... Poéticas

Mónica Ojeda

Mónica Ojeda (Guayaquil, Ecuador, 1988) ha sido una de las revelaciones de la temporada con la edición en España de su novela Nefando. Viaje a las entrañas de una habitación (Candaya, 2016) y acaba de ser seleccionada como una de las voces literarias más relevantes de Latinoamérica por el Hay Festival, Bogotá 39 2017. Manejando diversos registros del castellano y sus variedades de Ecuador y de México, construye con un ritmo insistente y frenético una historia en la que lo abominable, lo infame y lo perverso tienen cabida en un piso compartido en Barcelona por seis jóvenes de Ecuador, Madrid y México que elaboran un videojuego pronto censurado en la ‘deepweb’.

portada nefando

La extraña voz poética que subyace en ese libro es un indicio de los diversos registros de escritura en los que Mónica Ojeda, autora también de la novela La desfiguración Silva (Premio Alba Narrativa, 2014) y del libro de poemas El ciclo de las piedras (Rastro de la Iguana, 2015), se mueve como pez en el agua. Como muestra de ello, la autora nos cede en exclusiva una selección de poemas de su libro inédito Historia de la leche y un breve texto a modo de poética muy personal.


¿Qué se siente ser un murciélago?

/ por Mónica Ojeda /

La conciencia hace que el problema mente-cuerpo sea realmente inextricable. Nos componemos de ese misterio fecundo con el que trazamos el mapa de nuestra humanidad escindida, pero catapultada por la intención de palabrar su experiencia humana —es decir, la del dolor primero, el más limpio, que sólo puede ocurrir en la infancia—. La experiencia del dolor y su comprensión a través de una narrativa de la memoria me impelió a escribir el punto de partida que es el cielo o el enigma de la subjetividad moldeada por el primer golpe. Desde entonces vuelvo la mirada hacia la primera vez que fuimos conscientes de nuestra fragilidad y escribo para extender el lenguaje fuera de su casa. Un trabajo así sólo se sostiene en un constante diálogo conmigo y con los demás. Es una búsqueda de sentido y no de la verdad, porque los esbozos para entender los fenómenos de la mente poco han servido para explicarnos lo que somos cuando miramos hacia arriba esperando encontrar un yo invertido, un horizonte agujereado donde se cuelen partes de nosotros, o cuando hacemos del silencio una divinidad, un mito, un laberinto.

Mi nombre es Autora y digo
—con el dedo creador ensuciándome la sien—,
que lo más difícil es escribir lo imposible.
[Lo imposible es escribir personas sin que se vuelvan personajes]

Por eso te invito a pensar en la escritura de lo imposible aunque llegue el día —un pronóstico basta para alargar la sombra de nuestra sombra— en el que admitamos que no se puede escribir la carne ni la experiencia de la carne porque no tenemos palabras vivas para emprender la labor. Mientras tanto obramos el cuerpo huyendo de sus telas y de los rincones que queremos fantasmar; también intentamos, con la lengua torcida, decir el carácter subjetivo de nuestra experiencia. Al fondo de esta voz —que quiere ser oleajes de voces— la pregunta percute: «¿cuál es tu experiencia de invierno?», y se arrima a la escritura, que es en sí misma una experiencia de invierno, para contestar: «soy la autora, pero no tengo respuestas» o «soy la autor, pero no conozco lo que creo». Lo más honesto sería enterrar las palabras muertas y no arrastrar sus cadáveres por la lluvia que tierra, no profanar su podredumbre con obsesiones necrófilas; pero si no están bien muertas las palabras muertas, si agonizan para siempre arrastradas por la lluvia que tierra, lo digno sería matarlas y aceptar que ya no.

Entonces, puede ser que escribir sea buscar la vida hasta en la muerte.
[Esta búsqueda es colectiva]

Y que para hallar las palabras que digan mi experiencia de invierno debo violar el silencio público, retorcer la lengua y dispararle a la casa del lenguaje.
[Esta violencia es colectiva]

Mi conciencia me obliga a palabrar mi conciencia —sin ella, el problema mente-cuerpo sería menos interesante: con ella parece no tener solución—. Hoy digo que lo único que importa es la escritura de lo imposible: no escribir otras conciencias como si pudieran ser pronunciadas, sino fragmentos de humanidad para entender el dolor primero en toda la magnitud de su insignificancia. Soy la autora y quiero levantar una pregunta porque lo único que importa es escribir lo imposible. Decir el carácter subjetivo de la experiencia como derrumbar la casa del lenguaje o inventar la posibilidad de saber lo que es para un murciélago ser un murciélago.

