> Narrativa

Mariana Enríquez

Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1974) es una de las actuales escritoras argentinas con mayor proyección internacional. Anagrama ha publicado los libros de relatos "Las cosas que perdimos en el fuego" (2016) y "Los peligros de fumar en la cama" (2017), este último escrito con anterioridad.

Las cosas que perdimos en el fuego (Anagrama, 2016) de Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973) se ha convertido en un fenómeno editorial  sin que la autora se explique el motivo: «Me cuesta entender qué está pasando y por qué. Tengo 42 años, tampoco es que sea la joven escritora que… Eso ya lo viví y es un bajón».  Se trata de un volumen de doce relatos en los que predomina un personal tratamiento de lo siniestro. Traducido a 17 idiomas, su éxito confirma la personalidad de una trayectoria que comenzó a los 20 años con la publicación de Bajar es lo peor en una editorial tan potente como Planeta. Cuanto más se vendía el libro, más fobia generaba Mariana a sus apariciones en público. Diez años después volvería a la mesa de novedades con un significativo título: Cómo desaparecer completamente (Emecé, 2004).  Los peligros de fumar en la cama (Emecé 2009) es su primer libro de relatos, que este año ha publicado en España también la editorial Anagrama tras la buena acogida de Las cosas que perdimos en el fuego. Mariana Enríquez volvió a la novela con Chicos que vuelven (Eduvim, 2011) y exploró el ambiguo terreno de la narrativa de no ficción con el título Alguien camina sobre tu tumba (Galerna, 2011), una serie de crónicas sobre sus visitas a cementerios. La hermana menor, un retrato de Silvina Ocampo publicado en Ediciones Universidad Diego Portales en 2014, es su última incursión hasta el momento en la crónica narrativa.

El Cuaderno propone en este caso la lectura de «Pablo clavó un clavito», uno de los doce relatos incluidos en Las cosas que perdimos en el fuego. Resulta muy significativo, ya desde la ambigüedad del título, de la singularidad inquietante del volumen.


Pablito clavó un clavito: una evocación del Petiso Orejudo

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Las cosas que perdimos en el fuego
Mariana Enríquez
Anagrama
Barcelona, 2016
200 páginas

La primera vez que se le apareció fue en la salida de las nueve y media de la noche, la que se hacía en ómnibus. Fue durante una pausa del relato, mientras recorrían el tramo que iba desde el restaurante que había sido de Emilia Basil, descuartizadora, hasta el edificio donde vivía Yiya Murano, envenenadora. De todos los tours por Buenos Aires que ofrecía la empresa para la que trabajaba, el de crímenes y criminales era el más exitoso. Se hacía cuatro veces por semana: dos en ómnibus y dos a pie, dos en inglés y dos en español. Pablo supo que, cuando la empresa lo designó como guía del tour de crímenes, le estaba dando un ascenso, aunque el sueldo fuera el mismo (sabía que, tarde o temprano, si lo hacía bien, la cifra también iba a ascender). El cambio lo había alegrado mucho: antes hacía el tour «Arquitectura Art Nouveau de Avenida de Mayo», que era muy interesante, pero aburría después de un tiempo.

Había estudiado los diez crímenes del tour en detalle para poder contarlos bien, con gracia y suspenso, y jamás había tenido miedo ni se había impresionado. Por eso, antes que terror, sintió sorpresa al verlo. Era él, sin duda, inconfundible. Los ojos grandes y húmedos, que parecían llenos de ternura pero en realidad eran un pozo oscuro de idiocia. El chaleco oscuro y la estatura baja, los hombros esmirriados y en las manos esa soga fina –el piolín, como lo llamaban entonces– con que le había demostrado a la policía, sin expresar emoción alguna, cómo había atado y asfixiado a sus víctimas. Y las orejas enormes, puntiagudas y simpáticas, de Cayetano Santos Godino, el Petiso Orejudo, el criminal más célebre del tour, quizá el más famoso de la crónica policial argentina. Un asesino de niños y de animales pequeños. Un asesino que no sabía leer ni sumar, que no distinguía los días de la semana y que guardaba una caja llena de pájaros muertos debajo de su cama.

