06 Poéticas

Carlos Barral

Juan Carlos Mestre: "La primera palabra cercana a este habla es desobediencia, la segunda habría de ser una idea relacionada con cuanto en arte significa desorden, para la tercera posibilidad de su significación no existe palabra sino azar, el azar del que arroja sus dados sobre la cabeza petrificada del mundo".

Carlos Barral (Oviedo, 1969) se dedica profesionalmente a la promoción musical y cultural. Desde 1994 codirige El Cohete Internacional, empresa especializada en la organización de conciertos y la gestión cultural. Ha realizado ilustraciones para portadas y libretos de trabajos discográficos y de vídeo de Duncan Chisholm (Escocia), Seth Lakeman (Inglaterra) y Tejedor (Asturias). En colaboración con la Fundación Aula de las Metáforas y el Estudio Creativo Bocarte, realizó en 2007 la exposición Hechos Inexplicables, una muestra que fusiona poesía y obra plástica. En 2009 estrenó Performance Lírica, recital trifásico, proyecto creativo en el cual se fusiona poesía, música y arte, en el Teatro de La Laboral de Gijón y posteriormente se presentó en el Festival Visiónica, en el ciclo Palabra en Escena del Festival Cosmopoética de Córdoba y en el Museo Galego de Arte Contemporáneo de Santiago. Ha coordinado el ciclo de Música y Poesía Entre Versos y Acordes en el Centro Internacional Niemeyer de Avilés (Asturias). Forma parte del consejo editorial de la revista cultural Atlántica XXII y entre sus últimos proyectos, destacamos Performance Lírica, 24 poemas audiovisuales,  que reproducimos íntegra al final de esta introducción. A continuación, Juan Carlos Mestre introduce las claves de la obra poética de Carlos Barral y una selección de sus poemas, pertenecientes al libro inédito Oxidación.