[Representar el silencio ante el sinsentido de los demás]
[Escribir nada para callarme]

Esta escritura del sin horizonte no puede, sin embargo, responder a ¿por qué la nada?, ¿por qué el desierto? Pero debe existir, aunque no responda, porque el reto del discurso es horadar los muros de su casa para extender la expresión hacia fuera de nosotros mismos. El reto es excedernos —esto quiere decir ampliar los límites de nuestra imaginación y de nuestra empatía— y hablar del dolor que fue y del paisaje que es.

Excedernos.
Exceder nuestro horizonte repetido.




monica-ojeda
Mónica Ojeda (Guayaquil, Ecuador, 1988)



Historia de la leche

(poemas inéditos)

[1]

Cae con madurez el fruto que en verbo ardido lamió sus costillas al sol;
más de 365 veranos de su carne niñada en hueso negro constelado
se aflojan.

Rueda el fruto sobre la piel arqueada de las amapolas.

                                                                       Se abre.

De su epicentro nace una guadaña como un párpado de acero cerrándose en la bruma bautismal de su oleaje.

—Esto es lo primero que verás —sentencia la rama despojada del peso de su cabeza— antes de atravesar la raza del otoño.

 

[3]

Hora de huir
de la madre.

El origen es una aguja
escribiendo los nombres de los muertos
en las pupilas de los peces.

             Ceguera oceánica.

Sin imagen sólo queda el sentido de lo invisible
y una punta sangrienta como línea de salida a la superficie.

 Mientras tomas aire
la escritura se humedece de futuro.

 

[7]

Muy temprano tuvimos miedo de trazar un mapa hacia el fondo de Mabel | un fondo blanco como el grito de los volcanes que duermen en la ciudad perdida de los ojos de Tiresias.

Allanaste el campo en nombre de lo que no veías. Dijiste que el mundo sabía tiernarse hacia aquello que todavía no existe.

Allanaste el campo para sembrar hortensias que le diste de comer a los animales ciegos del futuro de Mabel y sus entrañas.

Mis hortensias alimentaron sus dientes cascados por el hambre mientras ella aprendía sentada sobre las rodillas fantasmales del hombre que desprecia la justicia. Tú y yo queríamos ser ese fondo alado que plumaba la risa de su espíritu chatarra, pero el espejo al fondo del pozo decapitó las promesas de lo infinito contra el vacío. Las nubes se hincharon con el sudor de los males perdonados y dijimos que este suspiro de horizonte marchito no podía ser el paraíso.

Detrás del mar el espacio, como una garganta rala y enmudecida, se extendía en toda su potencia de decir: “el fondo del ser es eterna posibilidad de horror”.

Afuera del mundo lo que no es mundo come mundo y lo defeca en las bocas lagartas de los creyentes. Mastica sus temblores y los pega bajo la mesa encanecida de nuestra madre.

[Pero Mabel aprende amaneceres en Rothko sobre el néctar de las trenzas de la creación; sus caminos adentro parecen tus hortensias destrozadas en la lengua de los cabritos; su pecho mancha de claridad lo que sembré cuando desconocía que mis emociones no eran más que ideas borroneadas en el álgebra mezquina de sus huesos]

Allanaste el campo.
Alimentaste la ceguera del regalo.

Mis emociones eran ideas amenazando el diseño blanco y secreto de Mabel.

Su fondo se agrandaba a la diestra de la madre mientras yo, acostillada a la siniestra de la piedra en su seno, afilaba los nudillos contra el misterio de los caminos inversos.

No se puede explorar lo que es eterno.
No se puede abrir lo que no tiene fin.

Una madre elige entre los cabritos y las hortensias.
Una madre es la primera experiencia de crueldad;
el primer hachazo,

la infección silbando muelas cojas bajo las axilas;
el abandono colgando como un espantapájaros de la quijada rota del poema,
la venganza ensayada de todas las pieles que lloradas nos cubrieron
de la perfecta desmesura del acaballado origen.

Una madre es el vientre de agua que cadavera los alumbramientos de este siglo.

Mamá se limpia el deseo regado con las hortensias,
monta los cabritos hacia la curvatura de la aurora
y canina el destino último de mi carácter.

Allanaste el campo para tus terrores ciegos de futuro.

Lavaste tus brazos de odios antiguos; pesaban a agonía arcana y a sabores de fiebre y luna sucia.

Al fondo de Mabel ibas como un pez sin agallas cruzando el ártico de las orcas de tu cráneo.

