Magdalena que «el infierno está aquí, en la tierra. No hay cielo, no puede haberlo porque sus guardianes son demonios» (p. 123). En otro lugar se atreve a ahondar en su crítica a la religión: «tal vez sea verdad que el dolor en esta vida sirve para ganar el cielo. Antes lo ponía en duda; sin embargo, con la edad he empezado a desconfiar de todo, a veces pienso que se trata de un engaño inventado por los que mandan para que nos resignemos» (p. 275). También se cuestiona la autoridad del pater familias en lo que tiene de violento, de intransigente; el padre del narrador le abre las carnes a latigazos y condena a su hija a vivir encerrada en casa sin salir; la autora, que no claudica ante la tentación de filosofías arduas, lo resuelve todo con literatura: por eso no nos identificamos con el personaje a través de una reflexión, sino de una metáfora (p. 63: «una mañana, Isabel entró en la cocina, cogió la jaula del pájaro que me había regalado fray Antonio […] y lo liberó»); también lo enfatiza por contraste («a Anita la desposó», dice en la p. 274, «un hombre al que nunca vi sujetar un látigo en la mano»).

Todo el relato está cuajado de reflexiones; interesantes, sí, pero pegadas a la recomendación de Luis Landero: que el pensamiento vaya de la mano de la narración y no al revés. El libro es una profesión de fe de humanismo. «Mi padre dice que los animales son más valiosos que algunas personas […] Creo que los hombres siempre están por encima de las bestias» (p. 45); pero no es bueno endiosarse y creerse superiores, conviene hacer una cura de humildad, la que hace la autora cuando se inclina ante las cosas: «me asombró que hombres y bestias, unos con alma y otros sin ella, no nos diferenciásemos en nada una vez destripados» (p. 183); Descartes no era tan humilde cuando contraponía el hombre libre al animal-máquina.

Los hombres, sí, tienen inteligencia; y «ante nuestros ojos no solo ocurre lo que vemos, sino lo que precisa ser interpretado a través de la inteligencia» (p. 235); el pensamiento está caracterizado por los ojos de Diego, que miraban «entrecerrados, como si quisiera ver más allá de lo que tenía delante» (p. 264); ahora bien, a veces «el dolor es tan grande que nos confunde la razón» (p. 273), con lo que el animal racional es antes que nada un animal sintiente. La juventud es más bien la atalaya del sentir; la vejez, del pensamiento; pero qué pena que la facultad de «leer en las intenciones de las personas» nos la regale el tiempo «a medida que nos roba la vida. Puede que sea un contrasentido que la sagacidad y clarividencia nos lleguen cuando no nos sirven para nada» (p. 217).

Determinismo social

Y aunque tuviéramos la capacidad de decidir, ¿decidiríamos realmente? «Pensé que todos hubiésemos nacido con un cometido», reflexiona Alonso, que está enamorado de Magdalena. «Magdalena se casaba. Era su destino […] mi sino era retirarme para que otro ocupase el lugar que por derecho le correspondía» (p. 102). Hay no obstante un conato de rebeldía, una rebeldía teñida de impotencia: «¿cómo librarme de una esclavitud que desconocía?» Esclavitud impuesta por la sociedad, no por la naturaleza, no por el sentimiento. La literatura de Carmen García es de un realismo extremo que se acerca al naturalismo sin entrar de lleno en él: el odio; el odio forma parte de nuestra naturaleza; «la única criatura capaz de luchar motivada por el odio es el hombre, los animales tienen otras razones», piensa el narrador; y, sin embargo, solía repetir en sus tiempos mozos que el hombre no es lobo para el hombre, «sino hombre» (p. 94); en ello sigue las enseñanzas de fray Antonio, es decir, Francisco de Vitoria. En este vaivén balbuciente entre optimismo y pesimismo se debate el narrador; parece que las pasiones salvajes que atribuimos a los animales son propias de los humanos, pero los humanos también tienen pasiones nobles; el corazón «se engrandece cuando lucha por algo que de verdad importa» (p. 236).

