texto de Tomás Sánchez Santiago
fotografías de Luis Marigómez (serie Nudos)
Todo a todas partes y todo en cualquier momento. Algo así dice el flamante anuncio de la empresa de paquetería. La exaltación de la inmediatez y de la ubicuidad han terminado con la majestad aplazada del deseo.
Cuando salimos de un sueño, antes de volver a encontrarnos del todo con nosotros mismos, hay un espacio nebuloso en el que todo es desfiguración y desconcierto. Durante esa travesía fugaz, indefinible, podríamos estar reviviendo de nuevo nuestra inicial existencia en la ciega oscuridad prenatal. Pero nunca llegamos a saberlo porque ya empezamos a olernos a nosotros mismos y nos estampamos contra un contorno reconocido para empezar a vivir otra vez en el arraigo.

La mujer que vive sola ha puesto nombre a los electrodomésticos de la casa y los va llamando así a todos, de esa manera tan suya. Es de suponer que hablará con ellos, convertidos ya en verdaderos animales de compañía. Todo un proceso invertido: los perros pierden su cualidad de seres vivos completos y pasan a ser mascotas, una vez esterilizados, mientras que los frigoríficos y las lavadoras con sus ruidos y su vida secreta adquieren algo parecido a una presencia viva. Nos estamos preparando para la llegada de los robots de compañía, que ya están cerca.
Ninguna escritura es accidental. Y ninguna palabra pronunciada es inocua. La operación de decir supone, irremediablemente, una expulsión. Al estallar lo dicho, en el papel o en el aire, hay un temblor inaudito que atrae lo referido hasta la combustión de las palabras. Pedir un vaso de agua ya es hacer aparecer la sed entre las rendijas de las sílabas. Decir y suceder son acciones que se invaden mutuamente: digo lo que sucede, sucede lo que digo.

«Nosotros», «Nosotros», proclaman enardecidos, arrebujados en sus banderas. Pero ¿dónde termina la palabra «nosotros»? Esa es la cuestión.
Basta con un par de horas para vaciar un piso que tardó años y años en llenarse así. Lo acumulado cabe de pronto en unos cuantos lugares, encaballado y fuera del mundo visible. Los operarios del vaciado tratan con manos neutras su labor de sustracciones: sellar, desmontar, cubrir… Y todo desaparece en una suerte de inhalación, un ensayo a favor de la desposesión, un deshuesado provisional en dirección a la nada. ¿Y dónde apoyar ahora el alma en estas salas vacías, sin ruido ni espesor temporal? Sutil aprendizaje de la última desnudez.

LA HORA FORMIDABLE
Sucede cada día. Es solo un momento. Se detiene el ritmo de todos los asuntos y la luz se pone densa y arrastrada, como una miel tomada por la pereza. Apenas dura este resplandor que se va entrecociendo a ojos vista mientras los últimos colores de la jornada se llenan de riesgo. Todo parece dejar de ser. ¿Seguirá así mañana? Siempre se impone esa pregunta en esta hora difícil de atrapar. La hora formidable.
El dolor y el desconsuelo son también últimas formas del amor, sus formas extremas. Alguien se va de repente y no concebimos su desaparición, imposible de creer. Llorarlo a escondidas es convocarlo a una cita que nadie más sabe. Su voz y sus facciones empiezan a asentarse para siempre en la memoria. A veces hacen daño; a veces, compañía. Es la única manera de poder contar con el desaparecido. Más adelante encontrará su hueco para seguir al lado sin molestar. Nuestro deber es cuidar de la sombra de los muertos a toda costa. Nunca lo olvides, hijo mío.

Nada más amanecer, el quinteto de pájaros persiste inmóvil, como cada día, en el alambre de la rama sobre el río. No hay modo de llegar hasta ellos. No hay modo de ser ellos. Salvo tender el mantel limpio del lenguaje, estirarlo cuidadosamente hasta rozar sus plumas con palabras. Con estas palabras.
Entro en el portal y veo en la pequeña alfombra unos versos de Robert Bly: When we are in love, we love the grass,/ And the barns, and the lightpoles, / And the small main streets abandoned all night. Conmueven estos versos tirados ahí, en esa alfombra, a los pies de quien llega, que puede sacudirse los zapatos en ellos. ¿La poesía ya se ha puesto a la altura del betún? Quién sabe.