Zonas que la razón prohíbe

/ por Juan Carlos Mestre /

La primera palabra cercana a este habla es desobediencia, la segunda habría de ser una idea relacionada con cuanto en arte significa desorden, para la tercera posibilidad de su significación no existe palabra sino azar, el azar del que arroja sus dados sobre la cabeza petrificada del mundo. Barral escribe, arremete, truena, camina sobre el oleaje de la montaña nocturna hacia los pasadizos invisibles de la prontitud y lo inmóvil. Algo hay de relámpago e iluminación en todo ello, de poeta que retorna desde el apocalipsis a los cartílagos del génesis y se disputa un lugar entre el tañedor y el pájaro, entre la voz que pulimenta la posibilidad del cuchillo y el eco del caballo, el que sabe que la belleza no tiene ojos sino imaginación, un campesino que cultiva el cuarzo y complace el párpado de las estrellas con la luz sobrante de lo nunca creado. Nacen así estos poemas, las cosas lingüísticas de su naturaleza que se multiplican sobre la extensión áspera de lo que duerme, las señales imborrables del sueño que ve nacer a las criaturas de Orfeo, sombras a quienes la realidad les da la espalda. Resistirse a lo acostumbrado pensaba Saint John-Perse, al inútil recuerdo de lo ya existente que solo cobra utilidad siendo, haciéndose, encarnándose en nueva percepción de una idea. Carlos Barral está en esa conjura, sospecha las luces súbitas de una lejanía, otra memoria que poco tiene que ver con las iglesias del permiso y las frases del creyente. Lo suyo es la minoría absoluta del hablante civil que se hace presente, hambriento de vida,  en el testimonio de otra insolente hermosura. Pero el poeta, ileso en su círculo, también atiende  a otra voz, escucha otras huellas tras las que se difuminaron los dioses, los viejos cartógrafos del mundo plano, las melodías que insultaron con vino aguado la ebriedad de Noé. El poeta dice: sentiría mentirte más que adorarte en falso, por ello anuncia su cosecha al oído, a la cámara y al tablero, al movimiento y a la oscuridad, conoce los mandamientos enmarcados en el medidor de vinagre de la preceptiva, la verdad del tiempo, la verdad del espacio, la verdad de lo monstruoso. Y desoye. Establece alianza con los insumisos que han quemado el cansado tambor de la tribu de bueyes. Crece con la madera porque es madera, otro árbol ciudadano que se aleja por el bosque de sí mismo, de los años de mármol en que desemboca la nube de los pensamientos muertos. Nada puede detener lo que las palabras significan, el silencio que desaloja la mancha de su corazón al extenderse por el mundo, esos frutos arrancados al tictac de los instrumentos primaverales, las pequeñas aldeas de rocío bajo las uñas, los poemas caminantes, la palabra recién amanecida. Así avanzan los poemas de Carlos Barral por el vaticinio y así se vacía en la herrería de la conciencia el alimento de su llama, esquirlas de un sol geológico que vienen a iluminar las zonas que la razón prohíbe, los espejismos bienpensantes de la hermosura, las breves escalerillas que desde lo pragmático conducen al tedio histórico de los endecasílabos. Contra esa advertencia de la salud de las sombras escribe el poeta, contra la vergüenza del olvido y sus cueros psiquiátricos, contra la corrupción de sus céntimos. Carlos Barral intuye, y ese grado de saber sucesivo lo desplaza hacia las afueras de la costumbre, allí donde la resonancia de lo mágico brota su desconocida médula sobre las páginas del porvenir. Lo adelantó Lezama: La seda nos toca con la cola de su ciego calamar.Y sucede la llave, la que sobre el viejo papel de estraza del horizonte abre lo hermético y se amplía como un dios de harina para que las manos hablantes entren en la asamblea del barro fonético, en la casa de al lado de lo maravilloso. Oigo los poemas de Carlos Barral tal como veo y toco la espiral de labios misteriosos que musitan su agua salvaje a las orillas del universo, el misterioso idioma metálico de los címablos griegos y las prostitutas de piedra asiria, la fugaz aurora de los escarabajos, el adulterio entre la estrella fugaz y la manzana. El inmortal ruiseñor de Keats ha muerto. Permanece la gloria del lenguaje que se hace presente como una sorpresa sagrada en la dicción del poeta, la pradera imaginaria donde ladra el perro de Caín y el prisionero es liberado de sus amarras de oro. La única verdad es que no existen límites para la verdad. Volver a hablar desde los terrirorios del ensueño, devolver la soberanía al horizonte, levantar el pisapapeles bajo el que agoniza la retórica chirriosa del sistema métrico decimal. Carlos Barral lo hace desde la sencilla sabiduría con la que se venga mayo de los otoñales sarmientos. Entra en la figuración de las metamorfosis, en la irrevocable densidad que siempre será lo justo en la conciencia de las víctimas, los linguísticos seres civiles aplastados por toneladas de olvido. Solo amanece si es la luz el compás de un sueño, lo luciente del alba sobre la armadura de adormecidos óxidos. El poeta abandona la pila bautismal y los vetustos juramentos ante la nada, pulsa el timbre del paraíso, Apollinaire le abre la puerta, pasa le dice, déjame subir en tu cohete.


Oviedo.  14-3-2013. Carlos Barral, pintor y poeta.Foto: Armando Álvarez.
Oviedo. 14-3-2013. Carlos Barral, pintor y poeta. Foto: Armando Álvarez.

Poemas

No disputes el agua de las flores

Cuida de los gigantes; a los pies de barro me remito.
Cuida las alas de las aves más inquietas y de aquellas que revolotean despistadas  frente al desorden climático.

Cuida el pulso del bebedor y el frescor de la hechicera.
Porque si hemos vuelto a la ciudad que nos vio nacer
y a la urbe que nos amamantó cuando tus brazos eran ya buenaventuras
es porque la celebración debe ser generosa en el rigor y astuta
en su belleza.

Sentiría mentirte más que adorarte en falso.
Así que haz el favor y no disputes el agua de las flores:
cualquiera diría que las cosas sencillas tienen
una amabilidad que las hace imperdibles.

