05 Giulino di Mezzegra

El cruce de caminos del PSOE

Parecerse a Costa, no a Macron. Tener que ver lo menos posible con Felipe González. Por ahí pasa el único bote salvavidas del maltrecho PSOE.

El cruce de caminos del PSOE

Poco tiempo antes de la muerte de Franco, se le preguntó al sociólogo Juan Linz cuál pensaba que sería el sistema de partidos en la democracia que todo el mundo daba por segura en España tras la muerte del sátrapa. Linz se encogió de hombros y opinó que España era una nación muy similar a Italia en todos los sentidos, por lo que se iba a acabar configurando, seguramente, un calco de lo que allí funcionaba por entonces: un bipartidismo cuyos dos pilares fueran un partido democristiano y el comunista. Hoy sabemos que Linz erró de medio a medio. Democristiano, en España sólo ha habido un partido relativamente fuerte, pero no en Madrid: el PNV. Y ya sabemos lo que pasó con el otrora poderoso Partido Comunista de España.

Como en los años setenta, el futuro político de España es razonablemente impredecible y las pistas al respecto que puedan buscarse en las realidades de otras naciones tienen la fiabilidad que tienen, que es alguna, pero es poca. De todas maneras, y siempre provistos de cautela, la historia comparada ha pasado a cobrar renovada validez en este mundo globalizado en el que todo se parece cada vez más. Si en el ámbito político hay algo de lo que está pasando en Occidente en que las comparaciones resultan especialmente pertinentes es la aciaga suerte de los partidos que, dependiendo del país, se han hecho llamar socialistas, socialdemócratas o laboristas. A diferentes ritmos y con diferentes particularidades nacionales, todos están corriendo la misma suerte. Aunque el español exhiba por el momento una fortaleza envidiable para sus hermanos griego, francés u holandés, no es descabellado adivinarle un futuro tan escasamente halagüeño como el presente de esos partidos.

El drama del PSOE y de sus hermanos es el de un niño ante el divorcio de sus padres, un drama profundo porque el matrimonio ahora irremediablemente roto —el de un capital que producía y un Estado que embridaba y repartía— fue extraordinariamente exitoso y feliz durante mucho tiempo. En un momento dado las tornas cambiaron, los cónyuges de antaño devinieron enemigos y esos hijos socialistas fueron colocados en la tesitura de tener que escoger entre uno u otro, entre quedarse con papá o con mamá. Lo que ha sucedido recientemente en Francia es más aleccionador que ninguna otra experiencia europea sobre qué sucede cuando se obliga a los socialistas a tomar esa difícil decisión de Sophie: el partido pasa a serlo literalmente; partido queda, literalmente, por la mitad.

Los arquetipos franceses parecen repetirse hoy, ya como tragedia, ya como farsa, en un PSOE atravesado por las mismas fallas sísmicas que el PS galo. Las consecuencias de una victoria de Pedro Sánchez en las próximas primarias pueden ser idénticas a las que hace unos meses arrojaron las francesas, en las que triunfó la propuesta de repristinación izquierdista defendida por Benoît Hamon, es decir, un Pedro Sánchez convertido en monarca de la nada por un aparato que, viéndose derrotado, abjure de todo sentido de la lealtad hacia las siglas históricas que dice defender «al cien por cien» y huya de ellas para fundar un proyecto nuevo que establezca algún tipo de alianza con los Ciudadanos de Albert Rivera a medio o largo plazo. Que a los Felipe González y compañía les va la vida en que Pedro Sánchez no resulte vencedor en las primarias del próximo 21 de mayo, y en consecuencia puedan llegar a abandonar el partido si las gana, lo revela muy bien la sorprendente imagen de la fiesta de presentación de la candidatura de Susana Díaz en Madrid hace unas semanas, en la que por primera vez en lustros y en el mismo escenario, se reunen  dos hombres que un día se quisieron pero hace treinta años que se detestan, el propio Felipe González y Alfonso Guerra. Hay orgullos que un español sólo se traga cuando están en juego sus garbanzos.

