Música

Cien años de Thelonious Monk

Hoy se cumplen cien años del nacimiento del pianista de jazz Thelonious Monk.

Thelonious Sphere Monk nació el 10 de octubre de 1917 en Rocky Mount, Carolina del Norte. Sus composiciones siguen siendo un desafío para músicos de distintas vertientes. Avanzada la década del 40, en pleno auge del bop, entraba y salía de lo que todos hacían porque su ímpetu interpretativo no se detenía. Estaba levantando un corpus musical que brilló con luz propia en los años siguientes y un estilo interpretativo que ningún pianista emuló, pero todos absorbieron. Desde los clásicos hasta los vanguardistas del free.

Ruby, Nellie y Pannonica, las tres musas de Thelonious Monk,  quedaron inmortalizadas en composiciones decisivas para la historia del jazz. En el centenario del nacimiento del pianista se recupera su historia personal y su influencia.


Las polillas salen de noche: Cien años de Thelonious Monk

¿Por qué, para hablar de Thelonious Monk, hablar de Kathleen Annie Pannonica Rothschild o de Pannonica de Koenigswarter? ¿Por qué hablar de Pannonica, a secas, que es la protagonista de la composición de Thelonious Monk del mismo nombre, y de tantas otras composiciones, con este nombre, o con el más corto y familiar de Nica, o con otros títulos, protagonista de al menos veinte temas de jazz? ¿Por qué hablar de la mujer perteneciente a una familia judía riquísima, poderosísima, una familia de financieros, salida del miserable gueto de Frankfurt, y que acabó pagando, y, por lo tanto, decidiendo, guerras; que financió el Canal de Suez; que sostuvo gobiernos en el Reino Unido y que se codeó en comidas, bailes y cacerías con la élite económica, política e intelectual mundial? ¿Por qué hablar de la mujer que, matrimonio y cambio de apellido mediante, se convirtió en baronesa? ¿Por qué hablar de la mujer que inspiró el personaje de la marquesa Tica, en el imprescindible cuento largo o novela corta El perseguidor, de Cortázar?

Ya he descubierto algo, dejado entrever con estas cuestiones previas por qué hablar de Pannonica. Porque es la protagonista de al menos veinte composiciones de jazz. Porque inspiró el personaje de la marquesa Tica, de El perseguidor, que cuenta, pasado por el barniz de la literatura, y, por ello, de la recreación y de la ficción, un episodio de la vida de Charlie Parker, el saxofonista, tan genial en su instrumento como Thelonious Monk en el suyo. Ambos músicos, imprescindibles, con otros nombres, ya dentro de la leyenda, Dizzy Gillespie, Miles DavisMax Roach…, antes el ciego Art Tatum, en la experimentación, en el desarrollo, en la innovación, en la incomprensión y en el despertar de oídos y mentes que supuso ese estilo dentro del jazz que se conoce como bebop.

Dice Bruno, el crítico de jazz, biógrafo de Johnny Carter, que es trasunto de Charlie Parker, en El perseguidor: “La marquesa es verdaderamente una marquesa (…) Su amistad con Johnny viene de Nueva York, probablemente del año en que Johnny se hizo famoso de la noche a la mañana simplemente porque alguien le dio la oportunidad de reunir a cuatro o cinco muchachos a quienes les gustaba su estilo, y Johnny pudo tocar a sus anchas por primera vez y los dejó a todos asombrados. (…) bien puedo decir que el cuarenta y ocho –digamos hasta el cincuenta– fue como una explosión de la música, pero una explosión fría, silenciosa, una explosión en la que cada cosa quedó en su sitio y no hubo gritos ni escombros, pero la costra de la costumbre se rajó en millones de pedazos y hasta sus defensores (en las orquestas y en el público) hicieron una cuestión de amor propio de algo que ya no sentían como antes. Porque después del paso de Johnny por el saxo alto no se puede seguir oyendo a los músicos anteriores y creer que son el non plus ultra; hay que conformarse con aplicar esa especie de resignación disfrazada que se llama sentido histórico, y decir que cualquiera de esos músicos ha sido estupendo y lo sigue siendo en-su-momento. Johnny ha pasado por el jazz como una mano que da vuelta a la hoja, y se acabó”[1].

Así describe Julio Cortázar, en boca del personaje de su relato, el nacimiento del bebop, el lugar capital de Charlie Parker en esta revolución en la historia de la música popular y la incomprensión que provocó en sectores amplios de la escena y del público.

