/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /
En la base de la cultura occidental, especialmente de Europa, se halla el mundo griego. Nuestra cultura se fundamenta en gran parte en la de los antiguos helenos y esta cuestión casi no se discute. Y ciertamente hay muchas coincidencias entre los antiguos griegos y nosotros. La primera coincidencia es quizás que ellos no constituyeron nunca un país o un imperio políticamente unido. Los griegos nunca soñaron con tener un reino o un imperio y ni siquiera supieron hacer una federación bien hecha. A la Europa actual también le ocurre lo mismo; no ha sabido construir una federación sólida y bien hecha; nosotros vivimos en un mundo políticamente fragmentado, con Estados soberanos, que pueden salir de la Unión, como en el caso del Reino Unido.
Y sin embargo, los helenos sí que crearon un mundo culturalmente unificado; un elemento de unificación fue sin duda su base religiosa; aun con algunos dioses locales, las polis griegas compartían un mismo panteón. Incluso disponían de unos relatos míticos comunes, tales como la Ilíada y la Odisea. Las polis griegas compartían idéntico modelo de templo, con sus mismos dioses, sus altares de sacrificios, sus grandes santuarios panhelénicos, sus peregrinaciones y sus mitos. Entre estos elementos comunes estaban los oráculos, que eran los lugares sagrados en donde los dioses respondían a las demandas de los devotos. Estos oráculos les guiaban incluso cuando decidían emigrar en busca de nuevos horizontes, en las llamadas colonizaciones.
Los europeos de hoy también poseemos una base cultural de tipo religioso que es el cristianismo, con relatos compartidos como las narraciones bíblicas, templos muy parecidos, con sus patronos locales, y con algunos grandes santuarios comunes. Las emisoras de televisión y las redes sociales operan entre nosotros como poderosos oráculos, con funciones no muy distintas de los grandes santuarios panhelénicos. Así pues, también en esto nos parecemos.
Otro elemento de unidad entre las polis griegas eran los Juegos Olímpicos, que se celebraban en el santuario de Zeus Olímpico, y que, según la tradición, se empezaron a celebrar en el 776 a. C. y que desde entonces se repetían cada cuatro años. Pocas cosas impedían la celebración de los juegos, dado que incluso las guerras eran aplazadas o detenidas durante su celebración. Los europeos de hoy también compartimos juegos paneuropeos, el fútbol, que, como en el caso griego, era solo cosa de hombres; cierto es que los europeos de hoy, a diferencia de los griegos antiguos, hemos incorporado recientemente a las mujeres al fútbol.
Finalmente, los antiguos helenos poseían otro elemento de unidad, que era la lengua; aun cuando en el mundo helénico se hablaban dialectos diversos, el griego común (koiné) era una lengua de unidad; todos se reconocían en el uso de una misma lengua; a quien no hablaba griego no lo excluían, pero lo consideraban «bárbaro», que significaba que hablaba algo que no se comprendía. Junto con la lengua estaba también el alfabeto, que compartieron desde Ampurias hasta las costas de Crimea y hasta Egipto y el límite de la meseta irania. Los europeos también hemos compartido siempre una lengua común, que se habla en todas las cancillerías: en el siglo XVI fue el español, en el siglo XVII y hasta el XIX fue el francés y en el siglo XX y el XXI es el inglés.
Usted se preguntará: ¿por qué saco a colación todo esto? La razón que me ha impulsado es ver cómo la idea de unidad europea siempre, hasta el presente, ha fracasado. En efecto, si excluimos la unidad que representó el Imperio romano, que no fue solo europeo, ya que abarcaba el norte de África hasta el desierto y el Próximo Oriente hasta el límite de la meseta irania, hay que acudir al Imperio carolingio, una entidad política que existió desde el 768 hasta el 843 d. C. y posteriormente el Sacro Imperio Romano Germánico, nacido hacia mediados del siglo X y que llegó hasta los albores del siglo XIX, pero que excluía una buena parte de los territorios del continente (Gran Bretaña, Reino de Francia, reinos ibéricos, etcétera). Sin embargo, duró casi mil años y nunca fue un territorio realmente unificado.
El siguiente intento de unidad continental fue el de Napoleón; el Imperio napoleónico quiso ser el Imperio de Europa, ya que desde París se crearon reinos de nuevo cuño, bajo la tutela del emperador: así, además de Francia, se creó un reino napoleónico en España, el Reino de Italia, la Confederación del Rin y los reinos de Holanda, Westfalia y Nápoles. Pero el intento fracasó, porque, si bien el Corso quería dotar de constituciones a estos territorios y abolir el feudalismo, la estrategia utilizada fue la militar, la de la fuerza, y, por consiguiente, estimuló movimientos de resistencia poderosos que, con ayuda de los enemigos de Napoleón, aniquilaron esta construcción política.
Y el último intento de unificación fue el de Hitler y el Tercer Reich, con el que, si hubiera ganado la guerra, probablemente habría nacido un imperio de cuño germánico, pero corrió una suerte parecida a la de Napoleón.
Ciertamente, ahí está la Unión Europea, nacida del embrión del Tratado de París de 1951 y reformulada por el Tratado de Maastricht de 1993, que abarca veintisiete Estados y una superficie de 4.237.473 km². Pero esta comunidad política democrática, tan parecida al mundo griego antiguo, jamás ha logrado tener una constitución común ni unos ejércitos integrados, ni convertirse en una auténtica federación.

Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.
Descubre más desde El Cuaderno
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

0 comments on “Los antiguos griegos y la Unión Europea”