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Mirar al retrovisor

La peste de los antivacunas

De la peste de Florencia al sarampión de hoy, pasando por el ébola en el Congo: en este artículo, Joan Santacana recorre la vieja pugna entre ciencia y oscurantismo y desentraña por qué los antivacunas prosperan en pleno siglo XXI.

/ Mirar el retrovisor / Joan Santacana /

En la Florencia de entre 1629 y 1631 se desencadenó una epidemia de peste extraordinariamente letal, en el contexto de las grandes pestilencias que azotaron el norte y el centro de Italia. Las autoridades civiles de la ciudad intentaron imponer medidas de salud pública basadas en la razón (como el aislamiento forzoso del pueblo para evitar el contagio), mientras que el clero organizó una procesión masiva que culminó con la ruptura de las puertas de la ciudad, desafiando así las restricciones sanitarias. Carlo M. Cipolla, a partir del caso de la aldea de Monte Lupo, explica en ¿Quién rompió las rejas de Monte Lupo? los primeros y difíciles pasos de una política sanitaria y la gradual emancipación de la ciencia médica respecto de la fe. El estudio detallado de los hechos pone de manifiesto las dificultades de la ciencia para imponer restricciones que eviten los contagios.

Un caso parecido, salvando las distancias temporales y geográficas, lo vemos hoy en el Congo, donde existe una gran resistencia a aceptar las medidas gubernamentales impuestas a la población para aislar los casos de ébola. Las cuarentenas, el aislamiento de aldeas, los cordones sanitarios y la prohibición de enterrar a los muertos según los ritos locales alimentan una desconfianza hacia las autoridades sanitarias que se traduce en rumores, ataques a equipos de respuesta, la ocultación de casos, etcétera. También aquí, como en Monte Lupo en el siglo XVII, algunos líderes religiosos o curanderos tradicionales han cuestionado las medidas médicas, y las familias han querido velar y enterrar a sus muertos, lo que choca con los protocolos de bioseguridad.

Y hoy asistimos al bochornoso espectáculo de un país dirigido por una secta de ignorantes que ha conseguido en poco tiempo que enfermedades que se consideraban casi erradicadas, como el sarampión, rebroten con fuerza y pongan en jaque a los hospitales del país. Otras empiezan a asomar, y no tardaremos en verlas florecer de nuevo. Esto obliga a los hospitales a restablecer protocolos que ya solo estaban en los archivos y que ahora vuelven a ser necesarios. Todo ello nos invita a pensar en los factores por los cuales, en pleno siglo XXI, han renacido estas absurdas teorías de que las vacunas son nocivas.

El primer factor parecen ser los algoritmos de recomendación de las redes sociales, que difunden con más intensidad las informaciones falsas que las evidencias científicas. La razón de ello es que los radicales contrarios a las vacunas son siempre más activos en las redes que el común de la población y, por supuesto, que la comunidad científica. Los algoritmos interpretan este tráfico de información antivacunas como un gran potencial de venta, de modo que priorizan esos contenidos entre capas de la población que nunca se habían planteado la cuestión. La base de estas falsas informaciones se halla en la confusión que tiene mucha gente entre correlación y causalidad. Si utilizamos la correlación de datos, podemos afirmar que el tabaco alarga la vida, dado que en el siglo XV se desconocía el uso del tabaco y la gente moría a los sesenta años, mientras que en el siglo XX, cuando una parte importante de la población fumaba, la vida media llegaba casi a los ochenta años. Naturalmente, esto es una correlación, pero no tiene nada que ver con la causalidad. Si correlacionamos vacunas con procesos cancerígenos, ocurre lo mismo: podemos establecer una correlación que nada tiene que ver con la causalidad. En el fondo, se trata de una ignorancia de la estadística elemental que asoma con frecuencia en las redes sociales.

Hay, seguramente, una segunda causa de este auge de los antivacunas: la insatisfacción y la desconfianza hacia las instituciones. En una época en la que la ciencia ha conseguido logros indudables como alargar la vida de las personas, eliminar prácticamente en nuestras sociedades la mortalidad infantil, luchar contra el dolor, etcétera, surgen gurús que ensalzan la resistencia a cumplir las políticas sanitarias como una muestra de libertad. Cierto es que nuestros sistemas sanitarios se han convertido en grandes consorcios en los que las empresas farmacéuticas sacan beneficios astronómicos; cierto es que muchos médicos solo miran las pantallas de los ordenadores y no el rostro de sus pacientes; cierto es que la sanidad pública en países como el nuestro es lenta y a veces falla. Pero, a pesar de todo ello, vivimos más y con mejor salud.

Finalmente, hay un factor que actuó tan solo como catalizador del auge de los antivacunas: el covid, que obligó a los equipos sanitarios a actuar como «autoridad», lo que desató la reacción de quienes sentían que se les «coartaba la libertad» y se les imponía una medicación que «iba a destruir sus cerebros» y modificar sus formas de ver el mundo.


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.


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