Música

Nuevas cantautoras latinoamericanas

Sabrina Riva repasa la trayectoria musical de Camila Moreno, Ana Prada, Natalia Laforcaude, Ileana Cabra y "Miss Bolivia".

Liberadas en gran medida de los sellos discográficos tradicionales y sus formas de gestión cultural y comercial, gracias al uso de Internet y las redes sociales, las nuevas cantautoras latinoamericanas combinan sin prejuicios el repertorio y los géneros musicales de raíz folclórica con sonidos más contemporáneos –el rock, el pop, el jazz, la trova, la música electrónica–, en el marco de una experimentación sonora que subvierte y actualiza los géneros masivos asociados a cierta representación de lo femenino, como el bolero, el tango, la cumbia y el hip hop. Sus propuestas dan cuenta de los cambios de época, pero no por eso deja de precibirse en sus canciones el legado de artistas fundamentales como Violeta Parra, Mercedes Sosa y Chavela Vargas, ni los puentes que proponen sus composiciones con los imaginarios de la “canción protesta” y la canción de temática amorosa. En este artículo, Sabrina Riva, profesora de Literatura y Cultura Española en la Universidad de Mar de Plata (Argentina), comenta y contextualiza algunos de esos proyectos con muestra sonoras de un  grupo muy diverso de voces femeninas, dentro del cual destacan  Camila Moreno, Ana Prada, Lila Downs, Natalia Lafourcade, Andrea Echeverri o Miss Bolivia.


Una muchacha y una guitarra. Nuevas cantautoras latinoamericanas

 /por Sabrina Riva /

En el marco del Festival Ellas Crean, tuve recientemente la oportunidad de compartir en el Aula de las Metáforas de Grado, Asturias, un puñado de canciones de algunas de las cantautoras latinoamericanas más representativas de la escena actual. Las voces de Camila Moreno (Chile), Ana Prada (Uruguay), Natalia Laforcaude (México), Ileana Cabra “Ile” (Puerto Rico) y Miss Bolivia (Argentina), entre otras, acercaron por un rato a los allí presentes a los paisajes sonoros y geográficos de una Latinoamérica en constante búsqueda de su identidad, una “cultura híbrida”, en la que la modernidad pareciera no acabar de llegar (García Canclini).

Si bien sus propuestas dan cuenta de los inevitables cambios de época, aún así, éstas recogen el legado de artistas tan arraigadas en la sentimentalidad popular como Violeta Parra, Mercedes Sosa y Chavela Vargas, recordadas por interpretar canciones de denuncia y, sobre todo, canciones de carácter universal. El hi-hop, el rap, la cumbia, el tango, el rock y el jazz conviven con las expresiones musicales de raíz folclórica, se aproximan, dialogan, se fusionan. La puesta en valor de los folclores regionales y el afán de distinción de estas mujeres no sólo las emparenta con la tradición de la llamada “canción de autor”, iniciada durante los años 60, sino que, las muestras de su progresismo político, las conecta en la mayoría de los casos con el imaginario de la “canción protesta”. Pero estas decisiones estéticas y éticas son mucho más elecciones individuales que luego se comparten en redes, que opciones colectivas. Las nuevas cantautoras echan mano de una suerte de “folclore universal mediatizado” –así lo llama Juan Pablo González–, que “se nutre hidropónicamente”.