Pero era imposible que estuviera ahí, donde Pablo lo estaba viendo. El Petiso Orejudo había muerto en 1944, en el ex presidio de Ushuaia, en Tierra del Fuego, el fin del mundo. ¿Qué podía hacer ahora mismo, en la primavera de 2014, como pasajero fantasma de un ómnibus que recorría los escenarios de sus asesinatos? Porque sin duda era él, imposible confundirlo, el aparecido era idéntico a las numerosas fotos de época que se conservaban. Además, había suficiente iluminación como para verlo bien: el ómnibus llevaba las luces encendidas. Estaba parado casi al final del pasillo, haciendo la demostración con su piolín, mirándolo a él, al guía, a Pablo, con cierta indiferencia, pero con claridad.

Hacía rato que Pablo había contado su historia. Lo venía haciendo desde hacía dos semanas y le gustaba mucho. El Petiso Orejudo había acechado una Buenos Aires tan lejana y tan distinta que resultaba difícil sugestionarse con su figura. Y sin embargo algo debía haberlo impresionado vivamente, porque el Petiso se había presentado, aunque nadie más lo veía —los pasajeros conversaban animados y le pasaban la mirada por encima, sin reparar en él—. Pablo sacudió la cabeza, cerró los ojos con fuerza y, al abrirlos, la figura del asesino con su piolín había desaparecido. ¿Me estaré volviendo loco?, pensó, y apeló a la psicología barata para llegar a la conclusión de que el Petiso se le aparecía porque él acababa de tener un hijo y eran los niños las únicas víctimas de Godino. Los niños pequeños. Pablo contaba en el tour de dónde, creían los forenses de la época, le venía esa saña: el primer hijo de los Godino, el hermano mayor del Petiso, había muerto a los diez meses de edad en Calabria, Italia, antes de que la familia emigrara hacia la Argentina. El recuerdo de ese bebé muerto lo obsesionaba: en muchos de los crímenes —y de los intentos, mucho más numerosos— repetía la ceremonia del entierro. A los peritos que lo interrogaron después de ser atrapado les dijo: «Nadie vuelve de la muerte. Mi hermanito nunca volvió. Simplemente se pudre bajo la tierra.»

Pablo contaba el primer simulacro de entierro en una de las paradas del tour: la intersección de la calle Loria con San Carlos, donde el Petiso había atacado a Ana Neri, dieciocho meses de edad, vecina suya en el conventillo de la calle Liniers, que ya no existía, pero el solar donde una vez había estado era una parada del recorrido, con una breve contextualización donde se les explicaba a los turistas las condiciones de vida de aquellos inmigrantes recién llegados que escapaban de la pobreza europea: hacinados en inquilinatos húmedos, sucios, ruidosos, promiscuos, sin ventilación. El ambiente ideal para los crímenes del Petiso, porque la incomodidad y el desorden acababan por mandar a los niños a la calle: vivir en aquellas habitaciones era tan insoportable que la gente se la pasaba en la vereda, especialmente los hijos, que correteaban por ahí.

Ana Neri. El Petiso la llevó al baldío, la golpeó con una piedra y, una vez que la niña estuvo inconsciente, trató de enterrarla. Un policía lo encontró en medio de la tarea y él rápidamente mintió una coartada: dijo que estaba intentando ayudar a la bebé, que había sido atacada por otra persona. El policía le creyó, quizá porque el Petiso Orejudo también era un niño: tenía, entonces, nueve años.

Ana tardó seis meses en recuperarse del ataque.