Sobre las escobillas de las pestañas, el atropello de las cejas como un rastro piloso que nos delata. Vestigios de un animal que fuimos. Las hay espesas o estropajosas, las hay aupadas y las hay de puro filo, algunas son tormentosas como cargadas de pesadumbre antigua. Hay quien se las afeita para dar un paso más hacia la niñez y quien se las pinta para ponerle sombra a la carne de la cara, como si le diera miedo fiarla al resplandor.
Los dos gatos se plantan ante el ciprés del jardín. Empieza a amanecer ya y la primera luz del día, lechosa y sucia, da a la escena un aspecto espectral. Mientras uno de los gatos se queda abajo, esperando en actitud vigilante, el otro trepa con facilidad tronco arriba. Irá en busca de nidos (he oído salir zureo de palomas de la espesura). Ante el balcón, me siento como un espectador de esos documentales que retransmiten cacerías de animales expertos en el estatismo y en los movimientos contados. Pasado un tiempo, aparece de nuevo el gato del árbol y ambos se retiran mohínos hacia la zona del jardín donde ya entró un primer sol. No hay signos de matanza. No ha habido suerte. O sí.
Ver pasar por delante, una a una, a las palabras como animales ciegos y que no se detengan. Ese es el quehacer resignado del poeta cuando oye las pisadas del lenguaje alejándose de él. ¿Es que os he hecho algo?, dan ganas de decirles. Pero ellas me miran desde sus cuencas vacías. Ignoran que estoy vivo y esperándolas. Ninguna se para.
Esas pequeñas esculturas de Baltasar Lobo, llenas de encanto y de misterio… Siempre que puedo, entro a verlas al museo familiar de mi ciudad. Lo sé: no es su lugar definitivo. Seguimos esperando, sin visos de solución, un emplazamiento digno de la obra del escultor. Pero precisamente ese aire de desamparo que provoca siempre lo provisional me produce una sensación muy especial cuando me planto ante estas piezas aquí, en este espacio que exhala intimidad y suele estar vacío y silencioso, dando más soledad a estas figuras. Busco dos, sobre todas las demás, que siempre me sobrecogen. Son dos mujeres sedentes. Una de ellas, «Ídolo», tiene esa majestad maternal y arcaica de las divinidades ancestrales; no tiene rostro y su postura, con las manos en el seno y las piernas levemente cruzadas, le confiere una pasividad que parece ofrecerse a atender indefinidamente a quien la contempla. La otra representa una campesina —o yo quiero verla así—, una emanación de la propia tierra sentada en el suelo, con la falda de tablas —así las llevaban las mujeres cuando venían a la ciudad— que prolonga el oleaje paralelo de los surcos arados. Ambas figuras femeninas están en otra clave del mundo, en esa actitud de espera que solo poseen las criaturas de acogida. A ellas me entrego.
OTOÑO 2026
No te perdono,
fracaso de hojas muertas,
tanto abandono.
Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957). En 2019 apareció su poesía reunida bajo el título Este otro orden. Posteriormente ha publicado La belleza de lo pequeño, El que menos sabe y en 2025 la antología El esmero. Es autor de dos narraciones: Calle Feria y Años de mayor cuantía. Sus diarios se compilaron en el volumen El murmullo del mundo (2019).
Luis Marigómez (Nava de la Asunción, Segovia, 1957) ha publicado algunos volúmenes, entre otros, la novela Sinfín (2016);su último poemario es Vislumbres (2023) y su último libro de relatos, Vaivén (2024). Ha escrito en las páginas culturales de varios medios, sobre todo en El Norte de Castilla. Tradujo el poemario de Margaret Atwood Luna nueva y cofundó la revista El signo del gorrión. También hace fotos, que ha expuesto a veces con sus poemas.
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