Crónica

Castañas, ceniza y achuchones

Sucede cada 31 de diciembre desde hace cientos

El concejo asturiano de Ponga, uno de los más hermosos de Asturias, inicia cada año con una pintoresca tradición de origen prerromano: el Guirria, especie de bufón arlequinado que recorre el pueblo haciendo travesuras.


 

Sucede cada 31 de diciembre desde hace cientos: por la noche, una hora antes de que el año viejo expire y nazca el nuevo, todos los jóvenes solteros mayores de quince años de San Juan de Beleño, la pequeña capital del concejo asturiano de Ponga, se reúnen discretamente e introducen en sendos cántaros dos puñados de papeletas con los nombres de los allí presentes inscritos en ellas. Seguidamente, hacen un sorteo que asigna a cada soltero una de las jóvenes casaderas del lugar. La tradición decreta que, después, cada cual se presente —cantando una tonada tradicional titulada El aguinaldo— en casa de la moza que le haya tocado en suerte y la corresponda con un paquete de corbates (castañas guisadas recién hechas), un regalo y, grapadas, las papeletas que acrediten que los hados lo han emparejado con ella. Decreta también que la joven invite a comer al chaval. Y dicta asimismo que, si ellos cantan El aguinaldo, ellas hagan lo propio con Viva Ponga:

Viva Ponga, viva Ponga,
viva San Xuan de Beleño.
Santina de Covadonga,
en casame tengo empeñu,
que soi solterona
y me quiero casar
col meyor mozu qu’haiga nel llugar.
Si no lu hai equí lo mesmo me da
que seya de Los Beyos, que seya de San Xuan…

Así se anudaban los matrimonios en Ponga en tiempos pretéritos. Y hoy ya no se anudan así, pero la tradición de los aguinalderos ha pervivido, porque nunca está de más que existan pretextos para que los colectivos humanos se reúnan y diviertan; y va asociada a otra tradición pintoresca: la del Guirria, que atrae a Beleño a una cohorte de propios y extraños cada 1 de enero. Corresponde ese nombre, Guirria, a un personaje carnavalesco que, enmascarado y ataviado con un traje arlequinado como de bufón, un caperucho y una larga barba postiza con los que se oculta el rostro, aparece por el pueblo a mediodía y lo recorre hasta la noche acompañado por los aguinalderos, que van casa por casa solicitando vino, sidra, empanada, dulces y dinero con vistas a celebrar una copiosa cena el día 5. En cuanto al Guirria, su labor es ir provocando a las mujeres al modo de un trasgu: las achucha, las abraza y las besa y goza para ello de total impunidad; y también arroja ceniza y azota con una vara de avellano a quien trate de impedirlo, aunque no suele darse el caso. La vieja convicción de que resistir con estoicismo las provocaciones del Guirria da suerte para el año venidero así lo garantiza, y existe también un simbolismo antiquísimo que identifica las castañas con la fertilidad y a la ceniza con la esterilidad; aunque una vez se alcanza una edad en que ser fértil o estéril ya no es preocupación mayor, los poderes del Guirria concitan menos respeto. Esto contaba, por ejemplo, La Nueva España del 2 de enero de 2017 con respecto a la celebración del día anterior: «Uno de los parroquianos apostados a la puerta de uno de los bares de la capital pongueta no recibió demasiado bien al Guirria y trató de propinarle algún que otro bastonazo, un gesto que el personaje correspondió con un buen puñado de ceniza en la cara del hombre antes de continuar corriendo carretera abajo para alcanzar a los aguinalderos, que lo subieron a un caballo».

El origen del Guirria también se deslíe en la noche de los tiempos y es seguramente prerromano (aunque su nombre proviene etimológicamente del latín guerrire, «saltar»); pero sí que está constatado que, aunque sólo haya pervivido en un puñado de lugares, como Ponga, la figura del Guirria existía de algún modo en todas partes, y amenizaba Navidades y Carnavales con nombres como Zamarrón, Diablo o Carocho, pero con muy similares atavío y modus operandi: traje bufonesco —o a veces pieles de oveja—, pértiga de apalear aguafiestas y la misma forma entrañable de tocar las narices. En Quirós se llamaba Maragatu; en Siero y en Bimenes, Sidru. Sobre ello escribió algo Julio Caro Baroja, que relacionaba a los guirrios con todo un conjunto de danzas salvajes que en tiempos se practicaron en toda la cornisa cantábrica, desde los confines gallegos hasta el Pirineo vasconavarro.

San Juan de Beleño

El Guirria pongueto es representado cada año por un mozo diferente elegido en el mismo sorteo que asigna pareja a los aguinalderos, y a diferencia de éstos puede estar casado. Sólo el día 5, cuando se celebra una cena con lo recaudado por los aguinalderos, se revela su identidad. Cumplir este papel respetado y venerable siempre es toda una experiencia. El Guirria de 2004 la recordaba así: «Me puse la careta y la magia del Guirria me invadió. Yo, el que era antes, desaparecí».

Los ponguetos tienen la convicción de que el Guirria, que existe desde hace siglos, seguirá existiendo hasta el final de los tiempos. Y tal vez sea así, pero, dado que nunca se sabe cuán próximo puede estar ese final de los tiempos tantas veces anunciado, la ocasión de visitar Ponga para presenciar la puesta en escena de esta tradición antiquísima no debe desperdiciarse. Tampoco la de recorrer la propia Ponga, auténtico Shangri-Lá de acceso tortuoso pero cuyo aislamiento preserva encantos como el bosque de Peloño, un extenso y frondoso hayedo que cobija a los últimos urogallos de Asturias. También montes espectaculares pero accesibles como Peña Ten, Peña Pileñes, el Tiatordos, el Maciéndome o Peña Taranes, cuyo nombre preserva el del dios Taranus, seguramente porque allá se le erigió un santuario pagano a ésa que era la divinidad celta de la luz, el cielo y los truenos. Belenos, que dio nombre a Beleño, se ocupaba también de la luz, el sol y el fuego.

El Guirria

Cuando se admiran, nevadas, estas peñas por la época en la que celebra el Guirria, cuesta poco entender por qué los seres humanos del pasado se tomaron la molestia de ascenderlas para hablar con sus dioses desde sus cumbres. La hermosura de este concejo alfombrado de robles, hayas, abedules, tilos, acebos y espinos, que lo aúna todo, todo lo resume y es una especie de condensado de asturianía (los montes calizos y los bosques frondosos, los valles caprichosos y los ríos bravíos, las brañas de postal, las escenas arcádicas de ovejas pastando, decenas de casas y torreones solariegos, la lengua ancestral y una riquísima gastronomía), no tiene más parangón en Asturias que la de los concejos limítrofes de Caso y Amieva, también ellos pequeños paraísos naturales de los que es inexorable salir enamorado.

Nada hay en ellos, con todo, parecido a la tradición del Guirria, que se embozará su caperucho y su barba postiza en apenas dos semanas y debe estar, en este mismo momento, pelando y poniendo a punto su vara de avellano.


 

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