Narrativa

El rinoceronte y el poeta

Hoy llega a las librerías "El rinoceronte y el poeta" (Alianza Editorial), la nueva novela de Miguel Barrero. Un título enigmático en torno a la figura de un escritor universal. ¿Quién fue realmente ese hombre llamado Fernando Pessoa que vivió bajo el paraguas de decenas de heterónimos?

El miércoles 11 de octubre llega a las librerías El rinoceronte y el poeta (Alianza Editorial, 2017), la nueva novela del escritor asturiano Miguel Barrero (Oviedo, 1980), que plantea, ya desde el título, un posicionamiento tan enigmático como el de La tinta del calamar (Premio Rodolfo Walsh, Trea, 2017), su anterior libro. Ambos tiran de un cabo suelto arrinconado en la memoria histórica. Si en aquella ocasión se trataba de un asesinato sin resolver en el barrio Cimadevilla de Gijón en plena Transición, en este caso indaga en otra vida anónima, la de un hombre universalmente conocido gracias a todos los que no ha sido. ¿Quién fue realmente Fernando Pessoa, aquel escritor genial que se multiplicó en varias decenas de heterónimos mientras mantenía una existencia rutinaria por las calles de Lisboa? El motor de arranque de la novela planea sobre un 20 de mayo de 1515 en el que desembarcó en el puerto de Lisboa un rinoceronte que provenía del otro confín del mundo. Quinientos años después, el profesor Eduardo Espinosa, se pregunta si la peripecia de aquel animal podría relacionarse de algún modo con la del poeta a cuyo estudio había dedicado buena parte de su vida. Antonio Muñoz Molina prologa el entramado de este modo: «Miguel Barrero ha escrito una novela en la que la filología se vuelve, en la expresión de Borges, una rama de la literatura fantástica. El viaje a Lisboa de un profesor especialista en Fernando Pessoa se convierte en un laberinto de invocaciones históricas y en un thriller de conspiradores y fantasmas, sin que llegue a saberse quiénes son los unos y quiénes los otros. Pero quien se dedica profesionalmente a tratar con seres que no existen corre el peligro de contagiarse de su fantasmagoría.»


Miguel Barrero (Oviedo, 1980)

El rinoceronte y el poeta

[extracto]

