Creación

Valeria Correa Fiz

Valeria Correa Fiz (Rosario, Argentina) publicó este año en España "La condición animal" (Páginas de Espuma, 2016) su primer libro de relatos.

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Ya desde el título de este primer volumen de relatos, la escritora argentina Valeria Correa Fiz se pregunta en realidad por la condición humana, por lo que nos hace diferentes como especie. Doce relatos secuenciados en cuatro secciones que coinciden con los elementos primigenios Tierra, Fuego, Aire y Agua. Un orden presocrático que estabiliza la relación de cada texto con el elemento asociado y con los demás que componen el conjunto, de modo que el ritmo pautado de lo breve contribuye a un mayor alcance de esta prosa tan visceral.

«La vida interior de los probadores» es uno de los relatos incluidos en el libro.


La vida interior de los probadores


1.– Descorriendo cortinados

Hasta hace unos días yo llevaba una vida simple.

Dormía por las mañanas, iba al bachillerato para mayores en la Escuela de Educación Especial N.º 23 «Don Juan Bosco» por las tardes y limpiaba el tercer piso, Moda Feme- nina, de Magazzini Generali por las noches. Lo hacía bien porque estoy atento al detalle, como dice el maestro de Ciencias. Me gustaba pasar la mopa y ver las luces refle- jarse en los pisos. La luz no tiene puntas, ni esquinas.

Los fines de semana leía los cómics que me traía mi madre del centro: The Sandman, Maus, Sin City son algu- nos de mis favoritos. También cuidaba de mi gato, Binks; es rojizo. Los sábados mientras mi madre estaba en el bingo me tocaba frente a la computadora. Me gustan los vídeos de las japonesas con pulpos. Toda esa carne suave y viscosa. La baba, los esfínteres, los tentáculos.

Yo era lo que se dice un buen muchacho.

Hasta que un día algo se puso a aletear en mi cabeza. No era como lo que le da las convulsiones al tartamudo Rodríguez que obligan al celador a sujetarle la lengua afuera. Era más bien algo grande, de color gris dinosaurio: un pte- rodáctilo, igualito al del libro de Ciencias. Se me apareció dentro de la cabeza de la nada el día que me di cuenta de que era el único de mi clase que no había estado con una chica.

–¿Nunun, nunun, nunca? –preguntó Rodríguez.

–Nunca.

Rodríguez se rio muy fuerte y bien: no tiene la risa tartamuda.

A ver, que cuál es la diferencia entre Gregor Samsa, el de tu clase de Lengua, y vos, me preguntaba el Pterodáctilo. Al principio yo no le respondía.

Y él:

Ninguna, boludón.

Los dos, Gregor y yo, nos habíamos transformado de la noche a la mañana en bichos raros para el resto.

–¿Nunun, nunun, nunca? Quéma, quéma, quémaricón.

–Se reía con la boca abierta y la baba se le escurría por las comisuras.

Todos se rieron ese día. Todos –hasta los más lerdos de la clase que ni siquiera toman lecciones de dibujo porque tiemblan o tienen los dedos agarrotados como un pajarraco del Cretácico– ya habían estado con una chica. Hacía años, desde los quince que lo hacían. Muchos tenían una cita fija a la semana, como con el kinesiólogo o la logopeda, eso supe. Sus padres lo arreglaban todo, y mi madre –porque padre nunca tuve– ni siquiera sabía lo que yo hacía viendo a las japonesas y los pulpos


2.– Bienvenidos a nuestras tiendas

A fuerza de abrir y cerrar los cortinados, limpiar el aliento borroso en los espejos, barrer las alfombras y aspirar el aire encerrado de tantas chicas desnudas, los probadores de la tienda me son más familiares que mi propia cabeza. No es un invento de los que le digo al celador para irme al baño cuando me aburro en clase. Voy a explicarme: la mano acá y puedo sentir cómo me late el corazón; o aquí y mirá cómo se me agrandan los pulmones. Puedo ver lo que me sale de las tripas cuando como porotos o cómo se me embadurnan las manos cuando miro a las japonesas desnudas, pero no tengo ninguna señal de lo que pasa acá arriba, en mi cabeza.

–Las ideas, ¿de dónde vienen? –le pregunté alguna vez a mi madre–. Quiero decir, ¿cómo saber si son buenas o malas? Cómo.

Mi madre me miró con esa cara de lástima que nos ponen las madres a todos nosotros. Me dijo:

–No te preocupes si alguien te juzga mal, hijo. Nadie te conoce; todos te imaginan sin saber lo que vales.

Cualquiera. Mi madre no me entiende; no sabía de lo que le estaba hablando.

–Si hasta conseguiste un trabajo y de los de uniforme.

–Me enseñó con orgullo el guardapolvo de ordenanza recién planchado.

También es gris dinosaurio. El logo MG, Magazzini Generali, está bordado en amarillo. Los picos de las emes parecen crestas doradas. Está bueno.


3.– Vigile sus pertenencias en todo momento

Que yo también podía ir con una chica, me susurraba el Pterodáctilo hasta casi no dejarme pensar en otra cosa. Y yo: que dónde, cuánto cuesta. Cómo le pido el dinero a mi madre (¿se daría cuenta si saco un poco de lo que gano y no se lo entrego?). Cómo es estar con una chica real, fuera de la pantalla. Y qué le digo. El Pterodáctilo no se sabía esas respuestas o se las callaba.

Me empecé a tocar todos los días.

Apenas regresaba del trabajo, de madrugada y en silen- cio, porque mi madre dormía en el cuarto de al lado. Se me acabaron las webs de las japonesas con pulpos. Hay pocas, muchas menos que las de sexo con viejas o las de hom- bres que clavan con alfileres, clavos o tijeras a las chicas antes o después de hacerlo. También en los probadores de Magazzini Generali. Siempre con algún vestido que oliera o que tuviera rastros de pintura de labios. Me encerraba en el probador en mi hora de descanso, me lo envolvía en la cabeza y dejaba que el perfume se me desparramara por la cara como una caricia. Limpiar con la mopa tam- bién silenciaba al dinosaurio. Mi pulpo de tela. Las tiras babeando los pisos, las luces que se reflejaban en el suelo, el blanco sin puntas ni esquinas. Probé con duchas frías también.

Pero el Pterodáctilo siempre regresaba.

Para hacerlo callar cuando estaba en la cama, me ima- ginaba el piso de la tercera planta de Magazzini Generali mojado y me repetía: el blanco sin esquinas, el blanco sin, el blanco, el bla… hasta que finalmente me dormía.


VALERIA COPY ATICO 26

• Valeria Correa Fitz
• La condición animal
Páginas de Espuma, Madrid, 2016, 168 páginas
Edición en papel y digital

 

 

 

 

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