Shirtless man surrounded by glowing smoke in a misty forest
> Laberinto con vistas

Del Homo sapiens al Homo fumus

Antonio Monterrubio denuncia la falsedad institucionalizada que amenaza con convertir al homo sapiens en homo fumus, y reivindica el humanismo griego —de Protágoras a Aristipo— como antídoto: la dignidad de sabernos contingentes, pero no insignificantes.

/ por Antonio Monterrubio /

Tiempo ha que se rompió el consenso sobre la honestidad, y no fue de tanto usarlo. Más allá de la profusión de bulos, pseudoacontecimientos y hechos alternativos, el problema radica en su aceptación social, el acatamiento del Nuevo Orden de la falsedad institucionalizada. Tras el Espectáculo y sus estridentes decorados se esconde un torbellino de vacío que irresistiblemente atrae a las élites y al vulgo, al príncipe y al mendigo. Primero se desvanecen los actos y las cosas, luego los valores y finalmente la reflexión.

La incomprensión del mundo que nos rodea lleva a la incertidumbre y la ansiedad. Incapaz de encontrar nada a lo que agarrarse, el sujeto —o lo que queda de él— posmoderno se aferra a la ilusión. La apariencia sustituye a la realidad, no sin antes destruirla. Se nos persuade de que es lo mejor para nosotros, lo único que puede aportarnos bienestar, el solo espacio en el que merece la pena vivir. El Tinglado patrocina un estado de evasión permanente. Todos y cada uno somos invitados a convertirnos en consumados escapistas. Pero el destino del gran Harry Houdini nos advierte de que la escapada perpetua no existe. No estamos ante un eclipse pasajero de la razón. Vamos hacia la normalización de una nueva realidad donde la diferencia entre lo verdadero y lo falso se habrá evaporado, y con ella el abismo que separa lo bello de lo feo, lo justo de lo injusto, la bondad de la maldad.

Presente, pasado y futuro devienen meros artificios que manipuladores voluntarios o mercenarios pueden moldear a su gusto. Sin duda, la Estulticia podrá vanagloriarse de que «en gran medida me ha de estar agradecida esta clase de hombres que, con sus mediocres ceremonias, sus vaciedades ridículas y sus clamores, ejercen una especie de tiranía sobre los mortales» (Erasmo: Elogio de la locura). La sociedad turbocapitalista ha asesinado a la verdad con premeditación y alevosía, y ha ocultado su cadáver detrás de un riquísimo y lujoso telón. Nos trae como salvador un deslumbrante robot similar al que usurpa el lugar de María en Metrópolisde Fritz Lang. Recordemos sus efectos: catastrófica paralización de la ciudad y apocalíptica inundación de los barrios humildes. Casi una profecía de la crisis sempiterna en la que estamos sumidos. Y aquí no cabe ese embustero final con la frase «el corazón debe mediar entre la mano y la mente», que lo mismo sirve para promocionar despotismos de todo cuño que para justificar la explotación más alienante. Hace mucho que la suerte está echada.

El biopoder domina los cuerpos y la vida en nombre del bienestar, la felicidad y hasta la supervivencia. El psicopoder controla las mentes trocando la realidad por un Gran Anuncio, con su musiquilla adormecedora y su jerga de pedestre metafísica. Habitamos una época poco formidable: la era de la postidentidad. Y no hay que engañarse. «El escenario biopolítico cambiante del siglo xxi con su agenda económica biocapitalista, implica simultáneamente el ascenso de un estado de bioseguridad» (Dennis Kingsley: Asalto a la realidad). El auge del autoritarismo y de las decisiones tomadas a nuestras expensas por nuestro bien está servido. La soberanía individual y colectiva está en peligro.

El homo sapiens corre serio riesgo de dar paso a una nueva especie de hominino, el homo fumus, de ver evaporarse su humanidad cual humo que se va. Smoke on the Water. Pues no viene de serie con nuestra condición de bípedos pensantes. Es una conquista histórica. El humanismo y el Renacimiento la rescataron para la modernidad. Erasmo, Tomás Moro, Juan Luis Vives o Giovanni Pico contribuyeron a ponerla otra vez en candelero. El humanismo es la mirada inmanente que el ser humano se lanza a sí mismo, al margen de toda trascendencia, desprendido de muletas sobrenaturales. Burckhardt se refiere al Renacimiento como el periodo de descubrimiento del hombre, considerado ahora un sujeto libre y autónomo. Más tarde, la Ilustración modeló y desarrolló el concepto. En él se unen el retorno a la naturaleza, la reivindicación de la belleza, la búsqueda del vigor físico y espiritual o la exaltación de la alegría de vivir.