Espinosa recordó que el de Lisboa fue el primer rinoceronte que se vio en Europa y también el único hasta que, en el último tramo del siglo, un segundo ejemplar llegó a la corte española de Felipe II, también procedente de las Indias, y se mantuvo vivo en Madrid hasta 1587. La historia de este nuevo animal era, cuando menos, pintoresca, por más que no llegara a gozar de la reputación de su predecesor ni hubiese tenido quién inmortalizara sus rasgos. Se tuvo la primera noticia de su existencia cuando, un día de mayo de 1581, a la mesa donde Felipe II despachaba sus asuntos llegó un mensaje del presidente de la Casa de la Contratación de Sevilla en el que se informaba de la llegada a la ciudad andaluza de un barco procedente de Java, isla cuyo gobernador, Alonso de Gaitán, había tenido a bien remitir por vía marítima a su monarca un curioso presente en nombre del caudillo indígena Musuturé Fusuma, quien, tras enterarse de que ya no debía vasallaje a la antigua Lusitania, sino a la imperial y próspera España, resolvió agasajar a su nuevo amo y señor con un presente que equiparara la grandeza de su recién adquirido dueño a la de sus superiores pretéritos. «El animal, señor», le escribieron al rey desde la capital andaluza, «es tres veces como un gran buey, se alimenta de yerbas y grano, y tiene la piel gruesa y fuerte como una coraza. Es feroz y tiene un cuerno solo, y como no puede dejársele solo por el gran peligro que ello entraña, viene metido en una recia jaula de hierro». No tardó Felipe II, deseoso siempre de trasladar a la corte y al pueblo cualquier ejemplificación de su poder, en ordenar que se llevara hasta sus predios de Madrid a aquella curiosa bestia, convertida al instante en muestra insoslayable de la amplitud de las posesiones españolas, que abarcaban tierras lo suficientemente exóticas para engendrar criaturas de tal rango, y aquella abada —el jefe indígena no conocía el español y había acompañado su regalo de una inscripción en portugués en la que utilizaba ese término para designar al rinoceronte hembra que componía el obsequio— hizo el viaje sin más dilación a la capital del flamante imperio de los Habsburgo. Las crónicas no recogieron el lugar exacto en el que quedó expuesto el animal, aunque se sospecha, con bastante fundamento, que pudo someterse a la exhibición pública en las eras del antiguo monasterio de San Martín. Allí, según tradición extendida por los mentideros de la otrora grandiosa villa y corte, permaneció encerrado en su jaula para regocijo de los viandantes que a diario acudían a sus inmediaciones con el propósito de admirar aquel prodigio de la zoología y atemorizarse con su aspecto amenazador de tan inabarcable. Uno de aquellos curiosos era, según se había contado siempre, un joven panadero que estaba a cargo de un horno cercano y que pronto tuvo a bien llevar al rinoceronte algún que otro bollo recién salido de su obrador para que la bestia calmara sus apetitos, amansando de esa forma posibles arrebatos bélicos que pudieran empujarla a romper los gruesos barrotes entre los que la habían confinado. La relación entre hombre y animal cuajó, y parece que se fue haciendo tan estrecha que llegó un momento en el que el aún imberbe artesano de la harina se atrevió a penetrar en la jaula del portento para entregarle las viandas en su misma boca —era de suponer, pensó Espinosa, que con la aquiescencia de los alguaciles que hacían vigilancia día y noche para evitar disgustos—, y que el experimento fue tan satisfactorio que se acabó convirtiendo en su proceder habitual. Así, jornada tras jornada, el panadero acudía a las inmediaciones del cenobio, abría la gruesa puerta de la jaula y durante unos segundos creía comulgar con un leviatán que parecía amansarse en cuanto veía venir a su inesperado benefactor y preparaba sus fauces para la ingesta. Sin embargo, llegó el momento en el que el celo del buen zagal lo echó todo a perder. Víctima de su vocación por agradar al rinoceronte, le llevó un bollo de factura tan reciente que aún quemaba cuando el bicho, como era su costumbre, lo tomó directamente de su mano. Fue al sentir cómo el fuego hacía mella en su estómago cuando el rinoceronte, según contaron testigos presenciales y se ha venido transmitiendo a lo largo de los siglos, entró en cólera, corneó a su benefactor hasta matarlo y, aprovechando el descontrol que floreció en las inmediaciones de su celda y la eventualidad de que la puerta de ésta se encontrase abierta, pues nunca se cerraba mientras el panadero estaba dentro, salió al exterior y emprendió una loca huida que concluiría en los alrededores de la Puerta del Sol con el animal lanceteado y una multitud incrédula hacinada en torno a su cadáver. De este rinoceronte hembra, y de su infortunada aventura en el corazón de los dominios de Felipe II, no ha quedado mayor constancia: no tuvo quién lo pintara ni se observó su presencia en la corte como una noticia cuya excepcionalidad requiriese un tratamiento detallado, acaso porque todos sabían que su estancia allí no era más que una mala evocación de la peripecia vivida por su antecesor años atrás en la ciudad de Lisboa. Sólo un vestigio de su visita ha sobrevivido al tiempo: una estrecha arteria que nace en la plaza del Carmen para desembocar en el epicentro sentimental de la Gran Vía, entre los antiguos cines Avenida y el Palacio de la Música, y cuyo nombre, «calle de la Abada», recuerda que fue por su trazado por donde emprendió la malograda criatura aquella huida que la condujo a extinguir sus días bajo el límpido cielo de la estepa castellana. Nunca había sentido Espinosa una gran inquietud hacia la zoología, pero qué gracia le había hecho, cuando supo de ella, aquella interpretación de los rinocerontes como el epítome del Nuevo Mundo, y el modo en que se convirtieron en emblema de un rincón por descubrir en el que, paradójicamente, todo parecía aderezado con las resonancias míticas que siempre les atribuimos a las épocas pasadas.

