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De librerías

Pocas cosas puede haber ahora más heroicas que decidirse a abrir una librería; y sin embargo, hay quienes lo han hecho y en ello siguen, batallando a diario contra el viento y las mareas. Y del mismo modo que su triunfo nos beneficia a todos, su fracaso también es, en muchos casos, responsabilidad nuestra.

Hace unos días, en la catedral de Cuenca se hizo entrega del Premio Nacional al Fomento de la Lectura a La Conspiración de la Pólvora, una benéfica alianza muñida entre tres librerías de creación reciente —la plasentina La Puerta de Tannhäuser, la segoviana Intempestivos, la salmantina Letras Corsarias— que han sabido tejer y forjar estrategias de trabajo en red para pelear una supervivencia que se cobra cara en nuestra época. Es la cara de la moneda. La cruz la ponen las librerías que no aguantan el tirón y se ven obligadas a cerrar sus puertas. Se trata, en no pocas ocasiones, de establecimientos con una larga trayectoria a sus espaldas y un firme anclaje en la educación sentimental de varias generaciones de lectores. Para este mismo mes se anuncia el cierre de Ojanguren, en Oviedo, cuyos galones le habían hecho encaramarse a la categoría de mito gremial. Su presunta enemiga, la Cervantes, emitió un comunicado ejemplar en el que ponía en solfa a quienes daban por supuesto su gozo al ver cómo desaparecía un competidor directo. «No hemos sabido transmitir lo que para nosotros es importante: la lectura y la defensa de un modelo de sociedad en la que creemos», dicen sus responsables, con la irreductible Concha Quirós al frente; «en primer lugar, deberíamos saber que cuantas más librerías existan más libros venderemos todas.»

Uno, que podría escribir su biografía partiendo de las librerías que fue visitando en las distintas ciudades por las que le condujeron los avatares del destino, asiste con cierta melancolía al cierre, la desaparición o el ostracismo de esos espacios que fueron verdaderas sucursales de la felicidad. Ya no existe en Salamanca la vieja Cervantes —hace poco aún permanecía su rótulo en la calle Azafranal— y también se despidió recientemente Hydria, que le había tomado el testigo en estos tiempos últimos. Tampoco está ya en Madrid la librería de los bulevares de Juan Bravo donde compré el primer Quijote que leí, una edición en rústica y con tendencia a desvencijarse que ha venido mudándose conmigo a mis sucesivas bibliotecas, y probablemente hayan dejado de existir muchas más en las que entré de paso o por hacer tiempo, aprovechando alguna estancia distraída en ciudades que acabaría abandonando sin que me dejasen mucha huella. También se ha dado el caso de reconversiones ejecutadas casi a la fuerza: en Oporto, la librería Lello ha empezado a cobrar entrada, consciente de que quienes atraviesan su umbral no lo hacen atraídos por sus fondos, sino en busca de los interiores que sedujeron a la creadora de Harry Potter. Es curioso que, mientras esto ocurre, no hayan dejado de abrirse librerías, casi siempre más pequeñas y especializadas que esas otras que han tenido que decir adiós a sus clientes.  Puede que tal fenómeno no sea más que la demostración empírica de que la vida se abre camino, aunque siempre quede una sombra de duda acerca del futuro real de las librerías literarias. Por eso está bien que el premio a La Conspiración de la Pólvora o el comunicado emitido por la ovetense Cervantes pongan de nuevo el foco en los esforzados libreros, agentes cruciales y a menudo silenciosos en la promoción de la lectura. Pocas cosas puede haber ahora más heroicas que decidirse a abrir una librería; y sin embargo, hay quienes lo han hecho y en ello siguen, batallando a diario contra el viento y las mareas. Y del mismo modo que su triunfo nos beneficia a todos, su fracaso también es, en muchos casos, responsabilidad nuestra.


 

1 comment on “De librerías

  1. No debemos olvidar que cada nueva ley de educación ha reducido el espacio de la lectura. De los centros han desaparecido aquellos volúmenes editados por Destino, por Cátedra, etc.. que portaban bajo el brazo nuestros bachilleres. En otros casos, la lectura y comentario de clásicos del pensamiento han sido arrancadas de raíz, como ha sucedido en La Comunidad Valenciana, por el Conseller de turno. Tanto esfuerzo contra la lectura tiene sus efectos. Uno de ellos es no ver a la gente joven cuando entramos en una librería. La recuperación de la lectura no requiere de campañas publicitarias, sino de una organización de los estudios que se vertebre sobre el texto y la lectura. Guillermo Quintás.

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