Y su amistad con la marquesa.

Pannonica es hija de la rama inglesa de la familia Rothschild. Nace en diciembre de 1913 en Londres, hija de Charles Rothschild y de Rozsika von Wertheimstein, miembro de una familia también judía. Rozsika era de Nagyvárad, entonces Hungría, ahora la ciudad rumana de Oradea. Charles Rothschild conoció a su esposa mientras buscaba mariposas en los Cárpatos. Porque, sí, el padre de Pannonica era un apasionado entomólogo. Y prefería la observación y el estudio de la naturaleza a la dedicación, a la que estaba, por razones obvias familiares, obligado, a las altísimas finanzas.

Tan importante era para Charles su relación con los insectos, tan determinante el papel de las mariposas en su vida, que en la ciudad de Rozsika, donde pasaban los veranos, en el año 1913, pocos meses antes del nacimiento de Nica, el entomólogo acaudalado encontró una polilla, que no mariposa, que se posaba en la especie Gentiana pannonica, allí se posaban las polillas de la especie Eublemma pannonica, en esas plantas floridas centroeuropeas. Allí la encontró el padre de Pannonica, meses antes del nacimiento de la pequeña de la familia, y, como muestra de la devoción por estos insectos, esta pequeña, además de los convencionales Kathleen Annie, llevó el nombre por el que fue conocida, Pannonica, que es el nombre de la composición de Thelonious Monk. Pannonica, que es polilla, que no mariposa. Que es mariposa, pero que es polilla. Más vistosas, más coloridas, más convencionalmente bellas las mariposas, porque se muestran rutilantes a la luz del día, sin embargo, las polillas tienen algo fundamental, fundamental para el jazz, fundamental para los clubes, fundamental para las jams, fundamental para Pannonica: las polillas salen de noche.

Y el padre de Nica, además de convertirla en polilla, tenía un fonógrafo y se interesó por aquella música de los primeros años del siglo pasado venida de la otra orilla atlántica y compró discos y en la mansión la chica Pannonica escuchaba al cornetista Bix Beiderbecke.

Mi acercamiento al jazz viene de la literatura. Del deslumbramiento por unas obras geniales y unas vidas interesantísimas, en gran medida condicionadas y diezmadas por el consumo de drogas; protagonistas de la segregación racial y la conquista de los derechos civiles en Estados Unidos, que revolucionaron la música popular, en la segunda mitad del siglo XX, en las ruinas provocadas por la II Guerra Mundial, una revolución en la música popular, que es uno de los artefactos culturales más potentes como modo de comunicación.

Mi acercamiento al jazz viene del relato de Cortázar citado más arriba, de El perseguidor. Pero, más precisamente, mi acercamiento y posterior inmersión en el jazz vienen de la literatura del escritor argentino, primero de las discadas del Club de la Serpiente, en Rayuela. Julio Cortázar tocaba la trompeta, mal, decía, amaba la música y disfrutaba y sabía mucho de jazz. Y en los obituarios por su muerte, en el año 84, el más didáctico y bello entre los que me encontré es el de Gabriel García Márquez, escritor también, y otro hacedor de historias descomunal.

Quiso García Márquez recordar al amigo muerto del mejor modo, que es contándonos cómo era, más allá de su literatura, si es que hay más allá de su literatura en un escritor, y relata que, una noche, ellos dos y otro grande de las letras en español, Carlos Fuentes, cruzaban Europa, en un viaje en tren de París a Praga: “A la hora de dormir, a Carlos Fuentes se le ocurrió preguntarle a Cortázar cómo y en qué momento y por iniciativa de quién se había introducido el piano en la orquesta de jazz. La pregunta era casual y no pretendía conocer nada más que una fecha y un nombre, pero la respuesta fue una cátedra deslumbrante que se prolonga hasta el amanecer (…) Cortázar, que sabía medir muy bien sus palabras, nos hizo una recomposición histórica y estética con una versación y una sencillez apenas creíbles, que culminó con las primeras luces en una apología homérica de Thelonious Monk. (…) Ni Carlos Fuentes ni yo olvidaríamos jamás el asombro de aquella noche irrepetible”[2].