El bravío vientre se henchía sobre costas trinando sin ellas; Mabel y Caína, bamboléandose junto al muelle de los libros que las calcinan.

Mabel,
ruge tu baba sobre el pecho de las Furias
que hociquean mi huida hacia el relámpago.

 Acelera, decía el frío del castaño.

Mabel, ruge tu baba.

Navegaste sin mapa:
querías entrar, borracha de odio, al sentido de una lágrima.
Al enigma del zoloft.

Cry, cry, but over the rainbow you beast.

Tu hermana madura y huele a panales y a elefantes y a cementerios de edredones manchados de insomnio. Su diseño blanco se espesura cielo adentro y no puede graficarse, pero late como el pulso carroñero de los árboles estirando la naturaleza del estiércol y de la sombra de sus gallinas al suelo.

Brama la carroña en el pico de las aves,
todos los telescopios apuntan a sus ojos.

El blanco no es un color; es un estado de contemplación subterránea que se tuerce y desciende en luz amarga por tu cuello de cisne obsceno. Es un estudio de profundidades claras pero, Mabel, no existe la honestidad en mis palabras; los alces despiertan reclamándote en la podredumbre de la tierra, cavan con sus pezuñas un templo para guarecerte de todo daño superior a la muerte; custodian tu fondo para mí como una gigante roja durmiendo la gracia del poema.

No existen palabras honestas,
solo este ruido que afila sus uñas contra mi cara
y que articulo como un oráculo de perros
en celo de ti.

“Caína”, me dijiste, “te perdono para hundirte más en el secreto de tu retrato, para condenarte a la descendencia de una raza helada en tu imagen”.

El solitario blanco reventó los espejos del universo.
La leche corrió como sangre por el terreno de su cuerpo.

Un fondo así es como la maldad intrínseca de lo eterno.

Mabel, lo bueno solo abreva en la brevedad: una rajadura en el estado del plomo y de la lumbre.

Era imposible encontrar un camino a tu interior que no fuera un sanatorio donde encerrarme.

Madness is your spirit and your beauty.

No puede hacerse un mapa de la locura escondida en tu pelo; tu pelo de diosa y cordera que inventa los pecados del mundo.

¿Quién tendrá piedad de nosotras, lúbricas pastoras del tiempo?

La piedad es de mármol miguelángel: excesiva belleza que nada siente pero todo hace vivir.

¿Cómo no matarte para amarte? ¿Cómo no acabar la eternidad perversa de tu fondo, violarte el bien, meterte en el corazón un poco de porquería para que me perdones?

He caído en la asimetría del amor.

Nuestra madre escogió tus cabritos:
mi campo de hortensias se ha oxidado entre sus dientes.

*

El tórrido aliento de un órice despierta la montaña,
te despierta con ella y despierta a los viejos leones:
es hora de almorzar.

Todos los días en tu mente habrá un desierto sepultando la calavera de la poesía;
la llevarás contigo al exilio para defenderte de la inclemencia de tu sombra
siempre extendiéndose con movimientos de astros oscuros sobre los senderos.

Tu sombra es el reflejo más antiguo de tu cuerpo.

Pero cada mañana la calavera de la poesía pesará un poco más que ayer.
La arrastrarás hacia la cima de la montaña como una constante de vapor
nublando los sentidos de los cazadores;
una amenaza que el viento cubre de arena y que barres con tu única ala.

Sus cuencas libres empañarán tu interior
y escaparás manchando de sombra un dolor antes temido:
una fiebre que reblandece los picos y tiñe la hierba con moscardones.

A pesar del fracaso no soltarás la cabeza del misterio:
la subirás a la montaña
con el peso de su mandíbula empujándote a los cuernos en manada.

Descansarás con ella en un nido improvisado.
Retozarás con sus cuencas abiertas a la noche.

No te curará la carne, pero al día siguiente será tu casa.

*

Protegerás al huevo de los músculos de lo invisible.
Su blanco de ojo,
callado como el pensamiento,
sembrará remolinos en la estructura del universo en cascarón de leche.

El dios que te alimenta se pudrirá en todos los cuerpos de tu hambre.
La poesía será el aprendizaje de la muerte.

*

Negro es el páramo donde caen las focas como meteoritos de mar
nadando sus oquedades en el pecho gigante de la hierba de tu exilio.
Sus fósiles encenderán la lámpara de tus sueños y esa voz
que vuela alrededor de los volcanes
te mostrará el pasado como resina de insectos:
una piedra que no puede ser iluminada
enterrada al fondo del sol.


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