/ por Antonio Monterrubio /
La transformación de la actividad política en electoralismo permanente ha sido uno de los grandes triunfos ideológicos de la derecha conservadora. Las campañas concebidas a modo de maquinaria para recabar votos al precio que sea son la negación misma de la política como gestión de lo común y preocupación por el bienestar de la polis, de la res publica. Esto es así desde los albores de la democracia representativa moderna.
La serie de William Hogarth Cuatro imágenes de una elecciónes una divertida muestra de cómo funcionaban las cosas en la Inglaterra del siglo XVIII. Se inspira en los comicios de 1754 en Oxfordshire. Estos desataron un aluvión de críticas a los dos partidos de la época, Whigs y Tories, acusados de dispensar ingentes cantidades de dinero para asegurarse votos. El sufragio era censitario y, por tanto, reservado a un ramillete de varones mayores y con ciertos posibles. Opíparos banquetes donde se despilfarraba la comida y el alcohol corría a raudales tenían el propósito de comprar voluntades, sin reparo alguno. El London Magazine denunciaba que «los partidos han gastado cuanto han podido en festejos. Por otra parte, ese es el método que emplean generalmente para hacerse con el favor de los electores».
El primer cuadro, An Election Entertainment, representa una comilona organizada por los Whigs. Los dos candidatos, a la izquierda, son objeto de las atenciones del público. Uno aguanta los arrumacos de una dama de más que mediana edad, mientras una chiquilla le birla el anillo y un guasón se dispone a quemarle la peluca. El otro escucha con estoicismo el sermón de un parroquiano que le echa el aliento en la cara. Buenos ancestros de quienes se hacen selfis sonrientes con personas para las que, en condiciones normales, pedirían una orden de alejamiento, o de los secretos admiradores de Herodes convertidos en besaniños por arte de magia. Por supuesto, las fuerzas vivas no desaprovechan la ocasión. El alcalde se desmaya tras ventilarse una montaña de ostras, y el rollizo clérigo limpia el sudor de su frente tras la ardua labor de despachar una fuente de carne. Dentro del local apreciamos una banderola clamando Liberty and loyalty, en tanto por la ventana se ve desfilar a los Tories con divisas como «Casaos y multiplicaos a pesar del diablo», y la premonitoria «Judíos no». Y es que parece que fue ayer.
Canvassing for Votes nos acerca al albergue alquilado por los Tories para toda la campaña electoral. Un candidato le compra chucherías al buhonero, con la evidente intención de agasajar a las mujeres que miran desde el balcón. Ellas no pueden votar, pero él no duda de su capacidad para hacer lobby. Al lado, representantes de ambos partidos asaltan a un personaje bien vestido cuyos favores pretenden lograr, naturalmente, mediante la correspondiente contraprestación. ¡Qué cosas pasaban entonces!
The Polling pone de manifiesto el hartazgo del artista con la clase dirigente. El carruajedestartalado en el que permanece aprisionada una dama es una brillante metáfora visual. Britania está sumida en la impotencia mientras los dos cocheros juegan a las cartas. Todos los hombres con derecho a voto son conducidos, de su grado o no, al colegio electoral. Entre ellos, un veterano de guerra mutilado, el tonto del pueblo, un ciego o un enfermo terminal. ¿Cómo no pensar en las modernas técnicas de acarreo, lo que los gallegos llaman carretaxe, sobre las que pasamos de puntillas en aras del buen nombre de la fiesta de la democracia? Pero los ancianos de las residencias, incluidos afectados de alzhéimer, las monjas de clausura ignorantes del mundo, el demonio y la carne reclutadas para la ocasión o las personas marginales pagadas a tanto la pieza están ahí, nos guste o no. En el interior del recinto, los abogados discuten y los aspirantes esperan ansiosos el veredicto de las urnas. El pintor no deja de apuntar un detalle más tenebroso al mostrar, en la parte inferior derecha, cuatro palos probablemente blandidos por agenteselectorales de las respectivas formaciones.
Chairing the Member escenifica el desfile triunfal de los Tories —conservadores— victoriosos. A falta de balcones, muchedumbres y profusión de banderas, los nuevos parlamentarios son llevados en volandas por sus seguidores. Pero la procesión cívica acaba mal. Una cerda con su lechigada se cruza en su camino, en dirección al río. Un marino, con pata de palo y todo, se enfrenta cuerpo a cuerpo con otro hombre que podría ser un guardaespaldas. El barullo hace caer de su sillón al candidato electo, que inevitablemente rodará por tierra. En el reloj de sol cercano puede leerse la inscripción «Pulvis et umbra sumus». Algunos deberían aprender, pues no escasean los antecedentes, que de las mayorías absolutas y los fastos continuos a la caída en desgracia y el olvido, el trecho es más corto de lo que parece. Sic transit gloria mundi.