Pero si, cuando hablamos de humanidades, viene a nuestra mente antes de nada el mundo grecorromano, no es por casualidad. Los studia humanitatis son los estudios clásicos, y su objeto es lo humano. El pensamiento religioso, al situar la fuente de los valores y las virtudes en lo divino, no sabe ver en el hombre más que una criatura frágil, dependiente, inmadura, una mera sombra, el rastro de un sueño. La elevación desde el estatus de esclavo de fuerzas y entes superiores al de ser digno y responsable, libre en la medida en que esto es posible, debe menos a la Academia y el Liceo que a corrientes no tan mainstream de la filosofía griega. Sus orígenes hay que buscarlos en las elucubraciones de los sofistas y en las meditaciones de los cínicos. Su madurez llegó con las grandes escuelas éticas del helenismo, en especial el epicureísmo y el estoicismo, sin olvidar el escepticismo y el eclecticismo. No obstante, también Platón y Aristóteles, a rebufo de los presocráticos, invocan el poder emancipador de la inteligencia. El mayor hallazgo de los griegos es que «fueron capaces de conjugar libertad y necesidad, pero no como dos extremos que se enfrentan en un dualismo irreconciliable […]. Ver la necesidad en la libertad (y viceversa)» (Salvador Mas: Hölderlin y los griegos). Y son conscientes de que no vale ni la mortal gravedad ni la despreocupada burla. Si las dos son necesarias, ninguna es suficiente.

La frase atribuida a Gorgias «destruye la seriedad con la risa, la risa con la seriedad» significa que ser cabalmente humano requiere no tomarse nada en serio, y a la vez no dejar de hacerlo. Se trata de un paso fundamental en la defensa de la dignidad y libertad del individuo, de su independencia respecto de lo divino y de sus propios temores: la desdicha, la enfermedad, el dolor, la vejez o la muerte. Y si la primera característica de un humanismo es la autonomía de lo artificialmente sobrenatural y de lo inevitablemente natural, la segunda es la ponderación de la universalidad de la condición humana y, por ende, la igualdad de trato para todos. «Según cada cosa se me aparece, tal es para mí; según a ti, así es para ti; pues tú eres un hombre y yo también», dice Protágoras, abogando por el derecho a la libre opinión. Este es un aspecto básico en la gestación de una ética universalista, alejada de las morales que se aplican únicamente a quienes forman parte de la comunidad y excluyen a los demás como subhumanos. Entonces se pueden desarrollar unas normas e imperativos que trasciendan la familia, el clan, la tribu o la colectividad política o religiosa, para alcanzar a la especie en su conjunto.

Inhumanidad e incultura son hermanas gemelas. «Antes mendigo que ignorante, pues al primero le falta dinero, pero al segundo humanidad». Esta frase de Aristipo resume bien la equivalencia, tan griega, entre anthropismós (‘humanidad’) y paideia (‘educación’ en sentido amplio). Hoy que nuestra civilización aparenta haber perdido el norte, no está de más recordarlo. En nuestra mano está, si no lograr cambiar un rumbo nefasto, al menos no resignarnos a su inevitabilidad. Sin jactancia y sin ilusiones, apegados a lo único que tenemos: la dignidad de ser humanos. Sabiéndonos contingentes pero no insignificantes, y sin postular entes inmateriales que alivien nuestra angustia. La contingencia no es un espejismo: es lo que hay, es la verdad.


Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y reside en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Es autor de la trilogía La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas (Semuret, 2022), Al revés te lo digo (Trea, 2024), La primavera y el titán (Marciano Sonoro, 2024), El serano (Castilla Ediciones, 2025), Antígona vive (Chamán Ediciones, 2026), El tiempo en llamas y Una época formidable. Publica textos en El Cuaderno y escribe artículos en Nueva Tribuna, Nueva Revolución y Diario del Aire. Colabora con la revista El Viejo Topo.


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