Thelonious Monk, el pianista negro nacido en Carolina del Norte, el 10 de octubre de 1917. Descendiente de esclavos; emigrante en Nueva York; residente en el club Minton’s Playhouse, de Harlem, pesebre del bebop; habitante del Five Spot Café. Drogadicto, maníaco-depresivo, esquizofrénico. Pianista enorme, con la cabeza cubierta, genial, único en su forma de tocar, con sus dedos anillados y gruesos.

Voy a volver a Cortázar para retratar a Thelonious Monk en un concierto de la gira europea con su cuarteto en 1966. Charlie Rouse, en el saxo tenor, Larry Gales, en el contrabajo, y Ben Riley, en la batería, en marzo, en Ginebra:

“Ahora se apagan las luces, nos miramos todavía con ese ligero temblor de despedida que nos gana siempre al empezar un concierto (…) y ya el contrabajo levanta su instrumento y lo sondea, brevemente la escobilla recorre el aire del timbal como un escalofrío, y desde el fondo, dando una vuelta por completo innecesaria, un oso con un birrete entre turco y solideo se encamina hacia el piano (…) Cuando Thelonious se sienta al piano toda la sala se sienta con él (…) Entonces es “Pannonica”, Blue Monk, tres sombras como espigas rodean al oso investigando las colmenas del teclado (…) ha pasado apenas un minuto y ya estamos en la noche fuera del tiempo, la noche primitiva y delicada de Thelonious Monk”[3].

¿Qué ocurrió con Pannonica Rothschild y Thelonious Monk, el hombre por cuya música Pannonica cambió de vida?

Encorsetada en rigideces sociales y morales, casada con un barón francés, también judío, junto al que pilotó aviones y luchó en África en la II Guerra Mundial, con familia, por su condición judía, depredada por la alimaña nazi, que sus inmensísimos poder y dinero no esquivaron, madre de familia numerosa, Nica, en los primeros cincuenta, vivía en México como esposa del embajador francés, el barón de Koenigswarter, y en un viaje a Nueva York descubrió Round Midnight, de un pianista desconocido para ella. No estaba cómoda, quería escapar, y “Round Midnight” fue la llave que le franqueó la puerta de la jaula, llena de convenciones, de obligaciones tácitas, de orden inflexible, de vida previsible, de mujeres ensombrecidas y obedientes. ¿Podrían haber sido otra música, otro encuentro, otro autor? Quién sabe. Fue “Round Midnight” y fue Thelonious Monk.

En 1952, en una de sus escapadas a Nueva York, Nica fue a Queens, a visitar a su amigo el pianista de jazz Teddy Wilson. En esta visita, de camino al aeropuerto para subirse en un avión para volver a México con su familia, Wilson dijo que debía escuchar un disco que tenía, de otro pianista de jazz, como él, que debía escuchar la grabación de “Round Midnight”, de un pianista del sur, pero neoyorquino de años.

Pannonica escuchó la grabación, dicen que hasta veinte veces; Pannonica perdió el avión. “Round Midnight”, composición e interpretación de un pianista desconocido para ella hasta el momento, abrió la jaula de la que la polilla, menos vistosa que la mariposa, menos bonita y brillante, porque prefiere confundirse en la noche, salió volando, al perder el vuelo, alrededor de la medianoche.

Thelonious Monk tocaba el piano y a los 19 años comenzó a formar parte de la banda del Minton’s Playhouse, de la banda en que también estaban Dizzy o Bird, que por este apodo se conocía al saxofonista Charlie Parker, y que animaba las jam sessions del local. Y estos señores, con otros más, parieron ese estilo nuevo, que se alejaba del swing, que superaba las big bands, que, por razones económicas, en el mundo nacido tras la II Guerra Mundial, ya no se podían contratar. Y el jazz volvió a los garitos sudorosos y estrechos. Y estos músicos parieron ese estilo de solos desenfrenados, incomprensibles, tanto como fascinantes, incomprendidos tantas veces. Estos señores, en Harlem, en un barrio de negros alejado del público blanco de la calle 52, parieron y amamantaron el bebop.

Nadie como Miles Davis en su autobiografía cuenta lo que significó el club y lo que supusieron esos creadores, pero es que nadie como Miles Davis cuenta lo que Miles Davis cuenta en su autobiografía, lectura fundamental, enciclopedia llena de exabruptos y acidez, si se quiere conocer la historia del jazz, el impacto de las drogas en las gentes de la música y en su trabajo, el conflicto racial y su incidencia en la escena. El orgullo negro.

