06 Giulino di Mezzegra

Los estratos del alma

Mi amigo acata que ya no tiene ningún sentido seguir siendo carlista en el siglo XXI. Pero la bandera con las aspas y la boina bermeja siguen ahí. Y yo sigo diciendo que tengo un amigo carlista aunque no lo tenga, porque sé que en realidad sí lo tengo.

/ por Pablo Batalla Cueto /

Tengo un amigo —Javier Cubero, uno de los mejores— que forma parte de cierta categoría curiosa de personas: aquéllas que en un momento dado evolucionan y dejan de profesar una determinada ideología de juventud, pero pasan a refugiar el apego sentimental que no han dejado de sentir hacia ella en los estudios históricos y en cierto íntimo cultivo folclórico. El caso de mi amigo es uno especialmente singular: esa ideología adolescente hoy periclitada era la carlista. Carlista de izquierdas, para más señas: la de aquellos desconcertantes boinas rojas que en los años sesenta y setenta predicaban el socialismo autogestionario y el derecho de autodeterminación de los pueblos hispánicos y cuyo entrañable monarca, Carlos Hugo de Borbón-Parma, trabajó durante dos meses en el Pozu Sotón a fin de conocer de primera mano la realidad social y laboral de los mineros asturianos.

Era carlista con genuina pasión, mi amigo: lo recuerdo pegando carteles decorados con las aspas de San Andrés y que decían «Autogestión» por las tapias desnudas y farolas de Gijón a principios de la década del 2000, anacrónico como aquellos soldados japoneses extraviados que seguían luchando la segunda guerra mundial en las selvas filipinas en los años setenta. Nunca nadie materializó tan rotundamente el principio según el cual hay que ser pesimista de la razón pero optimista de la voluntad: en aquellos años aciagos en los que el carlismo agonizaba incluso en Navarra, mi amigo era el único militante del Partíu Carlista d’Asturies. Él era el carlismo astur tal como Luis XIV era el Estado.

Un buen día mi amigo, como atropellado por el autobús materialista del malicioso ejemplo de Politzer sobre la inconsistencia del idealismo (el del idealista y el materialista que discuten si el autobús que está a punto de arrollarlos es real y objetivo o sólo fruto de su imaginación), se cansó de ser un partido político unipersonal. Viró entonces hacia el soberanismo asturiano de izquierdas (que no es precisamente un movimiento de masas, pero a él debió de parecérselo), y hasta hoy. Sin embargo, siguió coleccionando calendarios de temática carlista, tiene colgada de la pared de su habitación la bandera con las aspas de San Andrés, imparte conferencias sobre don Javier de Borbón-Parma, acaba de regresar de la celebración anual de Montejurra y le brilla un orgullo inconfundible en los ojos cuando cuenta que Mao Zedong admiraba —lo dejó escrito— a Tomás de Zumalacárregui, que Eric Hobsbawm menciona a los carlistas en su delicioso Rebeldes primitivos, que el Partido Carlista emitió ya en 1946 un panfleto en el que explicaba que «El carlismo no quiere ni una Monarquía absoluta, ni una Monarquía liberal, ni un Estado totalitario, ni un Estado policiaco» o que, cuando las tropas franquistas conquistaron Guernica, los falangistas, que querían cortar el famoso árbol, corrieron menos que los carlistas, que querían preservarlo.

No sé si el no-carlismo de mi amigo superaría el test del pato, ése que acuñó en 1950 el embajador de Estados Unidos en Guatemala para considerar comunista al presidente progresista Jacobo Arbenz y según el cual «si camina como un pato, grazna como un pato y nada como un pato, probablemente sea un pato». Sea como sea, Arbenz no era comunista, y yo creo a mi amigo cuando dice que ya no es carlista por más que siga hablando de las Españas, que defienda los conciertos económicos o que se enfundara en Montejurra el mes pasado —él dice que no, yo sé que sí— la misma boina roja con la que hace años, cuando todavía era carlista (fue candidato al Senado por Asturias, y yo le voté), desfiló por las calles de Oviedo sujetando el babero de la manifestación por la oficialidad del asturiano mano a mano con Xuan Xosé Sánchez Vicente, Francisco Javier García Valledor y Sergio Marqués.

Mi amigo me recuerda, en cierto modo, a Holling Vincoeur, el dueño quebequés del bar de Cicely en la mítica Doctor en Alaska. Holling había sido cazador durante décadas, pero un día había adquirido súbitamente conciencia ecologista. Desde entonces, seguía saliendo a los bosques alaskanos con su fusil con la misma frecuencia que antes, pero con un fusil trucado para ajustarle a la boca una cámara fotográfica conectada al gatillo. Todo había cambiado y Holling, ahora, en vez de matar animales los fotografiaba, pero, como en El gatopardo, todo había cambiado para que todo siguiera igual: en el fondo, seguía siendo un cazador.

Tienen algo fascinante, estas nostalgias políticas que suelen ser excomunistas, exanarquistas, exreligiosas o exhippies y se parecen mucho a las amorosas. Este no ser o no querer, pero en realidad seguir siendo y queriendo en cierto recóndito doble fondo del alma, como aquella mujer que se murió conservando en la cartera, debajo de la foto de su marido y el padre de sus tres hijos, la de un brigadista checoslovaco con el que se ennovió durante la guerra del 36: «Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero…». El alma, como la civilización, también tiene estratigrafía arqueológica.

El filósofo peruano Mariano Ibérico dejó escrito en los años cincuenta que la nostalgia mezcla «un sentimiento de encanto ante el recuerdo del objeto ausente o desaparecido para siempre en el tiempo, un sentimiento de dolor ante la inasequibilidad de ese objeto, en definitiva un anhelo de retorno que quisiera transponer la enigmática distancia que separa el ayer del hoy y reintegrar el alma en la situación que el tiempo ha abolido». Lo más certero de ese pasaje precioso es que el tiempo no mata, sino que abole; que legisla abandonos, desengaños y olvidos pero a la vez que promulga la ley promulga también la trampa y hace posible aquel principio jurídico que fue común en la América española para con los decretos emitidos desde la distante metrópoli: «Se acata, pero no se cumple». Mi amigo acata que ya no tiene ningún sentido seguir siendo carlista en el siglo XXI. Pero la bandera con las aspas y la boina bermeja siguen ahí. Y yo sigo diciendo que tengo un amigo carlista aunque no lo tenga, porque sé que en realidad sí lo tengo.

El alma, como la civilización, también tiene, sí, estratigrafía arqueológica, y los arqueólogos saben que, a la hora de analizar un perfil estratigráfico, debe tenerse muy en cuenta que no hay estratigrafía perfecta y que existen ciertos fenómenos geológicos por los cuales a veces un estrato inferior, y por tanto más antiguo, rebrota a la superficie y se sobrepone a los superiores, y por tanto más recientes. Lavoisier nos enseñó hace dos siglos y medio que en la naturaleza nada se crea ni se destruye; Ángel González hace algo menos, que todo lo consumado en el amor no será nunca gesta de gusanos. Ambos, que todo lo existido alguna vez sigue existiendo siempre en algún grado; y yo sé que esto que vale para el gran universo mundo vale también para las personas y que mi amigo a veces —pocas quizá, pero alguna: apostaría— se enfunda su boina roja en la soledad de su habitación, se mira al espejo y se proclama a sí mismo aquella máxima de Gramsci según la cual el sentido común es un terrible negrero de los espíritus.


 

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