El placer sensorial es propio de los animales; los seres humanos tienen, además, placeres espirituales; «por eso», dice el narrador cuando evoca su relación erótica con Magdalena, «me detuve para […] sentir solo la emoción del alma, no el placer lúbrico» (p. 132); y por eso también Carmen García le da la vuelta a Platón trocando su racionalismo en emotivismo; no se trataría, entonces, de dejarse llevar por el amor a las ideas, sino de amar, si fuera necesario, en contra de ellas; el narrador-personaje sospecha que «el infierno por amor tal vez valiese la pena […] mi Dios no me condenaría por eso» (p. 150). En el fondo, las ideas no son más que formas abstractas del sentimiento. Cuando hablamos de lealtad, ¿estamos hablando de una idea? No. Es un sentimiento adosado a una actitud, «un gran respeto a la par que afecto sincero» (p. 220).

Veamos ahora cómo percibe el lector esta novela. Tendremos que acompañar al narrador en la aventura de saber primero qué entendemos por «percibir»: él lo caracteriza de varias maneras, a veces percibimos las cosas por nosotros mismos y a veces percibimos de oídas, a través de las palabras de otros; en ocasiones estos relatos llegan a confundirse con las visiones propias, así lo cuenta el narrador: «hablamos tantas veces sobre mi nacimiento que llegué a imaginarlo como si, en vez de encontrarme en el vientre de mi madre cuando ocurrió, lo hubiese presenciado desde fuera y con edad de tener conocimiento» (p. 20). Otras veces nos meten tantas cosas en la cabeza y con tanta insistencia, que no nos las acabamos de creer; como cuando el cura se empeña en decirnos que algunas mujeres nos llevan a la ruina porque actúan como brujas, y es «un zumbido rabioso, no sé si a través del oído o dentro de la cabeza», que, aunque no lo escuchemos, vemos «la oscilación de sus mejillas» y eso nos indica que todavía continúa el sermón (p. 92).

¿Qué tipo de novela estamos leyendo? Tendremos que leerla con inteligencia y con sensibilidad. ¿Qué importa más, los sentidos o el espíritu? ¿El retrato fiel de la realidad o la ensoñación que le ponemos al contarla? Fijémonos en los recursos estilísticos que maneja la autora; sobre todo en sus imágenes.

Realismo fotográfico

Muchas de esas imágenes están destinadas a hacer un retrato fiel de la realidad, de manera que el lector la sienta en su propia carne. Podemos ver a través de las palabras el vientre convulso de una parturienta: «el vientre de mi madre muerta se elevó como si un puño estuviese intentando rasgar la piel para salir» (p. 24). Sentir el olor caliente que desprendía: «igual que el de los corderos, cuando los abrían en canal» (p. 25). También la sensación de ahogo: «las paredes de la garganta se me habían juntado, secas, y me impedían respirar» (p. 41). La rigidez de un cadáver: «estaba tieso, como si en vez de ser carne y hueso fuese el tronco de un árbol» (p. 140). Su aspecto sórdido: «la lengua que emergía de la boca del muerto tenía el mismo aspecto que las sanguijuelas tras absorber la sangre enferma» (p. 137).

Este realismo crudo se extiende a la suciedad: «su boca dejaba al descubierto una dentadura escasa y negra que contribuía a hacerle parecer aún más sucio de lo que estaba» (pp. 49-50). La ropa sucia y áspera: «el tacto de la tela me repugnó, estaba grasienta, como si cientos de manos se hubiesen limpiado en ella después de cenar» (p. 50). El ruido de la carne devorada: «cerca del portón de la entrada, un perro descuartizaba una rata. Sus bocados hacían un ruido parecido al de mis pisadas sobre la tierra helada» (p. 67). El frío: «caí sobre la tierra helada, la sensación fue la de miles de astillas clavándose en mi piel» (p. 61). La delgadez: «mi hermana […] parecía que se perdiese, incorpórea, en la ropa que la cubría. Como si bajo esta no hubiese más que una cabeza sujeta por un cuello finísimo y dos manos sobresaliendo de las mangas» (p. 217). La visión grotesca de la cojera: «Juan de Dios […] convertido en insecto, movía los brazos y la pierna sana» (p. 233). El fuego de la caverna: «las sombras del fuego que ardía en la chimenea y de las velas encendidas daban vida a sus rasgos petrificados» (p. 188). Las descripciones turbias, descarnadas y crudas, unidas a los adjetivos especificativos, hacen emerger en esta atmósfera un ambiente tétrico, de un realismo casi fotográfico, impresionista a veces, y a veces rozando el expresionismo: para que el lector sienta la realidad más que contemplarla; siempre en identificaciones aristotélicas, lejos de las distanciaciones brechtianas.