No fue el único ataque con simulacro de entierro: en septiembre de 1908, poco después de dejar la escuela —y de que comenzaran sus aparentes ataques de epilepsia; nunca se terminó de comprobar a qué se debían las convulsiones que sufría el Petiso—, se llevó al niño Severino González hasta un terreno baldío frente al colegio Sagrado Corazón. En el terreno había un pequeño corral para caballos. El Petiso sumergió al niño en la pileta donde tomaban agua los animales e intentó cubrirlo con una tapa de madera. Un simulacro más sofisticado: la recreación del ataúd. Otra vez un policía que pasaba impidió el crimen y otra vez el Petiso mintió diciendo que, en realidad, estaba ayudando al niño. Pero ese mes el Petiso estaba incontinente. El día 15 de septiembre atacó a un bebé de veinte meses, Julio Botte. Lo encontró en la puerta de su casa, Colombres 632. Le quemó el párpado de uno de los ojos con un cigarrillo que llevaba en la mano. Dos meses después, los padres del Petiso no soportaron más su presencia ni sus acciones y ellos mismos lo entregaron a la policía. En diciembre acabó en la colonia penal para menores de Marcos Paz. Allí aprendió a escribir un poco, pero se destacó sobre todo por echar gatos y botines a las ollas humeantes de la cocina cuando los cocineros se descuidaban. El Petiso cumplió tres años preso en el reformatorio de Marcos Paz. Salió con más ganas de matar que nunca y pronto lograría el primer, deseado, asesinato.

Pablo siempre terminaba el capítulo del Petiso con el interrogatorio que le hizo la policía tras su detención. A los turistas parecía impresionarlos mucho. Lo leía, para que el efecto realista fuera mayor. La noche en que el Petiso se apareció en el ómnibus sintió cierta incomodidad antes de repetir sus palabras, pero decidió decirlas igual. El Petiso sólo lo miraba y jugaba con la soga: no lo amenazaba.

—¿No siente usted remordimientos de conciencia por los hechos que ha cometido?

—No entiendo lo que ustedes me preguntan.

—¿No sabe usted lo que es el remordimiento?

—No, señores.

—¿Siente usted tristeza o pena por la muerte de los niñitos Giordano, Laurora y Vainikoff?

—No, señores.

—¿Piensa usted que tiene derecho a matar niños?

—No soy el único, otros también lo hacen.

—¿Por qué mataba usted a los niños?

—Porque me gustaba.

Esta última respuesta provocaba la desaprobación colectiva de los pasajeros, que en general parecían contentos cuando se cambiaba de criminal y se pasaba a la más comprensible Yiya Murano, quien envenenó a sus mejores amigas porque le debían dinero. Una asesina por ambición. Fácil de entender. El Petiso, en cambio, incomodaba a todos.

Esa noche, cuando llegó a su casa, Pablo no le contó a su mujer que había visto el espectro del Petiso. Tampoco a sus compañeros, pero eso era normal: no quería tener problemas en el trabajo. En cambio, le molestaba no poder hablarle de la aparición a su esposa. Dos años atrás se lo hubiera contado. Dos años atrás, cuando todavía podían confesarse cualquier cosa sin miedo, sin recelo. Era una de las tantas cosas que habían cambiado desde el nacimiento del bebé.

Se llamaba Joaquín; tenía seis meses, pero Pablo seguía diciéndole «el bebé». Lo quería —al menos, eso creía—, pero el bebé no le prestaba demasiada atención, aún estaba aferrado a su madre, y ella no ayudaba, no ayudaba para nada. Se había convertido en otra persona. Temerosa, desconfiada, obsesiva. A veces, Pablo se preguntaba si no estaría sufriendo una depresión posparto. Otras solamente se malhumoraba y recordaba con nostalgia y algo –mucho– de enojo los años previos al bebé.

