texto de Tomás Sánchez Santiago
fotografías de Luis Marigómez (serie Lágrimas)
Llegan a casa las primeras entregas del otoño: tomates, manzanas, calabazas, avellanas, un melón… La tierra devuelve agradecida lo que un día se enterró en ella con fe y hasta con amor. Y cuando cruje un tomate entre los dientes, yo sé qué manos lo cuidaron hasta traerlo a casa. Eso basta para mejorarlo todo.
Un verso de Ester Folgueral: «Escribiste aire y se movieron las hojas». Ahí está sin veladura alguna la condición de ser poeta: quien logra tender puentes entre lo que se dice y lo que sucede. Una vez más, el lenguaje se ha convertido en acontecimiento.
Esa pareja y su costumbre de dar vueltas y vueltas indefinidas al perímetro del barrio cada día. Todos los días. Hace ya mucho tiempo que es así. Y siempre van desentendidos: él unos metros por delante; ella detrás con su paso corto que apenas le da para alcanzarlo. ¿Será ella la que se esfuerza y se esfuerza para conseguir llegar alguna vez a él? ¿Será el hombre quien siempre está huyendo sin mirarla siquiera? Sísifo y Orfeo.

«De cerca nadie es normal», se lee en el cartel que preside este acto relacionado con la salud mental. La frase sentenciosa es de Caetano Veloso, y nos pone a todos de cara a nosotros mismos. Entonces miramos a nuestro alrededor y ya no nos sentimos tan distintos de quienes están ahora ahí al lado, rebotando una y otra vez contra sus límites sin acertar a salir de ellos, compartiendo la perplejidad de una desorientación a la que no encuentran ni orden ni sentido ni explicación. Como cualquiera.
La calle, el espacio común para todo tipo de reacción colectiva (piadosas, festivas…), también ha de ser el espacio propio de la indignación. Pero esto no se admite fácilmente porque también la calle ha sido secuestrada por los siniestros programadores de la vida social, y los cauces de la indignación se han tratado de resolver desde hace tiempo en el mundo oscuro de las redes sociales, cloaca menos peligrosa porque ya no se cuenta con la presencia física del grupo o de la multitud, todo un riesgo para el control social. Sí, la indignación pública se ha acabado convirtiendo en un acto de mal gusto; pero en estos días de octubre volvemos a verla ahí, donde debe estar, en la calle, el ágora, el único espacio visible que nos queda, donde un día crecimos y jugamos impunemente, donde acampan los desposeídos, donde bajan sin miedo los pájaros y caen sin permiso las hojas muertas; pero también donde sigue floreciendo hierba nueva entre las junturas de los adoquines. La calle, el único lugar donde pueden caber los miles y miles de ciudadanos que son víctimas de la consentida especulación inmobiliaria. La calle, que ha pasado a ser otro espacio comercial más («Los alcaldes conciben las ciudades como productos en venta», ha dejado dicho recientemente el antropólogo Manuel Delgado). Por eso, no se entiende que se ocupen las calles como sedes naturales de protestas. «La calle es mía», dijo aquel político que se jactaba así de ostentar el poder que le otorgaba su cargo de ministro. Pero no es verdad. La calle es el espacio que nos queda para manifestar visiblemente el drama de la inasequible vida básica. Espacio de rebelión. De indignación. Espacio de todos.

Me levanto hoy bien pronto y, aún con las telarañas del sueño colgando de la cara, me encuentro en la cocina con un papel, un reclamo publicitario que habla de Nutricosmética y Tecnobelleza. ¡Aún con el pijama puesto y ya tengo que soportar estos ladridos ásperos del idioma de los mercachifles!

Aquella vez en Salamanca —qué jóvenes éramos— cuando los dos bajábamos a duras penas cargados de alcohol por el abismo de un ascensor y dejamos a destiempo hasta los últimos fundamentos de nuestros estómagos; aquel verano alegre de la fiesta en un barrio, era ya de noche y tú me presentaste a aquella muchacha («se llama Ana»); la playa de Nazaré desierta en septiembre, paseada una y otra vez (viejas mujeres ofrecían en ciertas esquinas cucuruchos misteriosos); las largas partidas de tute que tú sabías rematar calculando como nadie —de todo hacías ciencia cierta— hasta los últimos decimales de cada tanto; el embriagador olor a eucalipto que duró toda la noche en un camping a las afueras de Lisboa; aquella habitación de París, casi una celda residual, con el lavabo dentro de un armario; una antigua taberna checa donde todos nos pusimos a cantar y era como si chirriase sin cesar una puerta oxidada; los paseos tranquilos de última hora por ciudades acogedoras de nombres imprevistos, intercambiando palabras sobre la belleza, sobre la justicia; la forma exacta de abrir el melón del desayuno sin dañarlo, como si se tratase de una delicada operación quirúrgica; la alegría de la exactitud al resolver —siempre, siempre era así— cualquier enigma químico; últimamente la voz adversa en el teléfono («Compadre, esto va en serio»)… Hablo de Miguel. Hablo de huecos.
Encuentro esta cita de Hannah Arendt: «Vivimos tiempos sombríos, donde las peores personas han perdido el miedo y las mejores han perdido la esperanza». Creo que estas palabras definen con mucha precisión lo que ahora mismo está ocurriendo en el mundo.
Sorprende por fin esa fosforescencia blanca en la amanecida. La hierba aparece manchada de plata, como si una lengua la hubiese repasado durante la noche una y otra vez hasta dejarla así, ensalivada de estrellas. Primera helada.