La belleza de lo feo

¿Abundan los epítetos? No. Los hay, desde luego, pero no son abundantes; por ejemplo, la muerte es «la señora de negro» (p. 277). Las descripciones poéticas son escasas: a veces aparecen en la manera de enfocarlas («caminaba a su lado convertido en una sombra acortada de su figura»: p. 31); y retratan la tosquedad («me miro con el rostro convertido en una máscara de piedra rugosa»: p. 41); lo siniestro («Diego subido en un caballo que, por negrura y delgadez, bien podría haber sido la montura de la misma muerte»: p. 193). La belleza de las descripciones («el cabello, del color del cobre cuando es amartelado por el orfebre, se desparramó sobre sus hombros como el velo sereno de los rayos del sol de otoño sobre la hierba seca»: p. 215). La belleza expresiva se enfoca sobre lo feo más que sobre lo bello, y el resultado es un retrato deforme, entre Pardo Bazán y Blasco Ibáñez, con tintes dramáticos desde el derrotismo de su estética. Como tal personaje que «tenía el pelo pegado al cráneo y su sudor olía a miedo» (p. 225); o aquella celda que «era tan estrecha que daba la impresión de que las paredes se cerrasen para retenernos dentro» (p. 253). Estamos ante un realismo fotográfico mucho más que poético; desde luego, lejos de un romanticismo soñador; sin embargo, los tonos sórdidamente realistas adquieren en las cincuenta últimas páginas delicadezas casi románticas.

Estructura narrativa

La novela está cargada de peripecias, giros argumentales cuyas consecuencias desencadenan nuevas acciones que también habrá que resolver. Si por peripecia entendía Aristóteles el cambio de fortuna, de buena a mala o de mala a buena, y las más de las veces son cambios repentinos, será fácil colegir que estas 372 páginas de relato están cargadas de un dinamismo que no deja frío al lector. A cada giro, una sorpresa. La sorpresa y el  control de los momentos decisivos hacen que la autora maneje todos los hilos, con la destreza de quien no permite que ninguno se le vaya de las manos.

Conclusión

Hay novelas hechas para entretener y son insustanciales. Novelas para pensar y son aburridas. Novelas de plenitud y son difíciles. Tu gloria será eterna nos hace pensar, y nos llena y entretiene, pero no es ni difícil ni insustancial ni aburrida; por todos esos motivos es útil y agradable; y, desde luego, altamente recomendable.


Tu gloria será eterna
Carmen García Rodríguez Alonso
Derviche, 2018
248 páginas
16,95 €

LagunaDeLibros | Biblioteca IES Andrés Laguna

Mariano Martín Isabel es doctor en filosofía y profesor del instituto Andrés Laguna de Segovia. Vivió catorce años en Francia. Ha escrito artículos de filosofía en Francia, España, Italia, Finlandia, Ecuador y Méjico, y ha hecho algunas incursiones en la novela, como Las caras del mar. Su teoría de la razón viva concibe la novela como expresión viva de la razón. Es coautor del libro Andrés Laguna, humanista y médico, y ha escrito sobre Ortega y Gasset, Miró Quesada, Miguel Hernández y María Zambrano, entre otros. Desde hace algo más de un año anima un blog en el que intenta ahondar en el concepto de filosofía literaria; de periodicidad semanal, publica textos agrupados en cuatro secciones: filosofía, literatura, educación y el rincón de «el mirador» (atalaya desde la que desmenuza la realidad con objetividad apasionada).


Descubre más desde El Cuaderno

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

0 comments on “Carmen García Rodríguez, novelista segoviana”

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.