No rescates al rencor ni adormezcas la sensacional belleza de tus ojos:
si son ámbar es para darle melosidad al gris plomizo del cielo,
si son asiáticos es para que la perspectiva tenga su peligrosidad.

Avanza la tarde

Avanza la tarde un día soleado en los albores del otoño.
Hace frío en la sombra pero al sol aún se demoran
algunos rescoldos de tibieza.

Estos días de amargura en sus entrañas tienen tramontanas
y nudos de garganta
y alteraciones rítmicas en el estómago
y una solitaria eficacia de triste espanto.

Es ahora que la tarde avanza cuando caben ideas tenues en tus pasos,
pasos que se han ido por arte de magia, entre las hojas caídas.

Templo para la defecación

Si los hombres de bien se suicidan hipotecados entonces la sociedad es un estercolero, el teatrillo de un director macabro.

Si las ruinas arramblan con las vigas maestras
y las hemorragias canalizan el caudal de la vastedad,
entonces este mundo es el de la vergüenza y el asco.

Si este desamparo es el techo de los hombres
y el mecanismo de defensa es un machete afilado,
sin duda este es un gran templo para la defecación.

Cuando aún estamos todos vivos

Veo el eje primaveral en el que se asienta la poesía el cual, a veces, tiene sopor por la canícula y otras, una sed atemporal pero, siempre, siempre tiene una sonrisa para regalar al caminante.

Los días comienzan a espigarse y a morder los labios de la noche.
Dulce sonata de este abril con piel de octubre y apoteosis de sudor la que invoco para el mayo que espero como un regalo en el mes de las prostitutas y las sensaciones extraordinarias.

En mayo los traductores adivinan la raíz de las ecuaciones y tientan a la sabiduría con sus apreciaciones irrevocables.

En mayo se inauguran los pasadizos invisibles mientras las flores se descuartizan al paso del amor.

Miro mayo maduro de revolucionarios y presiento la gloria de tiempos venideros que serán excelsos para alguien.

Yo echaré la vista atrás para recordar este instante en el que, aún, estamos todos vivos.

No perdáis la insolencia en el mirar

No perdáis la insolencia en el mirar.
Ya sabéis que las estrellas nunca abandonan su fulgor.

Habéis de mirar a la incredulidad, siempre mirar para desentrañar,
para ver qué se esconde tras de las apariencias.

De cualquier modo, a veces, con tan solo mirar, basta;
basta para ser feliz o para llegar a una concluyente reliquia que nos satisfaga, basta
para evadirse de la consistencia, y de la densidad.

Que no se os escape el brillo de los ojos, que no se os mancille la sencillez ni la espontaneidad se os seque.

Dejo en vuestro haber este caudal de fácil apariencia que os permitirá
caminar mirando al frente y comprobar que los charcos
reflejan como ningún otro lugar qué es lo que ocurre allá,
en las alturas.

Seguramente habréis de padecer los rigores de la intemperie como siempre ha sucedido pero también estará de vuestra mano el enorme privilegio de poder construir un jarrón de barro o una hogaza de pan.

Seréis aquello que vuestros sueños estén por la labor de cincelar así que, volad alto, volad juntas, en armonía, volad.

Tomad posesión del tiempo y del espacio. Haced de la libertad vuestra única bandera, misteriosa enseña que os librará de ignominias.

La hermosura es el fruto que se recoge cada día al amanecer al mundo.
La hermosura que es la adición que desprenden bondad y actitud.

A mí no habréis de defraudarme jamás, ¿quién soy yo para emitir exigencias? Os he dado lo mejor pero, acaso también, lo más ruin.

Este es un canto, una elegía, una bendición que me brota como hermosura, tal que erupción;
haced con ella un surtidor de frutos o una pila bautismal.

Compréndelo

Acepta por favor mis disculpas por lo que dije aunque, lo juro,
fue en legítima defensa.
Luego crucé las vías con ardor pacífico
e incluso soñé con la libertad de la escoria.

Por no callar cité tu nombre, ¡compréndelo!
me hallaba tremendamente solo, hambriento y llovía a mares.