Porque, continuó recordando Espinosa, pese a esta segunda irrupción de un rinoceronte en tierras europeas, el canon mantuvo el dibujo de Durero como la representación más fidedigna que se había acometido de esas criaturas, pero esa condición referencial empezó a extinguirse en el siglo xviii, cuando los pagos occidentales acogieron más muestras de esa especie y hubo quienes las representaron no con más acierto, Espinosa no se atrevía a llegar tan lejos, pero sí con un mayor respeto por la adecuación al modelo original. Alrededor de 1790, George Stubbs pintó un gran retrato de un rinoceronte en la ciudad de Londres, y unos años antes, en 1749, Jean­Baptiste Oudry había reflejado en un gran lienzo a Clara, una abada procedente de la India que llegó a Europa a través del puerto de Rotterdam y fue el quinto ejemplar de la especie desembarcado en las orillas de esta parte del mundo. Nacida en 1738, Clara pronto ganó un cierto estatus que la convirtió en una suerte de antecedente de las estrellas mediáticas de nuestros días, según apreciación del propio Espinosa. Cuando apenas contaba un mes de edad, fue adoptada por Jan Albert Sichterman, director de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, después de que unos cazadores mataran a su madre. Sichterman se encargó de domesticarla y se la regaló, dos años más tarde, a Douwe Mout van der Meer, capitán del navío Knappenhof, que regresó con ella a los Países Bajos. El desembarco en el puerto de Rotterdam y las posteriores exhibiciones en Bruselas y Hamburgo causaron tal expectación que Van der Meer dejó su trabajo para dedicarse en exclusiva a mostrar a su criatura por tierras europeas. Clara estuvo, así, en Hannover, Berlín, Breslavia, Viena, Ratisbona, Friburgo, Dresde, Lepizig, Mannheim, Estrasburgo, Berna, Zúrich, Basilea, Stuttgart, Augsburg, Núremberg, Würzburg, Reims, París, Marsella, Nápoles, Roma —donde se le cayó el cuerno como consecuencia de lo mucho que lo rozó, en el transcurso de su cautiverio, contra los barrotes de la jaula—, Bolonia, Milán, Venecia, Verona, Londres, Praga, Varsovia y Copenhague, convertida en un fenómeno de masas y forzosamente resignada a comprender su vida como un largo periplo al que sólo puso fin su muerte, acaecida en 1758, cuando el animal afrontaba su segunda estancia en Londres para exhibirse en el Horse and Groom de Lamberth ante todos aquellos que abonaran el módico precio de las entradas, que oscilaba entre los seis peniques y el chelín. A finales de ese siglo, cuando Clara había sido vista por centenares de personas y los rinocerontes ya no suponían una novedad para los ojos de los habitantes de la vieja Europa, el viajero James Bruce de Kinnaird describió la ilustración de Durero como «maravillosamente mal ejecutada» y daba de esa forma fe de su inevitable desfase. Sin embargo, la creación del artista alemán no perdió del todo el aliento de su magia: en la década de 1930 aún adornaba los libros de texto de los niños alemanes, y no han sido pocos los artistas que se inspiraron en ese grabado a la hora de engendrar ellos mismos sus propios rinocerontes. Puede que en esa mística repose, concluyó Espinosa, el soplido mítico del rinoceronte original, aquel animal que un lejano día de los albores del siglo xvi se vio obligado a abandonar su hogar en las Indias para descubrir que allá lejos, en el confín más occidental de Europa, existía un país que se llamaba Portugal, y una ciudad que se llamaba Lisboa.


978849104875

• El rinoceronte y el poeta
• Miguel Barrero
• Alianza Editorial
• Madrid, 2017
• Edición en papel: 15,50 €
• Digital, ePub: 8,99 €

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