Aquel hombre se alimentaba solamente de cifras relativas. Desayunaba estadísticas, picoteaba tantos por ciento, tomaba a media tarde una ensalada de índices, cenaba con fracciones y fracciones contundentes (después, a buen seguro, se echaba al coleto una cucharada de bicarbonato). Todo lo que explicaba a los demás lo hacía con álgebra de datos, no con hechos reales. Se había perdido en la engañosa claridad de las cifras. No sabía nada de la vida. Era un digitívoro.
ÓSMOSIS
Vuelve a por ella esa puñalada aguda que se hinca de cuando en cuando en su espalda. Y es a mí también a quien se le clavan mil alfileres en el alma mientras la oigo quejarse, y paseo arriba y abajo por la casa inventando cualquier quehacer silencioso donde agarrarme.
PELIGRO: SE LEE
Por motivos de seguridad —así se hace saber—, al club de lectura del que formo parte se le exige abandonar el local donde desde hace casi veinte años nos reunimos una vez al mes dos docenas y media de feligreses, concretamente en el calor de la biblioteca de un instituto público. «Ya tengo yo suficientes problemas como para tener uno más con vosotros», se argumenta sin más, descarnadamente y por teléfono (ni siquiera la delicadeza de propiciar un encuentro personal, lo que recuerda aquella época en que se enviaba al motorista del ministerio con el despido de alguien entre los dientes). Los lectores somos peligrosos, sí. Algo sabíamos ya. Pasolini ya avisó de que todos sin excepción estamos en peligro; en el caso de los lectores, creíamos que estábamos en peligro de extinción. Eso suponíamos. Por eso se fundaron los clubs de lectura para sentirnos más cerca, para sostenernos unos a otras, para convencernos de que no estábamos solos en esa operación de funambulismo que es leer a solas y de espaldas al mundo. Pero resulta que somos más peligrosos de lo que cabía sospechar. Por fin podemos asemejarnos un poco más a los contrabandistas, los sicarios y los secuestradores de niños. Señoras y señores, una nueva amenaza empieza a sacudir el mundo: el terrorismo lector. Nada nuevo. A los libros se les ha mutilado, se les ha prohibido, se les ha quemado en plazas públicas, se les tritura hoy sin piedad… Ocupan demasiado sitio. También en el pensamiento. De ahí viene todo. Expulsar a un club de lectura de un centro público de educación sin otro motivo que desconfiar de la identidad de sus integrantes es una versión más de aquellas otras decisiones. Molestamos, no se nos controla, ponemos en peligro la seguridad del ambiente. Me viene a la memoria un viejo artículo, titulado «Los martes, milagro», donde se hablaba de ese club con el entrañable afecto de quien ha descubierto su lugar en el mundo, su verdadero lugar, al menos por un rato una vez al mes, junto a otros cómplices catacumbales refugiados en una biblioteca empañada de libros a fin de que el ruido del mundo no los derribase del todo. Una sensación «casi clandestina», se decía en aquel texto lleno de agradecimiento y emoción. Pero eso se ha terminado ya. La orden tajante, disfrazada de invitación, ha dado sentido pleno a esa clandestinidad en que se ha convertido la condición natural de un lector. Una sociedad ruidosa donde el pensamiento va siendo sustituido por el vértigo y el ensimismamiento por un gregarismo montuno exige actos de desahucio así, aunque todo se quede en la modestia de un club de lectura de provincias expulsado sin concesiones de su sede natural. Y aún hay algo más: quien ha propiciado la expulsión da clases de Lengua y Literatura: «¡Cuerpo a tierra, que vienen los nuestros!».
Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957). En 2019 apareció su poesía reunida bajo el título Este otro orden. Posteriormente ha publicado La belleza de lo pequeño, El que menos sabe y en 2025 la antología El esmero. Es autor de dos narraciones: Calle Feria y Años de mayor cuantía. Sus diarios se compilaron en el volumen El murmullo del mundo (2019).
Luis Marigómez (Nava de la Asunción, Segovia, 1957) ha publicado algunos volúmenes, entre otros, la novela Sinfín (2016);su último poemario es Vislumbres (2023) y su último libro de relatos, Vaivén (2024). Ha escrito en las páginas culturales de varios medios, sobre todo en El Norte de Castilla. Tradujo el poemario de Margaret Atwood Luna nueva y cofundó la revista El signo del gorrión. También hace fotos, que ha expuesto a veces con sus poemas.
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