La proverbial hipocresía de los espectáculos previos a las citas con las urnas ha degenerado hasta convertir los discursos falsarios en una retórica del odio acompañada de un sinfín de profecías apocalípticas. Esto posibilita el acceso de personajes de moralidad más que dudosa a primera línea de la política institucional y de su brazo mediático. A los poseídos por el mal radical se unen los meros funcionarios de la banalidad del mal. Proclamas incendiarias son difundidas urbi et orbi por voceros interesados, pane lucrando. El desconcierto de unas clases populares decepcionadas y el rencor creciente de la fracción decadente de las capas medias, unidos al tradicional desdén que la casta gozante reserva para quienes no pertenecen a ella, son el combustible perfecto. Hace tiempo que fueron volados los diques de la corrección y de cierta urbanidad en las formas. La actividad política debería tener un vínculo directo con la filantropía, ya que se supone que versa sobre cómo regular las relaciones entre los seres humanos en el mundo que comparten. Pero cada vez va quedando más en manos de misántropos para los que el bien común es una idea sensiblera de blandengues. Su consigna no es, como en Juego de tronos, «vencer o morir», sino «vencer y matar».
El elector vive alimentado por prejuicios disparatados, por dogmas tanto o más poderosos que los de las religiones en sus mejores días. El sueño de una sociedad racional donde los hombres actúen de modo autónomo, liberados de los corsés impuestos por fuerzas exteriores a ellos, parece alejarse a pasos agigantados. Pero no por eso deja de ser irrenunciable. El momento actual favorece el triunfo del dogmatismo inflexible que dispensa de toda reflexión y conduce a las muchedumbres a depositar dócilmente en la urna un voto contrario a sus intereses. El análisis ponderado, la evaluación ecuánime o incluso el cálculo egoísta están excluidos de antemano. El imaginario reaccionario sigue manejando las mismas premisas arcaicas de siempre. Aprovecha el miedo atávico al cambio para mantener el control. Presenta un mundo caótico que se precipita sin remedio por la pendiente de la decadencia moral, y ofrece recomponer el orden perdido. Apela a las pulsiones más oscuras alentando una nostalgia cuartelera a fin de disciplinar a una sociedad salida de sus goznes. En suma, con la invocación de la incorrección política como discurso transgresor, actualiza el fascismo disfrazándolo de posmodernismo. Su falta de cortesía y nula consideración al adversario son meros síntomas de la soberbia, la violencia y el ansia de poder que alberga.
Desde el momento en que la mentira en todas sus variantes se considera un arma no solo legítima, sino imprescindible, se abre la veda de la verdad y la moral se evapora de la vida pública. La mayoría de los seres humanos, por más que le pese a Aristóteles, no son animales políticos. De hecho, no se encuentran a gusto en ese mundo, que ven extraño y amenazante. Y para desenvolverse en él con garantías, sienten la necesidad de pastores que los guíen. Ahí tiene su fondo de comercio una barata y sucia demagogia. La voz de su amo va a cebar a los electores con prejuicios irracionales. El sistema vigente de comunicación de masas estimula la incoherencia e invita a sostener contra viento y marea opiniones carentes de sentido. Impide el establecimiento de lazos lógicos entre posiciones teóricas y prácticas políticas. Reduce o anula la aptitud para detectar la incompatibilidad de ideas. Son muchos los que no se percatan de que es imposible disminuir los impuestos, en especial a los más pudientes, y a la vez aumentar o incluso mantener los servicios públicos y los programas sociales.
El debate político ha sido sustituido por espectáculos de gran impacto emocional donde, lejos de un noble intercambio de argumentos, asistimos a una lluvia continuada de golpes contra un saco de boxeo virtual privado de oportunidad de defenderse. Las propuestas fundadas no se escuchan, solo la cansina repetición de consignas amenizada por el ladrido de la jauría. Son los linchadores los que consiguen tribuna y se llevan a la audiencia tras ellos cual flautistas de Hamelín. Cualquier bulo es válido, pues se cuenta con la abolición de su facultad de juzgar.
«Al mediodía la idea parece ignominiosa. A primera hora de la tarde, apta para ser debatida. A última hora de la tarde ya está asumida, y al caer la noche se torna obvia» (Olga Tokarczuk: Los libros de Jacob).

Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y reside en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Es autor de la trilogía La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas (Semuret, 2022), Al revés te lo digo (Trea, 2024), La primavera y el titán (Marciano Sonoro, 2024), El serano (Castilla Ediciones, 2025), Antígona vive (Chamán Ediciones, 2026), El tiempo en llamas y Una época formidable. Publica textos en El Cuaderno y escribe artículos en Nueva Tribuna, Nueva Revolución y Diario del Aire. Colabora con la revista El Viejo Topo.
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