Crítica

El espectáculo del tiempo

Si la epifanía de Joyce consistía en una revelación sorprendente, plena de hilarante sabiduría fílmica, el humor es la clave de la novela de Becerra. Nos estimula a encontrar desorientación en la lógica. El truco narrativo de la reversión nos permite encontrar acomodo. No de otra forma avanza la vida: la restauramos de continuo, mientras avanzamos a través de ella

El espectáculo del tiempo: horror de la inferencia

/ por José de María Romero Barea /

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Juan José Becerra: El espectáculo del tiempo, Candaya, 2016, 525 páginas, edición en papel:  20,00€, ebook: 10,99€

«Apareció el insomnio y el terror de no poder salir de la nube negra en la que estaba, y en la que no pasaba nada, salvo que el tiempo se iba (…) esa noche me volví cronofóbico y, tal vez, nació este libro». Desde el inicio de la narración, la secuencia de eventos es un rompecabezas. Se nos propone un juego, en el que asistimos a las contorsiones de un alma, prisionera de su cuerpo. O viceversa. El discurso, en cualquier caso, nos arrastra a su antojo. Las frases avanzan en la dirección habitual, sólo que en orden inverso. Extrañamente, en ocasiones el diálogo tiene más sentido leído hacia atrás que hacia adelante. El interlocutor (hipócrita, hermano, nuestro semejante) convierte la perplejidad en una representación a la que llegamos a través del camino equivocado (o puede que no).

Sigamos: «Murió José María Pardo. Tenía ciento doce años. Fue la noticia del día». Así comienza El espectáculo del tiempo (Candaya, 2016), no la primera (ni será la última) novela que juega con la cronología, pero, en el futuro, se verá que pocas han revertido el espacio tan a conciencia. «[Pardo] había sido un personaje muy presente en los actos públicos a los que lo llevaban para que diera su testimonio como sobreviviente de la Historia. Lo obligaban a hablar». Y eso hace el narrador, yendo hacia atrás mientras avanza, viajando (y nosotros con él) a merced de los saltos temporales que nos permiten ver las causas de las consecuencias de lo leído, tras habernos adentrado, junto al protagonista, «en el interior de lagos mentales del tamaño de océanos (…) hacia viajes hondos y oscuros».

El relato del escritor argentino Juan José Becerra nos lleva de 2002 a 2067, pasando por 1998, (y de vuelta a 2002 y así sucesivamente); mientras leemos, rejuvenecemos o envejecemos a merced de un universo que se expande o se contrae a través de los ojos de un protagonista que reconstruye la acción mientras visualiza los detalles. El desfile de acontecimientos perturba. Apenas logramos adivinar las escenas. Si acaso, vislumbrar la ceremonia del desasosiego, mientras avanzamos o retrocedemos, redundando en nuestro desconcierto. Destrucción y creación tienen lugar al unísono en la nueva novela del autor de La interpretación de un libro (Candaya, 2012). Diríase una suerte de penitencia, pero a la inversa: sólo volver sobre nuestros pasos nos permite reconstruir lo huido: «1976, 1979, 1987, 1988: no sé qué hice».

En un momento dado, nos encontramos en el año 0 – 26.828.308.254, donde «elementos imperceptibles llamados primero Bacterias y luego, Humanos, experimentaron lo que los últimos llamaron Vida (conjunto limitado de actividades desarrolladas en una chispa de Tiempo)». Como vemos, la cronología es un subconsciente que se niega a ser sondeado. Aun así, nos oponemos a la extrañeza del discurso, para reencontrarnos con el sentido de lo narrado. Pero los términos se invierten. La temporalidad aviesa de El espectáculo se burla de lo que sabemos (sobre todo de eso): «El tiempo de la infancia, de todas las infancias, detenido allí sin grandes pormenores, como si se exhumara un recuerdo temático, La Infancia, se convirtió en el centro clandestino de la fiesta».

Si la epifanía de Joyce consistía en una revelación sorprendente, plena de hilarante sabiduría fílmica, el humor es la clave de la novela de Becerra. Nos estimula a encontrar desorientación en la lógica. El truco narrativo de la reversión nos permite encontrar acomodo. No de otra forma avanza la vida: la restauramos de continuo, mientras avanzamos a través de ella. Propone el autor de Toda la verdad (Seix Barral, 2010) describir el horror de la inferencia. Mientras, el lector, cuya imaginación ha sido deslumbrada con imágenes, tiene que seguir trabajando sobre lo que realmente ha sucedido. Sólo al final acertamos a entrever la lógica de esa partida de ajedrez que jugadores innominados culminan exhaustos. Y con ellos el lector.


 

 

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