Uno de los ejemplos más claros de estas mixturas contemporáneas lo constituye la evolución musical de CAMILA MORENO. La cantante chilena pasa de un tipo de canción folk signada por la protesta y de factura más bien clásica, a la experimentación sonora y verbal, influenciada por artistas como Björk, PJ Harvey, Laurie Anderson y Radiohead. Las presentaciones de su primer disco, Almismotiempo de 2009, son recordadas por su declaración de principios. En el Festival del Huaso de Olmué de 2010, Moreno dedicó su primer sencillo “Millones” a “todas aquellas personas que creen que pueden comprarlo todo con el dinero… incluso un país”, refiriéndose al por entonces recién electo presidente, Sebastián Piñera. Dicha canción nos enfrenta desde el comienzo con el problema que quiere revelar, los abusos de las trasnacionales farmacéuticas en territorio chileno —“farmacéutica, trasatlántica, trasandina / una vida se apaga porque le estorba”— y repite machaconamente su título. En el video que se hizo de la misma, esto se traduce en numerosos carteles con la palabra “millones”, se muestra a un grupo heterogéneo de personas pintando una bandera con esa leyenda y paseando por la ciudad. No faltan el detalle de un mural con la cara de Víctor Jara, ni la entrada en un predio privado para hacer un concierto “improvisado”. Moreno no logra o no quiere desprenderse de una serie de lugares comunes que vuelven sobre los caminos trazados por la “canción protesta” al uso. Sin embargo, en su siguiente grabación, Panal de 2012, se produce un tránsito hacia un tipo de creación que, sin abandonar muchas de sus preocupaciones sociales, se permite una combinación de estilos más amplia, para convertirse en Mala madre de 2015, en una apuesta por la síntesis entre un sonido de vanguardia, que no renuncia a sus raíces, y unas letras igual de novedosas y de comprometidas con las inquietudes humanas. Allí encontramos canciones sobre la propia existencia —“Libres y estúpidos” y “Máquinas sin Dios”—, de temática amorosa —“Sin mí” y “Esta noche o nunca”— y otras más difíciles de encuadrar, pero que, en todos los casos, convocan una escucha atenta y diversa.


ANA PRADA
participó del Cuarteto Vocal La Otra hasta 2011, mientras componía en paralelo canciones para sus primeros discos, que salieron entre 2006 y 2013, y colaboró con algunos de los músicos más importantes del ámbito rioplatense, tales como Fernando Cabrera, Jorge Drexler, Teresa Parodi, Liliana Herrero, etc. Los títulos de sus grabaciones —Soy sola (2006), Soy pecadora (2009), Soy otra (2013)— se condicen con una exploración y afirmación de la identidad femenina, presentes en los proyectos de muchas de las cantantes latinas del nuevo siglo. La explicación y la consciencia de lo que se es, la búsqueda de definiciones precisas y honestas suele ir anudada a unos usos heterodoxos de los géneros musicales y de los roles que en estos se les atribuyen a los géneros masculino-femenino. De esta forma, por ejemplo, en la canción que da nombre a su disco de 2009, “Soy pecadora”, la cantante uruguaya elige un subgénero del tango, la milonga, se aparta de la tradicional versión campera empleada por Alfredo Zitarrosa y utiliza la milonga ciudadana. La voz masculina es reemplazada por la femenina no sólo para cantar su verdad, sino para hacer visible una identidad lésbica, representada de modo sutil pero convencida, aunque aún poco frecuente en el cancionero latinoamericano. El video de la canción, a pesar de ello, no hace justicia a la lectura perspicaz de Prada, pues la muestra escapando junto a una chica de un convento de monjas al mejor estilo Thelma y Louise, en el que los hombres y las religiosas son los malos, o lo que es lo mismo, encorseta en unos escasos clichés una visión mucho más vasta.