Dice Miles: “Mira, los grandes músicos como Lockjaw y Bird y Dizzy y Monk, que eran los reyes del Minton’s, jamás tocaban la mierda corriente (…) El Minton’s Playhouse era propiedad de un negro llamado Teddy Hill. En su club nació el bebop (…) Por su parte, Bird me presentó a Thelonious Monk. Su uso del espacio en los solos y su manipulación de la progresión de acordes, que sonaban tan raros, me dejaban simplemente fuera de combate. (…) El provecho que Monk sacaba del espacio tuvo una gran influencia en mi manera de tocar solos después de haberle oído.”[4].

Después de escuchar “Round Midnight”, Nica decidió romper con su vida, escapar, quedarse a vivir en Nueva York, arreglar su separación y la situación de sus hijos, seguir escuchando música, ir a los clubes, vivir, como polilla, por la noche. Conocer a Thelonious Monk. Y se instaló en un lujoso hotel de la Quinta Avenida, en el número 995, el hotel Stanhope, enfrente de Central Park y del Metropolitan, y alquiló una amplísima suite, y era un hotel donde las personas negras solo entraban por la puerta de servicio y no les estaba permitido alojarse ni permanecer en los lugares destinados a quienes se alojaban. Y se compró un Rolls-Royce, que luego sustituyó por un Bentley, que se hizo cotidiano para los porteros de los clubes de jazz, pues, cada noche, esperaba paciente a la baronesa a la salida de los conciertos, en la misma puerta.

Y Pannonica estuvo dos años en Nueva York tratando de encontrarse con Thelonious, de ser la espectadora de alguno de sus conciertos, de coincidir en alguna jam. Y no lo encontró, pero esos primeros años empezó a cimentar sus lazos estrechos con la escena jazzística de la ciudad, que es lo mismo que decir con la escena jazzística mundial, cuya capital era Nueva York, de Harlem a la calle 52, pasando por el Lower Manhattan.

Y no lo encontró porque Thelonious Monk tenía prohibido tocar en los clubes de la ciudad, una de las facturas que pagaban los músicos cuando eran detenidos por posesión y consumo de drogas. Además de cárcel y multa, se les retiraba su carné profesional, con el que podían actuar. Y cuando Pannonica conoció a Thelonious por “Round Midnight”, este estaba en uno de esos períodos, encerrado en casa, desesperado, con dificultades económicas grandes, tocando en su casa y componiendo.

En 1954, la baronesa viajó a Londres para arreglar asuntos legales relacionados con la custodia de sus hijos. Allí, se enteró de que Thelonious tocaba en París. Pannonica estaba con una de sus grandes amigas, la pianista, arreglista y compositora de jazz Mary Lou Williams, dos mujeres muy distintas, Mary Lou era católica, profundamente religiosa, y muy amigas.

La pianista también era amiga de Thelonious Monk y ambas mujeres viajaron a París, fueron al concierto, y así se conocieron el músico y la baronesa, y ya nunca más se separaron, hasta que él se murió, 28 años más tarde.

Y la vida de la baronesa continuó en Nueva York, ahora ya junto a la de Monk. Y cada noche recorría los clubes con su Bentley y vivió de hotel en hotel, primero en el Stanhope, hasta la muerte en sus habitaciones de Charlie Parker, un episodio que marcó la biografía de Nica; después en el Bolivar, y finalmente en el Algonquin, antes de mudarse definitivamente a una casa en el estado de New Jersey que había sido de Josef von Sternberg, una casa enfrente del río Hudson, desde la que ver la hermosísima silueta de Nueva York. Una casa que fue conocida como The Cathouse, no solo por las decenas de gatos que la baronesa mantenía, sino también porque los músicos de jazz eran conocidos como “cats”, y así se referían entre sí.

Nica tenía un estupendo piano Steinway & Sons y primero en los hoteles y luego en Cathouse se celebraron unas jams fastuosas, cuando cerraban los clubes. En esas jams estuvieron Sonny Rollins, Bud Powell, Art Blakey, por supuesto, Thelonious Monk. Y los negros entraron donde no podían entrar los negros, salvo para servir a los blancos y por la puerta de atrás. Y esas sesiones duraban hasta las nueve de la mañana. Y allí Thelonious aprovechó para tocar, cuando le retiraron el carné de músico y el permiso para actuar en los clubes.

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Thelonious Monk y Pannonica (Nica), 1964.