Ahora era todo distinto. Ella ya no lo escuchaba, por ejemplo. Fingía hacerlo, sonreía y hacía que sí con la cabeza, pero estaba pensando en comprar zapallo y zanahoria para el bebé, o en si la irritación que el bebé tenía en la piel sobre las caderas podía haber sido causada por el pañal descartable o se trataba de alguna enfermedad eruptiva. Ni lo escuchaba ni quería tener sexo porque estaba dolorida después de la episiotomía, que no terminaba de cicatrizar, y, para colmo, el bebé dormía con ellos en la cama matrimonial: había un cuarto esperándolo, pero ella no se animaba a dejarlo dormir solo, le tenía miedo al «síndrome de muerte súbita». Pablo había tenido que escuchar hablar de esa muerte blanca durante horas, mientras trataba en vano de calmarle la ansiedad, a ella, que nunca había tenido miedo, que alguna vez lo había acompañado a escalar montañas y había dormido en refugios mientras nevaba afuera. Ella, que había comido hongos con él, todo un fin de semana alucinando, esa misma mujer, ahora, lloraba por una muerte que no había llegado y posiblemente no llegara nunca.

Pablo no recordaba por qué tener un hijo le había parecido una buena idea. Ella no hablaba de otra cosa. Se habían terminado las charlas sobre los vecinos, las películas, los escándalos familiares, los trabajos, la política, la comida, los viajes. Ahora sólo hablaba del bebé y hacía como que escuchaba cuando se trataban otros temas. Lo único que parecía registrar, como si la despertara de un sopor, era el nombre del Petiso Orejudo. Como si su mente se iluminara con la visión de los ojos del idiota asesino; como si conociera esos dedos delgados que sostenían la cuerda. Decía que Pablo estaba obsesionado con el Petiso. Él no creía que fuera así. Sucedía que los otros asesinos del tour macabro por Buenos Aires eran aburridos. La ciudad no tenía grandes asesinos, si se exceptuaban los dictadores, no incluidos en el tour por corrección política. Algunos de los asesinos de los que Pablo hablaba habían cometido crímenes atroces, pero bastante comunes según cualquier catálogo de violencia patológica. El Petiso era distinto. Era raro. No tenía más motivos que su deseo y parecía una especie de metáfora, el lado oscuro de la orgullosa Argentina del Centenario, un presagio del mal por venir, un anuncio de que había mucho más que palacios y estancias en el país, una cachetada al provincianismo de las élites argentinas que creían que sólo cosas buenas podían llegar de la fastuosa y anhelada Europa. Lo más hermoso era que el Petiso no tenía la más mínima conciencia de esto: a él sólo le gustaba atacar niños y encender hogueras. Porque también era pirómano; le gustaba ver las llamas y observar el trabajo de los bomberos, «sobre todo, cuando se caían al fuego», como le había dicho a uno de los interrogadores.

Era con fuego la historia que había hecho enojar a su esposa: ella acabó levantándose de la mesa, gritándole que nunca más le hablara del Petiso, nunca más, por ningún motivo. Se lo había gritado mientras abrazaba al bebé, como si tuviera miedo de que el Petiso se materializara y lo atacara. Después, se había encerrado en la habitación y lo había dejado comiendo solo. Él la mandó a la mierda mentalmente. La historia era impresionante, en efecto; no para armar tanto escándalo, creía él, pero sí muy brutal. Ocurrió el 7 de marzo de 1912. Una niña de cinco años, Reina Bonita Vainikoff, hija de inmigrantes judíos letones, estaba mirando la vidriera de una zapatería, cerca de su casa en la avenida Entre Ríos. La niña llevaba un vestido blanco. El Petiso se le acercó mientras ella estaba absorbida por la visión de los zapatos. Llevaba un fósforo encendido en la mano. Tocó con la llama el vestido, que ardió. El abuelo de la nena la vio envuelta en llamas, desde la vereda de enfrente. Cruzó la calle corriendo, desesperado. No logró siquiera acercarse a la niña: trastornado, no se había fijado en el tráfico. Lo atropelló un auto y murió. Un hecho extrañísimo dada la escasa velocidad de los vehículos en aquellos años.

Reina Bonita también murió, pero después de dieciséis días de dolorosa agonía.