Te pido perdón si es que mi proceder te ha provocado desagradables consecuencias aunque me consuela saber que no me odias
y me conforta creer que te atribulas al pensar en mí.

Ahora no quiero descentrarme, ahora,
cuando veo cruzar el tiempo en zigzag.

Porque mientras los recuerdos se apoderan de mis emociones
y ya no sé qué aventuras me deparará la vida, en estos instantes,
dudo entre darte las gracias o pedirte perdón.

Palabra recién amanecida

Cuando Bolaño galopa a lomos de una vieja motocicleta desconchada
y atraviesa caminos donde el polvo es militancia y un silencio atruena como maldición levemente manchada por graznidos de cuervo
y blasfemia de grajo,
es cuando va mascullando versos cosidos a la carne
que supuran por todas las heridas como brasas que iluminan la intemperie.

Cuando Bolaño arremete contra la facultad de ser miseria, de ser baluarte,
de ser cagada, y testimonia con grandeza de melómano sin una oreja,
es cuando se te desentrañan las más auténticas virtudes
y todo el orbe grita lindas hemorragias en armónica testarudez.

Porque tengo la lengua rajada y toda la boca como piel de serpiente,
y porque he bebido toda la eternidad de un trago,
es por lo que no le recomiendo ni al más puto enemigo toda esta derrota.

No duden cuando vean llegar al poeta:
a pesar de sus cuitas y sus megalomanías porta la palabra más pura,
la palabra recién amanecida.

Estos versos heridos en la noche

 Las cuestiones importantes acostumbran a sembrar dudas,
a fijar claves para una interpretación,
en tanto que los amaneceres en sombra, abultan profundo extrañamiento.

Sin ir más lejos, están el sabor de la tierra,
el melocotón que, excesivamente maduro, desprende un postrero aroma
a gloria bendita, tendido en la alacena,
bañado por una tenue luz dorada.

Tomemos los sentidos de la gloria, los cables del firmamento y
la lluvia constante.
Tomemos, por ejemplo, las sensaciones de los humanoides chocando contra la insensibilidad de las personas.
O tomemos los paraísos artificiales señalando a las canciones
de amor que gustan soñar.
Fijémonos, por qué no, en los sombreros y en las ideas,
en las idas y en las vueltas, en las dobleces o en las mentiras.

A veces, pienso en la memoria de los hombres que nunca he sido,
y en la memoria de los hombres que algún día alcanzaré a ser.
Y pienso en los hijos que no he parido,
y en las novias que se han servido de mi idiocia porque era lo único
a lo que aferrarse.

Hablemos una micra del sexo pobre y solo, del sexo sombrío, del sexo imposible,
del sexo celeste, de toda la sexualidad.
Hablemos de los sonámbulos y de las prostitutas,
de las misivas incendiarias, de los documentales de amor sinuoso,
de los meandros y de las vaginas, de los penes y de las óperas,
de aquellos persuadidos con que, algún día, conseguirán sentir la bajamar
y el desencanto.

¿Y qué ocurrirá con el dinero, con la hemorragia del mar,
qué con la lava del volcán, con tu saliva roja de rabia?

¿Qué ocurrirá con las ruinas de los nombres que se manchan de cobalto
y se elevan hasta alcanzar la techumbre de madera
porque la magia pesa tanto como si cupiera en el seno de tu imaginación?

Fue la melodía que dibujamos el tiempo de nuestra búsqueda,
acaso fue también la razón por la que cabalgamos hombro con hombro unidos.

Son esas las sombras que nos persiguen para sentirnos reflejo de nuestros cuerpos las que llenan de sentido estas palabras y
estos versos heridos en la noche,
esta derrota hecha jirones.

Calma

Pedían calma a los guardianes del sol y levedad a los custodios del agua.
Entonces le llamaron pájaro, le llamaron sombra, le llamaron mar.

Amor quisiste para las muchedumbres y tierra para los arados,
entonces te llamaron inocente, te llamaron pobre, te llamaron nada.

Trigo sembraste y el vino en tinajas hizo que la fiesta alcanzase los abismos.

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