Para las consecuencias de la otra posibilidad, esto es, que sea Susana Díaz la vencedora, también hay un precedente galo que permite entrever el viraje derechista del gobierno Hollande, capitaneado por un Manuel Valls que ya en 1999 llegó a deslizar la sugerencia de eliminar el adjetivo socialista del nombre de su partido para sustituirlo por otro que hiciera referencia a una nueva fe de esta gauche caviar cada vez más caviar y menos gauche: la reformista, la progresista o la pragmática. El 20% de los votos que La Francia Insumisa ha cosechado en las recientes presidenciales sólo puede haberlo conseguido Jean-Luc Mélenchon merced a un nutrido aflujo de socialistas desencantados, de esa parte de las huestes del puño y la rosa que, ante la disyuntiva de escoger entre un socialismo neoliberal refugiado en un puñado de banderas éticas —el antirracismo, la antihomofobia, etcétera— y uno que regrese a su esencia originaria —la convicción allendista de la posibilidad de alcanzar la sociedad socialista por vías democráticas—, prefirieron la segunda opción y el original melenchoniano a la copia hamonesca, decisión tanto más fácil de tomar cuanto que Mélenchon no es ningún bolchevique, sino un exministro socialista.

España siempre ha mirado a Francia como a una especie de bola de cristal y lo que allí sucede suele tener correlato a este lado de los Pirineos. En el caso particular del socialismo, las concomitancias son muchas y hasta simbólicas: el símbolo del puño y la rosa que el PSOE adoptó en la Transición, abandonando el del yunque, el libro y la pluma que había tenido desde los tiempos de la República, fue una copia del que el PS había adoptado tras fundarse sobre los escombros de la antigua SFIO, sobrepasada en 1969 como fuerza hegemónica de la izquierda francesa por el partido comunista de Georges Marchais. Después, el gobierno de Felipe González y el de François Mitterrand coincidieron casi exactamente en el tiempo, despertaron las mismas ilusiones de cambio profundo en sentido izquierdista y las traicionaron después con idéntica contundencia, porque al mismo tiempo que el ministro galo Laurent Fabius decía que la función de los partidos socialistas era hacerle el trabajo sucio a la derecha, el español Carlos Solchaga explicitaba sin escrúpulo alguno su aspiración a que España se convirtiera en el país del mundo en que más fácil fuera hacerse rico. Los gobiernos de José Luis Rodríguez Zapatero y François Hollande no se parecieron en cronología, pero sí en contenido: tan valientes fueron a la hora de reconocer derechos, por ejemplo el matrimonio homosexual, como dejaron de serlo cuando les tocó enfrentarse al austeritarismo bruselense, momento en que aferraron las tijeras de recortar bienestar con el mismo entusiasmo.

Vistas las cosas desde la perspectiva francesa, poca esperanza puede caberle al PSOE de resurgir de sus venerables cenizas. Pero hay otros espejos en los que mirarse, otras naciones igual de cercanas en las que no pintan bastos para las huestes socialistas. Si el PSOE desea revertir su propia descomposición, no le es preciso ir muy lejos a buscar un ¿Qué hacer? que lo ilumine, porque lo tiene en el PS portugués del doctor António Costa, que está sacando a su país de la crisis, algo que le está otorgando unos altos niveles de popularidad, y lo está haciendo como cabeza de un tripartito cuyas otras dos patas son el Partido Comunista Portugués y el Bloco de Esquerda, especie de Podemos lusitano. La experiencia portuguesa demuestra que todavía les puede ir bien a los socialistas si viran a estribor y no a babor, pero si lo hacen manteniendo su identidad y su esencia, sin empeñarse en copiar torpemente otros modelos, como esos ancianos que se disfrazan de jóvenes y rapean en algunos anuncios de televisión.

Encierra otra enseñanza más lo que sucede en Portugal: los tripartitos de izquierda, a los que tanto miedo se les tiene a este lado del Miño y del Guadiana, no sólo no son malos y necesariamente inestables, sino sólidos y aun más deseables que un gobierno monocolor, siempre y cuando sus integrantes se asocien con honestidad, altura de miras y la vocación de amalgamar lo mejor de cada uno de los tres mundos —de los comunistas, los fines; de los izquierdistas, los medios; de los socialistas, la respetabilidad internacional— en un proyecto común que se parezca a eso que el Partido Comunista de España decía y aspiraba a ser en su Manifiesto Programa de 1975: «Una formación política capaz de aunar todas las tendencias socialistas sin sofocar ninguna, sin anular sus características ideológicas, sin comprometer su fisonomía particular, su independencia, su campo de acción propio».

Parecerse a Costa, no a Macron. Tener que ver lo menos posible con Felipe González. Por ahí pasa el único bote salvavidas del maltrecho PSOE. Y a la clase trabajadora española sí que le va la vida en que el PSOE se suba en lugar de suscribir la hipoteca naranja de Albert Rivera.


 

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