Thelonious Monk y Pannonica Rothschild fueron amigos durante casi 30 años, él solo se alejó de ella cuando se murió. Thelonious nunca dejó a su esposa, Nellie, y tampoco es seguro que él y la baronesa fueran amantes. En cualquier caso, esto da igual. Ella fue su amiga, su salvadora tantas veces, su agente, su consejera, su fan más entusiasta, no lo dejó ni en la incomprensión de su música ni en el éxito.

Dos personas con diferencias a primera vista insalvables: de clase, de raza, de religión, de continente, de educación. Descendiente de esclavos, él; heredera de una riquísima familia judía, ella.

Pero que tenían en común dos cosas fundamentales: la música, divina por humana, de jazz; y la lacra del racismo en sus espaldas, él, por negro en aquella América, ella, por judía en aquella Europa.

Diez años antes de morir, y ante el deterioro del equilibrio de Thelonious, con la aprobación de Nellie, el pianista se trasladó a la mansión de la baronesa y nunca más volvió a actuar. Se vestía elegante cada mañana, siempre lo hizo, y dejaba pasar el día.

Thelonious Monk murió en casa de Pannonica, frente a la silueta de la ciudad de Nueva York, con los pies mojados en las aguas del río Hudson.

Por qué mostrar a Thelonious Monk hablando de Pannonica Rothschild, por qué he querido llegar a él por ella.

Me interesan mucho los márgenes del hecho musical y me interesa mucho el papel de estas mujeres, muchas veces despachadas con el calificativo de groupies, usado de modo peyorativo, definidas como buscavidas sexuales, sin más, que tampoco importa, porque a nadie se le esconde la enorme carga sexual de ciertas músicas, y, desde luego, el jazz puede ser una música intensamente erótica, pero con estas mujeres quedarse en eso es quedarse en la superficie o abordar solo una parte de sus ángulos.

Por qué Pannonica:

Charlie Parker fue un músico genial, imprescindible e irrepetible, muchos querían tocar como él, componer como él, interpretar como él, sabiendo que esto es imposible. Pero fue también enormemente problemático, complicado, inaguantable muchas veces, por su altísima adicción a la heroína, al alcohol y a casi todo lo demás. Llegaba tarde a ensayos, grabaciones, pruebas y, por supuesto, conciertos, y muchas veces no llegaba. Tenía ataques de ira y reacciones inopinadas.
Charlie Parker murió en el apartamento que la baronesa tenía alquilado en el hotel Stanhope, lugar donde la dirección no dejaba alojarse ni estar en las zonas de la clientela a los negros, solo podían entrar si trabajaban como personal de servicio y por la puerta de atrás.

Una noche lluviosa en Nueva York del año 1955, Charlie Parker tenía 34 años y estaba deambulando por la ciudad, solo, adicto perdido, enfermo, su pequeña se había muerto recientemente. Estaba desesperado y en unas condiciones físicas y mentales pésimas.
Cuenta Toot Monk, el hijo de Thelonious:
“Charlie Parker tuvo la suerte de que Nica le abriera la puerta porque así tuvo dónde morir, de otro modo habría muerto en la calle porque nadie hubiera abierto la puerta a Charlie Parker”.

En una ocasión, de viaje a un concierto, la policía, escamada por un Bentley conducido por una mujer con acento británico blanca, acompañada de dos músicos negros, Thelonious Monk y Charlie Rouse, ordenó parar el vehículo y bajar de él a Monk. Él se negó, lo sacaron del vehículo a la fuerza, y ella gritó a los policías: “¡Cuidado con sus manos, no golpeen sus manos!”. Que eran la herramienta de trabajo de Monk.

En una ocasión, Nica dijo: “Hay siete maravillas en el mundo y Thelonious es la octava”.

Y, por último: “Solo lamento una cosa en mi vida y es no haber sido capaz de salvar a Thelonious”.


 [1] Julio Cortázar, “El perseguidor”, en Las armas secretas, Cátedra, Madrid 1986; pág. 158.
[2] Gabriel García Márquez, “El argentino que se hizo querer de todos”, en El País, 22 de febrero de 1984.
[3] Julio Cortázar, “La vuelta al piano de Thelonious Monk”, en La vuelta al día en ochenta mundos, Siglo XXI, Madrid 2007; tomo II, págs. 23 y 24.
[4] Miles Davis y Quincy Troupe, Miles. La autobiografía, Alba, Barcelona 2013; págs. 64, 65 y 70.

1 comment on “Cien años de Thelonious Monk

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