El asesinato de la pobre Reina Bonita no era el crimen favorito de Pablo. A él le gustaba —ésa era la palabra, qué remedio— el de Jesualdo Giordano, de tres años. Sin duda, era el que más horror les causaba a los turistas y a lo mejor por eso le gustaba: porque le resultaba placentero contarlo y esperar la reacción, siempre espantada, de su auditorio. Fue el crimen por el que atraparon al Petiso, además, porque cometió un error fatal.

El Petiso, como era ya su costumbre, llevó a Jesualdo hasta un baldío. Lo ahorcó con trece vueltas de cuerda. El chico se resistió con fuerza; lloraba y gritaba. El Petiso declaró a la policía que intentó hacerlo callar porque no quería ser interrumpido como en otras oportunidades: «Al chico ese lo agarré con los dientes aquí, cerca de la boca, y lo sacudí como hacen los perros con los gatos.» Esa imagen incomodaba a los turistas, que se revolvían en los asientos y decían «Por Dios» en voz baja. Sin embargo, nunca le habían pedido que detuviera el relato. Una vez que ahorcó a Jesualdo, el Petiso lo tapó con una chapa y salió a la calle. Pero algo lo atormentaba, rumiaba una idea que ardía. Así que al rato volvió a la escena del crimen. Llevaba un clavo. Lo clavó en la cabeza del niño, que ya estaba muerto.

Al día siguiente, cometió su error fatal. Quién sabe por qué, asistió al velorio del niño al que había matado. Dijo, más tarde, que quería ver si todavía tenía el clavo en la cabeza. Confesó este deseo cuando lo llevaron a presenciar la autopsia, después de la denuncia del padre del niño muerto. Cuando el Petiso vio el cadáver, hizo algo muy extraño: se tapó la nariz y escupió, como si le diera asco, aunque el cuerpo todavía no había entrado en estado de descomposición. Los forenses, por algún motivo que la crónica policial de la época no explica, lo hicieron desnudar. El Petiso tenía una erección de dieciocho centímetros. Acababa de cumplir dieciséis años.

Ese relato no podía contárselo a su mujer. Una vez, había intentado hablarle de las reacciones de los turistas ante el último crimen del Petiso, pero antes siquiera de empezar el relato se dio cuenta de que ella no lo estaba escuchando. Le reclamó que tenían que mudarse a una casa más grande cuando el bebé creciera. No lo quería criar en un departamento. Quería patio, piscina, sala de juegos y un barrio tranquilo donde el chico pudiera jugar en la calle. Ella sabía perfectamente que esto último apenas existía en una ciudad con el tamaño y la intensidad de Buenos Aires, y mudarse a un suburbio rico y apacible estaba muy lejos de sus posibilidades. Cuando terminó de enumerar sus deseos para el futuro, le pidió que cambiara de trabajo. Eso no, dijo él. Soy licenciado en Turismo, me va bien, no voy a renunciar; me divierto, son pocas horas y estoy aprendiendo. El salario es una miseria. No, no es una miseria, se enojó Pablo. Creía estar ganando bien, lo suficiente para mantener decentemente a su familia. ¿Quién era esa mujer desconocida? Alguna vez ella le había jurado que, con él, era capaz de vivir en un hotel, en la calle, bajo un árbol. Todo era culpa del bebé. La había cambiado por completo. ¿Y por qué? Si era un chico sin gracia, aburrido, dormilón, que, cuando estaba despierto, lloraba casi sin parar. Por qué no trabajás vos si querés más plata, le dijo Pablo a su mujer. Y ella pareció erizarse, gritó como si se hubiera vuelto loca. Gritó que tenía que cuidar al bebé, qué pretendía él, ¿abandonarlo con una niñera o con la loca de su madre? Mi madre no está loca, pensó Pablo, y, para no volver a pelear a los gritos, salió a la vereda a fumar. Ésa era otra cosa: desde que había nacido el bebé, ella no lo dejaba fumar en su departamento.