Con respecto a NATALIA LAFORCAUDE e ILEANA CABRA “ILE”, éstas protagonizan un regreso al bolero de los años 40 y 50, su estética, sus romances y añoranzas. A partir de una perspectiva renovada, la mujer vuelve a ser el centro de sus composiciones como objeto de deseo y fascinación, mas esta vez, las cantautoras también ponen el cuerpo y dan voz a los sentimientos del colectivo. Por un lado, la cantante mexicana graba Mujer divina. Homenaje a Agustín Lara en 2012 y Musas en 2017. Es decir, parte de lo hecho por Lara y lo lleva más allá, para luego retomarlas directamente a ellas, sus musas —Violeta Parra, Mercedes Sosa, María Crever, Chavela Vargas, etc.—, en un homenaje al folclore latinoamericano “a manos de Los Macorinos”. Su gesto actualiza la mirada en torno a las mujeres, sobre todo en el primer disco, pues Laforcaude no asume el monopolio del canto y comparte cada una de sus canciones con un cantante latino distinto: la mujer se canta a sí misma y expresa sus emociones y, al mismo tiempo, es cantada por un otro masculino. Además, los videos de los cortes de difusión —“Mujer divina”, “Aventurera”, “La fugitiva”— refuerzan la idea de una mujer activa, dueña de su propio destino, ya que vemos a una pareja de adolescentes que vive un amor lésbico prohibido con plenitud, un grupo de señoras que se va liberando a medida que escuchan la canción de Laforcaude y a la propia Natalia interpretando a una chica que elige su camino, respectivamente. Por otro lado, en su primer disco como solista, Ilevitable de 2016, la ex Calle 13 Ileana Cabra añade al estudio del pasado musical latinoamericano y al posicionamiento desarrollado por la mexicana, tal y como quería Luce Irigaray, la construcción de una incipiente genealogía femenina. Interpreta canciones de su abuela Flor Amelia de Gracia –“Quién eres tú”, “Dolor”– y de su hermana mayor Milena Pérez Joglar –“Triángulo”, “Extraña de querer”–, compartiendo la autoría de “Te quiero con bugalú” con esta última.


MISS BOLIVIA, quizá la más revulsiva de las cantantes mencionadas y la que mayor impacto causó en los asistentes a la charla de Grado, es el apodo de Paz Ferreyra, una intérprete argentina abiertamente bisexual, vinculada a la defensa de los derechos humanos —escribió, por ejemplo, “Rap para las madres”—, que enlaza en sus canciones un —según ella— “sonido de barrio”, cumbia, hi hop, reggae, con un mensaje directo y contundente. Al igual que Ana Prada y muchas otras cantautoras contemporáneas, sus letras exploran diversas definiciones de la voz que en estas nos habla. En “Bien warrior” de su disco Miau de 2013, dice “Qué más da si soy torta o la como / la negra cool, a mi manera” y, más adelante, afirma que no le importa que la pare el comisario, que ella va a seguir poniendo “todo el tiempo cumbia”. Estas líneas que a simple vista pueden parecer sólo provocación, y que nos presentan una identidad libre de determinaciones sexuales y de jerarquías institucionales, se repiten con variaciones hasta conseguir su expresión más lírica y acabada en “Soy” de su última producción, titulada Pantera (2017). Allí, acompañada por la penetrante voz de Liliana Herrero, a quien hace rapear, sigue con su descripción en un tono más reflexivo: “Nadie me marca el horizonte ni la frontera / vivo sin jefe, vivo sin patrona / que me marca el pulso / mi corazón / me siento en el viento / y en esta canción. / Vivo de revolución en revolución”. Más allá de su constante oscilación entre un mero entretenimiento pop y la fuerza de un registro autoral propio, se trata de su disco más consciente en lo que respecta a su lugar como mujer y militante, puesto que incluye un monólogo de la periodista Marta Dillon y otro de la artista trans Susy Shock, junto a “Paren de matarnos”, verdadero himno del movimiento “Ni una menos”. Su patente necesidad de intervención pública se traduce en un uso alternativo de los géneros musicales que frecuenta, en especial el hi hop y la cumbia, en los que la voz masculina suele cosificar a la mujer y agredirla de distintas formas. Ahora las pulsiones están puestas en la lucha por la emancipación femenina.

En definitiva, liberadas en gran medida de los sellos discográficos tradicionales y sus formas de gestión cultural y comercial, gracias al uso de Internet y las redes sociales, las nuevas cantautoras latinoamericanas combinan sin prejuicios el repertorio y los géneros musicales de raíz folclórica con sonidos más contemporáneos —el rock, el pop, el jazz, la música electrónica—, en el marco de una experimentación sonora que subvierte y actualiza los géneros masivos asociados a cierta representación de lo femenino, como el bolero, el tango, la cumbia y el hip hop. Sus propuestas dan cuenta de los cambios de época, pero no por eso dejan de entreverse en sus canciones el legado de artistas fundamentales como Violeta Parra, Mercedes Sosa y Chavela Vargas, ni los lazos inocultables de sus composiciones con los imaginarios de la “canción protesta” y la canción de temática amorosa.

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