Al día siguiente de la discusión, el Petiso volvió al ómnibus. Esta vez estaba más cerca de él, casi al lado del conductor, que claramente no lo veía. Pablo no se sentía diferente, sólo algo inquieto; temía que alguno de los turistas también fuera capaz de ver al Petiso espectral y causara histeria en el ómnibus.

Cuando apareció, con la soga en las manos, estaban en una de las últimas paradas del recorrido, la casa de la calle Pavón. Allí había aparecido una de las víctimas más grandes (de edad) del Petiso, uno de sus ataques más extraños. Arturo Laurora, trece años, estrangulado con su camisa; el cuerpo fue encontrado dentro de una casa abandonada. No llevaba pantalones y tenía las nalgas lastimadas, pero no había sido violado. Mientras Pablo contaba el caso, el Petiso espectral, parado a su lado, aparecía y desaparecía, temblaba, se desdibujaba, como si estuviera hecho de humo o niebla.

Por primera vez en muchas noches, alguien quiso hacer una pregunta. Pablo le sonrió al curioso con toda la falsedad que era capaz de conjurar. El turista –que, por su acento, era caribeño– quería saber si el Petiso había puesto un clavo en la cabeza de sus víctimas en alguna otra oportunidad. No, le contestó Pablo. Que se sepa, fue esa vez sola. Es muy extraño, dijo el hombre. Y aventuró que si la carrera criminal del Petiso hubiera sido más larga, a lo mejor el clavo se habría convertido en su marca, en su firma. A lo mejor, contestó Pablo con amabilidad mientras veía cómo el Petiso espectral se terminaba de desvanecer. Pero nunca vamos a saberlo, ¿no es cierto? El caribeño se rascó el mentón. Pablo volvió a su casa pensando en el clavo y en un trabalenguas que su madre le había enseñado cuando era chico: «Pablito clavó un clavito. / ¿Qué clavito clavó Pablito? / Un clavito chiquitito.» Abrió la puerta del departamento y se encontró con la escena habitual de los últimos meses: el televisor encendido, un plato con dibujos de Ben 10 y restos de zapallo, una mamadera medio vacía y la luz de su habitación encendida. Se asomó a la puerta. Su mujer y su hijo dormían en la cama, juntos. Sintió que no los conocía.

Pablo caminó hasta la habitación que él mismo había decorado para su hijo antes de que naciera. Estaba tan vacía que le dio frío. La cuna inmóvil estaba oscura. Parecía el cuarto de un chico muerto, conservado intacto por una familia de duelo. Pablo se preguntó qué pasaría si el chico se moría, como parecía temer su mujer. Sabía la respuesta.

Se apoyó en la pared vacía, donde varios meses atrás, siempre antes del nacimiento, antes de que su mujer se transformara en otra persona, había planeado ubicar un colgante, un universo que giraría sobre la cuna del bebé para entretenerlo por la noche. La luna, el sol, Júpiter, Marte y Saturno, los planetas y los satélites y las estrellas brillando en la oscuridad. Pero nunca lo había colgado porque su mujer no quería que el bebé durmiera ahí y no había forma de convencerla. Tocó la pared y se encontró con el clavo, que seguía esperando. Lo arrancó de un tirón seco y se lo metió en el bolsillo. Pensó que resultaría un gran golpe de efecto para su relato. Lo sacaría de su bolsillo justo cuando contara el crimen del niño Jesualdo Giordano, en el momento preciso, cuando el Petiso volvía y lo clavaba en la cabeza del chico ya muerto. A lo mejor algún turista ingenuo hasta creía que se trataba del mismo clavo, perfectamente conservado cien años después del crimen. Sonrió pensan- do en su pequeño triunfo y decidió acostarse en el sofá del li ving, lejos de su mujer y su hijo, con el clavo entre los dedos.


 

 

 

 

 

 

 

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